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GRITOS EN EL PASILLO

LA SERPIENTE DE PLÁSTICO NEGRA

Voy a intentar explicarlo.

No va a ser fácil. Pero pocas cosas lo son en esta puta vida.

En mi habitación hay una mesita de noche. Sobre la mesita de noche hay una lámpara. Un poco cutre, y por lo tanto encantadora.

Hace una semana, esa lámpara tenía una serpiente de plástico negra enrollada sobre su base.

Esa serpiente negra era el cable que viajaba de la lámpara al enchufe.

Esa serpiente negra llamada cable tenía un interruptor. Se accionaba con el dedo haciendo CLICK.

Esa serpiente negra, al estar enrollada sobre la base de la lámpara, traía consigo una cotidiana implicación:

El interruptor reposaba sobre la base de la lámpara, en el mismísimo tablero de la mesita de noche.

El otro día tuve que tomar prestada esa lámpara para terminar de iluminar un plano en un rodaje. Ya sé que es una solución un tanto cutre, pero cualquier rodaje en sí mismo no deja de ser una solución un tanto cutre a los problemas de la vida.

Tuve que desenrollar el cable de la lámpara, porque un rodaje no es un rodaje si no te jode la maldita vida. Y para joder la maldita vida de cualquiera, nunca vienen mal un sin fin de cables extendidos por doquier, enrollándose los unos en los otros hasta sodomizar el feng-shui del "set de rodaje" (también llamado "puta mierda de sitio donde se rueda").

No sé si la lámpara sirvió de algo, pero cuando nos desembarazamos del último plano, cuando regresé con ella a la mesita de noche... no tuve fuerzas para volver a enrollar el cable (si alguien tiene fuerzas para algo después de un rodaje, es porque no ha rodado de verdad), y la serpiente de plástico negra se quedó extendida, penduleando en los abismos de mi dormitorio, despeñándose por el borde del tablero de la mesita de noche.

Desde aquel día, ya nada fue lo mismo.

Es curioso cómo se acostumbra la mente humana a los rituales cotidianos.

Porque ahora, al estar desenrollado el cable, al estar extendida la serpiente de plástico negro en toda su maldita magnitud, el interruptor ya no reposa en el tablero de la mesa.

Ahora cuelga cual prepucio inanimado en algún punto intermedio entre el tablero y el suelo.

Pero mis instintos primarios aún no se han dado cuenta de ello. Cada vez que atravieso las tinieblas de mi dormitorio, mi mano se lanza directa hacia el tablero de la mesa, intentando encontrar un interruptor que ya no está, un camino para encontrar la luz que desapareció hace tiempo.

Ahora el tablero de mi mesa está vacío, más diáfano, con más espacio para incorporar mil cosas nuevas, embajadoras de una vida nueva.

Pero mi cabeza no está preparada todavía para aprovechar ese vacío. Ella sigue buscando el maldito interruptor.

Solamente tras un par de patéticos intentos de buscar la luz en el lugar en el que había estado en el pasado, mis dedos se resignan a adaptarse al presente, y se arrastran cual tentáculos de anémona a lo largo del cuerpo de la serpiente de plástico negra, hasta llegar al interruptor, cerca del suelo, en dirección al centro de la tierra, la dirección favorita del Infierno, que es a su vez la ruta favorita de cualquier serpiente.

Supongo que será cuestión de acostumbrarse. Un par de semanas más, y mi dedos renunciarán al tablero de la mesa, e irán directos a buscar la luz en los umbrales del Infierno, igual que Dante.

Gritos en el pasillo se sigue moviendo de manera esperanzadora. Creo que algunos espectadores la han odiado. Resulta un poco chocante, porque hasta ahora habíamos estado acostumbrados a que la gente se enamorase de ella, sintiese simpatía o, en ciertos casos, una simple y mediocre indiferencia.

Resulta tranquilizador comprobar que alguien es capaz de detestar nuestra película. Si no surgiesen casos así de vez en cuando, los casos de enamoramiento a los que nos han malacostumbrado, no serían creíbles.

Esta noche ha consistido en lidiar con el idioma de la mafia. He visto un trozo de "El Padrino 2" y entendía a la perfección todos los diálogos en italiano.

Ahora, sin embargo, intento entender la letra de una canción en italiano y no consigo capturar ni una sola sílaba. Quizás hay ciertas cosas que no quiero entender, o quizá sólo entiendo el italiano cuando habla de MUERTE.

PUTAS MUSAS

Me sigue pasando.

Mis musas se han acostumbrado demasiado a la prostitución. Ahora son unas putas. Mujeres tenían que ser.

Eso último era broma. Las mujeres no son putas. Simplemente viven en otro planeta. Eso es lo que las hace tan mágicas. Eso, y los sugerentes relieves del susodicho planeta.

Está bien. Al carajo la corrección política. Son todas unas putas. Pero me encantan.

Ya me estoy desviando. He tenido un día demasiado estresante, y ahora intento rebajarlo con whisky. Lo que sea con tal de poder dormirme a una hora decente.

Demasiado tarde. Ya son las tres y ocho de la noche según mi reloj, y las seis y nunca de la mañana según el Sabina que suena en mi altavoz.

He tomado muy poquito whisky. Lo que me asusta no es la cantidad ingerida, sino la razón por la que lo ingiero.

Mi vida va muy bien. Todo parece prometedor. Estoy rodeado de seres queridos. Y si queda algún hueco vacío en mi interior, las actuales circunstancias se encargan de que no tenga tiempo de pensar en ello.

