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HOY NO TOCA CUENTO

Hola a todos.

Llevo tanto tiempo colgando un cuento tras otro, que ahora intento volver a hablar sobre mi vida y me siento como si profanase algo.

Y, bueno... no es que mi vida sea la más interesante del mundo. Seguro que la de Iván el terrible era más guay. Pero también suceden cosas extrañas en la mía. A veces tan extrañas y tan mágicas que yo mismo me pregunto por qué coño me invento cuentos en lugar de relatar las peculiaridades de mi día a día.

Antes solía contar aquí algunas de esas cosas, y creo que es bueno que siga haciéndolo de vez en cuando, para recordarme a mí mismo que esto es un blog, y no un libro de cuentos.

Por si alguien me tiene un poco perdido y le apetece saber cómo va mi vida, la respuesta es bien. Gritos en el pasillo se va moviendo de forma lenta, pero con muy buenas perspectivas. Mientras tanto, envío algún que otro curriculum o alguna que otra prueba de guión a productoras interesantes, aprovechándome de la información privilegiada que me hacen llegar estimadísimos amigos como Jaime y R.A.W.

El Retiro sigue estando bonito, a pesar del otoño. O tal vez el propio otoño contribuye a esa belleza, rociándolo con su caspa dorada.

Sigo eligiendo ese titánico parque para mis paseos vespertinos. Para perderme en sus entrañas cada vez que quiero perder mis pensamientos en las mías.

El otro día me sucedió una cosa curiosísima durante uno de esos paseos por El Retiro, y las consecuencias de ese suceso llegan hasta hoy. Así que voy a compartirlo con vosotros.

Si alguno se ha pasado por El Retiro últimamente, habrá advertido que hay una arboleda bastante grande que, desde hace varios meses, está cercada por una vaya metálica.

Yo suelo pasear por las regiones más frondosas y “salvajes”, y para llegar a ellas tengo que bordear esa arboleda amurallada.

El otro día, mientras la dejaba a mano izquierda para llegar a mi destino habitual, se me ocurrió pensar que a lo mejor alguien había colocado esas vallas metálicas ahí porque los árboles de esa zona estaban malditos, y no querían dejarlos salir al exterior. Se me ocurrió escribir un cuento sobre ello, pero enseguida me acordé de los ucornos de El señor de los anillos, y deseché la idea.

Estuviesen malditos o no, esa tarde hubo algo que me hizo detenerme allí. Fuese cual fuese la causa de la existencia de esa valla, aquel día vi en ella algo que los otros días no estaba, o que tal vez estaba pero nunca había captado mi atención:

Un hueco.

Un hueco por el que cabía una persona de mi tamaño.

Ya sabéis que cada vez que salgo a la calle busco en ella cualquier cosa que huela a magia, a hadas, a aventura... Tal vez por eso, en aquella ocasión, hice algo que nunca suelo hacer deliberadamente: Lo que no debo.

Miré hacia todas partes, para asegurarme de que nadie me prestaba atención. Nadie parecía reparar en mí, así que me colé por aquel hueco, con una especie de excitación nerviosa, consciente de que, en cierto modo, me disponía a hacer algo prohibido.

Siempre guardo la esperanza de que a la vuelta de cualquier esquina de esta ciudad (o de cualquier sitio) puede aguardar un rincón mágico al que casi nadie llega. Uno de esos rincones que le hacen sentirse a uno en otro mundo.

Pues bien... una vez atravesada la valla metálica, discurriendo por la arboleda laberíntica, encontré uno de esos lugares.

Supongo que me llamaréis exagerado si aseguro que era el rincón más bonito y espectacular de todo el parque. Sí... Es posible que exagere. Allí no había ni estatuas, ni laguitos, ni puentes... pero para mí si que era el lugar más hermoso que he encontrado en ese parque, y posiblemente en todo Madrid: Árboles retorcidos, como los que a mí me gustan, con cortezas cubiertas de musgo amarillento, y combinados con otros árboles (o arbustos) cuyas hojas ostentaban un color rojizo que, al trasluz de la luz solar, recordaban a vino. Raíces que emergían de la tierra para volver a entrar en ella, similares a arcos triunfales, o a serpientes de madera.

Os aseguro que sólo faltaba un agujero en alguno de los árboles, y algún gnomo asomando por el agujero.

De repente, se me ocurrió que la única razón que podía existir para restringir el paso a un lugar tan bonito, era precisamente restringir el paso a un lugar tan bonito.

Todavía no estoy acostumbrado a eso de tener un teléfono móvil que hace fotos, pero en aquel instante recordé que lo tenía, y decidí sacar una instantánea a aquel paisaje.

Hice varias, pero las iba borrando conforme las hacía porque, como suele ocurrir, el resultado en la pantalla no retrataba de manera fiel la magia del escenario real.

Tras varios intentos, conseguí una foto que en un ochenta o noventa por ciento sí transmitía aquella magia, aquel ambiente, aquel maravilloso colorido...

Y me largué de allí con cierta prisa, no sé si porque era consciente de estar en zona restringida, o porque de alguna manera percibía que aquel lugar, de tan atípico y bonito, era inquietante.

Puse mi preciosa foto como “papel tapiz” en el teléfono móvil, y regresé orgulloso a casa.

Hasta aquí, el asunto resulta pintoresco, pero lo más extraño llega a partir de ahora.

Imaginadme aquella noche tumbado en mi cama, contemplando la foto en la pantalla del móvil. Jugueteando, decidí ampliar la imagen y recorrerla de arriba abajo con el botón de las flechitas, para apreciar más detalles.

Entonces, cuando vi la ampliación de una zona del suelo, muy cerca de una de las raíces más espectaculares de la foto, vi algo que me dejó helado.

La foto no tenía mucha definición, así que no estaba seguro de haberlo visto bien. A lo mejor era sólo una mancha indefinida, y mi imaginación le daba la forma que quería.

Como no me fiaba de mis propios ojos, fui con mi móvil al cuarto de Xavi y le dije: “Mira atentamente esta foto y dime si notas en ella algo raro”.

No le dije nada de lo que yo había visto, para no sugestionarle. Por eso me helé más todavía cuando vi cómo los ojos de Xavi se llenaban de ilusión, y le escuché exclamar: “¡Ey, tío! ¡Es una mano!”

Xavi había visto en la foto lo mismo que yo: Una mano pálida semienterrada entre la hojarasca. Parecía una mano de mujer, aunque eso lo atribuí más bien a mi propio deseo de que fuese una mujer. Porque, para ser sincero, la foto tenía poco detalle y pocos píxeles.

Ya éramos dos. Cuando llegó Raúl a casa, le enseñé también la foto ampliada y le dije que buscase algo anormal. Tenía curiosidad por conocer la reacción de Raúl, ya que para estas cosas suele ser el más escéptico de los tres (e incluso más escéptico que Frida). Cuando Raúl ddijo: “Esto parece una mano”, fue como si aquellas palabras fuesen un conjuro que hacía realidad todo el asunto.

Obviamente, los tres interpretamos aquello como un posible cadáver enterrado en el rincón más inaccesible del Retiro.

Creo que aquella idea nos puso un poco nerviosos a los tres. De repente, aquello era tan divertido como grave. Raúl fue el primero que propuso llamar a la Policía y contarles aquello para que fuesen a echar un vistazo.

Ninguno de los tres tenía demasiadas ganas, pero al final decidimos hacerlo. Sin decidirlo de manera explícita, Raúl acabó elegido como portavoz. Supongo que porque él suele encargarse de los trámites telefónicos, en general.

Xavi y yo estábamos junto a él, expectantes, como colegialas en una fiesta de pijamas.

No llegamos a hablar con la Policía. El teléfono daba una señal extraña, como si la línea o el servidor fallase. Nos lo tomamos como una señal del Destino que nos decía que no convenía llamar a la poli.

Tal vez nos aferramos a esa hipótesis demasiado rápido porque a ninguno de los tres le apetecía lo de hablar con las fuerzas de la ley. Teníamos miedo de hacer el ridículo, de molestar a la Policía por nada, como esas locas que salen en las películas y que tienen gafas de culo de botella y la casa llena de gatos adoptados. A mi, por mi parte, me incomodaba la idea de tener que explicar por qué me había metido dentro de una zona vallada para restringir el paso. Y también argumenté (idea que inquietó a mis compañeros de piso) que a lo mejor las vallas estaban ahí porque el gobierno sabía lo que había... y estaba implicado en ello de alguna manera.

Pero eso último nunca llegamos a creérnoslo del todo. Es la clase de cosa que sólo sucede en las películas.

Lo cierto es que con tanta hipótesis y tanta sordidez, estuve a punto de renunciar a mi paseo por el Retiro al día siguiente. Pero me dije a mí mismo que si lo renunciaba a él, estaría huyendo no solamente de esa posible mano semienterrada, sino de toda mi vida en general. Así que me encaminé al Retiro.

Una vez en el parque, pasé por la zona de las vallas, y quise otear a través de los alambres, aunque bien sabía que el rincón del día anterior no podía verse desde allí.

¡Qué demonios! Al final esperé a que no mirase nadie y me volví a colar por aquel hueco.

Confieso que el corazón me latía demasiado fuerte. De esas veces en que uno siente los golpes vibrando en todo el pecho, como un tambor. No fue tan divertido ni tan maravilloso como la primera vez. Ahora no era un juego. Era algo serio. Y precisamente me dirigía hacia donde vosotros sabéis para espantar los malos fantasmas y que las cosas volviesen a parecer un juego.

Me costó encontrar de nuevo aquel rincón. Vi varios parecidos, pero que no eran tan extraños, y comencé a volverme paranoico, pensando que a lo mejor aquel lugar sólo existía en mi cabeza. En esos momentos no se me ocurrió pensar que si Raúl, Xavi y Yoana habían visto la foto, era porque existía, o porque éramos cuatro locos en ver de uno.

Cuando por fin llegué al “rinconcito mágico”, me invadió un mal rollo como pocos he sentido en mi vida. No sé si alguno de nosotros ha visitado un sitio en el que sospecha que puede haber un muerto. No me refiero a un velatorio, o a cualquier otro lugar en el que la presencia de un cadáver es algo “normal”. Me refiero a un cadáver clandestino, que la humanidad todavía no ha tenido tiempo de tachar de la lista siguiendo el protocolo habitual. Un cadáver que es despojo de una probable muerte accidentada, horrible...

Bueno... sé que no sois tontos. Ya habréis deducido que si de verdad hubiese encontrado ese cadáver, os habríais enterado de otra manera, y no tan tarde y por medio de este blog.

Pero eso no quiere decir que no encontrara nada. De hecho, cuando me acerqué a rebuscar por la zona de aquella raíz extraña, hallé algo que no contribuyó precisamente a dejarme más tranquilo.

Al principio no me atreví a acercarme demasiado a la raíz. Me asomaba desde dos metros atrás, como si hubiese uno de esos cordones que ponen en los museos para que no pases a manosear los cuadros.

Desde allí no veía rastro alguno de ninguna mano, y no supe si eso me aliviaba o me inquietaba. Porque tampoco vi ninguna otra cosa que pudiese confundirse con un mano en una foto de baja definición. Ni una mísera piedra.

Me acerqué a la raíz para quedarme más tranquilo.

El suelo estaba cubierto de hojas secas y, con una opresión terrible en el pecho y una tensión insoportable en la nuca, decidí comprobar si la mano (o lo que fuese) había quedado enterrada por las hojas.

No me atrevía a apartar las hojas con mis manos, así que busqué por todas partes hasta dar con un palito que me sirvió de herramienta.

Empecé a apartar las hojas. En la superficie no había nada. Ni rastro de manos muertas ni de ninguna otra cosa. Entonces empecé a hundir el palito en la hojarasca y a tantear.

Como el palito no chocaba contra nada, lo volví a sacar. Y justo cuando lo hacía, vi que un objeto de colorines se había enredado en él.

El objeto cayó al suelo y volvió a quedar enterrado entre las hojas.

Rebusqué. Lo cogí con un poco repelús, y me dio un vuelco el corazón cuando comprobé que se trataba de una pulsera. Una pulsera de colores, similar a la que podría llevar cualquier adolescente.

Estaba asustado, excitado e ilusionado a partes iguales. Ya conocéis mi costumbre de buscar conexiones simbólicas entre las cosas... Así que ir allí buscando una mano y encontrar una pulsera (que es un objeto que se suele llevar puesto en la mano) era demasiado para mi imaginación febril.

Aunque aquella pulsera me daba mal rollito, me la metí en el bolsillo y corrí a casa para enseñarles a Xavi y a Raúl mi nuevo “trofeo de guerra”.

Raúl aún no había llegado a casa. Xavi sí estaba. Le conté toda la historia, y quise dejar lo de enseñarle la pulsera como golpe de efecto final. Cuando por fin saqué la pulsera del bolsillo, Frida se puso a ladrar como una condenada.

Había estado inquieta desde que entré en la casa (de hecho lleva inquieta varias semanas), pero cuando vio la pulsera, aquello parecía una película de terror.

