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GRITOS EN EL PASILLO

CON MUCHO SUEÑO Y POCOS SUEÑOS

Esta noche no va a ser necesaria la valeriana, ni voy a tener fuerzas para contar ninguna oveja.

Declaración de intenciones cumplida. Llevo más de veinticuatro horas sin dormir. Pasé la noche en vela e hice todo lo que tenía pensado hacer.

Ahora estoy aquí, dejando que pase un poco más de tiempo... para acostarme un poco más tarde y asegurarme de que no voy a levantarme en plena madrugada, desvelado de nuevo...

Miro hacia atrás y no sé decir si el día de hoy ha sido un éxito o un fracaso.

He recorrido la ciudad de la imagen echando curriculums a todo aquél que aceptaba recibirlos.

Algunas horas más tarde, mi estimado Jaime me ha explicado por qué resulta inútil dejar curriculums en esos sitios.

Jaime me ha explicado cómo funciona el asunto, cómo hay que ponerse en contacto con las productoras... y todo eso.

Así que mañana me tocará empezar de cero, siguiendo las reglas de Jaime.

Anoche la tinta de la impresora de Xavi se agotó y sólo se pudieron imprimir ocho curriculums. Me gustó que fueran ocho. Ya sabéis que ese número simboliza cosas positivas para mí, en esta etapa incierta de mi vida.

Estoy de acuerdo con Jaime en que es difícil que la historia de los curriculums fructifique, pero me gustó haber empezado mi cruzada con el número ocho alumbrando el camino.

Por lo demás, todos son señales incitándome a no emprender esa cruzada. Cartas de los tarots que me aconsejan no forzar las cosas; ordenadores que se estropean cada vez que intento mandar un curriculum por internet...

Pero incluso los piscis sabemos ser cabezones si nos lo proponemos, así que pienso seguir intentándolo.

Como le decía el otro día a mi querida Ariadna, encuentro en mi camino tantas señales que mi mente se satura. A veces hasta parecen contradecirse entre sí todos esos mensajes del Destino.

De un modo u otro, percibo tantas señales que los árboles no me dejan ver el bosque. Hay tantas piezas en el puzzle que no sé muy bien cómo montarlo... cómo ordenar todas esas piezas para hacer que encajen entre sí en geometrías imposibles.

Creo que el ejemplo que se me ocurrió escribiéndole a mi querida Ariadna lo ilustra a la perfección: Es como cuando uno mira un firmamento excesivamente brillante, con demasiadas estrellas. Hay tantas estrellas en el cielo que uno no las puede abarcar todas, y a veces preferiría poder ver sólo las estrellas más brillantes, para poder distinguir las constelaciones fácilmente.

Últimamente me entran ganas de meter en una mochila las pocas cosas realmente imprescindibles... y desaparecer... Empezar a caminar, dejándolo todo atrás, como si quisiese ir caminando hacia el Tíbet, o hacia el Polo Norte, imitando al monstruo de Frankenstein...

No conseguiría llegar hasta esos sitios, pero a lo mejor podría llegar lo suficiente lejos... Lo suficiente para poder empezar de nuevo, despedazar el nudo gordiano, borrar todo lo que hay escrito en la pizarra de un manotazo y empezar a escribir de nuevo...

Pero tengo demasiadas cosas que me atan a esta vida... A esta vida en la que uno acaba enredándose cada vez más y más conforme intenta escapar de ella. Tengo proyectos que no debo desatender. Tengo una familia que se preocuparía si decidiese hacer algo así... Tengo veintisiete años de educaciones y vivencias que me abocan a la conformidad, a intentar cambiar el sistema desde dentro, sin romperlo como una copa de cristal, o como una promesa, o un puto contrato...

Pero cuando uno lleva más de un día sin dormir, las fuerzas flaquean, las esperanzas se marchitan... y el sistema no parece algo cambiable, ni habitable, ni tolerable, ni admisible...

Hoy una persona muy querida me ha dicho que últimamente estoy muy raro. Es cierto. Llevo raro desde hace una buena temporada. Si tenemos en cuenta que siempre he sido raro, ahora mismo debo de ser... muy raro, muy muy muy raro. Rarísimo. Único en el mundo. Solo en el mundo...

Me voy a mirar qué puedo preparar de cena. La experiencia me dice que el mundo se ve de otra manera cuando uno tiene el estómago lleno y unas cuantas horas de sueño a sus espaldas.

Mañana será otro día, y otro mes, y otra vida...

EL OLOR DEL INSOMNIO

El insomnio huele a valeriana. Y la valeriana es una hierba apestosa que uno se toma cuando el sueño no acude a su llamada, y envía a la desesperación en su lugar. Cuando uno le empieza a coger cariño a esa peste, tiene un problema serio.

O tal vez los problemas serios sean sólo espejismos, y se trate de un problema ridículo. Un problema ridículo en una vida ridícula.

En el altavoz suena Calamaro, y dice que “sus alas se quemaron y cayó”.

Hola Andrés. Bienvenido al mundo de la gente sin alas.

¿Quieren que sea sincero con ustedes? La valeriana no funciona. No sirve para nada. Si tu mente no está dispuesta a dormirte, una hierba maloliente no la va a convencer. Cuando la desesperación llega a su punto álgido, mezclo la valeriana con alcohol, porque dicen que eso potencia el efecto sedante.

A veces funciona.

No... No se hagan ilusiones... Creo que lo que funciona no es la hierba, ni el alcohol. Lo que ocurre es que cuando uno recurre a esa solución, es porque lleva tanto tiempo lidiando con el insomnio que ya no puede quedar mucho tiempo de todas formas.

Me suele pasar esto cada vez que me quedo sin nada que me imponga una disciplina. Soy un alma nocturna, y vivo en un piso donde esa tendencia se alimenta como el fuego con un chorro de gasolina. Los tres habitantes de Noviciado 6 tenemos tendencia a dormir con nuestras nanas a la luna.

A veces uno intenta irse a la cama pronto e intentar secuestrar a Morfeo a la fuerza, pero a través de la puerta del dormitorio escuchas los diálogos de la peli que están viendo tus compañeros, o sus conversaciones de madrugada... y siempre se trata de cosas más interesantes que tu insomnio.

Empiezo a sentirme rematadamente solo en esta habitación mía, que es más alta que ancha, como la celda de Hartigan en Sin City.

La tónica de los últimos días viene consistiendo en conciliar el sueño sobre las 8 o las 9 de la mañana y amanecer sobre las cuatro, las cinco o incluso las 7 de la tarde.

Pero tampoco es fácil notar la diferencia, porque en nuestra casa da la impresión de que son eternamente las siete de la tarde.

Un par de veces he intentado aguantar despierto las 24 horas, para poder coger bien la almohada por la noche.

Pero siempre acabo metiéndome en la cama en pleno día, sin aguantar demasiado con los ojos abiertos. No tengo fuerza para aguantar despierto las 24 horas.

Me falta motivación. Supongo que se debe a que ya estuve dos ó tres días seguidos sin dormir la última vez, y no funcionaba.

Y, por otra parte, es difícil mantenerse despierto durante 24 horas si uno no tiene en qué ocupar todo ese tiempo. Es complicado encontrar ocupaciones que le mantengan a uno despierto y que, al mismo tiempo, uno pueda desempeñar correctamente sin haber dormido en toda la noche.

Y tampoco tengo a nadie que me ayude a distraerme y aguantar. Todos suelen estar ocupados con sus vidas, porque el resto de la gente tiene vida. Trabajan, o estudian, o están sujetos a horarios y disciplinas de distintos tipos.

Soy el único cuya vida parece estancada o, peor todavía: A merced de personas que no soy yo.

Quiero hacer avanzar la post-producción de Gritos en el pasillo, pero el ritmo no depende de mí, sino de otros técnicos que siempre tienen cosas mejores y más productivas que hacer.

Ha empezado dos guiones de largometraje esta semana, y el resultado me tiene contento, pero los dejo a medias porque no encuentro la motivación para continuarlos. Creo que no tengo fuerza moral para escribir más guiones, sabiendo que tengo ya escritos un puñado de ellos y que no hago nada por moverlos. Algunos porque están comprometidos con algún director concreto, o algún actor. Algunos porque los quiero dirigir yo mismo... Algunos porque no confío en que puedan interesar a nadie en este país de mentes cerradas y cobardes.

