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UN NOVELISTA QUE TAMPOCO VETONTA

He caído en la cuenta de que llevo más de un año sin escribir una novela.

Sabía que había transcurrido tela marinera desde el punto final de Lira delira, pero hoy, actualizando un poco el curriculum, he leído en él que dicha tela marinera se remonta al año 2004.

Cómo pasa el tiempo, joder... El año 2005 se ha deslizado de puntillas, aprovechando que yo estaba liado en otras cosas, y se ha marchado al pasado sin llevarse a cuestas ninguna de mis “novelas destinadas a envejecer encerradas en los cajones del pasado”.

Sé que nadie se muere por dejar pasar un año sin escribir novelas, pero creo que en mis inicios me malacostumbré. Llevaba desde el año 99 con una media de escritura de dos novelas por año, y no puedo evitar sentir que la inactividad constante oxida el rinconcito de mi cerebro que escribe las novelas.

Bien es cierto que no he estado parado. 2005 ha sido un año de supervisar el final agónico de un largometraje, y de escribir otros cuatro largos, más otros cinco que he terminado en lo que va de año... y cortos, y series de televisión, y algún relato o poema para desentumecer los músculos del alma...

No puedo decir que haya perdido el tiempo, pero me jode no seguir con las novelas, pues las consideré piedra angular de mi vocación artística desde el preciso instante en que empecé a escribirlas (está haciendo ahora mismo siete años).

Me da un poco de rabia que últimamente sólo me nazca hacer guiones. Mis hijas más mimadas y más mías fueron siempre las novelas.

Y no dejé de escribirlas por falta de ideas. Tengo bastantes ideas con las que empezar una novela, y algunas de ellas me seducen considerablemente, pero no encuentro las ganas, ni la chispa... No encuentro esa motivación que le permite a uno sembrar las dos o tres primeras frases. No encuentro las fuerzas para seguir con una misma historia durante varios días, semanas, tal vez meses...

Quizá se deba a que no estoy asentado en este mundo. Vivo repartido entre dos lugares distintos en todos los aspectos de mi vida. Tanto en el ámbito geográfico, como en el profesional, y en el sentimental, y en el espiritual y filosófico...

Puede que mi inconsciente no encuentre en esta vida mía un solo vestigio de estabilidad que le anime a empezar un proceso relativamente largo y duradero.

O puede que ese inconsciente le haya cogido fobia a los procesos largos y duraderos, cuando me estoy viendo obligado a arrastrar sobre mis espaldas, hasta la extenuación, el largo y duradero proceso que supone finalizar una película.

O puede que a alguna parte de ese inconsciente le pesen las supersticiones populares y por algún motivo no se atreva a iniciar la que sería mi novela número 13.

O tal vez ese número 13 no me parezca augurio de nada negativo, pero sí un número especial que merece un engendro especial... y estoy tan desgastado, tan cínico, tan desorientado, tan de perdido, cansado, enajenado... que ya no sé distinguir lo que es especial de lo que no lo es... E incluso me planteo si existen realmente las cosas especiales.

O puede que me frene ver cómo casi nadie le prestó atención a Lira delira, mi anterior novela, y eso le hace a uno plantearse se el esfuerzo realmente merece la pena, si la gente de verdad quiere seguir leyendo cosas mías, o si está harta, o saturada, o simplemente acostumbrada a mis chorradas...

Y puede que no tenga sentido seguir escupiendo novelas hasta que no puedan llegar a un público más amplio, que no esté cansado ni acostumbrado a mí.

Y entonces llega la otra pregunta inevitable. ¿Para qué seguir haciendo novelas si luego no dedico ni la milésima parte a mover las que ya tengo escritas? Pero si no me quedan fuerzas para escribir demasiado, que es aquello para lo que creo que nací, ¿cómo me van a quedar fuerzas para mover suficiente?

Es difícil intentar luchar por algo en un mundo en el que uno va perdiendo la fe a pasos agigantados.

La magia sigue ahí, pero no ayuda. Se limita a demostrarme que existe, sin mover un solo dedo en mi favor.

