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MÚSICA ENTERRADA (o andergraund)
El otro día iba en el metro. Linea 4, la más inhóspita y desagradable de todas.
Claustrofóbica y solitaria. Apenas se cruza con las demás líneas de metro, y cuando uno se introduce en sus vagones, y el tren empieza a andar con sus achaques de reúma (porque los trenes de la línea 4 siempre son viejos) uno tiene la sensación de estar siendo enviado a tomar por culo de una patada en el ídem.
Por otro lado, los viajeros de la línea 4, debido a todo lo anterior, y quizá también a que el color asignado a dicha línea es el marrón, suelen llevar puesta en la cara una expresión de seriedad y tristeza más acentuada, incluso que la que llevan en las restantes líneas.
Suelo evitar la Línea 4 siempre que puedo, pero anteayer no pude.
Allí estaba yo, apoyado en la pared del vagón, como si fuera un mueble. Las caras de mis compañeros de vagón lucían expresiones marrones de línea cuatro. Caras serias, indiferentes, borrosas, como de maniquí de escaparate polvoriento, o figura de museo de cera imposible de derretir.
Entonces sucedió.
De repente, una chica que estaba sentada en el suelo, frente a mí, comenzó a cantar.
Yo no pude evitar mirarla y dedicarle una sonrisa. Al hacerlo, ella se dio cuenta de que estaba cantando en voz alta, y empezó a reírse un poco avergonzada. Me contagió su risa, y durante buena parte del trayecto compartimos los dos ese ataque de carcajadas que iban de un lado a otro del vagón como una pelota de pin pong.
Los demás viajeros de la línea 4 parecían ajenos a nuestras risas.
Le dije a la chica que siguiese cantando, que lo estaba haciendo bien. Ella me dijo con su acento andaluz que ese día tenía la voz demasiado ronca, y lo dijo casi a modo de disculpa.
Tras eso compartimos un par de palabras más, pero no las recuerdo.
La chica abandonó el vagón una o dos estaciones después, y yo me quedé pensando en que existen los milagros, porque dos pasajeros desconocidos se habían comunicado en un vagón de la línea 4, y eso es magia.
SOBRE LOS VIENTOS QUE NOS NOMBRAN
Siempre intento hablar aquí sobre las cosas mágicas que me pasan.
Hoy, tras pasar el día, una vez más, entre máquinas aficionadas a despedazar mi peli para poder remendarla con tiritas, el toque de magia lo ha puesto mi amigo César del Álamo, compañero de fatigas en eso de intentar escribir y dirigir películas.
¿Qué ha hecho Cesar para poner una guinda de magia en esta tarta gris llamada “día de hoy” ?
Pues me ha mandado un guión en el que lleva cierto tiempo trabajando. Y ese guión no es otro que la adaptación cinematográfica de mi novela Los vientos que te nombran.
Recuerdo que Cesar fue la primera persona en leer esa novela. El día que la terminé, la envié por mail a las personas habituales, y me fui a dormir pensando que mi grito literario no produciría ningún eco hasta dentro de una semana o dos.
Pero a la mañana siguiente, recibí una llamada del señor Del Álamo. Se había leído la novela de un tirón y me pidió permiso para adaptarla al cine.
Yo, tremendamente halagado, le concedí ese permiso, aunque sin compromiso ninguno por ambas partes. Ni yo me comprometía a que su guión me gustase, ni él se comprometía a escribirla de verdad.
Creo que en el fondo yo suponía que la cosa iba a quedar en nada. En nuestro gremio es muy fácil que un proyecto acabe olvidado en alguna esquina, y más cuando se trata de un acuerdo firmado entre dos piscis.
Pero el tiempo continuó haciendo girar sus desgastadores engranajes, y me di cuenta de que Cesar no se olvidaba del asunto. Su declaración de intenciones no había caído en saco roto.
Y hace algunas semanas, me comunicó que había empezado a trabajar en el guión.
He de confesar que sentí miedo. No porque dudase del talento y la capacidad de Cesar. Aunque él se esfuerce en negarlo, ese talento y esa capacidad han quedado más que demostradas en bastantes ocasiones.
Pero Los vientos que te nombran es una de mis novelas preferidas. Le tengo muchísimo cariño, y escribirla fue algo muy especial para mí, por numerosos motivos. Uno no puede ser objetivo cuando otra persona mete mano en algo tan personal como lo es para mí esa extraña novelita. Habría temblado de miedo aunque hubiese metido en ella sus manos el propio Rafael Azcona.
Puede que si Azcona se hubiese ofrecido para adaptar mi novela, le habría rechazado lo más educadamente posible. Pero Cesar es mi amigo, y acogió la obra con un cariño que merecía, como mínimo, un voto de confianza.
Tanto Cesar como yo decidimos de manera paralela que lo mejor era que yo no leyese nada hasta que el guión estuviera terminado. Aunque yo también soy guionista y estoy acostumbrado a escribir codo a codo con Cesar, en esta ocasión era diferente.
No me veía capaz de reaccionar con objetividad ante esa visión de Cesar que, evidentemente, sería distinta a la mía. No me sentía con fuerzas para dejarle mi hijita a otro señor durante unas cuantas semanas y ver cómo la educaba a su manera; cómo le concedía caprichos que a mí no me gusta concederle, o le prohibía cosas que yo no tendría estómago para negarle.
Vislumbraba el día en que Cesar acabase la primera versión del guión como un mal trago. Si el guión me disgustaba, tendría que decírselo a Cesar. Sabía que había bastantes probabilidades de que no me gustase, y que esas probabilidades no tendrían nada que ver con la calidad objetiva del guión. Y también conocía la ilusión y la energía que Cesar había volcado sobre esta adaptación suicida.
Yo me vería obligado a asesinar el proyecto de Cesar, y Cesar se vería obligado a asesinarme a mí.
Esta mañana me llegó un mensaje de Cesar diciéndome que el guión estaba terminado, y que acababa de enviármelo al mail. El día había llegado.
En principio pensé que no podría pararme a leer el guión hasta dentro de unos días. Estoy atravesando una temporada de estrés y desgaste continuo. El tiempo libre ya no es libre. Está cautivo en alguna mazmorra lejana. Llevo varias noches saliendo del estudio de edición a horas intempestivas.
Sin embargo hoy, contra todo pronóstico, quedé libre a última hora de la tarde.
Llegué a casa agotado. No estaba seguro de tener fuerzas para enfrentarme a un guión de 150 páginas; un guión que no podría leer con despreocupación. Pero la curiosidad se impuso, pues desde que Cesar me empezó a hablar de la adaptación, la curiosidad y la intriga estuvieron tan presentes como el miedo.
Abrí el archivo. Empecé a leer. Cuando llevaba un par de páginas mi temor se convirtió en alivio y luego, poco a poco, el alivio se fue convirtiendo en emoción.
Por supuesto que mis manos se retorcían, queriendo cambiar un diálogo aquí y otro allá, pero tenía la sensación de estar leyendo una maldita obra maestra y, por extraño que pudiera parecerme, ¡era increíblemente fiel a mi novela! A veces con una fidelidad casi enfermiza.