No muevo los guiones porque pienso que el intento va a ser infructuoso de antemano, y ese no es el estandarte adecuado para emprender una cruzada. No soy nadie, ni confío en el funcionamiento del audiovisual español. Llega un momento en que hasta el gasto de tinta, papel, sobres y sellos que hay que hacer para enviar un guión a algún sitio me parece un desperdicio de dinero. Me imagino el guión llegando a la productora de turno y aterrizando directamente en la papelera.

También estoy imprimiendo poco a poco ejemplares de mi curriculum con la ayuda de Xavi y de su ordenador. Pero es un proceso lento, y hasta el simple acto de imprimir unos curriculums me parece una empresa titánica últimamente.

Tal vez se deba a que estoy bajo de fuerzas. O tal vez se deba a lo mal que me siento tomando prestado un ordenador, y una impresora y el tiempo de una persona... Pero eso es lo que me sucede últimamente con todo:

Me siento fuera de mi terreno. Fuera de casa.

Cada vez que intento emprender algo, tengo que pedir prestado todo a la gente. Para hacer cosas que en Fuerteventura haría en cinco minutos, apretando un botón...

Al menos tengo la suerte de que la gente que me presta su tiempo, sus aparatos o su ayuda en general es siempre gente que lo hace de corazón y encantadísima.

Pero los que me conocéis sabéis lo mucho que me cuesta pedir favores.

Y, de todos modos... En el caso concreto de los curriculums, no sé qué demonios voy a hacer con ellos cuando los tenga impresos. No sé a dónde llevarlos, ni cómo llevarlos... He pasado demasiado tiempo trabajando con mis reglas y no sé cuáles son las reglas del mundo que me rodea. No sé en qué productoras o empresas contratan guionistas o en cuáles no.

El otro día pensaba en recorrerme la ciudad de la imagen echando curriculums, pero ni siquiera sé en qué edificios me tengo que meter y en cuáles no.

Pretendo averiguar esa clase de cosas, pero no sé por qué cabo tirar para empezar.

Y también he pensado en buscar algún trabajo que no tenga nada que ver con lo mío. Pero... ¿qué hago si me piden experiencia? Sólo tengo experiencia escribiendo. En ningún otro lugar me cogerían antes que a los otros veinte que aspiren al trabajo.

Y además... si antes de pensar en esa opción no intento meterme en lo mío, me quedará siempre esa espinita de: “Deberías haberlo intentado antes que esto. Ni siquiera te diste la oportunidad. Te rendiste antes de empezar a jugar”.

Y supongo que en cierto modo mi insomnio se debe a que mi mente está inquieta.

Me siento como si cada noche durmiera (o intentara dormir) en el patio central de una casa, rodeado de decenas de puertas en todas las paredes.

¿Acaso se puede uno relajar en una habitación en las que uno tiene puertas por delante, por detrás, por los dos lados?

Cada puerta es una promesa, un posible camino para el futuro, una opción hacia la que orientar mi vida...

Y estar en una cama que está en el centro de semejante encrucijada, con tantas puertas llamándote... No permiten que descanses...

Cuando la almohada, en lugar de cantarte una nana te canta veinte nanas a la vez, cada una desde una dirección, llega un punto en que esa almohada no te está susurrando para ayudarte a dormir: Te está gritando.

Entonces intentas amordazar a la almohada, y te das cuenta de que los gritos que empañan la almohada se han derramado en ella desde el interior de tu propia cabeza.

PAXXIÓN

Hoy he tenido un sueño horrible que me ha hecho despertar con el estómago precipitándose sobre sí mismo como una catarata del Niágara.

Tal vez era un pequeño castigo anticipado por las imágenes que vinieron a mi mente unos minutos más tarde, mientras terminaba de despertarme.

Creo que mi mente retorcida ha dejado a la altura de los santos al tipo que dibujó la caricatura de Mahoma.

Porque de repente, sin yo controlarlo, han empezado a acudir a mi mente imágenes de una película porno sobre la Pasión de Cristo.

No sé si alguien se ha atrevido a rodar algo parecido, pero yo he visto retazos de la peli en mi cabeza y merece la excomunión de quien la engendre.

Es decir: mi excomunión.

Me imaginé a Cristo disfrutando al recibir cada latigazo. Y a su alrededor, empuñando los látigos con artificialidad lasciva, cuatro o cinco rubias explosivas vestidas de soldaditas romanas, con sus cascos dorados... con sus corazas adaptadas para poder albergar los impensables volúmenes de sus turgentes pechos.

Me imaginé al Cristo en la cruz, con las extremidades clavadas por consoladores metálicos en lugar de clavos. Y una excitada centuriona con aspecto de puta nórdica que se acerca al Dios crucificado... que se quita el casco, dando rienda suelta a su cabellera, que se desparrama sobre los hombros semidesnudos... Una excitada centuriona que alarga sus expertas manos hacia el crucificado, y busca su pene entre el calzón, y lo masturba hasta ponerlo tieso... Una excitada centuriona que empieza a hacerle una mamada al Cristo...

Y el Cristo gime de dolor y de placer, y su expresión se tensa por culpa del sufrimiento... y por culpa del orgasmo... mientras repite una y otra vez, entre jadeos, gritos, convulsiones... Cómete mi cuerpo, nena... Cómete el cuerpo de Cristo... Y el Cristo lame con un ansia voraz la sangre que brota de su corona de espinas y gotea, mejillas abajo, hasta su boca. Y el Cristo eyacula finalmente, y de su miembro mana el néctar de dioses. Un chorro de semen abundante y poderoso... un torrente de fertilidad...

La centuriona se quita la dorada coraza para que el semen pueda aterrizar sobre sus enormes pechos... Y luego se restriega entre las tetas el pene de Jesús para expandir el pegajoso esperma.

Y a ambos lados de la escena del sacrilegio, una bella soldadita desmelenada cabalga al ladrón de cada cruz, y se lo folla hasta matarlo, mientras los cuervos graznan.

Y también me imaginé a Herodes y a Pilatos, cada uno montándoselo en su palacio con musculosos jovencitos de togas inmaculadas y cuerpos lubricados por aceite de dar masajes. Necesitamos esa escena para ganarnos también al público gay.

Y no pudo faltar el flash-back de la orgía de la última cena, con todos follando con todos, y con los doce apóstoles tirándose a María Magdalena... que pide más, y más, y más, y más... Y traga más, y más, y más, y más...

Curiosamente, mi mente respetó en todo momento a la Virgen María, y se negó a incluirla en este escaparate de pecado y de blasfemia.

Pero el auténtico pecado son las medias tintas, la falta de coherencia... Y está claro que María no puede faltar.

A posteriori me imagino a María, permitiendo que el espíritu santo la desnude con sus manos invisibles hasta dejar al descubierto una piel extremadamente pálida y unos senos perfectísimos y blancos.

La primera imagen que acude a mi mente es la de una María en éxtasis, con la cara mirando hacia el techo, los ojos cerrados con pestañas negrísimas... recibiendo la lluvia de semen del espíritu santo.

Y al final de la película la virgen sería violada por unos esclavos negros en el circo romano. La violencia... el contraste de las manos negras y toscas sobre la piel blanca y delicada. Los penes mastodónticos penetrándola por doquier mientras la multitud inconsciente grita, y corea, y pide que se la follen hasta el fondo.

Y mientras se la follan, los negros se comen el cuerpo de María, fieles a sus rituales de canibalismo, arrancando la carne pura y pálida con potentes mordiscos de potentes mandíbulas...

Y la sangre de María riega la arena.

La sangre del cuello, la sangre del labio, la sangre del himen...

Porque no hay un símbolo tan sobrecogedor y poderoso como la sangre de una virgen.

DELIRA

Cuando Xavi publicó en su blog su genial artículo sobre los veinte objetos más entrañables de nuestra casa se dejó unos cuantos objetos en el tintero.

Ya estamos haciendo una segunda lista en nuestros ratos libres, para que el señor Fortino nos deleite con un segundo artículo sobre el tema.

Pero hay un objeto entrañable que seguramente no aparecerá en ninguna de las dos listas. Y como además se trata de algo que merece una mención especial, he decidido dedicarle yo una entrada aquí, en mis violáceos aposentos.

Se trata de DELIRA.

Y algunos se preguntarán: ¿Qué es Delira?

Si la quisiesen tanto como yo, preguntarían: ¿QUIÉN es Delira?

Delira es una muñeca de trapo.