Tal vez ayude a otros a mi alrededor, pero en mi caso se comporta como la O.N.U, como los profesores de Harry Potter, como el emperador el palco de un circo romano, como esos agentes del FBI que espían desde su furgoneta o el piso franco del otro lado de la calle, pero que nunca actúan, porque no tienen el impreso 35-H...

Puede que alguna vez le haya dado a la magia, y al mundo entero en general, la impresión de que no los necesito, de que puedo sobrevivir sin ellos. “Id a ayudar a otros, duendecillos, lo mío es sólo un rasguño”.

Y uno puede seguir caminando con el rasguño. Y el rasguño no te mata, pero tampoco deja de sangrar. Y llega un momento en que te cabrea ver cómo los gnomos siguen cuidando a los heridos de muerte cuando ya están sanos y salvos, y se olvidan del rasguñito que dejaron atrás porque no era tan urgente.

Creo que la magia no me quiere tocar porque sabe que soy capaz de crear mi propia magia, y a lo mejor me ve como “la competencia”. Pero mi propia magia no me puede curar a mí.

“Hola doctor... Soy infeliz. No encuentro sentido en nada de lo que hago, ni en nada de lo que me puede ofrecer el mundo. Estoy al borde del suicidio. La vida ha perdido toda su luz.”

“Tengo la solución perfecta para usted” , dijo el doctor. “Sé que esta noche actúa en la ciudad Tete el payaso. Dicen que ese hombre sabe hacer reír hasta a las piedras. Da igual lo deprimido que uno esté. Tete el payaso le alegra la existencia.”

“No lo entiende, doctor. Yo soy Tete el payaso”.

Odio a los payasos.

Odio ser un payaso.

Las hadas no vienen a tocarme con su varita mágica. Porque disimulo muy bien. Les sonrío de oreja a oreja, y piensan que no las necesito. Simplemente se paran delante de mí, y empiezan a hacer un streeptease, bailando de manera sensual...

Pero a mí no me basta con contemplarlas desde lejos. Yo quiero poseerlas, follármelas, morderles el cuello y sorber todo su néctar con sabor a zumo de frambuesa. Pero si intento acercarme a ellas, agitan sus alas y se marchan.

Peor para ellas...

Peor para mí...

Peor para el mundo... Acabará pagando el pato... Y será un pato demasiado caro... Será mi próxima novela...

POBRE LUZBEL...

Hace unas semanas estuve en un bautizo.

A veces me gusta asistir a las misas y asistir de incógnito a los ritos, como un observador imparcial.

Siempre es interesante conocer el funcionamiento de las ceremonias religiosas. Le permiten a uno hacerse un croquis de las necesidades del alma humana, de sus carencias, de sus anhelos, de sus virtudes, de sus miserias...

Resulta útil conocer las religiones, porque las civilizaciones encuentran en ellas su raíces, y dichas raíces desembocan en nuestra misma esencia.

Por eso las religiones presentan esa mezcla de belleza y horror: Porque son un espejo de toda la mierda que tenemos en la cabeza, y porque siempre florecen en terrenos abonados por el miedo.

En aquél bautizo, hubo algo que me impactó muchísimo. Dentro de los votos y las declaraciones de intenciones que los creyentes repetían como loros, se incluía la promesa de renegar de Satán.

Aquello me hizo pensar. Me pareció una aberración Metafísica.

Lucifer, al igual que el resto de los ángeles, es un ente creado por el mismísimo Dios, y los propios cristianos sostienen que todo ente existente en la creación tiene dentro de sí una bondad inherente, pues todas las creaciones reflejan al Creador.

Así pues, Satán, o Lucifer, o como le queramos llamar, ha de ser necesaria y esencialmente bueno, y todo lo malo que hay en él, tiene que ser, como argumentan los cristianos cuando hablan de cualquier otra creación de Dios que sale rana, una carencia. Un no-ser que parasita al ser.

Por lo tanto, renegar de Satán es renegar de Dios y sus renglones torcidos.

