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EL TESORO DE ELVIRA

Abel conoció a Elvira en un sueño.

No podía ser de otro modo, porque mujeres como Elvira sólo tienen asilo político en los sueños. Si una belleza así fuese tangible, el mundo real cerraría su puño en torno a ella, intentaría atraparla, y la poesía moriría pulverizada como un copo de avena.

Los labios de Elvira estaban hechos con la piel de la manzana prohibida. Provocadores, entreabiertos, dolorosamente rojos, como untados en la sangre de un animal sagrado.

Los labios de Elvira eran la invitación a un beso, y el beso era la invitación hacia un veneno que lo curaba todo.

Los labios de Elvira eran el colchón de terciopelo en el que aterrizan los suicidas, y cuando Abel los humedeció con su saliva, sintió cómo la carne se entreabría, con movimientos lentos, sinuosos... como de pétalos de una flor carnívora.

La lengua de Abel se deslizó hacia el interior, escaló una muralla hecha de perlas, aterrizó en el seno de otra lengua, la despertó, se revolcó con ella... y de pronto el instinto más primario del soñador Abel se encontró inmerso en un laberinto de oscuridad y carne. Su lengua doblaba esquinas peligrosas. Era consciente de que cada beso le hacía perderse más y más en las tinieblas de Elvira. Era consciente de que la salida quedaba cada vez más lejos, más parecida a un recuerdo indefinido. Era consciente de que tal vez se estaba perdiendo para siempre, de que quizá se estaba condenando de por vida, convirtiéndose en prisionero, obligado inquilino vitalicio de aquella mazmorra irresistible...

Abel llegó al corazón del laberinto, y una voz dulce susurró en su oído:

“Has encontrado el tesoro. Es para ti. Te aguarda en el interior del agujero”.

Y el agujero se insinuaba entre los pies de Abel. Una herida de oscuridad entre la carne rosa.

Él se agachó. Introdujo la mano en el agujero, poco a poco. El agujero le estranguló los huesos con un abrazo de anaconda, pero le permitió avanzar, hacia el fondo, a través de un sendero de humedad viscosa.

“Ya casi estás”, le susurró la voz. “Lo tienes muy, muy cerca. Es casi tuyo”.

Y entonces sintió Abel el frío de un metal deslizándose en su piel, estremeciéndola... Cuando sacó la mano, un destello hirió la oscuridad. Un destello que surgía de su propio dedo anular. Era un anillo.

“Enhorabuena. Ya es tuyo mi tesoro. Y tú eres mío.”

Abel abrió los ojos.

Las sábanas se desparramaban por su cuerpo similares a la piel de un animal, y él las recorrió con la vista, a través de una persiana de legañas.

Cuando llegó a su mano izquierda, sintió en el pecho una inevitable opresión. El anillo seguía allí, colonizando sus falanges con un brillo terrible, avaricioso...

Abel tiró de la alianza con violencia, para arrancarla de su dedo cuanto antes. Lo consiguió, pero al hacerlo, sintió de pronto un vacío insoportable. Como si se hubiese arrancado un trozo de su ser con ese anillo.

Se lo volvió a poner, y se sintió abrazado, comprendido... Con una sensación maravillosa que nunca había sentido. La sensación de encajar en algún sitio, pertenecer a algún lugar concreto...

Elvira...

Recordó el nombre, y pronunciarlo invocó un panal de insectos en su estómago.

Aquella mañana, en el trabajo, Abel estuvo atento a las miradas de envidia de sus compañeros. Pero no las hubo. Ninguno desviaba los ojos hacia el dedo de Abel, porque ninguno parecía advertir la presencia de su anillo.

Abel sintió el temor de haberse vuelto loco, pero la locura siempre viene acompañada de una implacable lógica: “Me he enamorado de una mujer imaginaria. Es normal que nuestra alianza sea invisible”.

Pero “invisible” no significa “inexistente”. Algo, en efecto, había cambiado. Algo muy dentro de nuestro amigo Abel. Inspiraba una confianza tan serena, irradiaba una seguridad tan envidiable, lucía una sonrisa tan idiota...

Aquella noche, tras el alunizaje en la almohada, se durmió con un “Elvira” suspirado entre sueños. Y los sueños fueron una montaña rusa que lo llevaba hacia su amada.