Está bien. Eso también es mentira. Cuando llega la noche, y aterrizo en la cama, y mis pupilas se estampan contra el techo, el vacío me dice que su idioma de shhhhiiiiooooouuuuuuu: “estoy aquí”.

Putas musas.

Hubo un tiempo en que escribía por el simple placer de escribir. En poco más de siete años escribí una decena de novelas, y casi una veintena de largometrajes.

Luego llegó una segunda etapa, en la que me detuve, miré hacia atrás y me di cuenta de que las cosas que escribía eran vomitadas directamente hacia un callejón sin salida. Las novelas sin publicar se me amontonaban en un cajón enmohecido, y yo no tenía tiempo de moverlas, ni ganas, ni fuerzas...

A los guiones les sucedía tres cuartos de lo mismo.

Mis musas renegaban de mí, desengañadas. Y solo aceptaban trabajar a cambio de un sueldo basado en sangre y lágrimas.

Ahora todo parece ir bien. Nuestra primera peli se está moviendo de manera esperanzadora, y ya me han ofrecido la segunda. Empiezan a aparecer luces al final del túnel, puertas abiertas para intentar difundir cualquier cosa que salga de mi enfermiza cabezota. Pero empiezo a temer que es demasiado tarde para mis musas.

Los golpes de la vida las han transformado en unas putas. Ya sólo trabajan por dinero, o por promesas tangibles.

Añoro eso de escribir por el simple placer de escribir. Era la manera más bonita de hacerlo.

Pero Peter Pan ha pasado tanto tiempo arrastrándose por el fango que ahora, cuando han aparecido las hadas madrinas, ha olvidado la forma de volar.

Espero que sea una etapa transitoria.

En fin... creo que necesito un poco más de whisky. “Si tus musas hablasen, pedirían Whish-kiss”.

Hay demasiada presión flotando en el aire. Me están definiendo como el nuevo “Robert Rodríguez”. En eso se basa parte de la campaña de lanzamiento de nuestra peli.

Es un listón demasiado alto. Sí... Ya sé que el Mariachi es una peli muy fácil de superar. Pero hoy día, si alguien piensa en Robert Rodríguez, piensa en Sin City.

Me esforzaré por estar a la altura, aunque mis musas sean unas putas.

Físicamente me siguen comparando con Russell Crowe. Sigo sin saber qué es lo que hace que tanta gente me encuentre ese parecido, pero prefiero que me comparen con Mr Crowe en vez de con Gonzalo Miró, que era el otro con el que se empeñaban algunos/as en buscarme parecidos.

Pero las comparaciones con Russell Crowe o Miró no me pesan en absoluto. Me resbalan. La de Robert Rodríguez es más jodida.

Bueno, me voy a la cama, que ya son las tres y media, y mañana nos espera más trabajo.

Voy ha retorcerle las pelotas a Morfeo hasta que me conceda unas horitas de sueño.

Puto Morfeo...

Putas musas...

8 de febrero de 2007

DE PARTE DEL JUANJO DE HACE SIETE AÑOS

Últimamente tengo poco tiempo para escribir y (¿para qué engañarnos?) menos ganas que tiempo.

Eso no quiere decir que me apetezca ver morir este lugar violeta lentamente. Así que, mientras espero que las cosas regresen a su cauce, me pongo el chip nostálgico y cuelgo por aquí un cuento que escribí hace siete años.

Lo escribió un Juanjo ingenuo, quizás un poco torpe, pero que tenía motivos para escribir más puros y elevados que los que contaminan hoy día a mis prostituídas musas.

El cuento se titulaba, y se sigue titulando:

LA COPA DE CRISTAL

En un lugar perdido al que sólo se llega por equivocación, existe un valle... y en ese valle, serpenteando entre las piedras olvidadas, discurre un riachuelo que no cesa de murmurar una triste historia. Tal vez la más triste historia que haya podido escuchar un ser humano. Los pocos que por casualidad, o por capricho del Destino... llegan a ese valle, quedan cautivados por ese canto cristalino y melancólico y, cual si un sutil hechizo se hubiese apoderado de ellos, comienzan a acercarse al riachuelo. Se acercan, se acercan... hasta que la música... la triste música del agua entre las piedras, los envuelve y los aleja del presente... Entonces se dejan llevar por la tentación y beben... siempre beben... y todo el que bebe del agua de ese riachuelo muere de tristeza. Una tristeza que se apodera del alma... una tristeza que pocos han sentido... una tristeza que nadie ha soportado... Pero... ¿De dónde viene tan insondable pena? ¿Cuál es la conmovedora historia que murmuran las aguas del valle?

Para conocer la respuesta tenemos que remontarnos a épocas ya olvidadas... Pero no nos precipitemos, y vayamos por partes... En primer lugar nos deberíamos remontar riachuelo arriba, desandando el sinuoso curso de sus aguas, hasta llegar al peñasco más alto del valle. Allí el riachuelo, antes de desaparecer en las tinieblas de ignorados senderos subterráneos, brota de los fosos de un castillo. Se trata de un castillo ya deshabitado, algo derruido... Rotos los cristales de sus ventanas, rasgados sus tapices por los animales salvajes... y sus paredes... sus frías paredes de piedra... colonizadas por el musgo.