Debemos confiar en Satán, y tener en cuenta que Dios lo ha puesto ahí por algo. Debemos sentir hacia Satán la compasión más humana que podamos albergar en nuestro espíritu. Dios ha depositado una pesada carga sobre él. Un estigma maldito.

Entre los bastidores de la creación hay muchos espíritus condenados al trabajo sucio. Pero son los tramoyistas del Cosmos, y aunque sea feo su trabajo, es también necesario para que el mundo funcione. Es muy bonito disfrutar de las flores y el colorido del jardín, pero para conseguir esa belleza es necesario abonar la tierra con mucha mierda.

Y es muy triste que paguemos a los manipuladores de esa mierda repudiándolos porque en las manos se les queda pegado el mal olor.

Satán fue designado para manipular toda la mierda que tenemos en la cabeza. Probablemente sin su existencia la mierda seguiría existiendo, pero nunca encontraría un jardín que alimentar.

TENGO GANAS DE VIOLAR A LA LUNA

Porque es virgen y pura. O para comprobar si su cara oculta lo desmiente.

Porque al mirarla siento que Dios me está arrojando una bola de nieve a los ojos. Porque Dios quiere jugar conmigo, o Dios me odia, o juega conmigo a causa de su odio.

Porque quiero saber a qué sabe su piruleta cuando está llena. Porque quiero llenarla hasta que reviente y se derrame en pedacitos por el mundo.

Porque sonríe cuando está en cuarto creciente, y hace crecer otras partes de mi cuerpo, que encuentran provocación en su sonrisa. Provocación y desafío, en esa mueca torcida y afilada, salpicada con un acné de estrellas.

Porque en cuarto menguante es un anzuelo, que desciende hasta el mar con un hilo de plata, para pescar mis sueños, y llevárselos lejos, muy muy lejos, más allá de donde pueda recordarlos.

Porque quiero atravesar todos sus cráteres, como un explorador que palpa a ciegas, y alimenta sus sombras con más sombras.

Porque quiero morderla, a ver si sangra. Y besar sus heridas vorazmente... como carmín en una piel muy pálida...

Porque quiero que la madre de mis hijos... sea una diosa (una puta) inalcanzable que los condene a una locura blanca.

Porque llevo un embudo en la cabeza, y soy adicto a corazones fríos.

Porque... ¡es tan caprichosa, tan ilógica!

Porque soy todo agua y ella tiene... la batuta que agita las mareas.

Porque la amo de forma tan salvaje... ¡que tengo que violarla! No me vale... el típico besito en la mejilla.

Porque la Luna es mía, ¡y sólo mía! Y digan lo que digan otros locos... ¡sigo en mis trece! ¡Yo la vi primero!

Porque quiero rasgar en mil jirones... su vestido de novia de tul blanco... morir envenenado al respirarla... enloquecer de amor, de tanto odiarla... contagiarme de tanto acariciarla... y romperla de tanto penetrarla... para luego coserla, y arreglarla... con versos de sutura... y renovarla... e inventar lunas nuevas cada día... que siempre serán únicas, lejanas, ardientes como sabe arder el hielo... y surcarán el cielo como globos... se arrastrarán por mi ventana abierta... me chuparán la vida y la alegría... escribiendo una nota de suicidio... en el pozo sin fondo de mis ojos...

LOS ARAÑAZOS DEL DESTINO

Puede que suene un poco lovecraftniano, pero hay estirpes que cargan con una maldición hereditaria.

En las historias de El hombre enmascarado, por ejemplo, cada miembro del linaje hereda de sus antecesores un traje de color violeta, un antifaz para los ojos y un par de lecciones de kung fu, o como coño queramos llamar al arte marcial que practiquen los pigmeos.

En el caso del personaje de H.P Lovecraft (que es siempre el mismo con un nombre distinto) la herencia suele consistir en una vieja mansión en la que aguarda un libro, un sótano o un ángulo raro en una esquina de la habitación. Ya saben... las típicas puertas hacia el mundo de los Ancianos primigenios.