Despertó a la mañana siguiente, y sus ojos se dirigieron instintivamente hacia el anillo. Necesitaba comprobar que seguía ahí. Imaginario o no, era la prueba de que algo pervivía más allá de la frontera de lo onírico.

Alivio. Suspiro. Sonrisa relajada. El anillo seguía brillando en su lugar.

Pero el alivio dio paso a una leve sombra de preocupación, pues notó Abel que le apretaba más el dedo. Tal vez su carne había engordado por la noche, o quizás el anillo había encogido...

No le dio demasiada importancia al asunto, hasta que, a la mañana siguiente, se despertó dolorido, sintiendo que el anillo le apretaba todavía más.

Intentó sacárselo, aunque sólo fuese un momentito. Imposible. Definitivamente, había encogido. Estaba tan incrustado en el anular de Abel, que tirar hacia arriba equivaldría a desgarrar la piel.

Aquella mañana, nuestro amigo no se pudo concentrar en el trabajo. Consultó a sus compañeros, y ninguno le apreciaba nada raro en el dedo. Pero el dolor estaba ahí, amenazando con gangrenar la carne prisionera.

Llegó la hora de dormir, y el “Elvira” que atravesó los labios del desquiciado Abel sonó como una súplica patética. No pudo soñar con nadie aquella noche. El anillo le apretaba demasiado. Casi podía sentir el frío del metal mordiendo el hueso.

Se lo intentó sacar de nuevo. Tiró con todas sus fuerzas, desencajando huesos y tendones, haciendo manar sangre. Todo inútil.

El anillo encogía de una manera imperceptible, pero imparable. El dolor creció como una mala hierba, adueñándose de los cien mil resquicios de aquella madrugada, hora tras hora... y en una de esas horas llegó lo inevitable. El brillo del cuchillo, el llanto hueco de los huesos rotos, la sangre a borbotones, dibujando un test de Roschard en el blanco mostrador de la cocina.

El dedo chapoteó en el charco rojo.

El anillo rodó hacia las tinieblas, a reencontrarlas, a disolverse en ellas...

Abel se desmayó. Su cuerpo un lienzo pálido. Derramando su esencia poco a poco, como una botella de vino, descorchada, volcada al borde de ese precipicio que separa las cosas de la Nada.

Mientras Abel perdía el consciencia, sus labios desteñidos dibujaron un nombre en el silencio:

Elvira...

Fin. Madrid, a 25 de octubre de 2006.

REBECA Y OCHO ARAÑAS

Rebeca era la número tres de tres trillizas.

Había una tradición en la familia: Cuando las niñas celebraban su octavo cumpleaños, sus padrinos tenían que hacerles un regalo. Mas no un regalo cualquiera, sino el indiscutible rey de los regalos. Un regalo envuelto por el papel inescrutable del Destino. Ese papel que siempre empieza en blanco... y que se escribe solo, poco a poco...

Un regalo que marcase el rumbo de sus vidas, irremediablemente, para siempre...

El padrino de la primera hermana era el hermano rico de mamá. Acudió a la celebración con un collar de oro. Y así creció la niña, en una crisálida bordada por gusanos de seda, todo esplendor, y lujo, y oro, y joyas...

La segunda trilliza tenía por padrino a un erudito. Su regalo fue un libro de mil páginas, con ocho mil secretos cada una. Y así creció la niña, iluminada, envuelta en esa luz tan cegadora que alumbra los senderos de los sabios. Con las manos posadas en las riendas de las fuerzas que gobiernan a los dioses.

Pero el padrino de Rebeca no era rico, ni sabio... ni siquiera cariñoso. Era un vaso de hiel. Era miseria. Era tan agrio, henchido de derrota... que no podía ofrecer a la pequeña ningún sendero recto: sólo aquéllos... trazados de manera sinuosa... por el negro pincel del infortunio.

Rebeca vio acercarse a su padrino, envuelto en su siniestro abrigo negro, fabricado con alas de murciélago. No había amor en él. En sus pupilas... sólo brillaban lágrimas de whisky.

No puso en las mejillas de Rebeca el beso acostumbrado. Simplemente... extendió sus dos brazos, y había en ellos una cajita envuelta en papel áspero.

- Toma niña – le dijo con voz cínica -. No puedo darte más. Esta cajita es todo lo que tengo.

Cuando el padrino abandonó la fiesta con su andar encorvado y taciturno, Rebeca abrió la caja, y dentro de ella, tan sólo vio...

... ¡ocho arañas!