Estaba claro que el tipo que había escrito aquello tenía exactamente la misma visión que yo.
Allí estaban, muy bien adaptadas, todas las partes de la novela que yo podría haber echado de menos. Y en todos aquellos momentos en los que las particularidades del idioma del cine obligaban a hacer cambios importantes, los cambios estaban hechos de una manera tan acertada, pensada y ocurrente que me llevaban a concluir una y otra vez que yo no lo habría hecho tan bien.
No, señores. Creo que si yo hubiese intentado adaptar mi propio libro, habría estado tan anclado en mi versión novelística que no habría sabido introducir ese aire fresco, esas soluciones alternativas...
Y, además de lo que atañe estrictamente a narrativa y guión, este engendro del señor Del Álamo está plagado de conceptazos visuales y hallazgos cinematográficos. Aunque esa habilidad para la poesía visual es habitual en Cesar.
No pretendo decir con todo esto que la versión me parezca perfecta. Tanto Cesar como yo estamos de acuerdo en que esta primera versión necesita una reescritura. Pero eso es algo que suele suceder con cualquier primera versión. Creo que el guión pide una segunda vuelta a algunos diálogos (algunos de ellos extirpados literalmente de mi novela), acortar un poco por aquí, matizar por allá...
Cesar me ha pedido que colabore en la reescritura, y lo cierto es que me muero de ganas de hacerlo. Porque al leer esta versión número uno, y en contra de lo que yo temía, me he dado cuenta de que quien analizaba los puntos fuertes y débiles del guión era el Juanjo Guionista, y no el Juanjo autor de la novela.
En cierto modo, mientras leía ya iba reescribiendo mentalmente (espero que con el permiso de Cesar), y me sorprendió notar que mientras lo hacía no pensaba en el bien de la novela, sino en el bien de la película que podía resultar de ahí.
Además, Cesar ha aportado un montón de detalles nuevos a la historia, y un montón formas de narrar esa historia que no estaban contempladas en la novela. Y esas novedades estimulan mi imaginación, y me abren puertas a otra decena de posibilidades, para darle a la historia lo que se suele conocer como otra vuelta de tuerca. Tengo un montón de ideas que proponerle a Cesar, y esta vez será al revés. No será Cesar proponiendo sobre lo que yo escribí, será Juanjo proponiendo sobre lo que Cesar escribió.
En resumen: Que creo que de ahí puede salir un peliculón, aunque no pienso dejárselo dirigir a Cesar hasta que alguien no le deje el dinero suficiente para llevar a la pantalla la historia tal y como se insinúa en esas 150 páginas.
Mi amigo el señor Del Álamo ha demostrado que conoce a mis personajes tan bien como yo, y que es capaz de darles más vida todavía, llenándolos con sus propios demonios, sus propios ángeles, su propia personalidad...
Cesar se siente muy identificado con Daniel Sauce, el protagonista del guión y la novela. Hoy me hizo caer en la cuenta de que ese personaje tiene, al igual que él, el nombre de un árbol a modo de apellido.
Yo elegí el nombre porque necesitaba un apellido llorón, y porque el Sauce llorón es mi signo en el horóscopo celta.
La pregunta es: ¿Podrán dos piscis conseguir que algún día la peli de Los vientos que te nombran sea una realidad?
VIVA LA FRANCE
Supongo que esta entrada me va a traer polémica, pero la sinceridad siempre ha sido novia de la polémica, ¿no?.
Esta tarde salí a pasear por Madrid. Sabía que iba a pasar un buen trozo de noche encerrado en el estudio de edición, rodeado de máquinas cabronas y problemas técnicos... así que necesitaba despejarme.
Es divertido pasear por España cuando la selección española juega un partido importante. La gente está en la calle, se socializa, se divierte... Te cruzas a decenas de personas vestidas con camisetas rojas, que combinan con el amarillo de la cerveza que llevan en la mano y el de las letras de “OPA, VAMO AR MUNDIÁ”.
Siempre he despreciado el fútbol. Supongo que soy uno de ésos intelectualoides que se creen “por encima” de los que rinden culto a una pelota que gira sobre el césped.
Supongo que estoy en un término medio en la escala de intelectuales casposos. Es decir: Que no soy aficionado al fútbol, pero tampoco me suele gustar ir a ver películas iraníes en versión original con unas gafas de pasta en la cabeza y un batido de soja en la mano.
Y sin embargo en este mundial estoy siguiendo con relativa fidelidad los partidos de España. En parte porque vivo con dos compañeros de piso (y una perrita) que sí siguen los devenires futbolísticos, y eso crea una atmósfera que contribuye a socializarme un poco... y en parte porque estoy metido en una teleserie en la cual dos de los personajes son futbolistas, y me viene bien (por razones cuasi-laborales) informarme sobre un mundillo tan ajeno a mí como éste del fútbol.
Lo cierto es que sigue sin entusiasmarme este deporte, pero ver tres o cuatro partidos me ha servido para entender a la gente que disfruta o incluso se desvive con el fútbol. En cierto modo es una cura de humildad, que me ayuda a comprender que el hecho de que a mí no me haga gracia algo, no significa que ese “algo” no pueda tener un valor que yo simplemente no estoy preparado para apreciar.
Pero, como suele ser habitual en mí, me he ido un poco por las ramas.
No pretendía hablaros de fútbol, sino de algo que me suele divertir mucho más que cualquier deporte: ¡Las mujeres!. (Léase como si lo interpretase Christopher Lloyd en Regreso al Futuro II).
Cuando mi paseo me llevó hasta la Puerta del Sol, me encontré con una enorme concentración de gente que se había reunido en la plaza para seguir el partido.
Allí me crucé con unas cuantas ninfas que me derritieron el alma. Y no necesité ver la banderita roji-blanqui-azul que se habían pintado en las pálidas mejillas para averiguar que eran francesas.
Me estoy convirtiendo en un infalible detector de francesas.
Es muy fácil averiguar si una mujer es francesa. La fórmula es la siguiente: “Si me vuelve loco, tiene un 90% de probabilidades de ser francesa” .
No sé qué tienen las francesas, ¡pero me encantan! Y a veces mi corazón, por extensión, apadrina también a las belgas y a las canadienses.
Y no es porque sean más guapas que las mujeres de otros países. No se trata de algo objetivo, sino de algo intangible. Tal vez una energía, o algún recuerdo olvidado de una reencarnación pasada...
En fin... que si un país como Francia tiene mujeres como ésas, me da igual que nos eliminen del mundial.
Os dejo con unas fotillos de algunas de mis francesas favoritas.
Julie Pelphy: Casi con toda seguridad mi favorita.
Sophie Marceau: Me enamoré de ella en Braveheart
Audrey tautou: Pero sólo me gusta cuando la dirige Jeunet
Emmanuelle Beart.¡El postre pal final! GRRRRRR!!! O, como diría un francés: "GGGGGG!!!"