Las maldiciones familiares de mi estirpe no tienen tan alto estanding. Bien es cierto que en nuestro patrimonio figura una casa encantada de ocho siglos de antigüedad, pero de momento, y de manera innata, sólo he heredado dos maldiciones de andar por casa: Los dolores de cabeza de mi padre, y la compañía de las arañas, por la vía materna.

¡Sí señor! Exclamo, pletórico de orgullo, que las arañas nos persiguen.

Me gustaría poder decir que nuestro vínculo con los arácnidos se remonta al siglo diecisiete, o a mis antepasados de alguna tribu nómada del Neolítico. Pero lo cierto es que, hasta que alguien me demuestre lo contrario, esta historia comienza con mi abuela y su Aracnophobia.

Escribo el nombre en griego porque mi abuela es catedrática de ídem.

Si la historia que os voy a contar fuese una peli, tendría el éxito asegurado en nuestra madre patria, porque todo comienza en la Guerra Civil.

Como Dan Brown y J.J Benítez están bastante ocupados con otras conspiraciones de más alto estanding, voy a tener que desvelaros yo el secreto. La causa oculta de la Guerra Civil fue la siguiente:

Había que inventar alguna manera de bombardear el País Vasco para que Picasso pudiese pintar algún que otro cuadro de éxito.

Así pues, retrocedamos a la infancia de mi querida abuela. Allí está ella, una niña pequeña, refugiada en el subsuelo de su País Vasco natal mientras los aviones siembran la región de bombas.

¡Buuummm! ¡Buuummm! ¡¡Brrrrroooommmm!!

¡Ruido! ¡Muerte! ¡Destrucción!

Miedo...

Y en medio de todo eso, de repente, mi abuela descubre una araña ENORME posada encima de su brazo.

Puede que la araña no fuese tan grande, pero en aquellos tiempos mi abuela era tan pequeña que podría haber sido la nieta de alguien, y ya se sabe que los niños tienen el valiosísimo poder de agrandar las cosas en su imaginación. Y luego la lupa de la memoria las agranda más todavía.

A eso hay que sumarle otra lupa capaz de aumentar el tamaño todavía más, y me estoy refiriendo a la lupa del contexto.

Yo, que me dedico a intentar hacer películas, os puedo asegurar que una peli crece bastante cuando le pones una buena banda sonora, y cuando las condiciones de visionado son favorables.

De la misma manera, una araña en un brazo se vuelve gigantesca cuando las condiciones de visionado nos remiten a una guerra, y cuando la banda sonora consiste en motores de aviones que escupen bombas que a su vez escupen fuego que a su vez escupe almas humanas al Infierno que a su vez vuelve a escupir más fuego que termina escupiendo ideas destructivas en las mentes de los hombres y les induce a escupir más bombas sobre las casas de su hermanos.

Pero me estoy dejando llevar por los tentadores laberintos de la prosa. Trataré de resumirlo en un lenguaje más frío, más científico...

Araña + Bombas = Aracnophobia.

Es absolutamente cierto. Doy fe de ello. Mi abuela tiene un pánico arraigado a las arañas. Un miedo profundísimo que va más allá de la mera experiencia física y se ancla en los abismos del arquetipo Junguiano.

No hace falta enseñarle una araña de verdad. Basta con mencionarlas para que mi abuela se horrorice.

Voy a relatar ahora una experiencia que me impresionó muchísimo cuando era pequeño.

Yo debía tener unos ocho añitos, y oí hablar por primera vez de la fobia de mi amona (que es como se llama a las abuelas vascas). Todos conocemos la ingenuidad de los tiernos infantes... y todos conocemos también su perversa mala leche. Yo en aquel entonces reunía ambas cualidades, e hice gala de ellas perpetrando una inocente bromita:

Dibujé en un papel una araña. Era el bicho más simple del mundo. Un circulito con dos ojos, del que salían ocho rayitas a modo de patas.

Cuando se lo enseñé a mi abuela, pegó un grito de horror tan tremendo que nunca me he atrevido a mencionarle de nuevo la palabra araña, ni siquiera para referirme a una lámpara.