La historia de la copa de cristal tuvo lugar en un tiempo en el que ese castillo relucía en el valle, con cientos de banderas y pendones que resaltaban con orgullo en sus torres y ventanas, aguardando las caricias de los vientos peregrinos, que a veces se detenían por allí. Entonces las criaturas que pisaban las baldosas del castillo no eran fieras peligrosas y aves carroñeras, sino hombres y mujeres. Había nobles caballeros, trovadores, sirvientes... y un rey que, sentado en su trono, junto a su reina, gobernaba el valle y a todos los que en él vivían.

En realidad el rey y la reina poco tienen que ver con la historia de la copa de cristal, pero los cito aquí porque merecen que alguien (además de los vientos peregrinos) los recuerde... Porque eran en verdad dos reyes excelentes, y el valle jamás conoció época más feliz que aquella en la que transcurrió este reinado. La verdadera historia de la copa de cristal comienza cuando el rey y la reina decidieron tener un hijo... y así nació el príncipe.

No era ningún secreto para nadie que el príncipe se acostumbró al trono desde edades muy tempranas. Antes de que aprendiese a gatear, su padre ya lo sentaba en su regazo, bajo la acogedora sombra del respaldo de aquella silla majestuosa... Y así sucedió que el príncipe, antes incluso de aprender a hablar, sabía con certeza que quería ser rey... y estaba dispuesto a conseguirlo a toda costa, a cualquier precio... No resulta por ello extraño que el príncipe se alegrase como lo hizo cuando, en su más tierna infancia, le fue revelada su condición de heredero de la corona. Desde aquel momento, cada vez que se tumbaba en la cama por las noches, era invadido por el mismo pensamiento: “Cuando mis padres se mueran, yo seré rey”.

Y en esas noches de insomnio empezó a brotar en la mente del príncipe un deseo que resonaba en su interior tan incesantemente como los mismos latidos de su propio corazón: “que se mueran mis padres que se mueran mis padres que se mueran mis padres...”. Ese deseo le acompañó durante su infancia, y le siguió acompañando durante su obsesiva adolescencia...

Esta historia comienza en el día en que, debido a la casualidad o a alguna causa más oscura, su deseo se hizo realidad. Era entonces el príncipe un joven de apenas veinte años. Tras recibir la noticia de la muerte de sus padres, los sirvientes del castillo lo vieron correr por los pasillos, y las flores del jardín pudieron observar cómo atravesaba las murallas, dejaba atrás el puente levadizo y desaparecía entre los neblinosos confines del valle. “¡Pobre muchacho!”, decían o pensaban los testigos de su huida. “La muerte de sus padres le ha hecho enloquecer. ¡Que Dios Todopoderoso cuide de nuestro príncipe!”. Mas lo cierto es que el príncipe había decidido abandonar el castillo en parte para no verse obligado a ocultar su felicidad y en parte para celebrar el regalo que la Fortuna le había brindado. Y lo celebró corriendo y saltando por doquier, cantando en voz alta por los bosques, donde sabía (o creía) que nadie podía oírle.

Al fin, esa loca carrera sin rumbo fijo desembocó en un claro del bosque. El príncipe se detuvo a recuperar el aliento. “Ya no volveré a ser el príncipe nunca más. A partir de ahora todos me llamarán rey”. Esto pensaba el nuevo monarca cuando, a través de los jirones de niebla que deambulaban por el claro, divisó un montículo con un gran agujero. El nuevo rey se acercó al montículo y se dio cuenta de que el agujero era la puerta de una gruta iluminada por cientos de puntitos luminosos que danzaban en el aire cual mosquitos.

Sin dudarlo un momento, penetró en la gruta con un andar insolente. Finas raíces colgaban del techo. El pasadizo, iluminado por aquellos juguetones puntos de luz, descendía hacia las profundidades. El rey avanzaba, mientras los puntitos de luz se alejaban de él, como si tuvieran miedo.

Finalmente, llegó hasta una habitación abovedada, hecha toda ella de raíces, en cuyo centro bullía un manantial de agua limpia y alegre. Y en la orilla del arroyo que se formaba en torno al manantial, permanecía semienterrada una preciosa copa... ¡La copa de cristal!

Era una copa hecha enteramente de cristal, como su propio nombre indica, y estaba tallada con una maestría casi mágica. Formas increíbles y hermosos relieves estaban esculpidos en ella.

El príncipe, que ya nunca más sería príncipe, desenterró la copa y, sacudiéndole la arena, pensó: “Esta bella copa es un regalo que me envía el Destino para celebrar mi coronación”. Y, para bien o para mal, no hay nada que nos haga pensar que no estuviese en lo cierto. “Ha llegado el momento de brindar por el nuevo rey”, volvió a pensar el ex-príncipe, y enseguida llenó la copa con el agua del manantial.

Ahora bien, cuando fue a beber, se dio cuenta de que no encontraba manera de hacerlo. Cualquiera que hubiera visto esa copa convendría conmigo en que ésta, aunque bonita, resultaba inútil para beber en ella, ya que los muchos adornos que la decoraban hacían que su borde estuviera lleno de pinchos e irregularidades, de tal forma que no había un solo hueco en dicho borde en el que posar los labios. En consecuencia, el ex-príncipe desistió en su intento de beberse el agua y la derramó de nuevo en el arroyo. Entonces, mientras el agua se iba derramando, empezó a sonar una dulce melodía que parecía cantada por una voz de cristal. El asombro dejó paralizado al ex-príncipe por unos momentos. No más recobrarse, volvió a llenar la copa de agua y la fue derramando muy poco a poco. El fenómeno se repitió. Conforme el líquido se derramaba, una cristalina melodía se iba entretejiendo en el aire... Y el nuevo rey siguió repitiendo extasiado la operación hasta que se fue la tarde y llegó la noche. Ya no le cabía duda alguna: Había sido obsequiado con una copa capaz de crear música mientras su contenido se derramaba.