Ocho bichos horribles, pululando con sus ocho patitas por aquellas tinieblas de cartón, tan claustrofóbicas.

Las mujeres gritaron... y, crueles, los otros niños se burlaron de ella. Y todos de la niña se alejaron.

Tal fue el triste regalo de Rebeca: El don que marcaría su destino. Ocho animales negros, venenosos... que no inspiraban el amor de nadie.

Pero si algo le sobraba a aquella niña, hasta el punto de no caberle dentro, aquel algo era amor... Por eso mismo, fue incapaz de matar a las arañas... y las apadrinó, y creció con ellas... y como ellas, extraña, inadaptada... arrinconada en un rincón sombrío...

No tuvo amigos. Los niños la rehuían. Nadie quiere sentarse junto a niñas que almacenan mascotas imposibles.

Los chicos no le hicieron mucho caso. A todos les dan asco las arañas. Suelen ser más molestas que románticas, y no dan buena imagen en las fiestas.

Cuando una chica crece rodeada de seres venenosos, se acostumbra muy rápido al veneno. Se vuelve adicta a él. Lo busca en todo. En la comida, el humo, la bebida. Se intoxica la mente, el organismo, el torturado corazón, el alma...

Y así acabó Rebeca. Envenenada. Y también viceversa: venenosa. Y aunque existen venenos deliciosos... la gente tiene miedo de probarlos. Y el miedo se convierte en un rechazo que se clava, implacable, en las entrañas, como la hoja de un puñal de hielo.

Las arañas, ¡las fúnebres arañas! hicieron infeliz a nuestra amiga. La guiaron por sendas escabrosas hacia la soledad, el desempleo, el desamor, la incomprensión, la angustia, la oscuridad de no encontrar caminos que no terminen en paredes negras...

Y cierto día Rebeca, ya sin fuerzas para seguir luchando por las cosas, maldijo a las arañas, ¡las maldijo! por haberle amargado la existencia... y las soltó en la calle, renegando de ellas, para siempre. Y subió a aquel edificio, lentamente... y llegó a la azotea... y una brisa, alborotó sus pelos venenosos... y le enredó la falda entre las piernas... Y se dejó caer, como una fruta... en dirección prohibida hacia el asfalto, que aguardaba ocho pisos más abajo.

Entonces sintió el miedo, el desarraigo, el vacío, peor que el de la vida, de quien se va a apagar en un instante. Y quiso despertar, huir de aquel vértigo, desandar metro a metro, piso a piso... aquel camino recto hacia la muerte, hacia los huesos rotos, y la sangre... esparcida por pasos de peatones.

Mas era tarde ya. El inconmovible asfalto la aguardaba con su definitivo martillazo...

... que no llegó a llegar.

Porque un abrazo... de algo liviano como luz de luna... frenó a medio camino la caída. Una red... como aquéllas que en el circo... le salvaban la vida al trapecista. Pero más pegajosa, más flexible... ¡No era una red! ¡Era una telaraña!

A pocos metros del dolor del suelo, la muchacha flotó en aquel regalo que le habían tejido sus mascotas.

El corazón de la mujer suicida redoblaba con tanto hambre de vida, que se quería merendar el mundo.

Rebeca abrió los ojos, deseando... intentarlo una vez más.

Tendió una mano al cielo, esperando que alguien la ayudara... a incorporarse... y a luchar de nuevo.

Sesenta y cuatro patas la ayudaron.

Madrid. 18 de octubre de 2006

LA MUJER DEL TITIRITERO SE ROMPIÓ

La mujer del titiritero se rompió.

La fiebre la rozó con demasiada fuerza, y le prendió fuego, igual que a una cerilla.

Y cuando la cerilla amenazaba con incendiar el mundo entero, el aliento de la muerte sopló para apagarla... y tan sólo quedó un poco de humo, subiendo en espirales hacia el cielo.

La incineradora completó el trabajo que la fiebre no pudo terminar.

La mujer del titiritero se convirtió en cenizas.

Pero el desconsolado esposo no podía soportar que los recuerdos más importantes de su vida cupiesen en el vientre de un jarrón. Necesitaba salvar algo. Necesitaba que no se redujese todo a polvo que se reencuentra con el polvo.

Aguardó a que el velatorio se quedase vacío. Abrió la tapa del ataúd. Apartó flores húmedas. Apartó crespón blanco. Besó labios lacrados para siempre, por el carmín sangriento. Extrajo las tijeras del bolsillo...