UN POEMA PARA EL DÍA DE SAN JUAN
¡Hola de nuevo!
No suelo actualizar dos veces el mismo día, pero hoy es el día de San Juan, que además de ser conocido mundialmente como día de mi santo, es famoso así mismo por las hogueras.
Así que yo pensé en hogueras, las hogueras me llevaron a pensar en marmitas, y todo ello cristalizó en un poemita sobre el canibalismo.
Es tonto, insustancial, ingenuo, lleno de ripios... Pero como me hace gracia a pesar de todo ello, lo voy a compartir con vosotros:
AUTO-RÉQUIEM A FUEGO LENTO
La caldera bullía como un baile de avispas,
y el guiso protestaba con espesas burbujas.
La hoguera crepitaba, y saltaban las chispas,
bailando en torno mío como un coro de brujas.
Los salvajes gritaban en su lengua antiquísima
(una lengua antropófaga sin vestigio de escrúpulo)
mil canciones atroces con estrofas horrísonas
(y el tambor imitaba una estampida de búfalos).
El hirviente estofado que ablandaba mis carnes
desprendía un aroma de lo más suculento...
un aroma que habría llegado a gustarme
si no fuese mi cuerpo el desdichado alimento.
Las verduras flotaban cual bañistas ahogados
en aquella piscina (o ataúd en remojo).
En el agua, conmigo, una centena de grados
me besaba el pellejo, y lo pintaba de rojo.
Los niñitos caníbales, a cuál más impaciente,
se asomaban al borde de la horrible marmita,
y allí se relamían, enseñando los dientes
(“¡Yo me pido los muslos!” “¡Para mí las alitas!”)
La jungla se extendía en treinta mil direcciones,
mantel verde y titánico de una mesa macabra.
Y no iba a rescatarme ningún “Indiana Jones”
chasqueando los dedos con un “Abracadabra”.
En un árbol cercano, colgando en las lianas,
penduleaban los huesos de menús anteriores:
el francés, el austríaco, nuestro guía, mi hermana,
treinta y tres misioneros, un par de exploradores...
Y mordió el cocinero mi meñique con saña,
para ver si mis dedos se encontraban al dente,
y yo reprimí un grito, para dejar de España
una imagen de tierra de varones valientes.
Dijo el chef con su acento de simio humanizado:
“Ugn agunda zai otta, utta zai ung macunda”
que significa: “¡Albricias! ¡No está bien aliñado!”
en la cruda lingüística de esa caterva inmunda.
Me aliñaron con hierbas de sabores prohibidos
que jamás tendrán nombre en un manual de Botánica.
¡Cómo cambia la vida! Al más leve descuido,
te conviertes en plato de una cena satánica.
Y quisiera seguirles relatando en mis versos
los cruentos devenires de esta experiencia loca,
mas no va a ser posible: Estos ogros perversos
ya vienen a ponerme una manzana en la boca.
Madrid
24 de junio de 2006
MEMORIA DE ELEFANTE
Siempre me han gustado los animales. Pero cuando era niño, no se trataba simplemente de gusto. Era pasión.
Recuerdo una de mis visitas al zoo, cuando era pequeño. Me dejaron unos cacahuetes para que le diese de comer a un elefante.
Cuando aquella enorme mole reparó en mí y en la comida que le ofrecía, se acercó con unos andares pesados, majestuosos...
Yo no me podría creer que un animal tan grande estuviese reparando en la existencia de un niño tan pequeño.
Mientras cogía los cacahuetes con su trompa, el elefante me miraba con unos ojillos muy amables, casi humanos... o más que humanos. ¡Y os juro que aquél titán me sonreía!
Para el niño que era yo en aquel entonces, que un elefante le sonriese era tan importante como si hoy día me dedicase esa sonrisa Christina Ricci.
Cuando ese mismo día mis padres me dijeron que los elefantes eran famosos por tener una memoria prodigiosa, mi pequeño cerebrito empezó a fantasear con la posibilidad de que aquel bicho me retuviese en su cabeza, y pudiese reconocerme cuando, años después, yo pudiese regresar a aquel zoológico.
Hoy he sido yo el que, de repente, se ha acordado de aquel elefantazo. Y no he podido evitar imaginarme volviendo a ese zoo, yendo hacia el recinto de los elefantes, y encontrándome de nuevo con aquel viejo amigo.
El elefante se acordaría de mí, me reconocería, y le diría a sus colegas:
“¡Mirad! ¡Es el de los cacahuetes!”
EL MENDIGO DE LA MÁSCARA BLANCA
La noche pasada tuve otro de mis encuentros con gente extravagante.
Era una de esas veces en las que el día parece terminarse antes que tú.
Me sentía como si los esbirros de Dios estuviesen desmontando ya el escenario del mundo, sordos a mis gritos de: “¡Eh! ¡Que todavía no he terminado de actuar en esta escena!”
Protestaba interiormente porque el día no podía terminar ahí.
Pero era demasiado pronto para dormir. Y era demasiado tarde para hacer algo productivo. Y era demasiado lunes para tener un plan. Y mi mente estaba demasiado inquieta para ver una película, o leer un libro. Y mi cuerpo demasiado cansado para salir a dar un paseo.
Entonces, de repente, escuché un potente trueno y, acto seguido, el sonido de la lluvia, como si una regadera gigante se estuviese derramando sobre el patio interior del edificio.
¡Una tormenta! ¡Era la excusa perfecta para salir a la calle! Necesitaba empaparme, dejar que la lluvia me limpiara y arrastrase consigo los escombros de un día que había sido estresante, excesivo, agotador...
Mientras los relámpagos continuaban rasgando el cielo con sus acentos de ultratumba y sus flashes de cámara de fotos, me embutí en mi abrigo negro y salí a mojarme un poco, mientras escuchaba cómo Xavi me diagnosticaba una locura que ya tengo más que asimilada.
Anduve por esos angostos laberintos que constituyen las entrañas de Madrid, y tras muchas vueltas sin sentido (aparente), desemboqué en Gran Vía.
En cuanto lo hice, empezó a acercarse hacia mí un mendigo que parecía sacado de una peli de Terry Gilliam. Abrigo desordenado, pelos desordenados, movimientos desordenados... Corría hacia mí gesticulando y saludando. Pero lo más llamativo... más llamativo incluso que los aspavientos de los brazos, era la mascarilla blanca que llevaba tapándole la boca. Una de ésas que usan los chinos para no transmitir o contraer enfermedades.
Suelo tener una especie de imán con los mendigos. Mendigo que me cruzo, mendigo que me agarra y no me suelta.
Aguardé con paciencia la llegada del excéntrico personajillo. Yo sabía que mi cartera estaba vacía, a excepción de un par de monedas de veinte céntimos, así que eso era todo lo que el mendigo podría obtener de mí.
Cuando el homeless llegó hasta mí, se bajó la mascarilla para poder hablar mejor. Entonces comprobé que se parecía muchísimo a Jordi Mollá. El mismo brillo de locura en la mirada, la misma barba de cuatro días, la misma sonrisa contagiosa (aunque con la dentadura bastante peor cuidada).