Estuvimos toda la tarde jugando a acercarle la pulsera para verla ladrar y gruñir. Cuando llegó a Raúl, se lo enseñamos y también se unió al numerito cirquense.

Le quitamos tanto hierro al asunto, que a la hora de dormir, que en Noviciado 6 llega a las tres o cuatro de la madrugada, la pulsera había perdido todo aire de amenaza, y la dejé en mi mesita de noche mientras dormía.

Esa noche tuve una pesadilla demasiado real. De ésas que hacen que cuando despiertes te preguntes si lo habías soñado o si sucedió en realidad. ¿No os ha pasado nunca eso de despertaros de un sueño dentro de un sueño y luego volver a despertaros dentro de ese sueño para aterrizar en otro sueño? Pues algo así.

En el sueño (porque lo seguiré llamando sueño hasta que se demuestre lo contrario) yo miraba a la mesita de noche y veía ahí la pulsera, como un aro delimitando un círculo en la madera del tablero.

Entonces, la pulsera resultaba ser una especie de “puerta dimensional”. Se abría un agujero dentro de ella, y por ese agujero salía una mano de mujer, que tanteaba nuestro mundo.

Yo me giraba en la cama para no mirar, pero escuchaba cómo la mano trasteaba entre los objetos de mi mesita de noche, cogiéndolos para volverlos a soltar.

Cuando desperté horas más tarde, recordé aquel sueño y registré mi mesita de noche. Estaba todo allí... menos una moneda de veinte céntimos.

No es que yo vaya por ahí contando las monedas de veinte céntimos que tengo. Pero los que me conocéis sabéis que tengo la costumbre de mirar siempre la nacionalidad de los euros que llegan a mis manos. Y yo recordaba con mucha claridad haber dejado en la mesita de noche una moneda de veinte céntimos francesa.

No sé si a la mañana había más o menos monedas en la mesa, pero todas las que habían eran españolas.

Busqué por debajo de la mesa, por si la moneda francesa se había caído. Pero no la encontré.

A partir de ese momento, la pulsera volvió a parecerme una inquietante herramienta de Satanás, y el hecho de que asustase a Frida dejó de parecerme tan gracioso.

Le conté a Raúl y a Xavi todo el asunto. Y fue Xavi quien me propuso hacer algo que, inexplicablemente, no se me había ocurrido todavía:

Hacer una foto a la pulsera con mi móvil.

Sobre el resultado de esa foto, os diré sólo dos cosas: Que ahora mantengo esa pulsera bien alejada de mi mesita de noche, y que quien quiera ver la foto, que esté atento al programa ése de Iker Jiménez, porque gracias a los contactos de Raúl (que trabaja en Sogecable) la foto ha llegado a los de Cuatro y la han comprado.

EL SUSURRO SANGRIENTO DE LA MUSA MALDITA

Rodrigo asesinó a su esposa aquella noche porque la encontró condenadamente hermosa, y tuvo la certeza de que jamás volvería a estar tan bella. Quería embalsamarla en su retina. Quería clavarle un punto final en el corazón, porque intuía que jamás llegaría un desenlace tan bonito como aquél.

Ella abrió sus labios para decir una palabra. Rodrigo la interrumpió.

- No, querida. No digas nada. Así es perfecto.

Los labios de su esposa volvieron a cerrarse, tan carnosos, tan rosados, tan entreabiertos, tan parecidos a la armónica que toca el Diablo por las noches para guiar a las almas perdidas hacia lo más terrible de sí mismas.

La palabra abortada volvió sobre sus pasos de viento, y Rodrigo pudo sentirla descendiendo de nuevo por aquel cuello insinuante, hinchando los pulmones, agitando aquellos pechos pequeñitos, que asomaban lo suficiente para invitar a bucear sujetador adentro.

- Estás preciosa – dijo él, poniendo en las palabras la contundencia de un “amén”.

Su esposa sonrió, y un resplandor rosado se transparentó en la piel de las mejillas.

Rodrigo sintió un estremecimiento. Todas sus células vibrando una tras otra, de ese gracioso modo en que el público hace una ola en un estadio.

Estaban en el porche. Entre ellos se interponía la mesa de una cena recién terminada. La brisa alborotaba el mantel, la llama de las velas, y los mechones rubios, que acariciaban con primor de duende los labios, las mejillas, la pradera lunar de aquella frente...

¡Cielo santo! ¡Estaba tan, tan bella! Qué tristeza tan serena había en sus ojos. Qué languidez caía por sus párpados. Y qué afilado brillo en sus pestañas...

- Querida – añadió él...

Se levantó de aquella silla de jardín y caminó hacia ella.

La mano izquierda de Rodrigo acarició la piel, demoró un par de dedos en los labios, apartó un mechón rubio por el simple deleite de apartarlo, se refugió en la tela del vestido, se tiró en tobogán por esos párpados, por aquella nariz, por aquel pecho...

Y mientras exploraba la cara interna de los muslos, decidió no atreverse a mancillarla con besos importunos, para así no ensuciar tanta belleza.

La mano derecha de Rodrigo tanteó por el mantel a ciegas, y empuñó lo primero que tropezó con ella. Segundos más tarde dedujo que había elegido el sacacorchos, por la espiral de sangre que asomaba cada vez que sacaba el metal frío de entre la carne viva.

Ningún grito se atrevió a profanar tanta belleza. Sólo el silbido de la espiral sangrienta, entrando para volver a salir, para volver a entrar, y volver a salir y entrar una y mil veces.

Rodrigo perforó los ojos, porque sabía que nunca más volverían a mirar como en aquel momento. Desfiguró los labios, para que no pudiesen dar besos impuros. Abrió cien escaleras de caracol en aquel cuerpo, y todas descendían al misterio... y el misterio era una telaraña que te atrapaba sin explicarte nada.

Cuando Rodrigo terminó, el sacacorchos se zambulló en la hierba... y ella era un campo de claveles rojos.

La llevó en brazos hasta el dormitorio, y la dejó en la cama. Al verla allí, con los cabellos desparramados por la almohada, con la sangre brillando como brilla la pulpa de la fruta prohibida, Rodrigo sintió un arrebato de inspiración inexplicable.

Corrió a por unas hojas de papel. Tomó prestada una de las plumas irreales de pavo real que adornaban el recibidor. Derribó de un manotazo la orografía de la mesita de noche. Depositó el papel en el tablero. Hundió la pluma en las heridas de ella, y la sacó empapada.

Escribió la primera letra... Después la primera palabra... Antes de que quisiera darse cuenta, estaba llenando aquellos folios con el poema más conmovedor que vio la luz del mundo. La sangre le susurraba las palabras. La sangre le dictaba para escribirse a sí misma.

Durante varios días, la esposa de Rodrigo fue el tintero más sensual de entre todos aquellos con los que Dios no se atrevió a soñar. Y las hojas de papel se amontonaban en una torre que, del mismo modo que la de Babel, contenía demasiadas palabras para dejar tranquilo al mundo. Todas ellas escritas con una caligrafía primorosa, en rojo sanguinario sobre blanco.

Rodrigo no paró de escribir mientras quedase una sola gota roja en el cadáver de su difunta esposa. Y la sangre se terminó cuando tenía que acabarse. Ni antes ni después. Aquella última gota estaba allí para poner el punto final. Ese punto final que Rodrigo había buscado por todos los rincones, haciendo cuevas y agujeros a golpe de sacacorchos.

No le costó deshacerse del cadáver. No manchaba, no olía, no había en él ningún detalle que remitiese a vida arrebatada. Toda la esencia estaba en aquel taco de folios. En aquella poesía interminable, que terminaba en el momento justo.

Rodrigo guardó los folios en uno de esos cajones que sólo se abren dos o tres veces en la vida. No le nació compartirlo con nadie. No se le ocurrió pensar que el mundo pudiera necesitar aquellas letras.

Pero allí están, aguardando en la oscuridad. Y algún día alguien las encontrará, desenterrará el tesoro... El poema se propagará por nuestro mundo... y todos lo leeremos... y seremos un poco más felices.

Sólo un poco.

Madrid. 17 de septiembre de 2006.

EL ALMA DE NÄIL (TERCERA PARTE)

El viejo Näil dejó de hablar.

Estaba claro que su historia no había terminado todavía, pero sus fuerzas sí. Sus ojos se cerraron, y entonces el único brillo que quedó en su cara fue la constelación de sudor que le adornaba la frente.

Por unos segundos, el bueno de Prick pensó que el marinero se había muerto. Sólo durante unos segundos. El curandero había visto demasiados difuntos en demasiadas camas, y ningún vivo conseguía ya engañarle durante más de un parpadeo.

- Mirna... Pobre Mirna... – empezó a murmurar el marinero, consumido por los recuerdos y la fiebre.

Prick le limpió el sudor con un paño mojado, pero no le interrumpió. Intuía que la historia estaba a punto de continuar.

Y la historia continuó. Los labios de Näil volvieron a moverse:

* *

Aquel brujo no daba crédito a sus oídos. En su desconcierto veía reflejada mi locura.

- Lo hiciste – dijo con aterrada voz -. Liberaste al Süruh...

Mi silencio contestó por mí.

El brujo quedó paralizado. Sus ojos giraban inquietos, como si buscasen por todas partes un agujero en el que meterse. Había visto ratas mirar del mismo modo en las bodegas de un centenar de barcos.

Pero yo estaba metido en mi propio agujero, amigo Prick, y no estaba en disposición de consolar a nadie.

- ¿Me enseñarás a hacerlo? – le insistí.

- ¿Por qué no? – me respondió temblando -. El Süruh está libre. Ya nada importa.

- Si lo que te estoy pidiendo sale bien, el Süruh dejará de dar problemas.

El hechicero agarró mis hombros con desesperación.

- ¿¡Es que no lo entiendes, insensato!? ¡El Süruh no da problemas! ¡El Süruh es el problema! Volverá a destruir el mundo.

Yo no escuchaba al brujo, amigo Prick. Estaba demasiado metido en mis propios asuntos.

- ¿Me enseñarás?

- Te enseñaré. Ya nada importa.

Invité al brujo a mi casa. Él se llevó los ingredientes necesarios para fabricar aquel apestoso puré de hierbas.

Mirna desconfiaba del brujo y de las hierbas, pero aceptó tomarlas. No tenía ni idea de lo que estábamos haciendo con ella, pero le gustaba contentarme en mis caprichos.

Jamás olvidaré la última mirada de mi mujer. Los retortijones la revolcaban por el suelo. Sus ojos me buscaban entre el dolor. Decepcionados, desorientados... No fue la última vez que los ojos de Mirna se posaron en mí, pero fue la última vez que yo pude ver a Mirna tras ellos.

La agonía duró más de una hora. Luego Mirna murió.

Velamos el cadáver durante tres días.

El hechicero apena comía. Su expresión dejaba transpirar la sabiduría amarga de un condenado a muerte.

Sólo intercambiamos un par de frases durante aquellos tres días. Sucedió a las pocas horas de fallecer mi esposa. Yo no podía dejar de darle vueltas a un pensamiento incómodo. Y al final el pensamiento se me escapó por la boca:

- ¿Qué pasará con su alma? ¿A dónde irá?

El hechicero no se dignó a mirarme. Con los ojos perdidos en la hermosura del cadáver, respondió en voz muy baja:

- Eso nadie lo sabe.

Llegamos somnolientos a la tercera noche, y el cansancio nos pudo. No recuerdo a qué hora exacta me quedé dormido, pero la luna estaba ya bien alta cuando me despertó el roce de un vestido entre unas sábanas.

Abrí los ojos, mientras un vértigo me succionaba el estómago.

Allí estaba ella... otra vez caminando entre nosotros, con pasos que no pesaban en el suelo. La luna la recortaba en la ventana, incendiando su vestido con telarañas de luz.

¡Estaba tan hermosa, amigo Prick! El fantasma más bello que se ha deslizado por la tierra.

- Mirna... – susurré sin despertar al hechicero.

Ella giró la cabeza lentamente, en busca de mi voz. Me miró sin mirarme. Sus ojos se habían convertido en guijarros sin vida. El corazón se me encogió como un pimiento reseco.

- Mirna... – volví a susurrar... conmovido, aterrado, arrepentido...

El zombi de Mirna empezó a acercarse a mí, y sus movimientos me excitaron. La Muerte es una titiritera muy sensual. Me quedé agarrotado en el sillón. Mirna se agachó junto a mí. Sus manos muertas me acariciaron sin gracia, pero supieron tocar la flauta que encanta a las serpientes, amigo Prick. Cuando el zombi me acercó sus labios, los míos se abrieron como el cáliz de una flor. Aquella mirada opaca me tenía idiotizado. El vacío que se adivinaba al otro lado de los ojos de Mirna despertaba en mi alma ese vértigo insano... esa atracción que producen los abismos... ¡Oh, amigo Prick! ¿Nunca te has asomado a un acantilado y has sentido el deseo irrefrenable de tirarte por él? Pues eso sentí yo. Y me habría dejado besar por aquél cántaro vacío si el hechicero no se hubiese despertado justo a tiempo de impedirlo.