¡Os lo juro! ¡El dibujo era sólo un circulito con ocho patas! El símbolo de la araña estaba incrustado a fuego (y a metralla) en el inconsciente de mi amona.

Mi madre no estuvo encerrada en ningún búnquer entre octópodos y bombas, pero heredó la Aracnophobia de mi abuela y, con ella, una maldición mucho peor, que no es otra que aquélla con la que empecé esta entrada:

¡Las arañas la persiguen!

Vaya a donde vaya mi madre, las arañas van con ella. Incluso en casas o lugares en las que el habitante jura y perjura que no existen arañas en la zona, ¡las arañas aparecen! Acuden a saludar a mi madre, surgiendo de la nada, o de esos agujeritos de las paredes que, cada vez estoy más convencido de ello, conectan directamente con el vientre del l inconsciente colectivo. Y a mi mamá no le hace demasiada ilusión que las arañas la saluden.

En el caso de mi madre la repulsión está mezclada con una contradictoria dosis de fascinación por esos pequeños monstruos.

Y en lo que a mí respecta, he de decir que esos bichitos me caen bastante simpáticos, y no he heredado la aracnophobia de mis predecesoras. Ninguna araña me da miedo a no ser que sea más grande de la cuenta y tenga la estúpida idea de tocar alguna parte de mi cuerpo.

Lo que sí he heredado, sin embargo, es eso de encontrarme a las arañas donde quiera que vaya.

Una vez leí en algún lado que la visión de la araña era un muy mal augurio si uno siente repulsión al encontrársela, pero que si, por el contrario, uno la acoge con simpatía, el augurio es buenísimo.

En mi caso, como ya he dicho, las arañas son recibidas con bastante simpatía, casi con fraternidad. Y las considero mis mensajeras particulares, porque suelen aparecer en momentos claves en los que el Destino se dispone a regalarme un poquito de su magia.

Las arañas son las pregoneras del señor Destino, y eso las convierte automáticamente en colegas de las hadas, que tienen la misma función en la mitología popular.

Por si algún despistado no se ha percatado de ello, la palabra Hada proviene de Fata, que a su vez proviene de Fatum, que significa Destino.

¿Verdad que es entrañable pensar que cada uno puede tener su araña madrina?

Pues, como iba diciendo, mi vida parece tejida por arañas.

Tengo una “ex” llamada Ariadna, y no hay que ser un genio para advertir que las arañas reciben su nombre de esa heroína de la mitología griega.

Casi puedo imaginar al griego que bautizó al primer arácnido. Debió ver al bichito colgando de un hilo de seda y, acordándose del famoso hilo de Ariadna, le dijo al efebo que tenía a su derecha: “¡Mira! ¡Una ariadna!” .

El efebo aplaudiría la graciosa ocurrencia de su mentor, y se apartaría un ricito de la frente.

Y desde entonces ese animal de ocho patitas quedó irremediablemente unido al nombre de Ariadna, por su capacidad de engendrar hilos que le salían del culo.

Con el paso del tiempo, el término ariadna cambió fonéticamente hasta convertirse en el araña que conocemos hoy en día.

Pero existen más arañas humanas en mi vida.

Una de mis mejores amigas, y una de las más especiales, se llama Maya.

Maya es la diosa hindú de la creación, y suelen representarla como una enorme araña que teje el mundo con sus ocho patas.

Es inevitable acabar relacionando a la araña con la creación de mundos, pues todos hemos visto cómo los arácnidos fabrican sus mundillos de seda en miniatura.

Según esa concepción, el mundo, al igual que las telarañas, estaría conformado según parámetros geométricos y numéricos, coincidiendo con las teorías de pitagóricos, cabalistas o taoístas, por mencionar a algunos.

Y como las arañas tienen ocho patas, y utilizan las ocho para tejer, el resultado es un mundo basado en el número ocho ( 8 ) que, como recordarán mis dos o tres (incluyéndome a mí) lectores asiduos, es el número que suele regir mi vida últimamente.

Pero no necesitamos irnos al lejano oriente para profundizar en el concepto de la araña como tejedora del Cosmos.