Me explicó que llevaba no sé cuántos días tirado en la calle. Que estaba recolectando dinero para poder pasar la noche bajo techo, que sólo le faltaban dos euros y pico para poder pagarse una pensión y que si dormía una noche más a la intemperie, estaba perdido y bla, bla, bla...
Yo le escuchaba con tranquilidad, esperando alguna pausa para poder decirle que no llevaba dinero encima.
Entonces, él me dijo:
- Vas a ayudarme por...
Y observé cómo su mano se dirigía hacia una riñonera, en busca de algo.
En una fracción de segundo me dio tiempo a pensar que ese hombre estaba a punto de sacar una navaja. Me dio tiempo a preparar mi cuerpo y mi mente por si tenía que esquivar el consiguiente navajazo. Me dio tiempo a llegar a la conclusión de que tantos años de Aikido y de Tai Chi me habían preparado para reaccionar rápidamente y con calma ante una situación como esa, sin perder los estribos... pero que no me habían enseñado a tener estómago suficiente para golpear a alguien que apenas se tiene en pie por si mismo.
Todo eso pasó por mi cabeza en una fracción de segundo, mientras escuchaba ese:
- Vas a ayudarme por...
Mirada de reojo a su riñonera. Brazos discretamente en posición de esquivar.
- ... ¡por pelotas!
Y mientras terminaba de decirlo, el mendigo sacó de la riñonera dos pelotitas de goma, esbozando su contagiosa sonrisa a lo Jordi Mollá.
Yo también sonreí, a medias por el alivio, y a medias porque el cabrón había tenido gracia.
Las dos pelotitas de goma también sonreían en su mano, pequeñas y blanqui-rojas.
Empecé a explicarle que no llevaba nada de dinero, y para convencerle saqué mi cartera del bolsillo para abrirla delante de él y demostrarle que estaba tan vacía como una película de Uwe Vol.
Y en ese momento, para mi sorpresa, me di cuenta de que la cartera no estaba tan desierta como yo creía recordar. Allí, entre las sombras, pasando muy desapercibido, se adivinaba un billete de cinco euros.
Un billete de cinco euros cuya existencia yo no recordaba. Un billete de cinco euros con el que no contaba. Un billete de cinco euros que, oficialmente, no existía, y había aparecido allí como por arte de magia (es decir: por arte de la incompetencia de mi memoria, también conocido como “arte de alzheimer”).
Me dije a mí mismo: “¡Qué demonios! No contaba con este billete. No entra dentro de mis planes. En cierto modo es tan mío como de este tipo.”
Así que, pensando que aquel mendigo los necesitaría más que yo, no vi ningún inconveniente en darle los cinco euros a aquella réplica de Jordi Mollá, diciéndole que era todo lo que podía ofrecerle.
Al mendigo se le iluminó la cara. No parecía acostumbrado a recibir billetes. Empezó a proclamar que le había salvado la vida y a agradecerme en el alma aquél dinero.
Insistió en que me quedara con las pelotitas de goma. Yo le dije que prefería que se las quedara él, que las iba a necesitar más que yo. El replicó que tenía pelotitas de sobra. Me enseñó el interior, de la riñonera, y era cierto. ¡Tenía decenas de ellas! Así que acepté las dos mías y le prometí que las conservaría como amuleto.
Yo ya me disponía a iniciar la despedida, pero él me interrumpió diciendo:
- ¿Quieres una cerveza?
Y empezó a rebuscarse torpemente en los bolsillos del abrigo hasta dar con una lata de mahou. La cerveza sí me negué a aceptarla, y sí logré convencerle de que él la necesitaría más que yo.
- ¡Entonces dame un abrazo! – me pidió él.
Nos abrazamos en medio de la calle, y cuando nos separamos, él bromeó diciendo:
- ¡Eh! ¡Me has robado la cartera!
Y yo sólo acerté a responder:
- No. Te he robado las pelotas.
A mí no se me ocurrió comprobar si me la había robado él a mí. Supongo que porque sabía que aquél mendigo era testigo de que en el interior de mi cartera ya no quedaba nada de interés. Ni siquiera la cartera en sí, que la pobre está más vieja y cuarteada que una momia azteca.
Nos despedimos deseándonos buena suerte, y me fui de allí dispuesto a seguir mojándome bajo la lluvia, tras ese breve episodio de magia.
Momentos como ése me hacen reflexionar sobre cómo todo lo que existe en el mundo está ahí por alguna razón. A veces nos quejamos de la inutilidad de los mendigos. Pensamos que son parásitos, que no contribuyen al bien de esta sociedad, pero tal vez estén ahí para ejercitar nuestra compasión, para que ese músculo adormecido llamado corazón haga ejercicio de vez en cuando, o para recordarnos en los momentos clave que somos más afortunados de lo que pensamos, que hay gente que está mucho peor que nosotros, y que casi tenemos el deber de utilizar esa suerte nuestra para proyectar buenas vibraciones sobre el mundo e intentar mejorarlo de alguna manera, aunque sea muy muy poco, en plan grano de arena.
O tal vez los mendigos estén ahí para ayudarnos a desprendernos de cosas superfluas que actúan como fardos, haciendo que el cuerpo y el alma nos pesen un poco más de lo debido.
Me está viniendo a la memoria una ocasión en la que paseaba por la calle con un dolor de cabeza insoportable. Me crucé con una mendiga. Yo llevaba bastante dinero en el bolsillo. Se lo di todo a la mendiga. Mis bolsillos se volvieron ligeros como el aire, y la cabeza, poco a poco, empezó a dejarme de doler.
No pretendo ir de buen samaritano. Ignoro a más mendigos de los que ayudo, y nunca me he desvivido por ninguno, pero creo que esos tipos de los abrigos raídos y los pelos descuidados merecen más respeto del que se les suele tener.
EL HILO DE LA TELA DE UNA ARAÑA QUE TEJE PESADILLAS EN LAS NUBES.
Escribo esto mientras se cuece el arroz de lo que pretende ser mi cena.
Hace unos días, Raúl llegó a casa con un wok que acababa de comprar. Llevábamos bastantes meses deseando tener uno.
Hemos estado como niños con zapatos nuevos o tontos aficionados a los lápices, cocinando todo tipo de platos con el wok.
Ya sabéis... La novedad y todo eso.
La verdad es que es divertidísimo. Uno casi se siente chino mezclando los ingredientes en semejante palangana.
He de aclarar que Raúl, como buen tauro, no se conformó con cualquier wok, y llegó a casa con el wok más grande e insondable que encontró. Es una gozada, porque puedes hacer comida “pa un regimiento”, y puedes remover a conciencia, que nunca se te va a salir la comida por los bordes.