Regresó a casa con un mechón de pelo. El pelo de una muerta. El larguísimo pelo de su difunta esposa.

El titiritero no tenía demasiado claro lo que pensaba hacer con ese manojo de cabellos. Empezó a descubrirlo conforme sacaba sus herramientas y tallaba la madera.

Ningún pedazo de madera fue tallado jamás con tanto amor. Ningún contundente martillazo se ha parecido tanto a un beso. Ningún cuchillo acarició tan suavemente aquello que rompía.

Y conforme el titiritero cortaba, martilleaba, moldeaba... una capa de serrín lo cubría todo.

Cuando las manos del viudo apartaron el serrín, se estremecieron al tocar el rostro que habían esculpido. Era ella. Exactamente igual. Igual de bella. Igual de inerte. Igual de pálida. Encerrada en un trozo de madera, imitando también en eso a su mujer auténtica.

Cuando la marioneta estuvo terminada, nuestro amigo le pegó en la cabeza los cabellos de su difunta esposa. Fue la guinda del pastel. El único peldaño que faltaba para convertir algo hermoso en algo mágico, si es que en verdad existió alguna vez la diferencia entre lo mágico y lo hermoso.

El titiritero se agachó sobre su creación. Le puso un beso en los labios, una caricia debajo del vestido, una lágrima brillando en cada ojo...

Cuando se incorporó, vio en la mesa los últimos cinco cabellos de su difunta esposa. Los únicos cinco que habían sobrado. Entonces lo tuvo claro. Recogió esos cinco pelos, sabiendo que ya tenía los hilos para manejar la marioneta.

Un pelo atado al brazo derecho.

Un pelo atado al brazo izquierdo.

Un pelo a cada pie.

Un pelo en la cabeza...

El titiritero sintió un cosquilleo espeluznante cuando tiró por primera vez de aquellos hilos. Se le encogió el corazón cuando vio a la muñeca levantarse, poco a poco. Un fantasma despertando de la tumba, apartando las sábanas de piedra, desperezándose contra natura, desafiando con cada movimiento las leyes que se escriben en el libro de lodo, extremidades gobernadas por cinco hilos que habían escapado de la madeja de las parcas, en vete a saber qué trágico descuido.

Él sabía que cada títere invoca sus propios movimientos. Sólo hay que saber dejarse llevar. Fluir con el muñeco. Permitir que la marioneta descubra su carácter, hasta que el marionetista se convierte en mero intermediario. Hasta que resulta difícil saber si la fuerza que tira de los hilos lo hace hacia arriba o hacia abajo. Si es el hombre quien maneja el títere... o es el títere quien maneja al hombre.

Y la muñeca recién resucitada encontró muy pronto los sentimientos que habían de llenarla, y los movimientos que debían gobernarla.

El titiritero se limitó a obedecer, aunque había esperado algo muchísimo más dulce. No deseaba tirar con tanta violencia de los hilos, pero algo susurraba dentro de él, y le impedía hacerlo de otra forma. Por eso la marioneta se revolcaba por el suelo, se retorcía, se arrastraba, se llevaba las manos a la cara, intentando arrancarse las mejillas.

La muñeca se consumía en una fiebre imaginaria, y él tiraba con impotencia de los terribles hilos, contribuyendo a ello.

“Me quemo por dentro”, decía la marioneta, en su idioma de convulsiones silenciosas. Corrió hacia la cocina, enredándose el vestido entre las patas de las sillas. El titiritero la seguía de cerca, atado también a aquellos cinco cordones umbilicales, a aquellas cuerdas del arpa de la Muerte...

“Necesito agua”, suplicaba la marioneta en cada gesto, en cada desconcierto de aspavientos. Y el viudo la manejaba en consecuencia, impotente, y muy a su pesar... Ella se acercó a un vaso de agua. Se lo derramó por todo el cuerpo, empapándose los pelos y el vestido. Mas no era suficiente. Se arrojó al interior de algún jarrón de flores, pero tampoco allí pudo encontrar la suficiente agua para calmar su ardor. Arrastró al titiritero hasta el cuarto de baño. Intentó accionar el grifo del lavabo con sus dedos de madera, cada vez más deprisa, cada vez más consumida por la impotencia de no poder hacer girar el mecanismo...