Una muñeca de trapo que once upon a time, me regaló mi querida Sofi.

Una muñeca de trapo que la propia Sofi ideó, diseñó y cosió personalmente mientras trabajaba como socorrista en una piscina de verano. (Porque no todas las socorristas guapas aparecen en Los vigilantes de la playa)

Decidimos ponerle el nombre de Delira en honor a mi novela Lira delira. Dicha novela está dedicada a Sofi y además, curiosamente, en la portada que dibujé para la novela aparecía pintada (arriba y a la derecha) una muñeca similar.

No puedo colgar aquí ninguna foto de Delira. No tengo cámara digital, ni ninguno de esos avances que hacen que otros blogs molen tan increíblemente mazo.

Así que, de momento, tendréis que imaginárosla dejándoos llevar por mi descripción.

¡Vamos allá! ¡Musa, préstame tu voz!.

Delira es blanca. Más pálida que la cera de una vela. Yo creo que está muerta, pero murió sonriendo.

Es una de las cosas que más admiro de Delira. Porque hay que tener una concepción del mundo muy hermosa para conservar una sonrisa así después de haber sido atropellada por un camión.

Porque si uno observa detenidamente el cuerpo de Delira, llega a la conclusión de que sólo pudo morir atropellada, o estampada contra el suelo tras caer desde un octavo piso.

Tiene una pierna más larga que la otra. Y en la pierna más larga (o menos corta) hay un parche de colores cosido con hilo rojo en la blanca piel de trapo.

Eso es lo que ocurre cuando te llevan al depósito de cadáveres del circo y el médico forense es un payaso.

Hay un parche similar a la altura del cuello. Posiblemente hurgando bajo él encontraríais la herida que le causó la muerte.

Pero un collar de trapo rodea su cuello de trapo, y trapa el parche de trapo que trapa su herida de trapo.

Y haciendo juego con el collar, Delira lleva un vestido de novia, que disfraza la blancura de su cuerpo con otra blancura igual de interesante.

¿Tal vez se suicidó porque su novio la dejó plantada en el altar de bodas? ¿Tal vez su novio se fugó con una barbie de minifalda fuxia? ¿De minifalda furcia? ¿Tal vez por eso se arrojó desde el octavo piso?

¿O tal vez la atropelló el camión porque no pudo escuchar los bocinazos? Porque en la cara redonda de Delira no hay orejas... En su cara redonda como una luna llena. Como un queso de trapo...

Delira tiene el pelo azul. Es una chica del siglo XXI. Los astronautas encontraron agua en el polo norte de la luna de trapo. ¡No! ¡¡No!! ¡¡No es agua!! ¡Es lana azul! El pelo de Delira es lana azul.

Igual que su sonrisa.

La eterna... la inmutable sonrisa de Delira está cosida por una hermosa Sofi con hermosa lana azul.

La sonrisa de Delira es azul.

Una sonrisa triste. Pues ya dijimos en su día que azul en inglés es una manera bonita de decir que algo está triste.

Y los ojos...

Los ojos de Delira son botones.

Dos botones cosidos en la blancura de la tela. Uno más arriba, y el otro más abajo. Formando una graciosa diagonal entre los dos. Dos botones totalmente diferentes. El ojo de la izquierda es un botón grandote, de madera... Un ojazo marrón. El ojo de la derecha es pequeñito, salpicado de incontables colorines.

Ésa es la mirada de Delira: Una mirada de botones. Dos botones que te miran y te abrochan a ellos... y ya no te los puedes quitar de encima. Dos botones que te abrochan el alma, y te hacen sentir menos desnudo, que te quitan el frío...

Dos botones que uno siempre está tentado de apretar, a ver si ocurre algo... Pero nunca ocurre nada. Delira nunca habla, ni se mueve.

Desde que mi querida Sofi la robó del cajoncito de aquel depósito de cadáveres, se limita a estar quieta junto a mí, siempre al lado de mi ordenador, contemplando lo que escribo con su entrañable mirada de botones, con su inmutable y contagiosa sonrisita de lana azul...

De todas las mujeres de mi vida, es la única que siempre está donde la necesito, cuando la necesito... La única a la que nunca le falla la sonrisa...

En estos momentos está aquí, junto a mí, leyendo estas palabras.

Si sentís un par de botones de colores espiando entre los agujeros de cada letra “O”, no deliráis. Es que Delira hay.

Delira es de las pocas que siempre sonríe ante mis chistes malos. Debe haberlo heredado de su madre.

CALABAZAS PARA LIRA

- Hola, señor Salamandra, ¿le gustaría ser mi novio? – dijo la joven Lira.

- Lo siento, pequeña... pero te prefiero como amiga<.

Eso es más o menos lo que ha sucedido hoy.

Editorial Salamandra ha desestimado la publicación de mi novela Lira delira.

Lo cierto es que no me ha afectado demasiado.

En parte porque en una editorial de ese calibre un NO es la respuesta más probable, y en parte porque los demás aspectos de mi vida marchan bastante bien.

Además, como le decía esta tarde a mi querida Mayita, todavía me quedan un puñado de rechazos para igualar los comienzos de Ray Bradbury, o Stephen King.

Obviamente, hubiese preferido un , pero me centro en el aspecto positivo de la noticia: Un asunto más solucionado. Una cosa menos de la que estar pendiente. Un trocito de mi cerebro que se queda libre para otros menesteres.

Tras haber hecho un ingenuo pero obligado sondeo de las editoriales más importantes del país, tengo intenciones de seguir probando suerte en editoriales cada vez más pequeñas y accesibles.

Ahora intentaré con editoriales semi-importantes. Si éstas no dan frutos, pasaré a las editoriales desconocidas. Si las editoriales desconocidas tampoco me hacen caso, probaré con editoriales de mala muerte. Y se estas últimas tampoco me funcionan, a lo mejor me dedico a escribir todas mis novelas en las paredes de la catedral de la Almudena, para que las pueda leer la gente.

Mientras tanto, todavía estoy pendiente de recibir noticias de Minotauro y de Anagrama, que también me pidieron en su día que les mandase una novela que desestimar.

Intentaré continuar con mi cruzada en pos de la publicación, aunque de momento las mejores oportunidades y los caminos más prometedores los sigo encontrando en el mundo audiovisual.

Si todo marcha bien, quizá en un futuro no muy lejano los logros en el campo audiovisual me proporcionen poco a poco un nombre o una situación que me facilite la entrada en ese mundo hermético de las editoriales.

Por lo demás, las cosas marchan de maravilla.

Sigo fiel a mi propósito de escribir alguna cosa cada día, y sigo yendo a Aikido los martes y los jueves. El aikido me da la vida. Sólo me han hecho falta un par de clases para recuperar la forma física. Ya salgo de las clases fresco e indoloro, con energías suficientes para comerme el mundo. Y el mundo sabe a chocolate, y a té de todos los colores.

LOS HUECOS QUE SEPARAN LAS PALABRAS

A veces las palabras no son nada. En todo caso cáscaras vacías.

A veces las cosas que de verdad importan no viajan cabalgando en las palabras.

Esa clase de cosas no son dichas. Se esconden entre los huecos que separan las palabras, y allí se agazapan, y acechan a la espera de algún loco capaz de percibirlas.

He conocido a algunos locos de ese tipo. Ahora mismo, por ejemplo, me viene a la memoria el pasajero del Asiento 7E (pasillo), cuya historia pude oír personalmente desde mi situación privilegiada en el asiento 7D (ventanilla).

Pero esa historia no sucedió en el asiento 7E, ni en el 7D, sino en la propia terminal del aeropuerto.

* *

El pasajero del asiento 7E estaba haciendo lo único que se puede hacer en la terminal de un aeropuerto: Esperar...

Allí, sentado en un asiento que estaba pensando si presentarse o no a las oposiciones para potro de tortura, nuestro amigo leía una novela demasiado barata, al ritmo que marcaban los sorbos de un café demasiado caro.

Los altavoces de la megafonía interrumpían su concentración para anunciar horarios de vuelos que nunca eran el suyo.

Era una voz femenina la que salía por los altavoces. Una voz neutra, fría, inexpresiva... Una voz que encajaba mejor en la cuadriculada eficiencia de una máquina que en la cálida imperfección de un ser humano. Y el pasajero del asiento 7E se había planteado alguna vez la posibilidad de que, en efecto, fuese una máquina la autora de esas voces.