No obstante, llega un momento en que la novedad comienza a envejecer. La cordura derroca al entusiasmo. ¡Golpe de estado! La sensatez susurra en los oídos: “Estamos en España. Aquí las cosas se cuecen a otro ritmo”. Por eso esta noche he regresado a la sartén española, la de toa la vida, aunque tengo intenciones de volver a intimar con el wok de vez en cuando.
Acabo de apagar la hornilla. El arroz está reposando. Y mientras lo hace, yo continúo esta entrada, que no tenía intención de disertar sobre procedimientos culinarios. Pero los que me conocéis un poco ya sabéis que cuando escribo termino contando más cosas de las que pretendía.
En realidad quería hablaros de Gritos en el Pasillo.
Parece ser que, después de tres años de luchar contracorriente para sacar adelante esta maldita peli, comienza a vislumbrarse algo parecido a un final.
Estamos trabajando a marchas forzadas para tenerla terminada a lo largo de este mes.
Si todo sale tan bien como debería salir, estrenaremos Gritos en el pasillo en el Festivalito de La Palma, entre el 14 y el 23 de julio de este año.
Espero que por fin lleguemos al final de todo esto. Desgasta muchísimo pasar tanto tiempo luchando por un mismo proyecto. Y más para los piscis, que somos inconstantes e indisciplinados por naturaleza.
Este proyecto me ha chupado todas las energías, me ha arrastrado tropecientas veces al borde de la depresión, me ha hecho plantearme los cimientos de mi propia filosofía, mi propia felicidad, mi propia vida... a veces incluso pienso que me ha roto un poquito el corazón, porque una peli es una novia demasiado celosa y absorbente, y a la larga termina echando de tu vida a cualquier otra mujer.
Pero, qué demonios... nadie dijo que sacar adelante un largometraje fuese fácil.
Sólo espero que el mes que viene, cuando la película esté terminada, estrenada y cualquier otra palabra terminada en hada, pueda, por fin, cerrar un capítulo y cambiar de página en todos los aspectos de mi vida.
Como le contaba el otro día a mi amiga Yoana, es muy duro que a lo largo de 3 años tú cambies muchísimo interiormente, pero tu vida no. Es durísimo lidiar con mil problemas y luchar por sacar adelante una película que representa la visión del Juanjo de hace 3 años, pero que ha quedado obsoleta para el Juanjo de hoy.
Confío en que éste sí es el final de verdad.
¿No os ha sucedido alguna vez que estáis subiendo una montaña, y pensáis que estáis a punto de alcanzar la cima pero, cuando alcanzáis lo que creíais que era dicha cima, resulta que solamente era un peldaño más?
Eso nos ha pasado una decena de veces durante el rodaje y la post-producción de Gritos en el pasillo.
La única esperanza que me mantiene con vida es la de que este mes de julio sí sea la auténtica cima de la montaña, y que una vez aposentado en dicha cima, me encuentre con el hilo que tejen las arañas que viven en las nubes, para poder escalar y alejarme de una maldita vez de este mundo en el que tengo un pie puesto en un lugar, y otro pie en otro, un ventrículo puesto en un lugar, y el otro en... otro... un hemisferio del cerebro puesto en un lugar y el otro en... otro...
Bueno... me voy a comer ese arroz made in sartén española. A lo mejor me lo como con palillos para compensar el no haber usado el wok.
ESCAPARATE VIOLETA PARA UN ABORTO NEGRO
Creo que al final no voy a escribir ninguna novela titulada Hadas muertas.
No me apetece.
Escribí el primer capítulo, con la imagen que me vino a la cabeza en cuanto pensé en el título. Pero a partir de ahí, apenas se me ocurren cosas para llegar al capítulo tres.
Todo lo que pensaba contar en esta novela ha quedado obsoleto. Ya no me apetece compartirlo con nadie.
Así que, como el primer capítulo de la novela funciona como un relato independiente, he preferido conformarme con haber escrito un cuento titulado Hadas muertas.
Para escribirlo me basé un poco en el tono y el estilo de aquél otro relato que colgué hace tiempo aquí, titulado La mañana del despertar de Eva (o algo así).
Me apetecía empezar una novela de un modo similar. Ahora simplemente tengo dos cuentos que se parecen sospechosamente entre sí. Pero bueno, Poe y Lovecraft hacían lo mismo un día sí y otro también, y Stephen King lo hace hasta con las novelas.
Damas y caballeros, con todos ustedes un aborto titulado:
HADAS MUERTAS
Marisa tenía fiebre.
Las sábanas se adherían a su cuerpo. Sanguijuelas adictas al sudor. Pegatinas con complejo de mortaja. Telas húmedas, pálidas... Vestido blanco para una novia blanca.
Para la novia blanca del Delirio.
Marisa agonizaba en el colchón, pero una parte de ella estaba fuera. Pero una parte de ella estaba lejos, a treinta y nueve grados de distancia, de picnic por el reino de las sombras.
Marisa suspiraba.
Y no era fácil saber si el suspiro hacía arder sus labios, o si los labios quemaban el suspiro.
La frente de Marisa se dedicaba a cocinar a fuego lento los pensamientos más estúpidos, que son todos. Los recuerdos se convertían en humo. El humo se condensaba en nubes de tormenta. La tormenta flagelaba a la muchacha con su latido eléctrico.
Marisa se excitaba. Y el roce del camisón en los pezones, era bífida lengua de serpiente, lamiendo al mismo tiempo dos manzanas... con aspereza de reptil prohibido.
Marisa se tocaba entre las piernas, y su sexo brillante parecía... una hoguera encendida por las brujas... en el claro de un bosque muy oscuro.
Marisa mascullaba... maldecía... gemía... se arropaba... se cocía... Le hacía mil preguntas a la vida... La vida mil preguntas devolvía...
Marisa se tocaba porque huía...
Buscaba en el placer una locura... que le arrancase un poco de conciencia. Escapaba de crueles pensamientos, sobrios, secos, dolorosos, crudos... a pesar de la fiebre.
Se tocaba...
... y sabía la razón por que enfermaba... Lo sabía... Sabía que enfermaba... tratando de huir en vano de una vida... que acechaba con dientes venenosos... tras la esquina afilada del futuro.
No recordaba bien lo que pasaba. Pero sabía que algo sucedía. Algo importante, y por lo tanto horrible, amenazaba con llegar al día siguiente. Pero ella, drogada por la fiebre, el duermevela, el opio del pecado... no conseguía recordar qué era.
De pronto surge un ruido. Un aleteo. Como el vuelo de un pájaro de espuma. Y luego un temblor leve, un terremoto, de un algo que aterriza, suavemente... a los pies de la cama...
Marisa abre los ojos lentamente. Lo ve todo borroso sin las gafas. Lo ve todo borroso con la fiebre. Pero entre tanta mancha indefinida, puede ver o intuir muy claramente al ser recién llegado.
Una mujer.
Una mujer desnuda y muy pequeña. Una mujer preciosa, muy muy pálida. Con pelos que se mecen como péndulos. Con alas de libélula en la espalda. Una mujer sensual... acurrucada... como gárgola erótica... escapada... de alguna catedral tan deliciosa, que en vez de “padres nuestros”, come orgasmos.