- ¡No hagas eso! – gritó, mientras apartaba a mi mujer de un empujón -. Jamás permitas que un zombi te bese en la boca. No lo hacen por amor, maldito estúpido. ¡Quiere robarte el alma!

Yo permanecía sentado en el sillón, inmerso en un shock que no me permitía reaccionar.

- Nunca la beses – prosiguió el brujo -. Si dejas que su boca entre en la tuya, se comerá tu alma.

Aquella fue la última advertencia del brujo, y la seguí al pie de la letra. Todas las noches hacía el amor con Mirna, pero los labios nunca subían más arriba del cuello. Que me cuelguen por mentiroso si digo que no me excitaba todo aquello. La piel era tan pálida, el pelo era tan negro... Y aquellos senos suaves que parecían amasados en la mismísima luna...

Algo de caballero me queda todavía, amigo Prick. Por eso me avergüenzo al confesarte que con aquella mujer podía hacer de todo. A todo obedecía. No se negaba a nada. Y nada discutía.

Hacer el amor con ella era navegar en un cama con la muñeca más bonita del mundo. Pero hacer el amor con una muñeca era aburrido. Uno se reflejaba en aquellos ojos vacuos y se sentía inmensamente solo.

Y no hablo únicamente de la vida a bordo de la cama. Se comportaba del mismo modo cuando hacía las tareas del hogar, o cuando le leía viejos libros junto a la chimenea. No tenía ninguna voluntad con la que desobedecerme, no tenía ninguna lengua con la que contradecirme, no tenía ningún alma con la que enamorarme...

Nunca volvimos a compartir ningún problema, ninguna discusión... Pero la vida se hace aburrida sin problemas. ¿Qué digo aburrida? Se hace inhóspita, desoladora, insoportable...

Y lo peor de todo, amigo Prick, no era la soledad. Lo peor era aquel tenaz remordimiento que me arrancaba a mordiscos la alegría de vivir. El cuerpo de Mirna era lo único que me quedaba de ella, y no podía aguantar verlo vacío; invadido y prostituido por la Nada...

Había matado a mi mujer, y poco a poco fui dándome cuenta de que los motivos que me habían conducido a ello no eran tan altruistas como yo quise creer.

A veces me refugiaba en la esperanza de que el alma de Mirna estuviese intacta en algún sitio. Tal vez un sitio mejor que esta basura de mundo al que nos agarramos con uñas y dientes sin saber por qué. Pero ya te he dicho que no soy un hombre creyente.

Tuve que perder a Mirna para darme cuenta de hasta dónde la amaba. De repente, sentí la necesidad, la obligación de regalarle un alma. Y yo solamente era dueño de una.

Y tuve que besar a Mirna para darme cuenta de que no la amaba tanto como yo creía. Sentí su lengua seca explorando la mía, y me excité al principio. Pero cuando sentí cómo me aspiraba el alma con codicia, un impulso defensivo más arraigado que cualquier noble sentimiento me hizo apartarla de mis labios de un violento manotazo.

Temblé de miedo, y de algo que está por encima del miedo, mientras la veía tirada en el suelo, relamiéndose con ansia. Pude ver en su mirada unas chispas de luz. Unas chispas de luz que comenzaba a echar de menos en mi propio interior.

No lo volví a intentar.

A partir de aquel día, algo cambió. Mirna no abandonó su condición de zombi, pero el nuevo brillo persistió en su mirada. Se convirtió en un ser un poco menos autómata. Dejó de ser un cántaro vacío para convertirse en un cántaro semi-vacío. Y aunque seguía sin poder hablar, nos conseguíamos comunicar de algún extraño modo.

Era tal la empatía, amigo Prick, eran tantos los sentimientos que compartíamos sin tener que mirarnos, que llegué a sospechar (y todavía lo sospecho) que desde aquel maldito beso le tenía alquilada una pequeña parte de mi alma a aquella desgraciada.

Era bonito. Era, en realidad, lo más parecido a un consuelo que me podía permitir.

Pero no era perfecto.

Desde que Mirna tenía aquel brillo en la mirada, a veces creía sorprenderla mirando el brillo de la mía con codicia. Era una sensación muy rara, amigo Prick. La sensación de mi alma codiciando mi alma. Mi propio espíritu intentando morderse a sí mismo para saciar su hambre.

Fabriqué una ceguera que me protegiese de los malos pensamientos. Pero un día me desperté con la sensación de que mi alma se abría camino a través de mis tripas, buscando la garganta. Justo después sentí cómo mi alma llamaba a mi alma desde la habitación de al lado; desde la habitación en la que encerraba a Mirna cada noche, antes de acostarme.

Casi pude escuchar aquel trozo de mi propia alma, gritando desde el cuerpo de Mirna: “Ven aquí, Resto-de-mí. Te necesito. Sal por la boca de Näil y cuélate por la cerradura”.

Y lo peor de todo, amigo Prick, fue que en ese instante recordé qué noche era aquélla: La maldita noche de nuestro aniversario de bodas.

Cerré la boca lo más fuerte que pude. Corrí hasta su habitación, me abalancé sobre aquel maldito zombi, y lo estrangulé con mis propias manos. No dejé de apretar hasta que aquella chispa avariciosa dejó de destellar en los ojos de Mirna.

Volvió a ser el cadáver más bonito del mundo. La enterré en el sótano de la casa, y abandoné mi hogar, dejando tapiadas todas las puertas y ventanas. Convertí mi mansión en una gigantesca cripta erigida a la memoria de mi esposa. Ya hubiesen querido todos los faraones del antiguo Egipto una pirámide como aquélla, amigo Prick.

Me deshice de todas mis propiedades arrojándolas al mar. Eran tantas mis riquezas que algunos aseguran que la marea subió varios centímetros cuando estuvo todo bajo el agua.

Quería desprenderme de todo. Dejar aquella maldición atrás y fabricarme una nueva vida. Pero como intentaba decir antes, son peligrosas las cegueras que uno se administra cuando quiere eludir asuntos importantes. Ya te dije que frecuentaba Haití, querido Prick. En el fondo siempre supe que no es tan fácil matar a un zombi. Siempre supe que era sólo cuestión de tiempo. Que algún día Mirna volvería a despertar, y encontraría la forma de volver para robarme lo que yo le robé un día.

Llevo toda la semana sospechando que había llegado ese día. Hoy me lo habéis confirmado Weng y tú.

El otro día, cuando mi alma empezó a escaparse para hacer excursiones por el Infierno, le pedí a Weng que me dijese qué día era. Maldita sea... Era el día de mi maldito aniversario. Creo que el Süruh se está cobrando con Mirna todos estos años atrasados. Noche a noche... Y mi alma está pagando la cuenta, hasta que se termine de perder del todo.

* *

Los dos hombres permanecieron en silencio. En cada uno de ellos habitaba un silencio distinto.

Al cabo de un rato, Prick miró al demacrado marinero y dijo:

- Me has llamado sabiendo que no puedo hacer nada por ti, querido Näil.

- Ya te he hablado de la ceguera mental, amigo Prick. Supongo que tenía la esperanza de que también en esta ocasión tuvieses un remedio para todo. O de que mirases todo esto, y que visto a través de tus ojos se convirtiese en otra cosa.

- Ojalá fuese ésa una de mis habilidades, amigo mío. Pero sabes que mis artes no pueden hacer nada por ti.

- Ya lo sé... – reconoció el anciano -. Pero a donde no es capaz de llegar tu medicina, siempre podrán llegar tus consejos... ¿No te queda ninguno para mí?

- Dijiste hace un rato que si tenías que elegir entre tu vida y tu alma, no necesitabas demasiado tiempo para pensarlo.

- Tienes razón, amigo Prick. Siempre tienes razón...

- Sólo se me ocurre una manera de solucionar esto, amigo. Creo que tú también la conoces, pero es tu valor el que tiene que dar el paso.

Näil asintió. Los dos hombres se miraban en silencio. No necesitaban ponerse de acuerdo con palabras. Los dos eran sabios. Los dos habían visto más cosas que el resto de ojos de la isla juntos.

- No hay otro remedio – concluyó el fatigado marinero.

- No hay otro remedio – confirmó el elocuente silencio de Prick.

Prick y Weng se ofrecieron a acompañar al viejo, pero éste insistió en que prefería hacer en solitario aquel último viaje. Cuando Prick le preguntó si le quedaban suficientes fuerzas, el marinero respondió:

- Sólo las justas para llegar allí y hacer lo que debo.

El curandero y el criado vieron la barca marcharse, con el viejo Näil tumbado a bordo, y tuvieron la sensación de estar asistiendo a un entierro vikingo.

Cuando un hombre hace lo que debe, todos los vientos le son favorables. Así llegó Näil al arrecife, con un ápice de vida aún en el cuerpo. Desembarcó arrastrándose. Se miró allí, desnudo, reflejado en el charco... Se zambulló. Ya no tenía la misma habilidad a la hora de bucear, ni el mismo aguante, pero logró llegar hasta el fondo de la cueva.

Al otro lado de la trampilla le esperaba el Süruh, con su mirar desagradable y líquido, con sus escamas putrefactas y sus voraces dientes de morena.

- Has tardado en venir – le dijo el Süruh, como si ya esperara la visita.

- Pero he venido – contestó el viejo Näil -. He venido a que te comas mi carne, mis entrañas y mis huesos. Pero prométeme que cuando lo hagas dejarás en paz a Mirna, y dejarás en paz mi alma.

- Te lo prometo.

Y mientras el Süruh devoraba el cuerpo deteriorado del anciano Näil, añadió algo más, entre bocado y bocado:

- Dentro de siete meses nacerá. Y a éste no lo podrás matar.

FIN

Madrid 12 de septiembre de 2006.

EL ALMA DE NÄIL (SEGUNDA PARTE)

LA HISTORIA DE NÄIL: LA HISTORIA DE MIRNA

Cuando el mar se enfada con un barco y decide convertirlo en palillos de dientes, ya no hay nada que hacer. Salvo buscar un buen tablón al que agarrarse y rezar para que no vengan los tiburones.

Los malditos escualos saben que donde hay palillos de dientes, hay comida. Y el mar es un mantel en el que nadie respeta los buenos modales.

Aquella noche, el mar se enfadó. ¡Ya lo creo que se enfadó!

La tormenta derribó el palo mayor, el palo mayor derribó el palo menor, el palo menor derribó el puente de mando... y así el barco fue derribándose a sí mismo, de una manera que me recordó a aquellos accidentes en cadena. Sí... Aquéllos que fabricaba el viejo Fingus con sus fichas de dominó, en la mesa del comedor... Esa mesa del comedor que en menos de diez minutos estaba flotando en el océano, bocarriba, rodeada de astillas y de marineros muertos de miedo. O incluso muertos del todo.

Los tiburones se llevaron a dos.

Las olas gigantes se llevaron a trece, y luego debieron pensar que aquel número traía mala suerte, pues regresaron y se llevaron al número catorce, embalsamado en sal.

A la mañana siguiente quedábamos cinco. Solamente cinco, apiñados en la superficie de una balsa improvisada y cochambrosa. Deshidratados, insolados, desesperados...

Todos éramos lobos de mar de la vieja escuela. Por eso estábamos vivos todavía. Conocíamos aquellas aguas como la palma de nuestras manos, y sabíamos que los barcos solían evitarlas. Estábamos flotando a la deriva en medio de ninguna parte, y si algún barco aparecía a menos de un centenar de millas de allí, ese barco solo podría responder a un nombre: “Milagro”.

Y el galeón “Milagro” apareció.

Rubens Piesdecangrejo fue el primero en verlo. Qué buena vista tenía el condenado... Sus ojos eran catalejos vivientes.

Al principio temimos que fuera un espejismo. Pero no... Aquel puntito negro que asomaba en el horizonte se fue acercando poco a poco, hasta que todos pudimos distinguir el velamen de una embarcación como Dios manda.

¡Un maldito barco!

Un maldito barco navegando en medio de ninguna parte y rumbo a ninguna parte. Ninguno de nosotros se paró a pensar en lo sospechoso que resultaba todo aquello. Ninguno se esforzó en adivinar el color de la bandera que coronaba el mástil. Todos agitábamos las manos como idiotas, y pedíamos ayuda con nuestra voz marchita, desentrenada, estropajosa, seca...

Vimos cómo unas manos arrojaban cinco maromas hasta los pies de nuestra balsa. Nos lo tomamos como una invitación a subir.

El ascenso fue lento. Estábamos cansados, y llevábamos no sé ni cuántos días sin comer. Cuando al fin empezó a terminarse la maroma y a comenzar la borda, una mano agarró la mía desde dentro del barco, y me ayudó a subir.

Había algo extraño y frío en aquella mano anfitriona, pero no le concedí importancia hasta que no vi la mirada del dueño de la mano. Una mirada ausente. Casi me atrevería a decir que miraba a través de mí y desde la nada más oscura. De esa inquietante manera en que te mira el agujero de un jarrón.