Pero aquel día sucedió algo...

* *

La mujer invisible de la megafonía dijo lo mismo de siempre:

“Por su propio interés, rogamos mantengan controladas sus pertenencias en todo momento.”

Sí... La frase era la misma, pero tal vez eran distintos los oídos con los que escuchaba el pasajero del asiento 7E.

De repente, nuestro amigo percibió un matiz humano en esa frase. No era la información en sí, ni el ritmo. No era la entonación, ni era la forma en que combinaban las palabras.

Era algo que estaba más allá de todo eso. Lo que el pasajero del asiento 7E percibió era tal vez uno de esos tesoros que yacen escondidos en los huecos que separan las palabras. Un leve matiz, alguna vibración impronunciable. Un suspiro microscópico, un aliento contenido que indicaba que aquella mujer que hablaba desde el techo... era humana.

Y no sólo era humana. Era, ante todo, una persona necesitada de ayuda. En ese recodo olvidado del centro de la frase, justo después de la palabra “rogamos”, el alma del pasajero 7E pudo percibir la insoportable tristeza de otro alma.

No hubo palabras, ni nada que perdurase más de lo que se tarda en iniciar un parpadeo. Pero ese instante le dijo a nuestro amigo más cosas que el resto de la frase. Era un instante que se lo dijo todo...

Y el pasajero del asiento 7E comprendió.

Y el pasajero del asiento 7E decidió que no podía marcharse de allí sin antes averiguar quién era esa mujer.

* *

Empezó a seguir las pistas que le daban, de mostrador en mostrador de información, como quien sigue un camino de miguitas de pan.

Finalmente se las ingenió para penetrar en los intestinos del edificio. Después de resolver a duras penas el intrincado laberinto de pasillos, llegó a la habitación desde la cuál se controlaba la megafonía de todo el aeropuerto.

Buscó al tipo que tuviese la cara más amable. Expuso su situación atropelladamente, como si alguien le apuntase con un cronómetro en la sien. Dijo que necesitaba conocer a la mujer que hablaba a través del altavoz. Y dijo que era urgente.

Le tomaron por loco. Hubo risas, tal vez alguna burla, y finalmente, con el escaso tacto que pudieron reunir entre todos, aquellos empleados le explicaron que la mujer por la que preguntaba no existía.

- Es una máquina. La voz es generada automáticamente por los ordenadores.

- ¡Ustedes no lo entienden! – gritaba el pasajero del asiento 7E -. ¡Se trata de una mujer! ¡Una mujer de carne y hueso! ¡Y necesita ayuda! ¡Lleva dentro una tristeza que suplica encajar con otra tristeza urgentemente!

- Lo siento, señor – le respondieron -. No hay ninguna mujer. Antes sí recurríamos a locutores de verdad, pero hoy día las máquinas imitan la voz humana de un modo tan perfecto...

El pasajero del asiento 7E protestó hasta quedarse sin garganta. No paró hasta que los empleados le enseñaron los procedimientos informáticos que habían usado para crear aquella voz artificial.

Todos le miraban como se mira a un loco. Él no se daba cuenta. Estaba demasiado ocupado perdiendo la fe.

* *

Desandó el laberinto con desgana. Sabía que fuera de él le esperaba la Nada.

Cuando la voz de aquella mujer imposible, inexistente... anunció su número de vuelo, sus palabras le sonaron más a números que a vuelos.

Se arrastró hasta la puerta pertinente, y su andar era tan automático como la voz que le acababa de romper el corazón.

El pasajero del asiento 7E rogaba a un Dios en el que no creía para que estrellase el avión... se preguntaba si era posible suicidarse con un tenedor de plástico...

... y entonces...

La voz del altavoz volvió a sonar.

Pero esta vez no hablaba de equipajes, ni de números, ni de zonas de embarque...

La mujer invisible de la megafonía hizo retumbar en las paredes del aeropuerto las siguientes palabras:

“Gracias por preocuparte por mí. Ahora sé que no estoy sola. Cada vez que entres en un aeropuerto, allí estaré esperándote... y te hablaré... desde los huecos que separan las palabras.”

* *

El pasajero del asiento 7E cruzó la puerta de embarque, impaciente por aterrizar en el aeropuerto de Destino.

Ningún otro viajero de la terminal comprendió el significado de las palabras de la mujer fantasma.

Cuando la dirección del aeropuerto pidió al técnico revisar los ordenadores en busca del error, el pobre hombre se vio obligado a confesar que no tenía ni idea, y escurrió el bulto con una frase recurrente:

- A veces las máquinas hacen cosas raras...

UNA CARTA DE AMOR DESAFINADA (Tributo al día de San Valentín)

Amada mía:

Esta carta va a decir muchas mentiras, pues ya empieza mintiendo.

Porque te llamo “amada mía”, y está claro que nunca fuiste mía... Y aplicando esa regla de tres, ¿quién sabe? A lo mejor tampoco fuiste amada.

¿Sigo estando enamorado? No me siento enamorado. Pero dicen que lo está todo aquél que lleve puesto algo rojo en este día.

Y yo llevo algo rojo, pues roja es la sangre que mana de mi pecho, en esa herida abierta que dejaste de propina por los servicios prestados, cuando clavaste tus pupilas en mí, como brillantes alfileres de vudú.

Pero no... La herida ya no es roja. Está cicatrizando. La sangre ha coagulado... y ahora tiene una tonalidad más bien violeta.

Tu imagen, sin embargo, se va desvaneciendo, como el título de la peli en una entrada de cine. Espero que se borre también el argumento, porque siempre fue triste, tormentoso... y todavía no entiendo el final. ¡Dios mío! ¡No entiendo por qué tuvo que terminar así!

Creo... no sé... Que pudiste haber sido un pelín más comprensiva... Hombre... Ya sé que es impactante eso de llegar a casa y encontrar a tu novio arrastrando un cadáver... ¡pero podías haberte quedado a escuchar mis explicaciones!

Como te dije una y mil veces en esos mails que tal vez mandabas directamente a la papelera... como te quise contar en todas esas llamadas que me colgaste sin permitirme hablar... ¡Cariño! ¡Que fue en defensa propia!

Ese tío era un ninja. Un ninja implacablemente entrenado en el arte del asesinato silencioso. Algún hijo de puta lo mandó para acabar conmigo. Ahora ese hijo de puta sabe que no acabó conmigo. No ha hecho más que empezar.

En serio... cariño... Ya sabes que no me gusta llevarme el trabajo a casa, pero yo no puedo decidir cuándo y dónde me atacan los ninjas que contrata el enemigo.

Podrías haber hecho un esfuerzo... no sé... haber puesto un poquito de tu parte para comprenderlo. Yo me esforzaba en entender que necesitabas tres cuartos de hora para maquillarte y ponerte los pendientes. Incluso llegué a aceptar que te gustase el cine iraní.

¡Eso es Amor! ¡Aceptar las rarezas del otro! Entonces... ¿¡Por qué cojones no aceptaste tú que tu novio asesinase a un ninja!

Sí, sí, sí, sí... Ya sé lo que estarás pensando... Estás pensando que aquél cadáver no era un ninja. Que era tu anterior novio...

Y digo yo, ¿es que las dos cosas son incompatibles? ¿No puede ser que tu anterior novio fuera ninja? Hay cosas que uno no sabe de sus parejas, por mucho tiempo compartido que las partes compartan... Yo, por ejemplo, nunca te dije lo mal que te sentaba aquella rebeca de color naranja.

¡Así que no te atrevas a negarme que tu anterior novio era un asesino a sueldo, puta de mierda! ¡Si pude descuartizar su cadáver en la bañera, también puedo descuartizar el tuyo!

Perdón, perdón, perdón, perdón, perdón... Lo siento... A veces... A veces pierdo los estribos, ya lo sabes... No quería ser grosero... Es que... Simplemente es que... ¡¡no me entra en la puta cabeza que lamentes la muerte de ese gilipollas!!

Lo hice por el bien de todos... En serio... No sé si se trataba de tu verdadero ex-novio o de un clon generado en las incubadoras del enemigo, para acercarse a mí sin que yo alzase la guardia... pero me pareció sospechoso en cuanto le abrí la puerta y lo vi entrar en casa.