Nuestro amigo jamás había perdido el control de un muñeco tan alarmantemente. Su esposa en miniatura no cesaba de arder entre las llamas invisibles. El titiritero la acompañó a la puerta. Atravesaron el jardín, recorrieron kilómetros de aceras, corrieron por los parques y las plazas.

La gente les dedicaba las miradas más insólitas. Los más obtusos contemplaban sólo a un loco. Los más sabios veían una muñeca que manejaba a un hombre.

Y el titiritero respetaba las órdenes que le llegaban desde arriba, o desde abajo, o desde vete a saber dónde...

De repente, el suelo bajo sus pies cambió. Ya no era acera, ni baldosa, ni azulejo. Nuestro amigo no necesitó levantar la cabeza para reconocer aquel terreno: Estaban en el puerto. El muelle se acercaba. Las aguas aguardaban con su abrazo de hielo.

La marioneta se despeñó por el borde del muelle, como una antorcha deseando apagarse. El titiritero no se resistió. Se dejó caer tras la muñeca. El mar les recibió, inmenso, inabarcable, en su regazo frío y misterioso. Y entonces todo fue flotar. Entonces los hilos dejaron de tener sentido. Entonces fue todo oscuro, y silencioso, y demasiado profundo para intentar molestarse en entenderlo.

La esposa del titiritero se ahogó.

Encontraron a su marido en la orilla de una playa, tres semanas después. Enredado en cabellos de mujer.

Las olas lamían su cuerpo. Lamían un helado que ningún sol conseguiría derretir.

Madrid. 12 de octubre de 2006

LAS TINIEBLAS QUE MASTICAN LAS TINIEBLAS

Petróleo. Magma negro. Reluciente oscuridad, tan limpia, tan sucia al mismo tiempo... El perfume penetrante de las sombras. Sangre opaca, espesa, inescrutable... en las venas subterráneas del planeta.

Petróleo...

El venenoso zumo del misterio. El mar muerto donde los peces gordos chapotean. El caldo de cultivo del progreso.

Petróleo...

El resultado de millones de años de cocina a fuego lento. Animales y vegetales. Muertos. Fermentados. Prensados y estrujados... masticados por los estratos de la Tierra, poco a poco, siglo a siglo, hasta que todo cadáver pierde identidad. Hasta que todo se disuelve en una pasta negra más antigua que cualquier palabra, que cualquier pregunta, que cualquier suspiro... Una papilla de tinieblas. Tinieblas acostumbradas a beber tinieblas.

Eso es el petróleo.

Primero dio de comer a las locomotoras. Luego a los coches. También a los barcos y helicópteros... Proporcionó alimento a todas nuestras máquinas, y finalmente llegó el día en que acabó alimentándonos a nosotros también.

Todo empezó con aquellas malditas gominolas. Las hacían con petróleo. Por eso se parecían tanto al plástico. Eran tan relucientes, tan brillantes... Parecían tan, tan limpias...

Y el hombre estaba obsesionado con la limpieza. El petróleo le había alejado del barro y de la hierba, a bordo de un ascensor acristalado con cien botones impolutos. Redondos, inmaculados y brillantes como aquellas gominolas de colores.

El hombre se acostumbró a rodearse de suelos limpios, de paredes limpias, de ventanas limpias, de objetos esterilizados y compactos, que no dejaban huella alguna en la piel que los rozaba.

El paladar se acostumbró a la suave textura de aquel plástico comestible que se vendía en las tiendas para niños, y el estómago también. Cuando esos niños crecieron, sentían arcadas ante la aspereza de las hojas de lechuga, ante el intenso sabor de cualquier carne, ante el crujir de los cereales, las galletas... y todas esas cosas que se disgregan en trocitos. Esas cosas que llenan nuestras bocas de desorden, de polvo y suciedad...

Los estómagos empezaron a demandar limpieza, pero no cualquier tipo de limpieza. Exigían la limpieza del petróleo. Aquella limpieza antediluviana que reposaba en catacumbas prehistóricas... La limpieza antiséptica del plástico...

Los alimentos pasaron de tener un porcentaje de petróleo a estar basados completamente en él. Los aparatos digestivos se acostumbraron a la nueva dieta, se adaptaron con una rapidez de mutación de insecto. Olvidaron cómo se digerían los alimentos de antes. Los cerdos, las manzanas, las verduras, el pescado, las setas, o la leche... Ningún ciudadano podía engullirlos sin vomitarlos al instante. Ninguno conseguía disociar esas sustancias naturales para exprimirles materia y energía.