Estudié a los demás tripulantes de la nave. Todos tenían esa misma mirada, o esa misma no-mirada. Los que ayudaban a mis compañeros a subir. Los que realizaban las labores en cubierta... Jarrones vacíos. Eso es lo que eran.

Yo había visto antes ese tipo de mirada. Zombi. Así los llamaban en Haití. Muertos en vida. Cuerpos esclavos que vagan sin alma por nuestro condenado mundo.

Daba escalofríos pisar un galeón entero tripulado por zombis. Los veías allí, fregando las cubiertas con movimientos mecánicos, replegando las velas sin saber lo que hacían, o vigilando desde lo alto del mástil, sin vigilar en realidad, perdiendo en el horizonte aquellos dos boquetes que tenían por ojos.

Mis compañeros supervivientes estaban tan perplejos como yo.

Recordé mis desembarcos en Haití, buscando la manera de enfocar el asunto. Aquellos infelices no podían manejar el barco sin ayuda de un ser humano normal y corriente. Alguien con conciencia. Normalmente los zombi sólo obedecen órdenes de un amo. Y el amo tiene todavía el alma como Dios manda: Encerrada en el cuerpo.

Busqué al amo con la mirada. Y fue él quien acudió a mi encuentro. La puerta del puente de mando se abrió, emitiendo un ruido que sonaba más a amenaza que a consuelo. El hombre que asomó por esa puerta sí llevaba un alma asomando por detrás de las pupilas. Y si algo sé de hombres, amigo Prick, te aseguro que el alma de aquél será pasto en las praderas del Infierno, cuando llegue el Gran Día. Ya sabes lo que quiero decir... Aquel malnacido no era ni mucho menos trigo limpio.

Pero el desconocido no salió solo a la cubierta. Le acompañaba otro individuo, de raza negra. Sólo tuve que echar un vistazo a sus tatuajes y a su mirada de gato para entender que se trataba de un maldito brujo.

El brujo caminaba por detrás del otro, mostrándole respeto. Y el otro nos miró a los cinco de manera despectiva, como se mira el embutido en los escaparates. Finalmente se volvió hacia el brujo y le ordenó:

- Conviértelos.

- Eso no es buena idea, capitán – replicó el brujo -. Allá donde vamos, necesitaremos hombres de verdad.

- No quiero hombres de verdad a bordo de este barco. Acabarían amotinándose, y robándonos el tesoro.

- Comprendo sus temores, capitán – contestó el negro -. Pero sin hombres de verdad no podremos sacar el tesoro de donde está. Déjeme conservar a uno, por lo menos.

El hombre que se hacía llamar capitán meditó durante unos segundos.

- Está bien – concedió -. Solamente uno. Los demás serán convertidos.

El brujo se acercó a nosotros y nos dijo:

- El que aguante más tiempo sin respirar, conservará su alma.

No teníamos más remedio que obedecer. Allí estábamos los cinco, en fila, apoyados en la borda, sin permitir que el aire entrara en nuestros pulmones. Nos mirábamos los unos a los otros, y cada una de las cinco miradas pedía disculpas a las otras, por intentar sobrevivir.

Hans Caradeliebre fue el primero en caer. Tendríais que haber visto la desesperación esculpida en su rostro. Por todos los demonios...

El segundo en vender su alma por una bocanada de aire fue Rubens Piesdecangrejo.

Ya sólo quedábamos tres aguantando la respiración. El capitán y el brujo nos observaban con interés. Pensé en escapar, pero había visto funcionar a los zombi en el pasado. Sabía que a una sola palabra del capitán, todos se lanzarían sobre mí. Marco Dedosdeanémona fue el tercero en respirar. Quiso saltar por la borda, pero los tripulantes lo sujetaron con sus manos muertas.

Sólo quedábamos el pelirrojo Jakes y yo.

Lo cierto es que estaba más preocupado por el pobre Jakes que por mí mismo. Sabía que aquella partida la tenía ganada de antemano. Yo era bueno buceando. Antaño me había ganado la vida en los mares del Pacífico, mendigando a las ostras que viven en lo hondo.

Cuando el pelirrojo Jakes se desplomó en la cubierta, bebiendo aire para toserlo luego, cerré los ojos, sintiéndome de pronto rematadamente solo.

Y ésa fue una de las únicas tres veces que he rezado a Dios nuestro señor.

El ritual se realizó esa noche.

A la luz de las antorchas, tuve que ver cómo aquel brujo envenenaba a mis cuatro compañeros con una pasta de hierbas maloliente. Los infelices enloquecieron. Arañaban las tablas de la cubierta. Chillaban llevándose las manos al estómago, con los ojos en blanco. Y a los pocos minutos, estaban muertos. Cuatro cadáveres envenenados, a la luz de la luna y las antorchas.

Tres días más tarde, los cuatro resucitaron... y se incorporaron a las tareas de a bordo. Obedecían como autómatas. Cuando me los cruzaba en la cubierta, se me erizaban los pelos de la nuca. Ya no eran ellos. Me miraban y no me reconocían. Me miraban y no los reconocía. Hans Caradeliebre, Ruben Piesdecangrejo, Marco Dedosdeanémona y Jackes el pelirrojo no volverían a responder a dichos nombres, ni a ningún otro. Ahora también ellos eran cántaros vacíos.

Yo no estaba obligado a trabajar en el barco, así que decidí pasarme casi todo el viaje encerrado en la bodega. No me gustaba tropezarme con los despojos de mis viejos amigos.

Tras varios días de navegación, noté que el galeón había fondeado. Aquello me inquietó. Según mis cálculos, no podíamos estar cerca de ningún puerto en el que hacer escala.

La curiosidad pudo más que la pena. Subí a cubierta, y al asomarme por la borda presencié un espectáculo extrañísimo. El barco estaba anclado a pocos metros del arrecife. Ese mismo arrecife que vosotros habéis visitado hace unas horas, amigo Prick.

Pero la escena más grotesca se desarrollaba en el centro del arrecife. Allí estaba el zombi del pelirrojo Jackes, desnudo como Dios lo trajo al mundo, chapoteando dentro del charco sin ilusión ninguna.

El capitán y el brujo observaban al zombi. Al primero le faltaba un pelo de maroma para empezar a tirarse de los suyos. Desde la borda pude oír su conversación.

- ¡Que me lleven los diablos! ¡Esto no funciona! – vociferaba el capitán -. ¿Por qué no puede pasar al otro lado? ¡Como me hayas timado, maldito hechicero...!

- No le he timado, capitán. No recorrería tantas millas de mar sólo para timarle en el último momento. ¿Qué ganaría a cambio?

- ¿Entonces por qué demonios no funciona? ¡Está desnudo!, ¿no?

- Ya le dije que estar desnudo no era el único requisito. Si se molestase en escucharme, nos habríamos ahorrado todo esto. Hay dos normas para poder atravesar el charco. La primera es que el cuerpo esté desnudo. Y la segunda es que el alma esté en el cuerpo. Así funciona el sortilegio. Un cuerpo sin alma jamás podrá pasar al otro lado.

- Tú y yo no podemos bajar ahí – decidió, pensativo, el capitán -. Sería arriesgado.

- Ya lo sé capitán. Por eso insistí en que conserváramos a uno.

Los dos hombres alzaron sus miradas y las clavaron en mí.

Media hora más tarde, estaba yo también en el arrecife, desnudo, con las cosas colgando.

Me condujeron hacia la orilla del charco, y mientras el capitán me escrutaba con desconfianza, el hechicero empezó a darme órdenes:

- Saltarás al interior del charco. Atravesarás el suelo, como por arte de magia. Entonces estarás en una cueva. Una cueva submarina. Tendrás que bucear hasta el fondo de la cueva. Allí encontrarás una montaña de estatuas. Estatuas de oro, engarzadas con piedras preciosas. Harás siete viajes, y en cada uno de ellos nos traerás una estatua. Siete viajes. Siete estatuas. Ni una más.

- ¿¡Nada más que siete!? – vociferó el capitán -. ¡Que se las traiga todas! No hemos navegado hasta aquí para llevarnos solamente siete. ¡Las quiero todas!

- No, capitán – respondió el brujo, con voz tajante -. Esas estatuas están ahí por un motivo. Los magos antiguos las amontonaron para que bloqueasen con su peso una compuerta que hay en el suelo de la cueva. Al otro lado de esa compuerta está encerrado el Süruh. Si quitamos demasiadas estatuas, el peso disminuirá demasiado, y el Süruh podrá levantar la trampilla y escapar.

- ¿Qué demonios es eso del Süruh? – quiso saber el capitán.

- El Süruh no puede salir de su cárcel – volvió a decir el brujo. Y el terror que se percibía en su mirada bastó para convencer al capitán.

- Está bien – concedió éste -. Con siete de esas estatuas tendremos suficiente para comprar un continente entero.

Me empujaron hacia el interior del charco. Yo era un hombre de poca fe, y pensé que me chocaría de bruces contra el suelo mojado, pero no sucedió así. Lo único que sentí en el cuerpo fue el fresco azote del agua salada. Vaya si lo echaba de menos...

Miré hacia arriba y vi la forma del charco: Un agujero a través del cuál veía el cielo y la figura distorsionada de los dos hombres, que me miraban sin verme.

Luego miré hacia abajo, y mis ojos se abrieron como atolones al contemplar la cueva submarina más maravillosa que habían conocido. Las paredes estaban adornadas con tapices naturales. Tapices de algas y coral, de todos los colores.

Buceé un buen rato entre cangrejos y lapas. Cuando llegué hasta el fondo, mis ojos se abrieron más todavía. Aquello no se ve todos los días, amigo Prick. Había cientos de estatuas amontonadas en un rincón. Todas ellas como las había descrito el hechicero: De oro y piedras preciosas.

En verdad era una pena llevarse sólo siete, pero en otra cosa había acertado el brujo: Bajo las estatuas había una trampilla de aspecto inquietante, y si en verdad había algo al otro lado de ella, aquella montaña de oro era el cerrojo que lo mantenía encerrado.

Di siete viajes, y en cada uno de ellos deposité una estatua en tierra firme.

Cuando mis carceleros tuvieron las siete estatuas en su poder, el barco zarpó, y nosotros con él.

Volví a encerrarme en la bodega, y quiso la suerte que desde allí pudiese oír, a través de una ranura entre las tablas, la frase que le dijo el capitán al brujo:

- Quiero que lo conviertas esta noche. No me gustaría que lo fuese contando por ahí.

Yo no soy un hombre demasiado creyente, amigo Prick. Pero si tengo que escoger entre mi alma y mi vida, no necesito darle demasiadas vueltas al asunto.

Salté al mar desde un ojo de buey. Estuve varios días a la deriva, y era consciente de que mis posibilidades de sobrevivir eran mínimas. Pero siempre fui un hombre de suerte. Quien no lo sea, más le vale buscar un oficio en tierra firme.

Naufragué en un islote. Allí me fabriqué una balsa. La balsa me llevó hasta un barco mercante, y el barco mercante me trajo al mundo civilizado.

A los pocos meses supe que el capitán y el brujo habían ido a medias. Vendieron las estatuas por más dinero del que cabe en cualquier cofre, y se convirtieron en gente rica y poderosa.

Yo me olvidé enseguida del asunto. Conservar la vida era ya suficiente recompensa. Contraté a mi criado Weng, y nos dedicamos a pescar cualquier cosa que tuviese escamas en cualquier sitio en el que hubiese agua salada.

El pescado nos daba para vivir. No necesitaba nada más. No hasta que conocí a Mirna.

Era la mujer más hermosa que ha pisado el mundo. Weng te lo puede confirmar. Te miraba y despertaba hormigas carnívoras dentro de ti. Pero hacía falta mucho dinero, y mucho poder, para que una mujer como Mirna se fijase en un mortal como yo.

Mucho más dinero, y mucho más poder, del que se puede ganar pescando estúpidos peces.

En seguida me acordé del arrecife, del charco, de la gruta submarina, de la montaña de esculturas de oro, con ojos de esmeralda, con uñas de rubíes... Si el capitán y el brujo habían medrado tanto con sólo siete estatuas, venderlas todas podría convertirlo a uno en el hombre más poderoso del planeta.

Dejé a Weng a cargo de todo y me eché a la mar, en busca del arrecife. Había hecho mis cálculos en aquel galeón, mientras permanecía encerrado en la bodega. Si esos cálculos no fallaban, daría con aquel trozo de roca en pocos días.

Y mis cálculos no fallaron.

Desembarqué en el arrecife, me desnudé, salté al charco y me sumergí en la gruta. Llegué hasta lo más hondo, muchas veces, todas las necesarias para trasladar el centenar de estatuas hasta los sacos que guardaba en mi velero.

En mi excitación, me había olvidado de la trampilla del suelo de la gruta. Cegado por mi deseo de acceder a Mirna, olvidé recordar todo aquello del Süruh.