La presencia de ese ser turba a Marisa. Alejando sus dedos temblorosos del sexo humedecido, la muchacha, sin fuerzas para hablar en voz muy alta, susurra a la mujer una pregunta.
Y esa pregunta es: “¿Y tú quién eres?”
- Yo soy tu hada madrina – le responde... la diminuta criatura alada... estremeciendo a su febril ahijada... con dos ojos que brillan con lascivia... como sabe brillar la mermelada.
Marisa ruboriza cada palmo de su sudada piel. Muy torpemente, desliza el camisón muslos abajo, defendiendo el pudor de su entrepierna.
- No pares, hija mía – dice el hada... con voz de caracola submarina -. Sigue tocando ahí. Sigue... No pares... Despierta al animal que llevas dentro...
Pero las manos de Marisa tiemblan. Y el mundo se confunde en su cabeza, y su cabeza estalla, y la muchacha... ya se siente violada, intimidada... incómoda, tal vez decepcionada...
- No me puedes estar diciendo eso... eres mi hada madrina...
- Y por eso... deseo que estés bien. Tu bien es mi misión. Quiero ayudarte...
Y el hada se desliza por las sábanas, mientras Marisa, horrorizada, inmóvil, percibe que las alas membranosas le acarician los muslos con cosquillas. Mientras oye arrastrarse a su madrina... hasta llegar al vulnerable clítoris.
- Relájate y disfruta – dice el hada.
Y enseguida Marisa es atacada por un placer apenas soportable. Un placer de saliva lubricante... destilada en el mundo de los cuentos. Un placer de una lengua diminuta que recorre con vicio el laberinto... de carne rosa y montes venusianos... erizando los pelos de la nuca.
Y el cabello del hada se columpia... y su roce en las nalgas de Marisa, es mágico, e hipnótico, y perverso...
Y también la muchacha se columpia, entre la fiebre, el trance y el olvido...
Pero hay algo que no encaja en todo eso. Hay algo en el cerebro de Marisa... y ese algo... chirría... como un grillo... como un carro oxidado de la compra... que pasea por treinta cementerios, chocando con las lápidas, comprando... cien poemas escritos con gusanos.
- No, no... – gime Marisa -. No puedes hacer eso. Tú eres mi hada madrina. Para, para...
Pero el hada no para.
La lengüecilla sigue despertando mariposas y cuervos en la vulva. Y un orgasmo temible, inevitable... se avecina desde vete a saber dónde, como una catarata de alfileres.
- ¡Para ya! ¡Para ya! ¡Que estoy enferma! ¡Eres mi hada madrina! ¡No! ¡Detente!
Y un torrente de jugos moja al hada, y el hada se los bebe, avariciosa, sedienta de su ahijada.
¡Entonces pasa!
El hada se atraganta. Tose. ¡Tose! Los ojos se le hinchan, y la cara... se oscurece, se torna cenicienta, luego morada... y entre convulsiones, la frágil criatura lleva al cuello dos manos gobernadas por espasmos.
- ¿Estás bien? ¿Qué te pasa, hada madrina? – le pregunta Marisa, preocupada.
Pero el hada no puede responderle. El hada tiene un nudo en el estómago, y una arcada en la boca, y una espina... de pescado podrido en la garganta.
Sin poder evitarlo, el ser alado, se deshace en arcadas tan violentas que se acompañan con crujir de huesos. ¡Y empieza a vomitar sobre la colcha! Empieza a vomitar cráneos humanos. Cráneos de ojos vacíos. Cráneos fúnebres. Que ruedan como bolas por la cama, y chocan contra el cuerpo de Marisa, que grita, y tiembla... como tiembla el hada... Y al son de los temblores se derraman... de los ojos cavernosos de los cráneos, ramilletes de flores putrefactas... que riegan el colchón con una música... de sonajeros tristes, fatalistas... rotos, apocalípticos, mortuorios...
Y Marisa se despierta con un grito. Y sudor en la frente, y pelos húmedos... La colcha está vacía. Ya no hay cráneos. Ya no hay flores. Ya no hay hadas... Ya no hay... nada...
La luz del sol conquista una rendija que se dejó olvidada la cortina, y evapora el sudor. La fiebre baja.
Las manos de Marisa se pasean por la mesa de noche.
Y sus dedos recorren el tablero como zombis borrachos, que se chocan contra una taza, contra un frasco vacío, contra una lámpara, contra ¿aquello qué era? ¿el móvil?... hasta dar con las gafas.
Con ellas puede ver mejor las cosas. Pero no necesita mirar nada para darse cuenta de que las pastillas han fracasado en su misión. Sigue despierta. Sigue viva. Y tampoco necesita mirar la agenda para recordar qué ha sucedido en ese día:
El día de su dieciocho cumpleaños.
LA FOTO Y LA FUENTE
Los árboles leproseaban lágrimas muertas sobre el agua.
Él intentaba estrujarse los ojos, para poder derramar también alguna. Pero estaba vacío.
La fuente era un espejo tiritando de frío.
Sacó su cartera del bolsillo. La abrió. Sus dedos bucearon entre monedas, billetes, bonobuses, tarjetas de visita, papeles donde apuntar lo que olvidamos... Sus dedos bucearon... bucearon... bucearon... hasta dar con la foto.
Una foto tan pequeña como un sello de correos. Y llevaba allí tanto tiempo que se había adherido al cuero con la tenacidad de la costumbre. Él casi tuvo que arrancarla para sacarla de ahí. Sonó como cuando la hoja de un cuchillo hace el amor con un vestido blanco.
Contempló la foto, y el rostro de mujer que sonreía al otro lado del papel, lejos, muy lejos, como a través de un cristal infranqueable, como ésos que encierran a las serpientes en los zoos, para que no difundan su veneno.
Compartieron una última mirada.
“Necesito olvidarte”, dijo él. Ella no contestó. A las fotos no se les da muy bien mentir.
Los dedos le fallaron. Dejó caer la foto, y observó cómo el trocito de papel se precipitaba hacia la fuente. Observó cómo el agua cubría los mechones pelirrojos sin mojarlos, cómo los ojos se hundían en el fondo, sin pestañear, sin dejar de sonreír, como un latido de corazón fosilizado.
Se alejó de la fuente. Sentía que le pesaba menos el bolsillo. Sentía cómo su cartera se desangraba, igual que un gato recién atropellado. A las carteras no les gusta que alguien venga y les arranque el corazón.
Al día siguiente, ella apareció ahogada en la bañera, y sus cabellos naranjas flotaban en el agua, como si fueran algas incendiadas.
ÁNGELES SEXYS, HADAS MUERTAS Y LAIAS VIVAS
Mi estómago revuelto y yo os saludamos.
Tengo preparados una infusión de orégano y un bol de arroz para arreglar el estómago. Con respecto al “yo”... lo siento... me temo que el “yo” no tiene arreglo.