Tal vez me hizo desconfiar el hecho de que llegó con un regalo de cumpleaños para ti... De ese detalle se infería toda una cadena de retorcidas maquinaciones. Investigaciones de un servicio de inteligencia bien entrenado. ¡Ni siquiera yo me había acordado de que aquél era el día de tu cumple! Y aquél mamón lo había averiguado. Soy bueno olfateando conspiraciones, mi amor... Y aquello apestaba a conspiración por todos lados.

O tal vez todo se redujo a un brillo en sus ojos. Un leve matiz en la mirada, un algo casi imperceptible... Sé reconocer la mirada de un ninja cuando se cruza con la mía. Y la percibí en aquel capullo. Sí... Ya sé que no iba vestido de negro, ni llevaba katana, ni se tapaba la cara con capucha... ¡¡No me dés lecciones sobre ninjas, pedazo de puta! ¡Sé sobre el tema muchísimo más que tú!

Lo siento... Lo siento... No pasa nada... Sé perdonar... Yo sí sé perdonar...

Yo... Simplemente... Pues... Eso... que es el día de San Valentín... y me apetecía escribirte esta carta de amor...

Y decirte que te echo de menos... Y que pensaba en tu sonrisa mientras serraba los huesos de aquel desgraciado en la bañera... e imaginé que te volvía a abrazar, mientras cargaba hasta el rincón más inaccesible del embarcadero aquél saco con sus miembros amputados... revueltos como piececitas de lego...

Y cuando la sangre rezumaba por los poros de aquel saco de papas, no pude evitar acordarme de aquella noche en que te obligué a hacer el AMOR aunque tú tenías la regla. De cómo te quejaste tú ese día, cómo lloraste, las cosas tan horribles que salieron de tu boca (no me refiero al semen, ni a lo otro...), y de cómo, a pesar de ello, intuí en lo más hondo de tu mirada que te había encantado la experiencia.

En el fondo tal vez merezca la pena recordar. No todo fue una mierda... No todo fue anodino...

Tuyo, por siempre, ése que según el juez no puede acercarse a más de trescientos metros de ti.

Tienes suerte de que mi polla no mida aún 300 metros, pedazo de...

UN CUENTO PARA NAIA (O PARANOIA)

¡Hola de nuevo!

El otro día, cuando mi amiga Naia supo qu eestaba escribiendo un cuento para el blog, me pidió que le pusiera su nombre al personaje.

No lo hice, porque el personaje ya estaba bautizado, pero le prometí escribir el próximo cuento utilizando su nombre.

Esta mañana se me ha ocurrido ese cuento en estado de duermevela, y aquí lo tenéis:

LOS OJOS VERDES DE NAIA MORTON

Los ojos de Naia Morton no parecían de este mundo, y quizá no lo fueran. Pero eran irresistiblemente verdes.

Era pálida, y los rizos negros se pegaban en el sudor de su piel, como relámpagos oscuros en las mejillas. Trazos violentos del pincel sobre un papel de arroz.

Cuando el señor Morton se sentó junto al lecho de muerte de Naia, pensó que su mujer se convertiría en el cadáver más hermoso de todos los tiempos.

Naia Morton le acarició las manos débilmente, y luego sus labios moribundos comenzaron a hablar:

- Es el fin, cariño. He reservado mis últimas palabras para ti. Hay muchas cosas que siento haber dejado a medias, pero la que más me pesa, sin lugar a dudas, es marcharme sin haberte dado hijos.

- Naia... – balbuceó el marido, al borde de las lágrimas.

- Ayúdame a arreglarlo – añadió ella -. Obedéceme. Sigue mis instrucciones al pie de la letra, aunque te puedan parecer una locura. Aunque parezca que ya está delirando quien las dicta.

- Naia...

- Cuando muera, querido, ¡arráncame los ojos! Arráncalos... y entiérralos atrás, en el jardín. En un sitio en el que les dé la luna llena. Riégalos cada noche con tus lágrimas... El resto se hará solo.

- Naia... – volvió a llorar, estupefacto, el señor Morton.

Cuando Naia Morton terminó de hablar, murió en silencio. Y su marido pensó que aquella mujer no podía ser bruja, como murmuraba casi todo el vecindario.

Ninguna bruja tendría unos ojos tan bonitos.

* *

Naia Morton fue enterrada sin ojos.

Nadie supo explicar lo sucedido. Y aunque muchos intentaron hacerlo, a ninguno se le ocurrió pensar que fue el propio marido quien profanó el cadáver.

Aquella misma noche, el señor Morton cavó dos pequeños agujeros en el rincón más apartado del jardín. Se aseguró de que la luna los besara, y luego metió un ojo en cada agujerito.

Cuando vio aquellos dos globos rematados en verde, observándole desde el fondo de sus fosas gemelas, sintió un escalofrío.

Los sepultó bajo un par de paladas de tierra. Luego se arrodilló junto a las dos semillas... y las regó con obedientes lágrimas.

* *

A unos cuantos centímetros bajo la tierra húmeda, los ojos de Naia Morton comenzaron a echar raíces.

Poco a poco, empezó a nacer un brote en el centro de cada pupila. En sólo una semana, los dos brotes se abrieron paso hasta la superficie, y una semana más tarde se habían transformado en dos hermosas plantas, que no tardaron mucho en florecer.

Cada planta dio a luz un gigantesco tulipán morado.

Y el señor Morton continuaba regando con su llanto. Cada día.

* *

Cierta noche, cuando el señor Morton acudió a su cita, escuchó un débil lamento que provenía del interior de un tulipán.

Con manos temblorosas, deshojó la enorme flor, muy torpemente... y conforme los pétalos se iban apartando, el llanto inexplicable se hacía más audible.

Cuando el último de los pétalos fue apartado, el pobre y estupefacto señor Morton tenía una recién nacida entre sus brazos.

Y cuando logró arrancar los pétalos de la segunda flor, halló otra niña exactamente igual a la primera.

Eran mellizas. Y las dos habían heredado los ojos verdes de Naia Morton.

* *

El señor Morton se llevó a las dos niñas a la cama.

Durmió con ellas.

* *

Le despertó un mordisco.

Le costó un par de segundos averiguar que no estaba soñando.

El dolor era real.

Las dos niñas se comían su cuerpo. Arrancaban la carne del señor Morton y la engullían con un hambre voraz.

Y el señor Morton no reaccionaba. Estaba paralizado entre las sábanas. Sólo podía contemplar cómo las niñas crecían conforme devoraban. Ahora aparentaban ocho años.

Y el único pensamiento que vino a la cabeza del señor Morton fue que las dos estaban preciosas, con el rojo de la sangre tiñendo los labios. ¡Qué hermoso contraste con el blanco de la piel, con el negro del pelo, con el verde de los ojos!

El verde de los ojos de Naia Morton...

* *

Cuando acabaron de comerse al señor Morton, las dos hermanas habían alcanzado el aspecto de una mujer adulta.

Eran bellísimas...

Exactamente iguales que su madre.

Se besaron hasta limpiar el pintalabios de la sangre, y luego cada una se marchó en una dirección. Cada una buscó un marido. Cada una enfermó de manera misteriosa. Y justo antes de morir, cada una ordenó a su enamorado plantar dos ojos en el jardín trasero. Y nacieron cuatro flores que engendraron cuatro Naias... Cuatro Naias que volvieron a enamorar a cuatro hombres, que volvieron a enfermar, que volvieron a morir, que volvieron a sembrar...

* *

En unos pocos meses había miles de Naias Morton recorriendo el planeta, y un marido devorado por cada dos de ellas.

Algún tipo de alguna sección secreta del gobierno estudió el caso y decidió que había que buscar alguna forma de exterminar a esas mujeres. Había que matarlas, antes de que se propagasen por el mundo.

Yo no comparto su opinión. Y si ustedes la comparten, es porque nunca han contemplado los ojos verdes de Naia Morton.

UN FUNERAL EN EL MUSEO DE CERA

Son las cuatro y cuarto de la madrugada.

Mi taza de té blanco y yo os damos las buenas noches.

Os gustaría mi taza de té. Está pintada en tonos verdes, con un dibujo de una preciosa mujer japonesa y un montón de ideogramas kanji que, como no sé traducir, puedo imaginar que dicen lo que a mí me dé la gana. Por ejemplo: Arráncame el kimono y tómame.

Debería dedicar esta entrada a satisfacer la petición de Lady ?, una de las lectoras anónimas de este blog (hasta ahora creo haber contado un mínimo de dos). Ella me pedía una explicación sobre qué demonios es el Aikido.