En la mitología occidental tenemos a las parcas: las tres hilanderas que tejen la madeja del Destino, controlando con ello el devenir de cada vida y, en última instancia, el funcionamiento del mundo, al igual que la Maya de los hindúes.

Así pues, para el inconsciente colectivo no puede pasar desapercibido el íntimo vínculo que existe entre las parcas hilanderas y las arañas tejedoras. Y eso, en efecto, convierte a la araña en un poderosísimo símbolo que, como decía más arriba, la asciende al estatus de mensajera del Destino.

¿Qué quiero decir con todo esto? Ojalá lo supiera... Pero la próxima vez que os crucéis con una inocente arañita, probad a tratarla con un poco de respeto. ¡Pisotearla sería como asesinar a Campanilla!

ÁFRICA ME PERSIGUE

¡¡Sí, amigos!

Esta noche cené con Raúl en un chino de nuestro barrio y, ¿adivinan quién estaba cenando en la mesa de en frente? ¡Alexandra Jiménez!

Iba acompañada por otro de esos hermanos eunucos homosexuales, y he de decir, tras un segundo visionado, más calmado y dilatado en el tiempo, que está más buena al natural que en la serie.

Por otro lado, creo que a estas alturas debo incluir en mis enlaces dos nuevos blogs, que no son otros que los de mis amigos Mario y Maria.

No! No se trata de "Cruz de Navajas", sino del entrañable friki espacio The Devil Rules the World, del inigualable Mario Parra y el rincón cibernético de su novia María Isasi, Completamente fuera de lugar como la pizza taco.. Una web ocurrente, cambiante y siempre salpicada con el surrealismo de los cotidiano.

Me despido con una foto de otra de las mujeres con las que me casaré algún día: Bryce Dallas Howard.

¡GRACIAS, CONDESA!

Ayer, tras una entrañable conversación con Marisa, ambos decidimos retomar nuestros blogs el mismo día. Ese día era hoy.

Lo cierto es que empezaba a necesitarlo de nuevo. Después de tanto tiempo escribiendo sobre las estupideces de otros, uno empieza a echar de menos un lugar en el que poder escribir sus propias estupideces.

Y me temo que de momento solamente os puedo ofrecer eso: Estupideces.

No encuentro cosas importantes que contar, o tal vez he llegado sin darme cuenta a ese nivel de sabiduría en el que uno descubre que en realidad no existe nada en el mundo que no sea una enorme, gigantesca estupidez.

Confío en dejar de ser así de sabio dentro de poco, pero mientras tanto, sólo os podré decir chorradas.

Hoy hablaré de la magia: Esa gigantesca chorrada que nos hace la vida un poco más bonita.

Yo soy uno de esos gilipollas que piensan que la magia palpita en todas partes, y mi consuelo de tontos cuando las circunstancias son adversas, consiste en ir recopilando esos pequeños momentos que hacen que la vida parezca un plagio barato de Amélie.

Pongamos un par de ejemplos: Existe en el mundo un tipo encantador llamado Ivo. Una vez nos presentó un amigo común. Desde ese día, no necesitamos quedar para vernos, porque nos cruzamos en todos los rincones de esta gran ciudad, sin pretenderlo.

El día que Ivo se marchó a vivir a Alicante, la lógica decía que ya no nos podríamos seguir encontrando por la calle. Pero ambos sabíamos que en este caso la lógica estaba abocada a equivocarse.

Ayer me lo volví a encontrar, en la calle de San Onofre. Él había venido de puente a Madrid y, obviamente, no podía regresar a la costa levantina sin compartir conmigo otro de esos encuentros que día a día nos demuestran que, en efecto, “hay más cosas en el cielo y en la tierra, Horacio, de las que tu filosofía es capaz de soñar” .

El otro día caminaba por las entrañas de Madrid y encontré un naipe tirado en el suelo, bocabajo, como un cadáver que flota en la piscina. Me detuve en seco, consciente de que mi Destino estaba escrito en ese naipe.