He tenido grandes reflexiones en estos últimos días. Me he cuestionado una decena de cosas esenciales, como: “¿Por qué en la primera peli de Los ángeles de Charlie las tres protagonistas me ponen a cien, y sin embargo en la segunda parte no me pone a cien ninguna?"
Ah... Mis queridos ángeles. El otro día Xavi puso el principio de la peli mientras comía, y nos quedamos los dos clavados delante de la pantalla del ordenador. Nos la tragamos enterita. Hacía tiempo que no veía a mis chicas.
Cameron Díaz escultural y entrañable. Lucy Liu excitante a más no poder. Y Drew Barrymore mi favorita. Indiscutiblemente. Siempre me enamoro de la que “objetivamente” se supone que es menos guapa. Por eso sigo sin explicarme por qué mi “ex” era la chica más guapa del mundo.
En fin... ¿qué novedades hay desde la última vez que me dejé caer por aquí?
Pues lo de siempre. Gritos en el pasillo avanzando irremediablemente hacia su fin (que será el principio de todo lo demás). El sonido y la música están muy avanzados. Las personas encargadas de ese tema trabajan con un talento y un cariño imposibles de pagar con todo el oro del mundo, aunque nos gustaría que el mundo nos diese un poquito de oro para poder pagarles.
La cuestión del etalonaje se va poniendo en marcha, aunque todavía no hemos encontrado a ningún director de fotografía que lo supervise. Me temo que Alby era el único tan tonto como para trabajar a pleno rendimiento sin cobrar. Y ya ni siquiera Alby es así de tonto.
Pero ya conocéis la frase típica en el mundo de los rodajes: Da igual lo que suceda. Al final todo sale bien.” Esa frase ha jodido muchos proyectos, junto con la otra mítica de Da igual. Eso lo arreglamos en post-producción.
El otro día escribí el primer capítulo de Hadas muertas, mi nueva novela.
Le dejé leer el capítulo a mi querida Mayita. Me temo que la dejé traumatizada. A las tres de la mañana me envió un mensaje “echándome en cara” que había tenido una pesadilla y estaba harta de mis novelas retorcidas.
Es es bueno por una parte, porque significa que estoy escribiendo justo la clase de novela que quiero escribir. Y por otra parte quizá no sea tan bueno, porque me hace pensar que, en efecto, hay que ser muy retorcido y estar muy mal de la cabeza para querer escribir esa clase de novela.
Ayer 9 de junio fue el cumpleaños de la entrañable y desternillante Laia.
¡Muchas felicidades, Laia!
Últimamente cada vez que conozco a una chica de personalidad fascinante, resulta ser géminis.
Intentaré regalarte ese patito de goma en mi novela.
Drew. Una de mis piscis favoritas. Quién fuera E.T...
LA ANCIANA DE LA BUFANDA VIOLETA
Hoy ha sucedido algo que me ha movido otro algo en mi interior.
Se trata de una cosa pequeñita. Pero a veces las cosas pequeñitas provocan los cambios más importantes, como esa mariposa en cuyos muertos se cagan todos los japoneses cada vez que agita las alas, porque provoca terremotos en Tokio.
La culpa la tiene mi manía de que haya tropezones y verduritas en los arroces y en las pastas. Como nuestra despensa se empezaba a parecer a la batcueva y nuestra nevera a la fortaleza ésa de la soledad de Superman, decidí salir a hacer una pequeña compra. Fiel a mi condición de artistilla desconocido que no gana dinero, hice la compra en el Día.
La compra consistió, por este orden, en calabacines, berenjenas, pimientos, cebollas, manzanas, beicon (este último se lo dedico a mi querida Ariadna), jamón de pavo, queso emmental, macarrones, judías, pasta de dientes, jabón, pimentón, orégano y huevos.
Cuando estaba en la cola para pagar, se me acercó de repente una viejecita pequeña, encorvada y temblorosa. Llevaba la boca cubierta por una bufanda de color violeta.
Entre temblores, me pidió si la podía dejar pasar para preguntarle a la cajera dónde estaban los quesos. Yo la dejé pasar. Como soy lento de reflejos, no se me ocurrió que podía haberle explicado yo mismo dónde estaban los quesos.
La cajera estaba agobiada (yo creo que si las pobres no se muestran agobiadas las despiden), así que no le hizo demasiado caso a la anciana, y le señaló tan seca como vagamente la zona donde estaban los quesos.
La viejilla, que ya había pasado por allí, insistía en que los quesos no estaban donde decía la cajera. Pero nadie le respondía. Nadie le hacía el más mínimo caso.
Como estoy acostumbrado a que haya siempre a mi alrededor ciudadanos que solucionen esas situaciones antes que yo, me quedé en mi sitio, aunque bastante incómodo.
Pero desde mi lugar en la cola vi que la viejilla se alejaba, buscando los quesos por los frigoríficos equivocados, y nadie se molestaba en decírselo.
Así que finalmente dejé mi cesta de la compra en medio de la cola y me encaminé a paso ligero hacia la anciana.
Le expliqué que los quesos estaban “un poco más allá”. Ella insistía en que no podía verlos. Le pregunté que qué tipo de queso quería (porque hay tantos tipos de quesos como tipos de pelis de Bret Rafner). Ella me contestó que quería un queso fuerte.
Descarté los quesos tiernos. Le ofrecí los semi-curados, porque eran lo más fuerte que conseguí encontrar por aquella zona. Pero ella me dijo que lo quería curado.
Finalmente, pude encontrar el queso curado en una esquinita de la nevera y se lo señalé a la anciana. A ella se le iluminaron los ojillos, y cogió dos porciones de queso como quien recolecta un tesoro en una gruta.
Yo regresé a la cola y comprobé con alivio que mi cesta seguía ahí. (Si hubiese desaparecido, tampoco habría sido el fin del mundo. Pero odio hacer las cosas dos veces.)
Estando de nuevo en la cola, se me acerca la viejilla una vez más. La dejo pasar delante mía, porque ella sólo lleva dos trocitos de queso, y yo llevo una cesta repleta de muebles para la batcueva.
La viejilla me vuelve a dar las gracias. Acto seguido, se me acerca y empieza a contarme que está muy mal, porque tiene una lesión en el cerebro. No puede dejar de temblar mientras habla. Me explica que se cayó y se golpeó contra una estantería, que de desde entonces se quedó inmóvil y un poco tonta. Me explica que ha visitado muchos médicos, pero que los médicos le dicen que no se gaste el dinero en ellos, porque lo suyo no tiene cura. Que se va a quedar así para siempre. Me explica que ahora ya ha conseguido caminar, pero que al principio no podía moverse en absoluto.
Mientras me habla, me doy cuenta de que lleva la bufanda violeta tapándole la boca porque tiene una especie de sarpullido o quemadura alrededor de los labios.
Aunque mi vocación está en el mundo de la palabra, nunca se me ocurren cosas de decir cuando alguien me cuenta dramas como el que atravesaba la tela violeta para salir de la boca de la anciana.