Me encantaría escribir sobre el tema, porque esa anónima señorita es, hasta la fecha, la única que me ha pedido una entrada a la carta, y eso hace ilusión.

Pero he de decir, blandiendo torpemente mi brutal sinceridad, que no me apetece escribir una disertación sobre el Aikido, y se trata de un tema que no quiero abordar sin dedicarle el cariño que merece.

Si algún día me encuentro inspirado y con ganas, cumpliré gustoso los deseos de Lady ?.

Mientras tanto, solamente decir que el jueves pasado tuve mi primera clase de Aikido en casi cuatro años. Fue un gustazo volver a practicarlo. Y nada parece haber cambiado. El mismo maestro, el mismo gimnasio, los mismos alumnos, los mismos horarios. Hasta el precio es el mismo.

La gente decía que lo hacía con bastante soltura para llevar tanto tiempo sin practicarlo en condiciones. Aunque en mi fuero interno la sesión sirvió para darme cuenta de hasta qué punto he perdido forma física.

Hace cuatro años salía como si tal cosa de aquellas sesiones de estrellarme una y otra vez contra el tatami, y de caer mil veces más y levantarme de nuevo, y girar, y mover brazos y piernas y caderas e inspirar y expirar, proyectar, absorber...

En la clase del jueves, sin embargo, salí en un estado de bienestar incomparable, pero bastante maltrecho físicamente. En cuanto el cuerpo se me enfrió, me dolía todo. Como si me hubiesen dado una paliza. Lo cual, en cierto modo, fue verdad.

A la mañana siguiente, combinando ese dolor corporal con la ligera resaca cortesía de una botella de vino de dudosa calidad, me desperté en un estado que me hizo pensar: “Me he convertido en el puto John McClaine” .

Pero estoy acostumbrado a recobrar la forma física con rapidez, y cada día que pasa desde que decidí cambiar mi vida me encuentro mejor. No sólo en el plano físico, sino también en el anímico.

Otra decisión que he tomado últimamente, y que de momento voy cumpliendo, es la de escribir un poco tooooodos los días, llueva o truene. Como le decía hace un rato a mi querida Ariadna en un mensaje, es una forma de sentir que mi vida camina hacia algún lado, aunque sólo sea un espejismo.

Pero el espejismo funciona. Y quizá todo en la vida sea un espejismo.

Salvo los espejismos, claro. Los espejismos no son un espejismo.

Otra cosa que celebré en la noche que separaba (o unía) el jueves y el viernes fue terminar un guión de largometraje que con suerte rodaremos en Fuerteventura cuando se alineen los planetas y las circunstancias nos sean propicias.

Tardé dos días en escribir el guión. Es algo que me alegra no sólo porque me demuestra que sigo en forma, sino porque es el mismo tiempo que tardé en escribir el guión de <Gritos en el pasillo. Y eso sólo puede ser un buen augurio.

El guión se titula La cosa que surgió de entre la niebla, y de momento está gustando bastante.

El reto que plantea esta historia es que está contada con sólo tres personajes (un piloto, un copiloto y una azafata) y transcurre íntegramente en el interior de la cabina de un avión.

Aborda temas de OVNIS y similares, y a mí personalmente me gustaría que fuese algo similar a lo que pasaría si Steven Spielberg y Sam Raimi dirigiesen un guión de John Carpenter. Pero ésas son cosas que tendré que consultar con Albynubio, ya que en principio la idea es codirigirlo con él, en caso de que a Mr Nubio le guste el guión.

En lo que respecta a Gritos en el pasillo también tenemos muy buenas noticias, pero ya las comentaremos en la página web cuando llegue el momento.

Quisiera despedirme contando algo que me ha sucedido hace unos minutos.

En mi dormitorio tengo colgado un calendario con dibujos de J.R.R Tolkien. Son los dibujos que el propio Tolkien hizo para El hobbit.

Me lo regalaron mi tía y mi primos estas navidades.

Hoy ha sido día 11 de febrero. A febrero corresponde un dibujo de los trolls convertidos en piedra. Enero fue la cabaña de Beorn. Y los demás meses no los sé todavía, porque me gusta ir descubriéndolos conforme llegan.

Pero nada de eso tiene que ver con lo que quiero contar. Así que intentaré ir al grano:

Cada noche, cuando ya han pasado las doce, tengo la costumbre de sacar del cajón de mi mesita de noche uno de mis innumerables lápices de cera de color violeta, para tachar con él el día que acaba de quedar atrás. Lo hago todos los días, de una manera casi religiosa, y cuando estoy fuera de Madrid le pido a Xavi que ejecute el ritual por mí.

Esta noche tocaba tachar ese 11 de febrero que mencionaba antes.

Abrí el cajón de la mesita de noche, saqué el lápiz de cera... me dirigí al calendario... y taché la casilla correspondiente.

Fue entonces cuando me dí cuenta de que me había equivocado. En lugar de coger un lápiz de cera de color violeta, había cogido sin querer uno de color negro.

El tachón del 11 de febrero es una mancha negra dentro de un mar violeta. Un sábado de color negro. Un black sabbath. Por contraste, parece casi un entierro, un funeral...

Y enseguida tuve la sensación de que era mi propio funeral. Me estaba enterrando a mí mismo. Y el sepulturero echaba paladas de cera negra sobre mi tumba.

En realidad hoy he recibiddo esa señal por partida doble. Porque he ido al cine a ver El jardinero fiel, y en su día mi querida Ariadna me dijo que el personaje de Ralph Fiennes en esa película le recordaba mucho a mí físicamente. Y en la película matan a Ralph Fiennes.

Así que, como decía, hoy he recibido una muerte simbólica por partida doble.

Supongo que tiene que ver con esa sensación que tengo últimamente de que termina una etapa en mi vida y comienza otra diferente. El Juanjo antiguo ha muerto. Ya está encerrado. Ya ha sido el funeral. Larga vida al nuevo Juanjo.

Tal vez esta noche sea el punto de inflexión. La noche del funeral. Es la noche donde mi etapa anterior termina de morir.

Ahora toca resucitar.

A lo mejor resucito dentro de tres días, igual que Cristo.

Cielos... Acabo de caer en que 11 + 3 suman 14.

En ese caso mi resurrección y el comienzo de mi nueva etapa tendrían lugar el 14 de febrero. ¡El día de los enamorados!

¿Me voy a enamorar de alguien otra vez? ¿Alguien se va a enamorar de mí?

¡Ya sabéis, nenas! ¡Coged la pala y desenterradme! ¡Soy el tesoro escondido! Si queréis el mapa, lo llevo tatuado en mi corazón...

Sólo tenéis que reunir los pedazos...

SAMANTA NUNCA RÍE

La sirena de la ambulancia giraba y gritaba como una bailarina incendiada.

En el interior viajaba una niña pequeña, casi recién nacida.

Precisamente aquel día pensaban meterla en un coche azul marino para llevarla a una iglesia y bautizarla con el nombre de Samanta.

Pero surgió un contratiempo. A última hora habían tenido que cambiar el coche azul marino por una furgoneta blanca, la iglesia la habían sustituido por un hospital aficionado a las urgencias, y si los médicos no estaban a la altura, la furgoneta se convertiría finalmente en una limusina negra... y el hospital en un jardín de lápidas.

La ambulancia se saltaba los semáforos. A la madre de Samanta se le saltaban las lágrimas. Y también el corazón de la pequeña Samanta saltaba de manera peligrosa al borde de un trampolín con vistas a una piscina de cristales rotos.

Y como un fantasma de ladrillo, como una esperanza antiséptica, improbable... el hospital se cernió sobre ellos.

* *

Una decena de batas blancas se llevaron a Samanta al piso “nosécuántos”.

La desnudaron, la auscultaron, la analizaron, la radiografiaron... Le administraron antibióticos, ansiolíticos, paleolíticos, barbitúricos, moléculas, termómetros, políglotas...

Finalmente consiguieron estabilizar unas constantes vitales que un minuto antes no habían sido ni vitales ni constantes.

* *

Cuando el peligro inmediato hubo pasado, el doctor posó la gélida ventosa de su fonendoscopio sobre el corazoncito de Samanta.

Y algo extraño escuchó.

Examinó a la niña con su lupa.

Y algo extraño miró.

Algo tan raro que no podía ser cierto.