Proclamándose dueño de la copa, de la gruta y del valle entero, envolvió el hermoso obsequio entre su capa y regresó al castillo bajo la tenue luz de una luna en cuarto menguante.

Esa noche nadie se había atrevido a dormir en el castillo. Todos se mantenían en vela, preocupados por la suerte del príncipe. Cuando lo vieron atravesar la puerta principal con solemnidad, estallaron en júbilo y aclamaron al que sería su nuevo rey... y de esta manera, y en una sola tarde, los habitantes del castillo olvidaron la pena que los difuntos sembraron por la mañana y, arrancando la corona de las sienes del muerto, la depositaron en la cabeza de su hijo.

En poco tiempo, el nuevo rey fue famoso gracias a su misteriosa copa musical. Viajeros de otros reinos acudían cada día para admirar la grandeza del artilugio de cristal. Muy pronto, el rey se dio cuenta de que existían líquidos que producían músicas más bonitas que la del agua. Probó qué tal sonaban los distintos vinos al derramarse, analizó la música que sonaba al verterse el zumo de melocotón... y así fue investigando centenares de fluidos, en busca de la música ideal y perfecta, hasta que, viéndose incapaz de continuar la búsqueda por sus propios medios, acudió al viejo hechicero de la torre y le ordenó encontrar el secreto de la música más sublime que pudiera crear la copa.

El hechicero se puso a trabajar enseguida por dos razones. En primer lugar, porque un reto como ése seduciría a todo buen hechicero que se precie, y en segundo lugar, porque el rey le amenazó con la pena de muerte en caso de no dar con el secreto en un plazo de seis meses.

El sabio anciano, con la copa en su poder, estudió la música de todos los compuestos químicos que conocía. Descubrió así miles de cautivadoras melodías que arrancaban al corazón ora una lágrima, ora un suspiro, ora una carcajada... pero estos descubrimientos le hacían sospechar que todavía le quedaba un gran camino que recorrer para encontrar la melodía última, la más sublime de las músicas...

El éxito comenzó a sonreírle cuando, tras más de tres meses de duro trabajo, se decidió a probar cómo se derramaba la sangre de algunos animales. El hechicero descubrió que la sangre, ese fluido que había estado en un ser vivo que sentía y sufría... la sangre... ese líquido rojo y espeso... producía las melodías más hermosas de todas. También se dio cuenta el viejo hechicero de que cuanto más había sufrido el animal en cuestión, más bella y conmovedora era la melodía que producía su sangre. E investigando por este camino, y aplicando algunos conocimientos y métodos que sólo los hechiceros conocen, y que a nosotros nos resultarían demasiado oscuros, el anciano logró al fin desvelar el secreto de la melodía última.

Así pues, cuando aquella tarde el rey acudió como de costumbre a los aposentos del hechicero para preguntar si había habido algún progreso, el anciano, reflejando en el rostro el orgullo de un trabajo bien hecho, respondió:

- Acabo de descubrir el secreto.

- ¿Y a qué esperas para revelármelo?- dijo el rey con suma insolencia.

- Para escuchar la melodía de las melodías hay que verter en la copa la sangre de un ser que tenga un corazón de cristal y una vida triste - fue la contestación del hechicero.

- Es muy fácil conseguir un ser triste – dijo el rey -, mas... ¿Dónde puedo encontrar una criatura con el corazón de cristal?

El hechicero, que había estado estudiando el asunto entre sus libros amarillentos y polvorientos, informó al rey de que, en el improbable caso de que aún quedase alguno, las únicas criaturas con el corazón de cristal que quedaban en el mundo eran los unicornios plateados de las Montañas Borrosas.

Las Montañas Borrosas eran llamadas así porque sólo se veían algunos días como una mancha borrosa en el horizonte, debido a su exagerada lejanía y al velo casi impenetrable de niebla que siempre las envolvía. Las leyendas hablaban, efectivamente, de unicornios plateados que se paseaban por ellas. Si eso era cierto o no, nadie podía decirlo con seguridad, puesto que los pocos que las habían visitado no habían vuelto, y otros muchos que lo habían intentado habían fracasado en el camino... el peligroso camino...

Pero el rey no se dejó impresionar por las leyendas y envió a doscientostrés exploradores a buscar un unicornio plateado en las Montañas Borrosas. Los doscientostrés accedieron ante la generosa recompensa de conservar su vida. Ninguno volvió... y llegó un día en que el rey se cansó de esperarlos y acudió de nuevo al viejo hechicero de la torre.

- Estoy harto de esperar unicornios que no llegan – le dijo -. Descubre otra manera de conseguir un ser con corazón de cristal, si quieres seguir vivo.

Y el hechicero, tras la amable solicitud de su buen amigo el rey, no tuvo más remedio que ponerse manos a la obra. Volvió a recurrir a sus extraños métodos y a sus libros arcaicos, examinó la copa a la luz del Sol del amanecer, a la luz del Sol del ocaso, a la luz de la Luna llena, a la luz de la Luna menguante y la Luna creciente..., invocó espíritus de diversa índole, hizo pactos con algunos demonios... y al final, una tarde, cuando el rey entró en su alcoba en busca de respuestas, el anciano enseñó al rey una forma de obtener un ser con un corazón de cristal:

- Existe una forma – dijo el hechicero - de obtener un niño con el corazón de cristal. Para que tal cosa ocurra, ese niño ha de ser concebido en una noche de luna nueva, y su madre ha de beber agua de la copa de cristal durante el coito.