Tampoco me suelo preocupar en responder algo a cosas como ésa, porque en esas ocasiones se nos suelen escapar muchas tonterías que soltamos para romper desesperadamente el silencio.
Suele acercárseme bastante gente desconocida para contarme cosas de este tipo, y creo que en realidad esa gente lo que más necesita no es que le digas algo, sino que la escuches. Y parece que se me da bien escuchar, y que eso les ayuda. O al menos eso quiero creer, porque si lo que buscan en mí es la palabra apropiada... (en casa de herrero, cuchillo de palo) nunca la tengo. A veces casi envidio a toda esa gente que sabe responder con ligereza y alegría a las tragedias de los demás.
Pero en esta ocasión, ante esa viejilla de la bufanda violeta, sí sentí la necesidad de contestarle algo. Y lo único que se me ocurrió fue:
- Pues si antes no se movía y ahora puede andar, eso significa que se está usted recuperando. Siga intentándolo.
A la viejilla se le pusieron los ojos brillantes, y me dijo:
- Dios te va a bendecir.
Y yo le respondí, de manera automática, sin pensar en lo que decía, lo primero que pasó por mi cabeza, o tal vez por mis entrañas:
- No. Dios la bendecirá a usted.
Entonces la ancianita depositó en mí una mirada de emoción que me traspasó por dentro, y me regaló tres caramelos de regaliz que sacó torpemente de su bolso y echó en mi cesta de la compra.
Tardé como dos o tres minutos en meter mis artículos en las bolsas, de lo aturdido que estaba.
Mientras tanto, veía cómo la viejilla no conseguía pagar sus dos quesos, porque parecía no distinguir los valores de las monedas que tenía en la mano. La cajera no paraba de decir que el dinero era insuficiente, y la anciana iba sacando más monedas, una a una, que nunca llegaban a la cantidad adecuada.
Creo que también ralenticé un poco mi “llenado de bolsas” por si tenía que pagarle a la anciana lo que le faltaba. Pero finalmente resultó que la pobre señora tenía el suficiente dinero, pero no sabía contarlo.
Así que la moneda que no le ofrecí a la anciana, se la di al croata (o similar) que te abre y te cierra la puerta del supermercado con la esperanza de que le des esa moneda.
Salí de allí en un estado de trastoque y aturdimiento que me suele asaltar cuando tengo experiencias de este tipo. Por una parte me siento afortunado e incluso “buena gente” por haber podido ayudar un poco a alguien. Por otra parte, me siento miserable, porque soy consciente de que mi escasa ayuda no le va a arreglar la vida a esa persona, y no me considero capaz de ayudarla más, de sacrificarme más... Cuando uno le da a los demás sólo un poquito de lo que tiene, puede llegar a sentirse tremendamente egoísta.
Supongo que para esa ancianita sólo he sido una pincelada de consuelo en un día 6, 6, 6, y el tiempo borrará todo vestigio de esa pincelada. A mí esa señora me ha hecho plantearme muchas cosas, y probablemente la mayoría de ellas a nivel inconsciente.
La calle a través de la cuál llegué al supermercado era la calle San Vicente Ferrer. A lo mejor esa ancianita era un ángel que alguien me mandaba para darme una cariñosa bofetada en la mejilla.
Cuando llegué a casa y saqué los tres caramelos del bolsillo, dos de ellos estaban intactos, pero del tercero sólo quedaba el envoltorio abierto. ¡El caramelo había desaparecido!
Mi querida Ariadna dice que los caramelos que regalan los abuelitos son amuletos; regalos de Dios. Y también dice que el tercer caramelo se lo ha comido el duende de Noviciado 6.
No sé por qué cuento esto aquí. Supongo que me apetecía contar en el blog algo bonito, porque mis últimas entradas han sido bastante negativas y oscurillas. Y luego Xavi me lo echa en cara desde la habitación de al lado. *;P
Por lo demás, mi vida parece que se acerca a una luz al final del túnel. Gritos en el pasillo ya está casi terminada, la serie para la que escribo parece que también sale adelante poco a poco, y ayer estuve en el concierto que dio Arístides Moreno en el Libertad 8. El cabrón estuvo sembradísimo, genial, entrañable, cercanísimo... el público (mayoría de canarios) implicadísimo, y todos coreando las canciones a voz en grito. Eso alegra a cualquiera.
Últimamente pienso que la Seguridad Social debería financiar a cada ciudadano un concierto de Arístides Moreno a la semana.
HADAS MUERTAS
Creo que ése va a ser el título de mi próxima novela: Hadas muertas.
Las ideas ya van cristalizando en mi cabeza, poco a poco. Creo que va a ser una novela muy oscura. Extraña e inquietante.
No me apetece crear una trama con precisión de relojería suiza. Supongo que la historia brotará por sí misma, como las otras veces. Pero lo que me motiva a escribir no es ninguna trama concreta, sino un conjunto de elementos indefinidos. Un ambiente, una sensación, un hambre de tinieblas insaciable, un deseo de desenterrar valores insanos en ese cementerio que se pudre poco a poco en la parte de atrás de mi cabeza, unas ansias de rescatar de mis pantanos un magma informe de lodo negro que poder apartar o esculpir con manos pecaminosas hasta obtener la forma de un par de personajes de los que pueda enamorarme.
Quiero personajes que enternezcan a causa de su desorientación y su miseria. Algo de humanidad ha de quedar en un corazón corroído por el desengaño y el cinismo. Algún rayito de esperanza ha de quedar, para hacer arder las flores marchitas de mi fe.
No os alarméis. No tengo intención de incluir en la novela frases tan cursis y amaneradas como esa última. Quiero retorcer las palabras hasta hacerlas sangrar. Quiero que griten de dolor. Quiero encajarlas las unas con las otras como si fuesen los huesos de un esqueleto gigantesco. Quiero que los profetas corrijan las sagradas escrituras para aclarar que: “Dios inventó el verbo, pero lo carga el Diablo” .
Si les soy sincero, todavía no sé si tengo las fuerzas suficientes y la estabilidad mental necesaria para plantar este árbol del ahorcado.
Y tampoco sé exactamente en qué va a consistir la novela.
De momento sólo bullen en mi mente las atrocidades del primer capítulo, y cuatro o cinco cosas sueltas por aquí y por allá.
No obstante, la mayoría de las veces es la propia obra la que maneja el timón, y lleva al autor por donde quiere, a punta de pistola.
Sin yo haberlo pretendido, me temo que Hadas muertas va a tratar de la pérdida de la infancia, el aterrizaje forzoso en el crudo mundo real, el funeral de la inocencia, y todas esas cosas que escuchadas en boca de alguien que no sea uno mismo siempre suenan a gilipollez suprema.
Intentaré que esos conceptos no tiranicen la novela. No pretendo escribir en el papel gilipolleces nunca oídas, pero sí quiero intentar redescubrir gilipolleces que se hayan pronunciado menos de un millón de veces.
Y mientras llegan las “gilipolleces nuevas”, podéis echarle un ojo a las antiguas en los los ARCHIVOS VIOLETAS
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