Apenas quedaban diez estatuas cuando sentí que la trampilla se abría, destripando algas. Tenías que haber visto al ser que se asomó por ella, amigo Prick. Tenías que haber visto al Süruh.

Era la criatura más horrenda que se ha puesto delante de mis ojos. Un ser amorfo, de escamas podridas y afilados dientes de morena. De ojos acuosos como medusas venenosas.

El Süruh me agarró del brazo y tiró de mí, para susurrarme al oído estas palabras con una voz muy líquida:

- Me has liberado, y ahora estás perdido. Me comeré tu carne, tus entrañas y tus huesos.

Yo le supliqué, pero allí, bajo el agua, solamente salían burbujas de mi boca. El Süruh pareció entender esas burbujas, y volvió a susurrarme:

- Marcha, pues, con tu amada. Llévate las estatuas y prospera. Pero el Süruh no regala nada. Una vez al año, tu esposa deberá venir aquí, a pasar una noche conmigo.

Yo se lo prometí a aquel monstruo. Era la única manera de salvar la vida. La única manera de poder volver a ver a mi querida Mirna, y de que ella se dignase a verme a mí.

Naturalmente, no tenía intenciones de cumplir esa promesa. Abandoné el islote tan pronto como pude, con las bodegas del velero cargadas de oro y joyas.

Después de eso todo empezó como tenía que empezar. Vendí el tesoro. Me hice más rico y poderoso que ningún otro hombre que haya surcado estos mares. Sí, amigo Prick. Yo fui un hombre importante en otros tiempos. Mirna se fijó en mí. Nunca supe si la estaba comprando o conquistando, pero a los pocos meses nos casamos.

De un modo u otro, éramos felices, y aprendimos a querernos como marido y mujer. Era todo perfecto, y entonces sí que no ambicionaba nada más.

Pero una noche, justo la noche de nuestro primer aniversario, Mirna desapareció.

Weng y yo la buscamos por toda la casa. Ni rastro de ella. Cuando llegamos al embarcadero, nos dimos cuenta de que faltaba una barca.

Ordené a todas mis flotas que la buscasen, y lo hicieron sin éxito. Yo temía que se hubiese hartado de mí, temía que la hubiesen secuestrado para pedir rescate, temía mil cosas... pero de entre esas mil, la que más miedo me daba, era la más irracional de todas.

Mirna regresó a la semana siguiente, por sus propios medios. Ató la barca en el pantalán y se acostó en la cama junto a mí. Tenía fiebre. No recordaba dónde había estado, pero se había traído de allí un tormento que le carcomía el espíritu.

Llamé al médico más caro, y cuando terminó de examinarla, pronunció dos únicas palabras:

- Está embarazada.

Todos me dieron la enhorabuena. Yo no sabía hasta qué punto la merecía.

Mirna se recuperó de sus trastornos, pero un poso de amargura se le quedó en el fondo del alma para siempre. Su barriga crecía, y yo le concedía todos los antojos, a pesar de que eran antojos condenadamente raros... a pesar del mal presentimiento que me nacía cada vez que pegaba la oreja a la tripa de Mirna...

El niño fue sietemesino, si es que aquello era de verdad un niño. No tenía piernas, sino una especie de tentáculos de medusa. Su piel estaba cubierta de escamas viscosas, y sus brazos terminaban en pinzas de cangrejo.

Cuando me lo llevé para ahogarlo entre las rocas, Mirna trató de impedírmelo, poseída por un inexplicable instinto maternal. Se lo arranqué literalmente de los brazos, y me alejé hacia la costa, escuchando sus chillidos, cada vez más lejanos.

Lo sumergí en el agua para ahogarlo, pero parecía respirar bajo ella, observándome con sus ojos extraños, sin parpadear. Finamente le tuve que machacar la cabeza con una roca.

Aquel incidente aportó un matiz sombrío a nuestra relación, pero a pesar de ello nuestra vida fue apacible.

Pero llegó la noche de nuestro segundo aniversario, y a pesar de todas mis precauciones, la pobre Mirna volvió a desaparecer.

Regresó a los pocos días con los mismos tormentos flagelándole el alma... y embarazada por segunda vez.

Siete meses más tarde, nació una criatura similar a la primera, y yo la asesiné del mismo modo.

Cuando llegó la noche del tercer aniversario, decidí comprobar si mis temores eran ciertos. Espié a Mirna hasta que se marchó en la barca. Luego la seguí de cerca, en otra de mis embarcaciones.

Tras un día y medio de navegación, ya no cabía duda. Nos dirigíamos hacia aquel maldito arrecife.

Desembarqué en las rocas y me escondí lo mejor que pude. Aunque algo me decía que era una precaución innecesaria. Mirna no habría reparado en mí de todos modos. Parecía sonámbula. Dejó caer su vestido al suelo, quedando desnuda a la luz de la luna. Luego dio dos pasos hacia el interior del charco... y se sumergió.

Yo me quité la ropa lo más rápido que pude. Por tercera y última vez en mi vida, salté dentro del charco y atravesé la gruta submarina. Cuando llegué hasta el fondo, la trampilla del suelo estaba abierta.

¡Por todos los diablos, amigo Prick! ¿Por qué tuve que asomarme? Al otro lado de la trampilla vi al Süruh violando a Mirna con una brutalidad dolorosa. Y Mirna disfrutaba como una maldita puta.

Odié al Süruh como no he odiado a nadie. Quise matarle, pero no sabía cómo hacerlo. Si tú hubieses visto alguna vez a aquella criatura, amigo Prick, comprenderías que no ha nacido el ser humano capaz de hacerle un rasguño.

Me dije a mí mismo que si no podía matar al Süruh, tenía que buscar la manera de impedir que Mirna le hiciese esas visitas. Me quedé largo rato sentado entre las piedras del arrecife, esperando a que aquella bestia terminase de poseer a mi mujer.

Mis ojos, encendidos con lágrimas, miraban aquel charco y sólo podían pensar en una cosa: Si Mirna no tuviese alma, no podría atravesar el charco.

Seguí a Mirna en el camino de vuelta, la cuidé durante sus noches de tormento, luego la hice abortar del nuevo engendro que traía en las entrañas...

Y finalmente, que Dios me perdone... decidí que prefería tener el cuerpo de Mirna para mí solo, y librar su alma del horror de tener que copular con el horrible Süruh.

No me costó encontrar al brujo. Conseguí colarme en su habitación, y aguardé pacientemente a que llegase. Cuando me vio allí, sentado en su propia cama, parecía que había visto un muerto.

- No temas – le dije -. No he venido a vengarme. Sólo quiero que me enseñes a fabricar un zombi.

Continuará...

Madrid. 9 de septiembre de 2006.

EL ALMA DE NÄIL

En la capital de la isla había un doctor, pero nadie acudía a él, porque los isleños nunca se fiaron de los médicos. Cuando alguien enfermaba, obviaba al matasanos y llamaba directamente a Prick.

El bueno de Prick ni siquiera había estudiado medicina. Pero era bueno cultivando hortalizas, y la gente del lugar opinaba que alguien capaz de hacer brotar la vida en la tierra estéril de aquella isla perdida, también la podía hacer brotar en el cuerpo de un enfermo.

Nadie se había molestado en exigirle a Prick un título o diploma. Los hechos hablaban por sí solos. ¿Que una frente ardía a causa de la fiebre? Pues el bueno de Prick administraba sus improvisados mejunjes de hierbas, y el mercurio del termómetro se batía en retirada. ¿Que un tobillo se torcía? Pues las robustas manos de Prick encajaban los huesos y tendones necesarios, y el dueño del tobillo lo celebraba bailando.

Según las malas lenguas, incluso el médico de la isla acudía a Prick en secreto cuando tenía dudas con algún paciente. Es decir: Cuando él mismo enfermaba, porque el único paciente del doctor de la isla era el propio doctor de la isla.

Pero no hagamos demasiado caso a las malas lenguas. Porque las malas lenguas no siempre son buenas.

Vayamos directamente al día en que Prick supo de la enfermedad de Näil.

Era un día de lluvia gris, y Prick se dedicaba a proteger un par de plantas que eran demasiado delicadas para ese tipo de lluvia, y para cualquier tipo de lluvia en general.

Escuchó unos pasos apresurados, y cuando levantó la vista de las plantas, pudo distinguir, a través de la cortina de lluvia, al criado asiático de Näil, que se acercaba desde el otro lado de las montañas.

Cuando el criado llegó hasta la cabaña, Prick ya había sacado el chubasquero y el maletín de las hierbas. Los años le habían confirmado una gran verdad: Cuando alguien se acercaba de ese modo, el caso era grave y había que partir hacia el pueblo cuanto antes.

Tolö era un agradable pueblecito de pescadores. La casa de Näil no tenía pérdida. Era la más cercana al mar. Cuando la marea subía, las olas lamían las paredes y se limpiaban la espuma en el felpudo. Sólo así podía ser la morada del marinero más sediento de aventuras de toda la isla. Un hombre que presumía de haber atravesado los mares más grandes en los barcos más pequeños.

Pero aquellos tiempos de viajes exóticos habían quedado atrás, y ahora la única balsa en la que se subía Näil era su lecho. Un lecho que, a menos que el bueno de Prick hiciera algo, sería de muerte.

Prick siguió al criado hacia el interior de la casa. En seguida percibió el olor de ese sudor helado que la fiebre utiliza como carta de presentación.

Cuando estaba a punto de entrar en el dormitorio, la voz cansada del viejo Näil le saludó desde el interior:

- Ten cuidado con la cabeza, amigo Prick...

Prick miró hacia arriba, y entendió a qué se refería el viejo. Del techo de la estancia colgaban centenares de hilos, y cada hilo terminaba en un anzuelo.

Nuestro amigo tuvo que agacharse para que los anzuelos no se le clavasen en la cabeza. En otras circunstancias, habría resultado casi cómico. Pero era difícil reírse con el viejo Näil delante de los ojos. El marinero tenía el rostro chupado, los ojos torturados y ojerosos, los temblores de quien no es del todo dueño de sí mismo...

El ojo entrenado de Prick llegó a la conclusión de que, en efecto, el caso era muy grave.

Se acercó al enfermo y le tomó el pulso al tiempo que intercambiaban los saludos de rigor. Conforme contaba las pulsaciones, nuestro amigo dirigía la mirada hacia los anzuelos del techo. Estaban untados con una sustancia espesa cuyo olor no recordaba a ningún potingue que conociera Prick.

- ¿A qué se debe la nueva decoración? – preguntó Prick, señalando los anzuelos.

- Me lo enseñó un estúpido hechicero de no recuerdo qué isla – respondió un fatigado Näil -. Es una trampa...

- ¿Una trampa? ¿Tienes miedo de que alguien entre a hacerte daño?

- Tengo miedo de que alguien salga.

- ¿Alguien? ¿Quién es alguien?

- Yo.

- Tú no estás en condiciones de salir a ningún sitio – le aseguró Prick -. En este estado no podrías dar más de tres pasos seguidos.

- No me refiero a mi cuerpo, maldito curandero. Me refiero a mi alma.

Por eso los habitantes de la isla confiaban en Prick. Cualquier médico, al escuchar aquello, lo habría atribuido a los delirios de la fiebre. Pero el bueno de Prick sabía leer en los ojos de la gente, y los ojos de Näil no se habían perdido aún en el delirio.

Sin pronunciar una sola palabra, Prick invitó al anciano a continuar.

- Se me escapa el alma, amigo Prick. Todas las noches, cuando me duermo, la muy condenada se me sale por la boca y vuela directamente hasta el Infierno.

El bueno de Prick se limitó a asentir.

- No me crees, ¿verdad? – protestó la malherida voz de Näil -. A mí también me costaría creerlo. Pero te aseguro que las cosas que se trae este alma mía cuando regresa de sus fugas, sólo pueden crecer en el Infierno...

- ¿Cuántas veces ha ocurrido? – preguntó el bueno de Prick. Y lo hizo con una naturalidad inconcebible.

- Todas las noches, desde hace una semana... – el anciano se interrumpió para secarse el sudor frío de la frente -. Me sumergía en un sueño condenadamente profundo, y al despertar recordaba cosas horribles. No me refiero a recuerdos de verdad. Me refiero a... recordar sensaciones... supongo que me entiendes...

El bueno de Prick no se sintió legitimado para asentir.

- Y hace algunas noches puse a mi criado Weng a vigilar el dormitorio. Pondría la mano en el fuego por la sinceridad de mi criado, amigo Prick, y si él dice que vio cómo mi alma salía por la boca y escapaba por la rendija de la ventana, así tuvo que ocurrir – los ojos de Näil se cerraron de puro agotamiento -. Por eso mandé colocar esos anzuelos, tal como me enseñó aquel hechicero idiota... no recuerdo en qué isla...

Prick dirigió una mirada hacia los hilos del techo, y una única palabra escapó de sus labios.

- ¿Funciona?