- Eso es fácil – observó el rey -. Buscaré una reina con la que casarme y engendraré con ella un bebé con el corazón de cristal.

- No me habéis dejado terminar, majestad. Debéis saber que la madre de tal bebé no sobrevivirá al parto – advirtió el viejo.

- Entonces – dijo el rey - elegiré una mujer a la que no quiera.

Y así sucedió. Cuando el rey hizo público su deseo de contraer matrimonio, no le faltaron pretendientas. No hubo un solo reino en los alrededores del que no viniera al menos una dama de alta cuna ansiosa por vivir junto al célebre monarca y su famosa copa. No exageraríamos si dijésemos que el rey escogió a su esposa al azar. Los preparativos de la boda, así como la boda misma, se resolvieron con rapidez, según los designios del rey y su hechicero, que lo dispusieron todo para que la noche de bodas coincidiese con el período de luna nueva. Esa noche, mientras el rey y la nueva reina hacían el amor, él derramó sobre los labios de su esposa el agua de la copa de cristal. Nueve meses más tarde, en una noche similar, la reina dio a luz una niña que tenía el corazón de cristal. La desdichada madre no sobrevivió al parto.

Entonces el rey se llevó a su hija, una niña de piel pálida y ojos negros como una noche de luna nueva... y la encerró en los sótanos, en la oscura habitación del pozo, para que no saliera de ella nunca más.

En esa habitación creció la niña, y el rey se ocupó de darle la educación adecuada para que no conociese la alegría. Sólo unos pocos elegidos tenían acceso a la princesa... sólo unos pocos hombres y mujeres de confianza, entrenados para hacer su vida lo más triste posible. Se ocupaban de que nunca tuviera suficiente alimento (sólo el necesario para mantenerla triste, pero con vida), se ocupaban de que nunca viese nada bonito, nada capaz de hacerle conocer la felicidad... y se ocupaban de extraerle un poco de sangre cada día, para llenar con ella la copa del rey y hacer música... la música de las músicas...

Y era cierto. Jamás nadie había escuchado una música tan bella. Era una música triste, melancólica... un poco amarga tal vez... pero a la vez dulce... muy dulce... No había nadie capaz de escuchar esa melodía sin derramar un diluvio de lágrimas y dejar escapar una infinidad de suspiros, pero a pesar de las lágrimas y los suspiros, todos decían mientras se enjugaban el llanto: “Es lo más bonito que he escuchado en la vida”. No exageraban. La copa de cristal del rey se hizo mucho más famosa que antes. La gente la veneraba y acudía en peregrinación desde los confines del mundo sólo para oír ese canto que duraba unos segundos. La gloria del reino del valle fue cantada en los cuatro puntos cardinales. Mientras tanto, la princesa del corazón de cristal vivía triste y silenciosa en la habitación del pozo. Muchas veces pensó en arrojarse por aquel pozo y dejarse arrastrar por el riachuelo subterráneo que discurría bajo sus pies, pero no sabía lo que podía aguardarle más allá de su siniestra habitación. El rey se había encargado de que la princesa no tuviese ningún vínculo con el mundo exterior. ¡Ni siquiera había aprendido a hablar! Pero sí había aprendido a sentir... y se sentía a ella misma... triste... sola... Presentía que en algún lugar, más allá del pozo, existía algo distinto a aquel tormento, a aquella oscuridad... pero ella no sabía nada del mundo exterior, y el mundo exterior tampoco sabía nada de ella.

Pero quiso el Destino que un día el rey decidiese invitar a uno de sus sobrinos a pasar una temporada en el castillo. Era un sobrino joven, de la edad de la princesa, que acababa de alcanzar la mayoría de edad, y tenía unos ojos de color castaño inconfundibles, pues recordaban el color de la miel que hacían las abejas en los bosques.

El muchacho, acostumbrado a pasear todas las mañanas, tomó por afición recorrerse el castillo de cabo a rabo. La primera mañana exploró las murallas y las torres, introduciéndose por pasadizos que otros menos aventureros que él habrían pasado por alto. La segunda mañana de estancia en el castillo la dedicó a recorrer el interior del mismo, sin dejar de pisar un solo pasillo, y sin dejar de probar ninguna puerta... Y cuando el gallo anunció la tercera mañana, se internó en los lóbregos corredores que daban a los sótanos... y sucedió que caminando y explorando, descubrió sin querer los senderos secretos que llevaban a la habitación del pozo.

La puerta de la habitación estaba cerrada con llave, pero había en ella una ventanita con barrotes a través de la cual se podía ver el interior. Y la vio... y ella también le vio a él. Sus ojos se encontraron: Los ojos dulces como la miel de bosque del joven y los ojos negros como una noche de luna nueva de ella.

Entonces la princesa se acercó lentamente a la ventana con una mezcla de miedo y esperanza. “¿Cómo te llamas?”, preguntó el joven, pero ella no sabía hablar... se limitaba a contemplarlo mientras caminaba hacia él. Parecía un fantasma, deslizándose por la habitación entre los pliegues de un viejo vestido, con su piel de marfil y su pelo largo, largo... y oscuro...