Levanté la carta con curiosidad infantil. Era un siete de oros. Buenos presagios. Según mi querida Maya, esa carta es la puntuación más alta en el juego de la escoba. Y según los libros de tarot de mi no menos querido Xavi (aunque Maya sea más guapa), el siete de oros simboliza la construcción del YO dentro del propio cuerpo, y la gestación del Cristo dentro del vientre de la virgen María. ¡¡Tooooooma yaaaaaaa!!

Normalmente suelo narrar mis anécdotas sobre coincidencias mágicas que inducen a creer en el Destino, o en cualquier otro tipo de voluntad superior que “maneja los hilos” con un sentido del humor poco sutil.

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Últimamente, sin embargo, me gusta fijarme también en esos pequeños detalles que desprenden la magia por sí solos, sin necesidad de espectaculares coincidencias y aparatosos efectos especiales.

Ayer, por ejemplo, me fui a dar una vuelta por El Retiro. Pululé por sus resquicios, envuelto en verde, como un trago de Heineken.

La magia estaba por todas partes, porque lo que despierta esa magia es, a fin de cuentas, el sentido que nosotros queramos darle a las cosas.

En mi periplo por los laberintos de ese parque titánico encontré mujeres bonitas (que son el truco de magia que mejor le sale a Dios), y un perro negro con raftas, y una niña adorable de pelitos rizados, pequeñita pequeñita pequeñita pequeñita, como de menos de cincuenta centímetros de altura, corriendo con su vestidito de princesita de cuento de hadas para abrazar el tronco de un árbol, y descubrir que era tan chiquitita que sólo llegaba a las raíces. Y cuatro o cinco jovenzuelos que jugaban al volleyball usando como red un precinto policial atado a un par de árboles (no me fijé si el balón era una cabeza decapitada)...

Y música... Música por todas partes. ¡Magia! ¡Magia! ¡Magia! ¡Magia!

El otro día salí de un concierto de los inigualables Calipo A, y el cielo era de color violeta.

Es una pena que el funcionamiento de este mundo esté regido por gente que vive de espaldas a todo eso.

El otro día me crucé con Dominique Pinon. En mi propio barrio. Es una buena señal pues, como sabéis mis más fervientes y leales admiradores (es decir, aquéllos que fuisteis capaces de aguantar mi artículo sobre los “artistas piscis”), el bueno de Dominique cumple los años el 4 de marzo, igual que yo.

El señor Pinon me miró con cara rara. Supongo que porque la expresión de la mía debía de ser más rara todavía. Mis ojos no daban crédito. Nadie ni nada puede dar crédito a nada ni nadie en un mundo en el que uno de repente descubre que ¡Dominique Pinon es de carne y hueso!

Y esta tarde me he cruzado con una de mis diosas, también en mi barrio. ¡He estado a menos de dos metros de Alexandra Jiménez! ¡La África de Los Serrano! ¡La criatura más sexy de toda la serie, con permiso de Jesús Bonilla!

Ahora estoy en condiciones de desmentir esa leyenda urbana según la cuál la señorita Alexandra es horrible al natural. ¡No señores! Está igual de buena al natural que en la serie. Y es igual de guapa.

Iba acompañada por un chico. Quiero creer que se trataba de su hermanito gay castrado desde los trece años.

Porque una de mis metas en la vida, además de casarme con Thora (Zorra) Birch (Bitch), con Bryce Dallas Howard y con Christina Ricci, es la no menos original meta de casarme con la señorita África. En este caso, además, no tendría la barrera del idioma. Aunque nunca me ha molestado esa barrera a la hora de escuchar “ Aaaaahhhhh... aaaaahhhhhh... aaaaaahhhhhhhaaaa... aaaaaaaaaaaahhhhhh... . Y, total, pienso ir divorciándome de todas ellas de manera sistemática, como hizo John Huston en el pasado y hará Xavi Fortino en el futuro.

¿Qué piensan ustedes? ¿Me casaré con ella? ¿No me casaré? ¿Sí me casaré? ¿No me casaré?

Espero que la respuesta sea afirmativa, porque en caso contrario, otra margarita habrá muerto por una causa triste.

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