- Más o menos – respondió Näil -. Algunas veces la muy perra esquiva los anzuelos y se escapa, pero otras veces pica en la trampa y se queda ahí, colgada como un trapo, hasta que el sol se asoma por el horizonte. No es bueno para el alma eso de retorcerse en un anzuelo. Acaba con más agujeros que un colador, y eso no puede ser saludable. Pero lo otro, amigo Prick... lo otro es peor...

Por unos instantes, Prick dudó de la cordura del paciente. Así que decidió hacer lo más sensato:

Comprobarlo con sus propios ojos.

Aquella noche se instaló con Weng en una esquina de la habitación, y los dos hombres se dedicaron a vigilar al marinero.

Los anzuelos se mecían suavemente sobre las cabezas, empapados en aquella sustancia extraña y pegajosa.

Prick y Weng permanecieron en silencio, esperando a que el sueño se apoderase de Näil. Tardó poco en dormirse, pues el cansancio superaba al miedo. Los ronquidos empezaron a resonar por toda la estancia y, de repente, en mitad de uno de esos ronquidos... sucedió...

El bueno de Prick no daba crédito a sus ojos. Una cosa traslúcida y brillante comenzó a salir por la boca del anciano. A Prick le recordó a uno de esos trucos en los que el mago hace salir un pañuelo de la boca de alguien. Pero en esta ocasión el pañuelo parecía dotado de vida propia, y era bastante más inconsistente que cualquier trozo de trapo. “Es como la gasa de un vestido de novia”, pensó Prick. “Aunque los vestidos de novia no brillan en la oscuridad...”

Aquella luminosa serpiente de tul abandonó su madriguera y se desplegó por los aires como una medusa. Luego empezó a desplazarse por el cuarto como si bucease en un mar invisible, buscando un lugar por el que salir.

De repente, en uno de sus movimientos, aquella cosa quedó prendida en un anzuelo. Empezó a agitarse como si fuera un pez. Así estuvo toda la noche. Quejido de luz y éter. El cuerpo del marinero, mientras tanto, yacía en el camastro tan rígido e inmóvil como el mejor de los cadáveres.

Pasaron horas, y Prick las invirtió en estrujarse el cerebro, tal vez buscando soluciones; tal vez intentando asimilar aquel fantasmagórico espectáculo.

- Sol regresa – anunció el criado de buenas a primeras, interrumpiendo las reflexiones de nuestro amigo.

Cuando los rayos del astro rey atravesaron la ventana, Weng se levantó y desenganchó el alma de Näil de aquel anzuelo. El alma, o lo que demonios fuera, regresó automáticamente a su madriguera. En cuanto se hubo introducido por la boca del marinero, éste recobró el movimiento y abrió unos ojos tras los cuáles se adivinaba un nuevo y punzante dolor de espíritu.

Durante toda la mañana, Prick estuvo probando sus hierbas medicinales sin resultado alguno. Ya pasado el mediodía, los ojos del curandero se encendieron con el brillo de una idea.

- Mi querido Näil – empezó, dirigiéndose al enfermo -. Si te dijese que ello ayudaría a remediar tu mal, ¿te atreverías a permitir que tu alma escapase por la ventana una vez más?

El marinero lo sopesó durante varios minutos. Finalmente, asintió con un gesto tembloroso.

- No me agrada la idea de volver al Infierno – contestó -. Pero si alguna vez he confiado en un hombre, amigo Prick, ese hombre eres tú.

Sin detenerse a pensarlo dos veces, Prick mandó al criado a comprar el sedal más largo que pudiese encontrar. Mientras Weng se ocupaba de buscarlo, él descolgó todos los anzuelos que pendían del techo.

Cuando llegó la noche, la habitación estaba lista, y la ventana abierta. Aquel dormitorio era la pista de despegue ideal para el alma de Näil.

Prick y Weng aguardaron en un rincón, armados con un anzuelo. Un anzuelo impregnado de aquella sustancia pegajosa y amarrado al sedal más largo que se vendía en la isla.

Se hizo el silencio, luego el silencio se vio inundado de ronquidos, y uno de ellos catapultó el alma de Näil hacia el mundo exterior.

Aquella cosa se detuvo unos cuantos segundos, flotando a pocos centímetros del cuerpo del viejo. Parecía estar escrutando, analizando los posibles peligros... Al comprobar que habían desaparecido los anzuelos, se encaminó hacia la ventana abierta.

- Ahora – susurró Prick.

Y el criado, haciendo gala de una puntería bien entrenada, lanzó el anzuelo hacia el alma de Näil, alcanzándola justo cuando traspasaba el umbral de la ventana.

De esa manera, el alma quedó amarrada al sedal, y los dos hombres salieron de la casa, siguiendo de cerca a aquella gasa luminosa, como quien pasea a un perro o maneja una cometa.

Cada vez que el alma intentaba viajar más rápido que ellos, tiraban del sedal y la frenaban. Pero el alma de Näil no desistía, y proseguía en su camino hacia vete a saber dónde.

Aunque Prick era un hombre razonable, llegó a albergar el temor de que el viejo estuviese en lo cierto, y la excursión desembocase en el Infierno. Casi sintió alivio cuando comprobó que los tirones del sedal lo encaminaban hacia la playa.

Cuando llegaron a la orilla del mar, la prisionera se empeñó en sobrevolar las olas, mar adentro.

- Creo que necesitaremos una barca – murmuró el bueno de Prick para sí mismo.

Y el criado Weng, dándose por aludido, arrastró la barca más cercana hacia las aguas.

Navegaron durante horas por las aguas oscuras. El alma los guiaba, tirando impetuosamente del sedal.

Prick y Weng remaban bajo una luna que no alumbraba demasiado. No vieron los arrecifes hasta chocar con ellos. La barca se tambaleó, víctima de un terremoto en miniatura.

- ¿Todo bien? – preguntó Weng a nuestro amigo.

Prick asintió.

- Espero que no se haya dañado el casco.

Revisaron la embarcación, y lo más serio que encontraron fue un rasguño. Suspiraron aliviados al comprobar que la embarcación aguantaría el viaje de vuelta.

Pero cuando alzaron la cabeza, los dos dieron un respingo simultáneo. El alma de Näil había desaparecido tras una esquina del arrecife, alejándose todo lo que el sedal le permitía.

- ¡Vamos! – urgió Prick.

Y los dos se asomaron a través de aquella esquina rocosa, sin saber que lo que les aguardaba al otro lado prometía dejarles tan de piedra como aquellas rocas frías en las que se apoyaban.

Una mujer...

Eso es lo que encontraron al otro lado de la esquina. Una mujer muy pálida, postrada entre los salientes del arrecife. Una mujer desnuda, que habría sido preciosa de no ser por su aspecto tan poco saludable. Una mujer de mirada tan vacía como la de los peces que se arrastraban en los charcos, bajo sus pies descalzos.

El alma de Näil aterrizó junto a la mujer, que la miró con sus ojos de pescado muerto, mientras le desenganchaba el anzuelo con un primor autómata.

La expresión de Weng se tornó horrorizada, estupefacta... Nuestro amigo Prick, que sabía leer en los ojos de la gente, adivinó al instante que no era la primera vez que el criado se encontraba con aquella persona.

- Mirna... – murmuró el asiático, y su voz era el vivo retrato de la incredulidad.

Prick no tuvo tiempo de interrogar al criado, porque justo en ese momento, la mujer se arropó con el alma de Näil, como si de un chal se tratase, y se zambulló en uno de los charcos que había en el arrecife.

Los dos hombres corrieron hacia el charco, pero llegaron tarde. La mujer había desaparecido en las profundidades del charco, y eso era algo difícil de entender, porque el agua apenas llegaba para cubrir los tobillos.

Pasaron toda la noche junto a la orilla del charco, haciendo guardia. Prick intentó interrogar al criado sobre aquella mujer que, al parecer, respondía al nombre de Mirna. Pero Weng parecía haber entrado en estado de shock, y era incapaz de articular palabra.

Nuestro amigo comprobó una y mil veces la profundidad del charco. El agua cubría solamente unos pocos centímetros, y por debajo de ella había roca dura, cubierta de líquenes. El hecho de que una mujer se sumergiese en él era algo que desafiaba a toda lógica.

No sucedió nada digno de mención hasta que el sol empezó a asomar allá en el horizonte. Segundos antes de que los rayos solares bañasen el arrecife, la misteriosa mujer volvió a salir del charco, aún arropada por el alma de Näil, que se ajustaba a su cuerpo sinuoso como una capa de luz.

La desconocida se desplomó junto al borde del charco, tosiendo y vomitando agua de mar.

En cuanto recibió la luz del día, el alma de Näil abandonó a la joven para emprender el camino de regreso hacia su dueño. Ella intentó agarrarla con sus brazos enclenques, pero cuando los dedos de su mano consiguieron cerrarse en torno a algo, ese algo era aire.

Nuestro amigo Prick la observaba estupefacto, desde el otro extremo del charco. La pobre perdía su vacua mirada en ese aire que se le escurría entre los dedos.

- ¿Se encuentra bien, señorita? – preguntó el bueno de Prick, mientras bordeaba el misterioso charco.

La joven se estremeció al reparar en él, y saltó hacia el mar emitiendo un sonido torturado.

El curandero se quedó mirando al mar durante varias horas, hipnotizado. Quizá esperaba ver el cadáver de aquella pobre joven cabalgando en una ola hacia un afilado destino con forma de roca. Pero el cuerpo no llegó a aparecer.

Cuando Prick y Weng regresaron a la casa del pescador, lo encontraron más febril que el día anterior. Su alma, una vez más, había regresado cargada con un equipaje indeseable.

- Espero que esto haya servido de algo – dijo Näil cuando vio entrar al curandero -. Ya no me reconozco – su voz era la voz de alguien que ya no tiene fuerzas de vivir -. Mi alma está sucia, Prick... la siento sucia... ha pasado por lugares que no están hechos para el alma de los hombres. Dime que esto ha servido para algo. Dímelo, por favor...

El curandero depositó su límpida mirada sobre los ojos del viejo. Esperó a que se callase, y finalmente le preguntó con una amabilidad sombría:

- ¿Sabes algo de Mirna?

El viejo Näil apartó la mirada, avergonzado. Un remordimiento lejano le contrajo los músculos del rostro.

- Ay, mi querido Prick – empezó -. Siéntate en la silla más cómoda que encuentres. Voy a contarte una historia:

Continuará...

Fuerteventura. 7 de septiembre de 2006

PASITOS DE HADAS

El mundo siempre ha estado loco. Pero cierto día, la locura se convirtió en infierno.

Nadie conseguía recordar cuándo empezó todo. Sucedió un día cualquiera. El silencio se infiltró por debajo de todas las cosas, como una alfombra negra. Muy suavemente. Tan suave, que nadie lo advirtió hasta que fue demasiado tarde.

Todos se esforzaron en hacer ruido. Sonaron más coches que nunca en las calzadas. Tintinearon sin parar los tenedores en los restaurantes. Mandos a distancia subiendo el volumen de televisores, transistores, aparatos de música... Martillazos que golpeaban clavos que golpeaban paredes para colgar cuadros tristes en paredes vacías. El silbido de serpiente de las ollas express. Los tonos y politonos del teléfono. El chasquido de las teclas de los ordenadores...

Todo ello tocando un concierto al amparo de la batuta del desconcierto. Intentando tejer una ilusión de cacofonía descarriada. Pero de nada servía, porque bajo todos aquellos ruidos, permanecía, inamovible, aquella alfombra de silencio negro.

La gente enfermaba, enloquecía. Una tristeza insondable se aposentaba como un peso invisible en cada sonrisa, hasta invertir su curva cóncava.

Y todo era culpa de aquel silencio inhóspito. Desde que estaba allí, acechando por debajo de todas las cosas, había una región del cerebro de los hombres que no tenía con qué distraerse. Se enfrentaba a la densa alfombra negra, y el silencio llenaba las mentes de preguntas incómodas. Y las preguntas sembraban el vértigo. La gente empezaba a plantearse cosas que no están hechas para los insignificantes humanos. El intelecto se colapsaba, reflejado en aquel espejo sin fondo. Por eso la gente enloquecía, se deprimía, entristecía... dejaba de buscarle un sentido a las cosas, porque el sentido que insinuaban los susurros del silencio era inquietante, incomprensible, desbordante... La razón despeñaba por desfiladeros y desvariaba en idiomas que nunca fueron suyos. Todos acababan gritándose los unos a los otros, o gritándose a sí mismos o, en el mejor de los casos, quitándose la vida. El mundo se transformaba en un lugar inhóspito, y el descanso no hacía descansar a nadie.

Los científicos estudiaban, conjeturaban y medían, pero no encontraban ninguna solución, porque ni siquiera fueron capaces de descubrir la explicación del mal. Las mentes más brillantes del planeta no conseguían rendir bien bajo el influjo de aquel silencio omnipresente.

El tipo que realizó el descubrimiento ni siquiera era científico. Era un tío normal y corriente. Es decir, igual de extraño que cualquiera.