Una insoportable tristeza surgió en el corazón del muchacho, porque comprendió que aquella mujer tan bella no era feliz. “¿Quién eres?”, volvió a preguntar el joven. Ella se limitó a levantar su pálida mano y rozar la mejilla de su visitante. Luego bajó la cabeza, retirando su mirada melancólica del muchacho, y dejó que una lágrima brillase como una estrella fugaz en la negrura de sus ojos.

- ¿Qué puedo hacer por ti? – dijo el joven, casi suplicando - ¡Haré por ti lo que sea! ¡Lo que sea! – exclamó -. Pero... por favor, ¡dime algo!

La princesa lo miró con miedo. Dos forzudos sirvientes del rey llegaron hasta el joven con sigilo y lo apresaron.

- ¡Soltadme, maldita sea! ¡Soltadme! – gritaba el joven mientras lo alejaban de allí -. ¡Quiero verla! ¡Soltadme!

- No puedes verla – respondió uno de los forzudos -. La princesa no debe ver a nadie que no haya sido autorizado por el rey.

- ¿La princesa? Una princesa no viviría encerrada en un sótano. Esa dama no merece lo que le estáis haciendo.

- Es necesario que así sea – respondió el forzudo -. El rey necesita su sangre para llenar la copa.

Entonces el muchacho lo comprendió todo. Sin perder un segundo, se dirigió hacia el trono de su tío y clavó una rodilla en el suelo de la sala.

- Buenos días, querido sobrino – dijo el rey -. ¿A qué has venido en una hora tan extraña? ¿Acaso no estás a gusto en mi morada?

- He venido a pediros... a rogaros... que liberéis a la mujer que tenéis encerrada en el sótano – dijo el sobrino.

- ¡Cómo te atreves! No deberías conocer la existencia de mi hija. Si fuese otro el que viniera hacia mí con tal osadía lo condenaría a muerte. Lo que pides no es posible. Olvídate de esa mujer.

- Pero yo la amo... – dijo el joven.

El rostro del rey adoptó una seriedad de piedra. Durante muchos segundos ninguno de los dos habló. Al fin, el rey tomó la palabra y dijo lo siguiente:

- Necesito la sangre de mi hija para hacer mi música. Olvídate de ella y no vuelvas a los sótanos nunca más.

- Estoy dispuesto a cambiarme por ella – dijo el sobrino -. Dejadla en libertad y tomad de mí toda la sangre que queráis, encerradme en la habitación que os plazca...

- Eso sería inútil – sentenció el rey -. Ella tiene el corazón de cristal, tú no... No me sirves...

- Tiene que haber algo que yo pueda hacer – suplicó el joven -. Pedidme cualquier cosa a cambio de su libertad. ¡Cualquier cosa!

El rey, con la ironía del que sabe que está pidiendo un imposible, miró a su sobrino con desdén y le dijo:

- Si quieres que la princesa sea libre, consígueme un unicornio plateado de las Montañas Borrosas.

Ese mismo día el joven abandonó la hospitalidad de su tío y comenzó su viaje hacia las Montañas Borrosas. Iba solo, pues nadie en su sano juicio se atrevería a acompañarle hacia un destino tan poco esperanzador.

Se podría escribir un libro enorme tan sólo narrando las aventuras y los sucesos de ese largo viaje, pero aquí no tenemos tiempo para detenernos en eso. Lo que nos importa en esta historia es que el sobrino del rey del valle cruzó bosques salvajes, cordilleras abruptas, llanuras desoladas... sobrevivió a crueles tempestades y a la mortal sequía de los desiertos... y finalmente sus pies pisaron las laderas de las Montañas Borrosas y traspasaron sin titubear la cortina de niebla que las envolvía.

Es difícil precisar el tiempo que anduvo bajo la niebla, buscando un unicornio plateado sin descanso. No lo encontró... Registró cada esquina de aquellas montañas, cada cueva... Miró debajo de cada árbol y escaló trabajosamente hasta que hubo visitado todas las cumbres de todas las Montañas Borrosas. Ni siquiera halló indicio alguno que hablase de la existencia de esos seres.

El joven vagó por aquellas montañas durante mucho más tiempo, sin rendirse en su fatigosa búsqueda, y un día, cuando andaba desesperado por las inmediaciones de una laguna, encontró a otra persona. Se trataba de un ermitaño de edad difícil de precisar. Podía pasar por un joven de veinte años, pero también aparentaba tener más de cien. Todo su cuerpo estaba cubierto con una andrajosa capa gris. Sólo la mitad de su cara estaba al descubierto.

El ermitaño señaló al joven con su callado de madera y, antes de que éste pudiera articular palabra, le dijo:

- Ya no queda ninguno.

- ¿A qué se refiere? – preguntó el joven estupefacto.

- Ya no quedan unicornios plateados en las montañas.

Resultaba muy extraño que aquel desconocido supiese exactamente lo que el joven estaba buscando, pero el joven no reparó en ello. Estaba demasiado ocupado desesperándose aún más con aquellas palabras. ¡No quedaba ninguno!

- ¡Pero yo necesito uno! – exclamó el joven.

- Lo sé – fue la respuesta del ermitaño.

- Tiene que existir una manera... de lo contrario, la vida no sería justa... – pensó el joven.

- Yo – dijo el ermitaño – conozco una forma de conseguir un unicornio como el que buscas, pero a cambio me tendrás que entregar algo muy valioso.

- Te entregaré lo que sea – dijo el joven.

- Si quieres el unicornio, tendrás que entregarme tu corazón a cambio. No hay otra manera.