Las nuevas generaciones sólo sabían digerir petróleo. Oro negro para intestinos negros. Sólo el hombre sabía fabricar la comida perfecta para el hombre. La madre Naturaleza era demasiado caprichosa, y tenía demasiados hijos para saberlos contentar a todos.

Pero el petróleo era un recurso limitado. Si todos los habitantes del planeta lo comían, se acabaría en unos pocos años.

Por eso la dieta plastificada se acabó convirtiendo en privilegio de los países ricos, y de las clases altas. El resto de la escoria del planeta se tuvo que acostumbrar al repugnante hedor a cadáver de los filetes de ternera, a la imperceptible podredumbre del repollo, a ese sanguinolento y agrio vómito que se llamaba salsa de tomate.

De esa manera, el nuevo tesoro alimenticio pudo durar más tiempo, pero “más tiempo” no significa eternamente.

Cierto día, las venas de la tierra se quedaron secas. Las grutas del tesoro se quedaron vacías. Y aunque llenaron el suelo de agujeros, y se asomaron con esperanza a ellos, al otro lado les respondió el vacío.

Los políticos de una decena de países intentaron comerse un pollo asado en público. Para concienciar a la población. Para hacerles volver a los antiguos hábitos. Dos lo vomitaron, tres se atragantaron, cinco se intoxicaron y murieron...

Era inútil. Ahora los hombres tenían estómagos de mentira, y sólo podían digerir comida de mentira.

Por primera vez en mucho tiempo, los países ricos y los pobres tenían una cosa en común: Ambos se morían de hambre.

El ingeniero que encontró la solución se llamaba... Da igual. No recuerdo su nombre. Levaba una bata blanca. Un día se sentó y, obviando los rugidos de su estómago hambriento, empezó a reflexionar sobre el petróleo:

Petróleo...

El resultado de millones de años de cocina a fuego lento. Animales y vegetales. Muertos. Fermentados. Prensados y estrujados... masticados por los estratos de la Tierra, poco a poco, siglo a siglo, hasta que todo cadáver pierde identidad.

Entonces lo tuvo claro. Sólo había que encontrar una manera de acelerar el proceso. Diseñar y construir una máquina que masticase los cadáveres a más velocidad. Fast food. Petróleo rápido. Acelerar el proceso. Hacer en unos minutos, horas, días... lo que la torpe Mamá Naturaleza tardaba milenios en lograr.

Se hicieron diez prototipos que fallaron. Luego se hicieron otros trece, que volvieron a fallar, y el número veinticuatro dio en el clavo: Una máquina gigantesca, del tamaño de un hangar gigante. Introducías en él árboles, animales, o cualquier cosa que apestase a vida. Los engranajes prensaban a gran velocidad. Los termostatos se encargaban de que la temperatura fuese siempre la adecuada. Petróleo express. Todos los días introducían plantas, árboles, perros, gatos, cactus, aves, vacas... Las máquinas hacían el trabajo a la velocidad del trueno. Aceleraban todos los procesos. Descomposición. Fermentación. Compresión. Fosilización. Extremaunción...

Las fábricas de comida artificial se extendieron por todos los países, raptando seres vivos y transformándolos en comida muerta.

Pero los animales y las plantas tampoco eran infinitos. Cuando el planeta entero se convirtió en el desierto más grande del planeta, el hambre regresó. Ahora a los pobres no les quedaba ningún sucio alimento natural que llevarse a la boca, y a los ricos no les quedaba ningún sucio alimento natural que convertir en limpio alimento artificial.

Los ricos y los pobres estaban unidos por un mismo problema: El hambre. Así que la solución también tendría que unirlos a los dos.

- Pobrecitos – dijo alguien en el último piso de un rascacielos de los países ricos -. Ya no tienen gallinas que llevarse a la boca. Les deberíamos ahorrar el sufrimiento.

Y de esa manera, los ricos empezaron a aliviar el sufrimiento de los pobres... arrojándolos a las entrañas de las enormes máquinas que fabricaban el petróleo rápido.

Era atroz, era cruel, era asesinato en toda regla, y sin respetar ninguna de las reglas.

Era espeluznante, escalofriante, tan lúgubre y oscuro como el alimento resultante.

Pero el alimento resultante... era tan limpio...

Madrid. 1 de octubre de 2006

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