Conectó a la tele su cámara doméstica, para recordar a su difunta esposa en una de esas grabaciones sentimentales de la barbacoa de un domingo. Y en seguida, un pequeño alivio se aposentó en su corazón.

Al principio pensó que se debía al recuerdo de su mujer. Luego se dio cuenta de que había algo más. Aquel video doméstico estaba grabado antes de que llegase el “silencio de debajo de todas las cosas”.

El tipo acercó la oreja al altavoz de la tele. Entonces lo escuchó... y aunque hasta aquel momento no había reparado en ello, fue consciente de cuánto lo había echado de menos. Pasitos de hadas. Los sonidos inaudibles de miles de patitas en las que nadie reparaba, pero que estaban allí, produciendo una música, un susurro inconsciente. Pasitos de hada. Sonaban justo en el lugar en el que ahora estaba el silencio: Por debajo de todas las cosas.

El marido viudo subió el volumen, hasta que la estática se hizo molesta. Pero a él no le molestaba. Él se dejaba hipnotizar por los pasitos de hada. Y tras unos minutos, se dio cuenta de que aquello no eran hadas. Su memoria emocional reconoció la naturaleza de aquél ruido:

Cucarachas...

Eran las cucarachas. De repente, aquel hombre recordó cuándo empezó el silencio que hay por debajo de todas las cosas: Cuando aquella célebre empresa farmacéutica inventó aquel insecticida que erradicó a las cucarachas para siempre.

Al principio todos lo celebraron. Un mundo sin cucarachas. Parecía demasiado bonito para ser verdad. Se acabaron el asco, los crujidos desagradables bajo la suela del zapato, el desagradable cosquilleo por debajo de la ropa...

Los seres humanos nunca se pararon a pensar que aquellos bichos estaban allí por algo. Dios las había puesto allí para espantar aquel silencio con el ruido de sus patitas. Para evitar que el hombre se enfrentase al silencio que existe por debajo de las cosas; para evitar que se hiciese esas preguntas que acechan por debajo de las cosas...

Eran un regalo de Dios. Y nosotros lo habíamos exterminado.

Cuando el marido viudo comunicó su descubrimiento a las autoridades, todos se llevaron las manos a la cabeza en uno de esos gestos de “¿cómo no se nos había ocurrido antes?” Y cuando las manos se alejaron de las cabezas, todas las expresiones eran de desesperanza.

La gente empezó a visionar una y otra vez sus videos del pasado, como yonkies prisioneros de una droga. Buscando los pasitos de hada en los altavoces de sus televisores.

Se organizaron expediciones a los lugares más recónditos del planeta, en la búsqueda de alguno en el que las cucarachas hubiesen sobrevivido. No encontraron ni una. Aquel insecticida de guerra biológica se había extendido por todo el mundo, como un jinete apocalíptico anunciando el advenimiento del silencio. Del silencio que existe por debajo de las cosas.

Intentaron clonar a los insectos, pero es difícil jugar a ser Dios cuando Dios se ha enfadado contigo por rechazar su regalo.

La desesperanza se sumó a las demás locuras que fustigaban el planeta. Y pasaron varios años hasta que otro hombre atisbó una lucecilla de esperanza.

Esta vez sí se trataba de un científico. Uno de ésos que se pasan el día pegados a unos auriculares, escuchando los sonidos del espacio, buscando vida en otros planetas y galaxias.

El científico hacía girar las ruedecillas de la radio, saltando de una estrella a un quasar, de un quasar a un pulsar, de un pulsar a un sistema solar desconocido...

Y de repente...

... ¡las escuchó!

No daba crédito a sus oídos. Subió el volumen. Afinó la frecuencia girando un poco más la ruedecilla, abrió los ojos como si fueran platos, abrió los oídos como si fueran ojos... Y allí estaban...

Pasitos de hada...

La noticia del descubrimiento se difundió en cuestión de horas. ¡Habían hallado cucarachas en un satélite de un planeta de un sistema solar desconocido!

Nadie puso objeciones. Nadie discutió sobre presupuestos. La expedición se organizó de inmediato. Los mejores astronautas del mundo. Países rivales unidos por una causa común: Fletar una nave espacial que fuese hasta allí, llenase las bodegas de cucarachas, y regresase con ellas para amueblar el silencio que existe por debajo de las cosas.

La tecnología se había desarrollado muchísimo. Ya no se trataba de las lentísimas naves del siglo XXI, pero a pesar de ello el satélite estaba en un rincón lejano de la galaxia, y la nave tardaría varios años en ir y volver.

En el planeta Tierra todos contaron esos años minuto por minuto. Las pocas grabaciones del pasado no bastaban. Aquellos hexápodos de inquietas antenitas eran esperados y venerados como dioses minúsculos.

Cuando los radares detectaron a la nave espacial aproximándose, en el camino de regreso, las multitudes se aglomeraron en el lugar de aterrizaje. Canciones, champán, expectación... y muchas otras cosas que no conseguían remediar el silencio que existía por debajo de las cosas... pero que eran obligadas en una tarde tan señalada como aquélla.

La nave aterrizó, provocando una tormenta de polvo. Todos clavaron los ojos en la rampa, que se abría lentamente.

Los primeros en salir fueron los astronautas. Los mejores astronautas del mundo. O lo que quedaba de ellos. Cayeron rodando por la rampa, inanimados como muñecos de trapo. Los cascos chocaron contra el suelo. El cristal se agrietó, y a través del caleidoscopio de las grietas, todos pudieron ver los rostros semidevorados, deformados por un sufrimiento de más allá de las estrellas.

Los habitantes del planeta tierra gritaron. Y entre sus gritos, oyeron cómo se aproximaban, desde el interior de la nave... pasitos de hada...

Millones y millones de pasitos de hada...

Pero esta vez tampoco se trataba de hadas...

... ni de cucarachas...

Fuerteventura. 2 de septiembre de 2006

TABULA RASA

Herminio Sanz no era el hombre más mediocre del planeta por una sencilla razón: Era tan mediocre que existían millones de desgraciados como él.

Se consumía a fuego lento en un trabajo anodino, sin posibilidades de ascenso. Se dedicaba a redactar informes que no importaban a nadie, y era muy bueno haciéndolo, aunque eso era algo que los directivos de la empresa jamás apreciarían. Porque esos directivos ni siquiera sabían que Herminio trabajaba para ellos. Su superior inmediato, el señor Cifuentes, se encargaba de atribuirse todos los méritos ante las altas esferas.

La vida de Herminio Sanz se parecía cada vez más a un callejón sin salida, y en ello pensaba el pobre oficinista aquella noche, de regreso al hogar, cuando unos gritos procedentes de otro callejón interrumpieron el hilo de sus tristes pensamientos.

Herminio Sanz se detuvo ante el callejón oscuro. Parecía la garganta de un lobo. Un lobo que gritaba con desesperación, suplicando socorro.

Haciendo acopio de valor, Herminio se asomó al callejón, y lo que vio le revolvió las tripas:

Dos hombres de alrededor de treinta años pateaban con violencia el cuerpo de un anciano. Y el pobre anciano, envuelto en un abrigo mugriento, se retorcía, sin poder responder a la paliza con otra cosa que resignación y quejidos guturales.

- ¡Dejad a ese hombre inmediatamente, si no queréis que llame a la Policía! – se oyó decir a sí mismo Herminio Sanz. Y él fue el primer sorprendido al escuchar su voz, porque nunca se había considerado un hombre con coraje.

Los dos agresores parecían casi tan sorprendidos como él, y huyeron corriendo por una bocacalle que bostezaba en mitad del callejón, como una herida negra, mal curada.

A Herminio Sanz le llamó la atención la conducta de uno de los atacantes. Antes de huir, escupió sobre el anciano, mientras mascullaba para sus adentros: “Maldito brujo”.

Cuando los pasos de los dos hombres sonaban ya a lo lejos, Herminio se acercó al anciano y lo ayudó a incorporarse.

- ¿Se encuentra bien, abuelo? ¿Quiere que lo acompañe al hospital?

El viejo depositó en Herminio una mirada que despertaba escalofríos.

- No se preocupe, buen hombre. No necesito un hospital, y eso es algo que tengo que agradecerle a usted.

- Entonces le acompañaré a su casa.

- Preferiría que me acompañase usted a otro lugar.

- ¿Qué lugar?

- Ya lo verá. Sólo quiero saldar mi deuda con usted.

- Muchas gracias, señor. Pero si lo que quiere es invitarme a un trago, tal vez no sea la noche adecuada. Tengo que madrugar mañana, y...

- Nada de tragos – le interrumpió el anciano -. Estoy hablando de cosas más importantes. No parece usted un hombre contento con su vida...

Herminio quiso desmentir aquella afirmación, pero su mirada le traicionó al instante.

- Todo puede remediarse – aseguró el desconocido -. Vamos, acompáñeme. No se arrepentirá.

Herminio Sanz siguió al anciano por callejuelas malsanas. Aquello no le divertía en absoluto, pero no se atrevía a abandonar al anciano a la intemperie.

De todos modos, aquel viejo daba la impresión de saber cuidarse solo. Guió a Herminio por las entrañas la ciudad, y las entrañas de la ciudad dieron paso a las afueras de la ciudad. Luego las afueras de la ciudad dieron paso al campo abierto, y el campo abierto se fue convirtiendo en campo cerrado.

Cada vez que Herminio intentaba protestar, el anciano le respondía, sin mirarle:

- Concéntrate en memorizar el camino. Lo necesitarás.

Y era cierto. Del mismo modo en que el caracol deja su estela al caminar, los pasos de aquel viejo construían un laberinto entre los árboles del campo. Tuvieron que bordear recodos, atravesar vayas, cruzar puentes cochambrosos, desandar riachuelos, contar doscientos trece desde una piedra extraña...

Y después de dos horas de camino, desembocaron en un siniestro valle.

- Es aquí – dijo el anciano.

Y ésas eran dos palabras que a Herminio Sanz nunca le había gustado asociar con valles tenebrosos.

Descendieron las escarpadas laderas del valle, hasta llegar a...

- ¿Un cementerio? – preguntaron los temblores que componían la voz de Herminio Sanz.

El anciano no se molestó en contestar. Las lápidas torcidas, sembradas por doquier, se dedicaban a responder por él.

- ¿Por qué me ha traído aquí?

- No tenga miedo. Sólo quiero devolverle el favor. ¿Ve usted esas tres lápidas de ahí? Ahora son suyas.

- No le entiendo...

El viejo señaló tres de las lápidas. Estaban las tres juntas, en un rincón del cementerio.

- ¿No encuentra nada peculiar en esas lápidas? Vamos, mírelas bien.

Herminio se acercó a ellas intrigado, y enseguida detectó la diferencia. Todas las lápidas tenían grabados los nombres de los difuntos que yacían en las tumbas. Todas menos esas tres. Esas tres estaban lisas, sin ningún nombre esculpido en la superficie de la piedra.

Se lo hizo notar al anciano, y éste asintió.

- Muchos hombres han conocido este lugar antes que tú – prosiguió el viejo -. Y todos ellos llegaron a ser célebres. Ahora sólo quedan estas tres...

- Creo que no lo entiendo.

- No se moleste en entender. Sólo tiene que aceptar mi regalo. Ahora estas tres lápidas son suyas.

- ¿Para qué quiero tres lápidas?

- Oh... Son muy útiles. Si las usa sabiamente, podrán ayudarle a prosperar. Ya ha visto que estas lápidas están en blanco. Todos tenemos por ahí algún enemigo, o algún indeseable que no nos deja medrar como nos merecemos. Cada vez que uno de ellos aparezca en su vida, venga aquí, elija una de estas lápidas, y grabe en ella el nombre de su enemigo. Luego, justo debajo del nombre, escriba también la fecha exacta en que desea que ese individuo deje de... ya sabe... entorpecerle... Pero debe seleccionar bien a sus enemigos. Una vez agote las tres lápidas, se acabó el chollo.

Herminio Sanz miró las tres piedras con incredulidad.

- Mire... – contestó -. Supongo que esto le resulta divertido, pero ya le he dicho que mañana tengo que madrugar, y cuando no duermo mis ocho horas de sueño no soy persona... Permítame acompañarle a su casa y...

Herminio no pudo continuar. Las palabras se le quedaron petrificadas en la boca, porque al volverse para mirar al anciano, descubrió con estupor que ya no estaba allí.

Estuvo buscándolo y llamándolo durante diez minutos. Finalmente, al ver que no recibía otro fruto que silencio, decidió emprender el camino de regreso.

No consiguió dormir las malditas ocho horas, y eso hizo su jornada laboral todavía más inhóspita de lo normal. Maldecía para sus adentros al anciano, y maldecía todavía más a su superior, el señor Cifuentes, que se quejaba de la torpeza del somnoliento Herminio de un modo muy grosero.

Allí estaba aquel cabrón, con su calva prematura y su bigote, siempre encargándose de que los méritos de Herminio Sanz no llegaran a oídos de los jefes. Siempre minimizándole, sometiéndole...