- En ese caso, mi corazón es todo tuyo – dijo el joven.

Con un movimiento más rápido que el de una serpiente de cascabel, la mano del ermitaño se introdujo entre las costillas del joven y le extrajo el corazón. El muchacho se desplomó sobre la hierba y quedó tendido bocaarriba, muerto... con los ojos abiertos mirando al infinito...

El misterioso ermitaño fabricó un corazón de cristal y en su interior derramó la sangre del corazón del joven. Luego, introdujo el corazón de cristal en el pecho del sobrino del rey, ayudándose con extraños conjuros y sortilegios de ésos que sólo conocen los ermitaños de las Montañas Borrosas y que a nosotros nos resultarían demasiado oscuros...

Cuando el joven regresó a la vida, el ermitaño había desaparecido sin entregarle su unicornio plateado. Empezó a correr alrededor de la laguna, llamando al ermitaño con agonía. En esto estaba cuando comenzó a sufrir grandes dolores que lo tiraron al suelo. Empezó a sentir un punzante dolor en la frente, hasta que un cuerno brotó de ella. Luego notó que su boca se alargaba y se alargaba... y cómo los dedos de sus manos y sus pies se juntaban y se endurecían. Cuando se encontró mejor, se arrastró a cuatro patas hasta la orilla de la laguna, a fin de calmar sus dolores con un poco de agua, mas cuando se asomó a la superficie del lago, no vio pintado en ella su reflejo, sino el reflejo de un hermoso unicornio plateado que tenía sus mismos ojos de color miel de bosque.

Y así, transformado en unicornio plateado, el sobrino del rey galopó sin parar durante cinco días y cinco noches. Volvió a cruzar las llanuras, los desiertos, las cordilleras y los bosques, y finalmente, las flores del jardín del castillo del valle vieron entrar por la puerta de la muralla un caballo de plata con un cuerno en la frente. Empezaron a sonar sus cascos por los pasillos. Los moradores del castillo se apartaban con reverencia al verlo, los centinelas advertían a voces la presencia del intruso... mas eso no impidió que el unicornio llegase a la sala del trono y se postrase ante el rey, que lo miraba con los ojos muy abiertos, como quien contempla una aparición.

- Soy un unicornio de las Montañas borrosas – dijo el sobrino -. He venido desde muy lejos a ofrecer mi sangre a cambio de la libertad de vuestra hija.

Si el rey se hubiera molestado en mirar los ojos del unicornio, tal vez hubiese reconocido en él a su sobrino, pero los reyes orgullosos no suelen mirar a los ojos de la gente, y éste, en vez de pensar en su sobrino, estaba pensando en cómo sonaría la sangre de un unicornio plateado.

- Acepto tu oferta – dijo el rey. Pero no estaba dispuesto a perder a su hija tan fácilmente. ¿Qué sucedería si la sangre del unicornio no funcionaba, o si creaba una música peor?

Estas consideraciones desembocaron en un malvado plan. El rey liberó a la princesa para obtener el unicornio y, una vez tuvo a éste en su poder, ordenó a sus más expertos cazadores que atrapasen de nuevo a la muchacha, que había sido abandonada al otro lado de las murallas del castillo, cegada todavía por la luz del día.

¡Cuál no sería la sorpresa del unicornio cuando oyó abrirse de nuevo la puerta de la habitación del pozo y unas sucias manos arrojaron dentro a la princesa!

La puerta se volvió a cerrar, bruscamente... El unicornio corrió hasta la recién llegada, que todavía yacía en el suelo. Entonces ésta alzó la cabeza y sus ojos volvieron a encontrarse, como la primera vez: Los ojos color miel de él y los ojos negros de ella. La princesa reconoció en aquel unicornio al joven muchacho que una vez avistó a través de las rejas de su prisión, y lo abrazó sintiendo en su pecho algo a lo que no estaba acostumbrada.

Mientras tanto, el rey se jactaba en su trono de tener en su poder dos seres con el corazón de cristal. Esa noche, convocó en la sala del trono a todos los habitantes del castillo y a los personajes más importantes del valle. Pretendía celebrar una gran fiesta para inaugurar la sangre de su nuevo unicornio. Quería que la gente lo aclamase como la primera vez.

La gente comenzó a llegar cuando el Sol se despedía. Todos miraban hacia el rey, que sostenía en su mano la copa de cristal con la sangre que sus siervos habían extraído del unicornio minutos antes.

Cuando terminó el banquete, todos callaron, pues sabían lo que iba a suceder a continuación. El rey levantó la copa y lentamente, muy lentamente... comenzó a derramar su contenido. En esa sala había más de mil personas. Todas fueron decepcionadas. La música que sonó ni siquiera era lo suficientemente buena para lo que los habitantes del valle estaban acostumbrados a oír. Después de haber escuchado la música de la princesa durante tantos años, aquello parecía el ruido de una lata vieja cayendo por unas escaleras.

Dos minutos después el rey subía a la torre en busca del hechicero, llevando en su mano la copa, todavía medio llena.

- ¡Esta sangre suena peor que el aullido de un perro! – gritaba el rey lleno de furia.

- ¿Es del unicornio? – preguntó el hechicero, que no había asistido a la fiesta por motivos que a otro hechicero le hubiera resultado fácil comprender, pero que a nosotros nos parecerían demasiado oscuros.

- ¡Claro que es del unicornio! – contestó el rey más furioso todavía -. Te voy a dejar aquí la copa con la sangre. Antes del amanecer volveré a por ella, y si para entonces no has descubierto lo que ocurre haré que te cuelguen por la mañana.