Como no se fiaba de su modesta lupa, puso a la niña en la bandeja del microscopio, para verla mejor. Cuando posó su mirada sobre el visor del aparato, a punto estuvo de soltar un grito.

Y algún grito soltó.

“Este microscopio no es de fiar”, se dijo a sí mismo. “Subiré al laboratorio de la planta treinta y cinco. Allí tienen microscopios más grandes.”

Pero los microscopios de la planta treinta y cinco le dieron el mismo resultado. La niña seguía teniendo aquella cosa rara.

“No... No señor... Debe de ser un efecto óptico”, aventuró el doctor. “Posiblemente los microscopios de la planta treinta y cinco tampoco sean cien por cien fiables”.

Así que cogió a la niña y se la llevó al observatorio espacial.

- Buenos días, ¿podrían prestarme un momento ese telescopio gigante que tienen ustedes para observar las estrellas y las galaxias lejanas? Necesito mirar a esta niñita muuuuuuy de cerca.

Pero cuando los técnicos del observatorio espacial enfocaron el telescopio hacia Samanta, la cosa seguía allí, y el buen doctor no tuvo más remedio que asumir las circunstancias.

Convocó en su consulta a los padres de Samanta, y adoptando esa expresión de mármol a la que suelen recurrir los médicos cuando tienen que dar malas noticias, anunció que:

* *

- Su hija ha salido defectuosa.

- ¿Defectuosa? ¿Como el abrefácil de los tetrabricks? – clamó alarmada la madre de Samanta.

- ¡Pero cómo se atreve... – empezó a protestar el padre, levantándose.

Pero el doctor los interrumpió con una pregunta tan extraña que consiguió dejarlos mudos:

- Díganme: ¿Justo antes de que la niña sufriera aquel ataque, hubo algo que la hiciera reír?

Y los dos progenitores se vieron obligados a asentir al unísono, incapaces de articular palabra.

El médico aprovechó el silencio para explicarles lo siguiente:

- Verán... la pequeña Samanta tiene un pequeño problemilla en el corazón. No puede asimilar la risa. Si la niña se ríe, su corazón se rompe. Es así de sencillo. En esta ocasión ha habido suerte, pero la próxima vez que la pequeña ría, será probablemente la última.

- ¿Y no hay ninguna medicina que lo cure? ¿Alguna operación? ¿Alguna píldora? ¿Alguna terapia alternativa?

Los padres se desbordaban en preguntas. El médico negaba...

- No se conocen medicinas para la pequeña Samanta. Si quieren que la niña sobreviva, ocúpense de que no vuelva a reír. No hay otra forma. Su hija no puede conocer la risa.

* *

Y así sucedió.

Los padres de Samanta se esmeraron para que la pequeña no pudiera conocer la risa.

Convirtieron su vida en un cuarto oscuro y desangelado... para protegerla.

Nunca le dieron golosinas. Jamás la dejaron ver dibujos animados, ni comics, ni revistas. Sabotearon uno por uno todos sus intentos de tener amigos. Le negaron un perrito, y un gatito, y un canario, una tortuga... Contrataron a las niñeras más desagradables y crueles... siempre por su bien. Siempre para salvarle la vida.

Cada mañana, papá le administraba agotadoras lecciones para “no entender los chistes”. Mamá la pinchaba con una aguja cada vez que se escuchaba algo gracioso. Sus profesores particulares eran siempre viejos, rancios, serios... olían a polvo y sólo enseñaban sobre cálculo, lingüística, sopor, aburrimiento...

La pequeña Samanta no era feliz, pero estaba viva.

* *

Sólo le permitieron salir a la calle cuando estuvieron bien seguros de haberla convertido en una jovencita acorazada, totalmente inmune a la risa.

Y nunca fue una chica muy sociable, porque entró tarde en sociedad, y porque es difícil ser sociable cuando no se tiene sentido del humor.

Y entendía a la perfección los chistes que le contaban sus amigos, y comprendía por qué se suponía que tenían que hacer gracia, pero no se reía. Y sus amigos se cansaron de no escuchar su risas, y un segundo después, decidieron cansarse de la propia Samanta.

Y se convirtió, de manera inevitable, en esa adolescente introvertida que no se relaciona con ningún compañero de instituto.

Y tuvo algunos novios, porque ella era bonita. Pero nunca le duraron demasiado. Todos llegaban a Samanta fascinados por su tristeza misteriosa, y todos la dejaban, porque nada ensombrece más el corazón de un hombre que no lograr hacer reír a una mujer.

Samanta estaba sola. Samanta estaba triste. Samanta estaba viva. Samanta estaba muerta...

* *

Cierto día de noviembre, cuando Samanta estaba a punto de cumplir los veinte años, sus dos padres enfermaron al unísono. Llevaban ya dos décadas librando una batalla campal contra la risa. Habían reprimido un millón de carcajadas cada uno, y las carcajadas se habían podrido, y habían infectado sus cuerpos y sus almas, lentamente, a ritmo de apisonadora deprimida. Y ahora esos frutos putrefactos sólo podían ser recogidos con guadaña.

Papá murió primero. Cuando mamá sintió que le llegaba el turno, llamó a Samanta al borde de su cama. Marchita y moribunda, como una hoja de otoño, cogió las manos de su hija y, en un último esfuerzo, le susurró al oído:

- Lo siento, hija mía... Lo hicimos por tu bien. Pero fallamos. No seas tan tonta como lo fuimos nosotros. Todavía estás a tiempo. Ríe. Arriésgate. Y si te mueres, morirás riendo.

Cuando la madre terminó de hablar, puso una convulsión a modo de punto final... y se murió en los brazos de su hija.

Entonces Samanta descubrió que tampoco sabía llorar.

* *

Sería cruel decir que Samanta sintió alivio ante la muerte de sus padres. Pero la vida en sí es cruel...

Se dio cuenta de que su propia integridad no le importaba demasiado. Y si hasta entonces habían intentado conservarla, lo hizo más por contentar a sus padres que por salvarse a sí misma.

La joven tenía ganas de cumplir el último deseo de su madre. Quería reír. Quería saber qué se sentía cuando las carcajadas se apoderan de alguien. Y si aquella experiencia la mataba, pagaría con gusto ese pequeño precio, que tan alto les parece a los que no han tenido una vida con sabor a corcho.

Quería reír, y morir, y volver a reír y volver a morir.

Pero todo fue en vano.

¿Cómo ríe alguien que no ha aprendido a hacerlo? Intentó relajarse, y convencerse de que en verdad lo deseaba, pero la fuerza de la costumbre era demasiado poderosa. Visitó a psicólogos, payasos, humoristas, y a budistas, taoístas, hinduístas... Se hizo cosquillas con dedos, con plumas de avestruz, pelos de amantes... en axilas, en plantas de los pies, en la entrepierna...

No funcionaba. Nada funcionaba. Nunca funcionaba. Nadie encontraba su risa.

Tal vez era ya demasiado tarde para aprender a reír.

Pero ella nunca se rindió. Viajó por todo el mundo en busca de su risa, y la siguió buscando sin descanso, sin tregua, sin demasiadas esperanzas...

La última persona que se cruzó con Samanta me dijo que todavía sigue buscando su risa. Así que si algún día os encontráis a esa chica por ahí, buscad vuestro mejor chiste, o vuestra mueca más graciosa... si por milagro o por casualidad funciona, habréis salvado un alma.

COMO UN DUENDE DEL PARQUE

Últimamente no dejo de tararear la canción El duende del parque, de Extremoduro:

“Y a codo con la sinrazón, voy navegando.

Y a codazos con mi corazón, voy dando tumbos.”

Y a eso me dedico. A dar tumbos por ahí, sin racionalizar demasiado las cosas que me ocurren, ni las cosas que deseo. Perdemos demasiado tiempo intentando encerrar lo que sentimos en rígidas estructuras de argumentos, palabras, explicaciones, interpretaciones, valoraciones, juicios...

Tendemos a creer que la razón es el instrumento que ha desarrollado el ser humano para acceder a la Verdad. Pero yo creo que es más bien la herramienta que hemos inventado para contarnos mentiras convincentes.

Rara vez hay sincronía entre lo que sentimos, tememos, deseamos... y lo que argumentamos o decimos.

Las palabras no son el emisario de la Verdad, sino la jaula que la encierra y la impide volar hacia donde podamos verla bien. Alojada en una jaula de palabras, nunca podremos contemplar la Verdad en todo su esplendor. Solamente podremos contemplarla a través de los barrotes, atisbar fragmentos... y unir esos fragmentos en un puzzle que deforma las cosas a nuestro gusto... o al gusto de nuestros miedos más arraigados...