El hechicero examinó la sangre de la copa y no necesitó demasiado tiempo para averiguar dónde estaba el problema. Cuando el rey volvió a la torre, el anciano le dijo:

- El unicornio está alegre.

- ¿Alegre?

- Alegre. Para que la música suene bien, el unicornio ha de estar triste.

- ¡No puede estar alegre! – exclamó el rey -. Lo tengo encerrado en una habitación oscura, apenas lo alimento... ¿Cómo puede estar alegre, si no es libre?

- Dejadme ver al unicornio y podré averiguar la causa – respondió el hechicero.

Y el hechicero abandonó su torre y descendió hasta los sótanos. Allí pudo ver al unicornio y a la princesa y comprendió enseguida lo que pasaba. Le bastó con observar la forma en que los dos presos se miraban, con contemplar cómo la princesa abrazaba al unicornio, cómo lo acariciaba...

Cuando subió de nuevo, el anciano contó al rey la causa de la felicidad del unicornio y la princesa... una causa fácil de comprender para el hechicero y para nosotros, pero demasiado oscura para un rey corrompido.

- Entonces hay que arreglar eso de inmediato – dijo el rey -. Haré que los separen inmediatamente.

- A mí se me ha ocurrido una idea mejor, majestad... Si os dignáis a escucharme, la compartiré con vos...

Y el rey escuchó.

Cuando el unicornio y la princesa se despertaron a la mañana siguiente, descubrieron que estaban en esquinas opuestas de la habitación. Cada uno tenía una larga cadena que le ataba la pierna a la pared. Al verse en ese estado, corrieron el uno hacia el otro para reunirse en el centro de la habitación y consolarse, mas llegaba un momento en que sus cadenas se tensaban y no les dejaban avanzar más, cuando tan sólo les faltaban un par de centímetros para rozarse. Intentaron arrojarse al suelo y estirarse todo lo que podían... todo en vano... No podían tocarse. Ella clavó sus negros ojos en él. ¡Qué tristeza se vislumbraba en ellos! Él intentó arrancar la cadena con todas sus fuerzas. De nada sirvió. Estaban condenados a verse sufrir separados, como si viviesen en dos mundos distintos. ¡Tan cerca y tan lejos!

Nunca se volvieron a mover de donde estaban. Era lo más próximo que podían estar el uno del otro... allí, tumbados y estirados junto al pozo, en el centro de la habitación. En el salón del trono volvieron a sonar las melodías más bellas. Tan bellas y tan tristes que algunos no las lograban aguantar. El rey estaba contento. Tenía en su poder a los dos seres más tristes que habían existido jamás, y cada día extraía sangre de uno de ellos, ante la mirada impotente del otro... y derramaba su concierto en suculentos banquetes.

Y un día, debido de nuevo a la casualidad o al Destino, el rey llevó hasta extremos insospechados su ambición y su curiosidad. Pensó: “Soy dueño de dos seres tristes con corazón de cristal, y todavía no he probado cómo suena la sangre de los dos junta”. El paso del pensamiento a la acción fue veloz. Ordenó que le trajeran sangre de los dos prisioneros y anunció otro de sus ostentosos banquetes.

Cuando todos acabaron de cenar, el rey mezcló las dos sangres en la copa y derramó la mezcla ante todos. Entonces empezó a sonar la más triste melodía que se ha escuchado en el mundo. Era un lamento desgarrador que atravesaba los corazones y los congelaba, era como un llanto de todas las almas tristes unidas.

Todos los que allí estaban murieron de tristeza. Incluso el rey, que no era precisamente una persona sensible, murió en el acto, con lágrimas en los ojos... y al morirse dejó caer la copa al suelo... y la copa de cristal cayó... chocó contra el suelo y se rompió en mil pedazos... y en el momento en que esto sucedió, el corazón de cristal de la princesa se rompió también en mil pedazos. Se quedó tendida en el suelo, su sangre comenzó a derramarse y, deslizándose por las grietas de las baldosas del pozo, llegó hasta el río.

El unicornio murió lanzando un grito de dolor que se escuchó en varios kilómetros a la redonda. Todos los que escucharon ese grito fueron tristes y desgraciados durante el resto de su vida.

Ahora nadie se atreve a vivir en ese valle. El lugar entero inspira tristeza... y dicen las leyendas que el cuerpo de la princesa sigue allí arriba, en los sótanos del castillo, en la habitación del pozo... con el corazón roto y su sangre derramándose eternamente... transmitiendo una canción de pena... de la más profunda de las penas... que viaja con su sangre en el río... y el río la difunde por todo el valle.

Y también dicen que en las noches de luna nueva todo aquel que se atreva a quedarse en el valle podrá ver un hermoso unicornio plateado que se acerca al río a beber agua hasta que en agua del río se convierte.

fin

1999

PUZZLE MACABRO

En mi dormitorio de Fuerteventura tengo un puzzle que retrata la "Capilla Sixtina" de Miguel Ángel.

Esta mañana me di cuenta de que, si uno entorna los ojos, los cuerpos de los ángeles y santos se combinan entre sí para formar las figuras de monstruos gigantescos, con facciones terribles y grotescas.

Mi vida también parece pintada por Miquelangelo: Un compendio de ángeles que se alían para crear figuras monstruosas.

Cuelga el pincel, Miquelangelo. Se te daban mejor los nunchakus.

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