Probablemente el hombre inventó la razón y las palabras porque tenía miedo de escuchar a su corazón con dolorosa claridad, sin mentiras ni interferencias piadosas.

Porque a veces el corazón es puñetero, y al muy cabrón le da por desear cosas que podrían complicarnos la vida... y desestabilizarla a golpe de caprichoso terremoto. Los corazones son anárquicos por naturaleza, y no existen dos iguales. El hombre que se atreve a escuchar su corazón, más allá de las interferencias de la lógica, está condenado a una existencia difícil, problemática... ya que es complicado que los senderos que implora recorrer un corazón coincidan con los que ya han sido explorados y asfaltados por otras personas.

Cada camino es único cuando uno tiene el valor de recorrerlo honestamente, sin autoengaños ni cortinas de humo.

No puedo hablar de esto sin recordar el momento en que me vi obligado a reconocer que lo mío era el cine, y el arte en general. Ése fue uno de esos momentos cruciales de mi vida en que me vi obligado a ser honesto conmigo mismo y tuve el valor de seguir mi “luz interior”, en lugar de obedecer al miedo, a la comodidad, a la inercia... o a lo que otras personas querían para mí.

En su día, aquella decisión provocó un pequeño cataclismo que resquebrajó los cimientos de mi vida, pero si no la hubiese tomado, ahora mismo sería un abogado, o un arquitecto, o en el mejor de los casos, un astrofísico en paro. Mi vida sería algo más cómoda, y mucho menos incierta, pero no podría mirarme a mí mismo con orgullo y afirmar que estoy navegando hacia mi verdadero lugar en el mundo, y es el corazón quien maneja el timón la mayoría de las veces. Y lo cierto es que de momento no me ha ido tan mal, aunque mi vida no se pueda comparar con la de las personas normales; aunque mi madre sufra en silencio por no verme colocado en una empresa, con un sueldo fijo y un cargo socialmente reconocido, y puede que una esposa, y un par de críos, un par de hipotecas y una ocupación que no requiera de una larga explicación cada vez que una persona te pregunta: “¿A qué te dedicas?” .

En mis tarjetas de visita pone que soy director y guionista, y que estoy en una productora llamada Producciones bajo la lluvia, de la que soy co-fundador. Pero de alguna manera, no me lo termino de creer. Es sólo una etiqueta. Como colgar un Cien por cien algodón en una prenda de algodón que está llena de bolsillos, y que uno sabe que dentro de los bolsillos no hay un 100% de algodón, sino un 99% de aire.

Aunque creo que en realidad todos tenemos esos bolsillos repletos de aire. Lo que ocurre es que normalmente la gente no los percibe desde fuera.

De un modo u otro, me alegro de haber elegido el camino difícil. El mundo está lleno de gente que estudió lo que no quería estudiar, que trabaja en lo que no quiere trabajar, que se casa con la mujer que no ama o que, en definitiva, vive una vida que no es la que desea, y gasta ingentes cantidades de energía en autoconvencerse de que sí la desea. Pero normalmente no se trata de la vida que deseamos, sino de la que otros desean para nosotros o, peor aún: De la clase de vida que nosotros creemos que los demás nos exigen tener.

Yo, por mi parte, he decidido hacer más caso a mi corazón. A mis sentimientos y emociones. Quiero seguir esos sentimientos, aceptarlos, asumirlos... No quiero encerrarlos en el sarcófago del miedo para quitármelos de en medio, ni analizarlos con la lupa distorsionadora de la razón.

Me he dado cuenta de que mis anhelos más profundos en todos los ámbitos obedecen a motivos oscuros que escapan a toda lógica. Mi corazón no selecciona sus objetivos en base a ventajas, garantías o beneficios objetivos, sino a pesar de todas esas cosas.

No sirve de mucho hablar sobre lo que sentimos. Los pensamientos son como buitres que vuelan en círculos alrededor de la Verdad, y sólo llegan a tocarla cuando ya está muerta.

Otra canción que no puedo dejar de tararear es el próximo single de Circodelia. Ayer estuve en el rodaje del videoclip, así que escuché la cancioncita decenas y decenas de veces. Lo cierto es que es pegadiza e incluso me gusta bastante. Un rock muy años ochenta.

La jornada de rodaje fue bastante accidentada, pero eran todos muy majos, y había un buen rollo muy de agradecer. El único mal recuerdo que me llevo de ese rodaje es una semilla de catarro que estoy intentando no regar con demasiadas gilipolleces, para que no llegue a florecer.

Tengo que cuidarme un poco más, y necesito volver a estar en forma.

En el regreso de mi último viaje a Fuerteventura me he traído mis kimonos de Aikido. Quiero volver a practicarlo. Hace años que lo dejé por enésima vez, pero se niega a desaparecer de mi vida. Todavía lo practico en solitario cada vez que tengo ocasión. Imponérmelo como disciplina me puede sentar bien, tanto física como espiritualmente.

Las señales siguen insinuándome que comienzo una nueva etapa.

El otro día os comenté que desde hace algún tiempo el número ocho se me aparece como aquél que hará avanzar mi vida y traerá consigo el cambio.

Hasta hoy, ingenuo de mí, no me había dado cuenta de que el ocho tiene forma de cacahuete.

8

Y mientras los cacahuetes se arrastran lentamente, yo estoy como el ave fénix: Reborning and reburning.

DECLARACIÓN DE LAS MÁS VIOLETAS INTENCIONES

Hola, amigos, amigas, primigenios, ninjas y coposognatus varios.

La vida se compone de micro-etapas, que a su vez se fusionan para formar etapas grandotas.

Hoy cierro una micro-etapa, y tengo la intuición de que con ella estoy cerrando a su vez una etapa de las grandotas graandes graaaandeeees para comenzar con otra mucho más luminosa y positiva.

Acabo de llegar a Madrid desde mi amada isla. Llego cargado de energías, de buenas intenciones, de firmes propósitos...

También en este blog finaliza una etapa y comienza otra.

¿Por qué?

El otro día me interné en los ARCHIVOS VIOLETAS y buceé hasta las entradas más antiguas de este blog.

Estaba buscando un poema de Radbindranth Tagoreque colgué aquí hace siglos. Mientras lo buscaba, leí por encima algunas de las entradas de aquella época... y tuve la impresión de que el Juanjo de entonces hablaba sobre cosas más interesantes, y lo hacía con un optimismo y unas ilusiones que ahora, por más que me registro, no consigo encontrar por ningún lado.

Sólo han pasado dos años desde entonces, pero esos dos años han convertido este lugar en un páramo sombrío. Poco a poco...Gota a gota... Lentamente... Imperceptiblemente...

Además: en los últimos meses mis entradas han comenzado a adquirir un tinte autobiográfico o pseudo-biográfico, y no fue ése el espíritu con el que nació este blog.

Leer esas palabras antiguas fue como observar una antigua foto de mí mismo para, a continuación, alzar la mirada hacia el espejo y decir, pensar, clamar: ”¡En qué me estoy convirtiendo!”

Esa visión me ha hecho reaccionar. Quiero volver a ser el Juanjo que escribía hace un par de años. Ese Juanjo que cocinaba sus palabras con auténtica energía violeta. Ese Juanjo que sentía más ganas de acariciar el mundo que de apuñalarlo...

En cierto modo, ese encuentro conmigo mismo me ha salvado. Como si el niño que fui hubiese viajado en el tiempo hacia el futuro, para encontrarme, para tenderme su débil bracito e intentar sacarme del pozo en el que yo mismo me he internado de manera casi voluntaria, en una paulatina excursión hacia mis propias tinieblas.

Ésa es mi declaración de intenciones: Voy a hacer todo lo posible por volver a ser aquél Juanjo de color violeta.

Yo mismo he viajado en el tiempo para auto-ayudarme, como la carta que Doc escribió en el Oeste para Marty McFly, como el propio Marty McFly...

¿Quién iba a decir que por las entrañas violáceas de este blog derrapaba un Delorian?

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Viruete.Com: Pop Culture

MELONCORP: Dos Ninjas Por El Precio de Uno

Aula Zombie: El Diario del Superviviente

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¡¡¡La Mejor película de Todos Los Tiempos!!!

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