... entorpeciéndole...

Cuando llegó la noche, Herminio tuvo como compañero de almohada un insomnio de ésos que le meten a uno ideas raras en la cabeza.

“¿Por qué no?”, le dijo Herminio Sanz a Herminio Sanz.

Y un cuarto de hora más tarde, nuestro amigo recorría de memoria el camino hacia el cementerio del valle perdido, con una bolsa que contenía una linterna, un martillo y un cincel.

Nada se perdía por intentarlo. Sólo las malditas ocho horas de sueño que no iba a poder dormir de todas formas.

Llegó al cementerio, encontró las tres lápidas huérfanas y se agachó junto a ellas. Eligió la de la izquierda, por aquello de respetar el orden impuesto en occidente, y haciendo gala de la torpe caligrafía de quien no está acostumbrado a manejar el martillo y el cincel, talló en la piedra el nombre del señor Cifuentes.

Lo cierto es que Herminio Sanz no se tomaba en serio todo aquello. Para él sólo era un juego, un acto simbólico, una terapia psicoanalítica sin receta médica.

Bajo el nombre de su superior, escribió una fecha que correspondía a “dentro de tres días”.

A la mañana siguiente, un legañoso Herminio escuchó en la oficina que el señor Cifuentes se iba de vacaciones a un crucero por el mediterráneo. Antes de marcharse, el muy cerdo se aseguró de atiborrar a nuestro amigo con una buena dosis de trabajo extra.

Tres días más tarde, llegó la noticia. El señor Cifuentes resbaló en la cubierta del barco, debido a una canicas que un niño olvidó allí. Se despeñó por la borda, y la señora de Cifuentes contempló con impotencia cómo su marido se convertía en un ahogado, y cómo el ahogado se convertía en un puntito en el horizonte. Intentaron parar el barco, pero las máquinas no respondían.

El cuerpo del señor Cifuentes jamás apareció.

Herminio Sanz no tuvo tiempo de sentirse culpable. En la empresa necesitaban a alguien que cubriese el puesto del fallecido, y los directivos decidieron conceder esa oportunidad a nuestro amigo.

Ubicado por fin en un puesto que le permitía demostrar su valía, Herminio ascendió como espuma de champán. Escaló el organigrama de la empresa sin arrugarse la ropa demasiado. En menos de dos meses, almorzaba con la cúpula directiva, en menos de dos años, pertenecía a dicha cúpula, y en menos de tres años, era la cúpula la que le pertenecía a él.

Herminio Sanz celebraba sus logros, uno tras otro. Y todo aquel que lo veía brillar con luz propia era testigo de que se merecía dichos logros. Pero en las noches de insomnio, nuestro amigo recordaba que todo ello había sido posible gracias a un “inesperado golpe de suerte”, y lo que más inquietaba a Herminio, era no saber si tenía que agradecer aquella suerte a Dios o al Diablo.

Transcurrieron otro par de años antes de que apareciese otro de esos enemigos insalvables.

En su meteórica carrera hacia el paraíso de los magnates, nuestro amigo había tropezado con cientos de enemigos, pero siempre había sabido cómo quitárselos de en medio sin recurrir a sucias artimañas.

Con el señor Arístides la cosa era distinta.

Porque Arístides era el presidente de una de las multinacionales más poderosas del país, y esa multinacional había decidido convertirse en competidora directa de la empresa de Herminio.

Nuestro amigo aguantó varios meses, contemplando cómo la multinacional del señor Arístides devoraba poco a poco todo lo que él había conseguido en aquellos años. Los índices de beneficios caían en picado. Los clientes emigraban. Los accionistas exigían la cabeza de Herminio Sanz para merendar...

Y una noche, muy a su pesar, Herminio Sanz sacó de los altillos del armario la linterna, el martillo, el cincel...

El camino hacia el valle seguía siendo el mismo, y el valle también.

Herminio sintió un escalofrío al contemplar la lápida de la izquierda. Con el nombre Cifuentes esculpido por una torpe mano, y unas extrañas flores, de un color amarillo y doloroso, que habían nacido a la sombra del nombre infortunado.

Nuestro amigo se agachó frente a la lápida central. El cincel chirrió al rozar la piedra virgen. Y el martillo golpeó, una vez, dos veces, tres veces, cuatro veces... Todas las veces necesarias para perforar el corazón de un hombre.

Una hora después la lápida central ya tenía nombre, y también fecha. La fecha correspondiente al día siguiente.

Y el día siguiente llegó con una noticia que puso todos los periódicos al rojo vivo. La casa del señor Arístides se había incendiado. Una cerilla mal apagada en el cenicero, un golpe de viento inesperado, una botella de coñac que cae al suelo en el peor momento, impregnando una cortina... Unas llamas hambrientas de besos. Besos ardientes, y extremadamente contagiosos.

Cuando los bomberos consiguieron apagar el fuego, nadie fue capaz de diferenciar el cuerpo del señor Arístides del resto de la ceniza negra.

La multinacional del difunto se tambaleó, y Herminio Sanz terminó comprándola. Y después de ésa, compró otra, y otra, y otra... Se convirtió en uno de los hombres más poderosos del planeta, y compraba multinacionales con la misma facilidad con que nosotros compramos galletas en el supermercado.

Y no sólo multinacionales. También compraba yates, mansiones, islas vírgenes, esposas, amantes, y políticos.

Conforme convertía el planeta entero en su propio palacio de cristal, llegaba a la conclusión de que jamás necesitaría la tercera lápida. Los tiempos de recurrir a magias negras habían quedado en el pasado. A esas alturas, Herminio Sanz era demasiado grande para poder tropezarse con un enemigo que no fuese capaz de aplastar con su zapato.

Pero un día, ese enemigo apareció. Se llamaba cáncer de piel.

Herminio probó todos los tratamientos. Todos los cirujanos. Todas las medicinas.

No daba resultado. A veces el cáncer se va por donde ha venido, pero en el caso de Herminio Sanz, la enfermedad decidió que no había motivos para abandonar a un huésped tan lujoso.

“Este tipo es la casa de mis sueños”, dijo el cáncer de piel.

Herminio se lamentaba en la soledad de su titánico despacho. Justo ahora, cuando tenía todo lo que un hombre era capaz de soñar, venían a arrebatarle el tiempo que necesitaba para poder disfrutar de todo ello.

Si tan sólo pudiese comprar algo de tiempo... Pero eso era lo único que la tarjeta de crédito de Herminio no podía conseguir.

Entonces se encendió una chispa en el cerebro de Herminio, y recordó que cuando el dinero fallaba, tal vez la magia podía echarle un cable.

La idea que galopaba en su cabeza era descabellada pero, una vez más “nada se perdía por intentarlo”.

Cogió la linterna, el martillo y el cincel. Recorrió aquel camino que sólo unos pocos hombres célebres habían conocido, y descendió hacia las tinieblas de aquel siniestro valle.

Las dos primeras lápidas seguían allí, adornadas por aquellas flores amarillas que crecían al amparo de la desgracia ajena. Herminio se arrodillo ante la tercera tumba. Alzó el cincel, que esta vez tiritaba más inseguro que nunca ante la roca... y comenzó a esculpir.

Escribió en la lápida número tres su propio nombre. Luego pensó en cuántos años le apetecía vivir. ¿Doscientos años? Sí... Doscientos estaba bien. Más de eso podría resultar desesperante.

Terminó el trabajo con una mezcla de esperanza y agonía. Si aquello funcionaba, el cáncer remitiría, o al menos le concedería una tregua. Y él conocería exactamente la fecha de su muerte. Un día concreto dentro de doscientos años. En dos siglos daba tiempo a disfrutar de muchas cosas. De ordeñar las ubres de la vida hasta exprimirle todo el jugo...

Aguardó de pie, en lo más hondo del cementerio. Miró su piel, y a los pocos minutos comprobó cómo las manchas del cáncer se desvanecían.

Se vio invadido por un júbilo infantil. ¡Había funcionado! Había comprado dos siglos más de vida. Volvía a ser una persona sana.

Se dejó caer al suelo, y se revolcó entre los rastrojos, deshecho en carcajadas.

Entonces, en uno de los revolcones, la oreja de Herminio Sanz quedó pegada al suelo, justo debajo de la lápida del señor Cifuentes...

... y los escuchó.

Escuchó los gritos. El testimonio de un sufrimiento insoportable. Un concierto de balbuceos incoherentes, entre los que distinguió la voz del señor Cifuentes. No vocalizaba bien las palabras, pero el tono de los chillidos no dejaba lugar a dudas: Estaba pidiendo ayuda.

Aquello no era real. No... No podía serlo. Era sugestión. ¿No lo llaman así?

Se pellizcó. No. No estaba soñando.

Pegó la oreja al barro bajo la lápida del señor Arístides, como el indio que busca estampidas de búfalos. Pero la única estampida de búfalos eran los latidos de Herminio Sanz, mientras escuchaba los chillidos de Arístides, similares a los de la tumba vecina. Melodía de tormento, lamentos torturados que deshilachaban la cordura de cualquiera. La clase de cosas que no pueden explicarse con palabras, porque las palabras son razón, y aquellos gritos atentaban contra ella.

Las manos de Herminio Sanz cavaron hondo y rápido. La mano izquierda retiraba la tierra de la tumba de Cifuentes. La derecha quitaba lodo en la de Arístides. Conforme los agujeros se hacían más profundos, los chillidos se hacían más audibles. Y cuanto más audibles, más desgarradores.

Y llegó el temido momento. De repente, cada una de las manos de Herminio fue agarrada por otra mano. Dos manos de dos personas diferentes. Dos manos de las que sólo quedaba el esqueleto, recubierto de malolientes jirones de piel y de infinidad de insectos que devoraban sin tregua todo lo que encontraban a su paso.

Herminio se levantó instintivamente, emitiendo alaridos de terror. Al hacerlo, terminó de desenterrar a aquellos esqueletos vivientes. Eran despojos. No quedaba nada en ellos, salvo huesos y sufrimiento eterno. Los bichos los recorrían de pies a cabeza, mordisqueando. Provocando gritos y dolores que rebasaban con creces la fronteras de lo humanamente soportable.

- ¡Mátenos, Herminio! ¡Mátenos, por favor! ¡Déjenos morir! – le suplicaban al unísono los dos inquilinos de las tumbas -. ¡Déjenos descansar!

Presa de una locura febril, Herminio Sanz se deshizo en golpes con el cincel y el martillo. Con la frente bañada en sudor, con las mejillas bañadas en lágrimas de histeria, perforaba el cráneo del señor Cifuentes, y la calavera del señor Arístides.

Todo inútil.

Les hizo más agujeros que a un queso gruyere, y a pesar de ello no logró que dejasen de gritar. No pudo impedir que le agarrasen desesperadamente con sus extremidades consumidas, que le arañasen con sus metacarpos afilados, que compartiesen con él su hambrienta, interminable procesión de insectos.

Herminio Sanz se sacudió a los bichos y a los muertos. Se arrojó contra la lápida que contenía su nombre, e intentó borrarlo a cincelazo limpio. Pero por más que golpeaba aquellas letras, no conseguía dejar impresa en ellas mella alguna. El contrato se había sellado, y ahora la roca era más dura que el diamante.

Herminio Sanz cayó de rodillas, enajenado, con los gritos de sus víctimas sonando a pocos metros. Observaba el nombre de la lápida número tres, consciente de que los próximos doscientos años serían un Infierno para él o, mejor dicho... una antesala del Infierno.

Fuerteventura. 31 de agosto de 2006.

UNA CANCIÓN DE CUNA PARA ELÍAS

El pequeño Elías nació con los ojos abiertos. Demasiado abiertos. Acaso tenía miedo de cerrarlos. Acaso temía parpadear y volver a despertar en la barriga. Nueve meses de oscuridad son mucha oscuridad.

La primera noche, el llanto del bebé consiguió desgarrar el hospital entero. La segunda noche tampoco pegó ojo, y las enfermeras fueron palideciendo y enfermando, una por una, en el intento de dormirlo.

La madre de Elías llegó a la conclusión de que al niño no le gustaba la habitación del hospital. Por eso no dormía. En cuanto los médicos firmasen el maldito alta, se llevaría a su pequeño a la cunita nueva, recién montada, entre paredes de colores alegres, recién pintados, rodeado de muñecos de peluche, recién comprados.

Pero pasaron las semanas, y el insomnio del niño persistía. Se negaba a dormir también en casa. Y los llantos nocturnos robaban el color en las mejillas de la madre.

No recurrió a ningún medicamento hasta que los médicos le advirtieron la gravedad del caso. “Señora: Un niño de esa edad no puede aguantar tanto tiempo seguido sin dormir. Si no hacemos algo pronto, su hijo morirá antes de que termine la semana.”

No sólo hicieron algo. Hicieron todo. Probaron a disolver calmantes en el biberón. Probaron a cambiar los muebles de sitio, y la cuna de estancia, el niño de cuna. Probaron con inciensos, con músicas relajantes, y con nanas.

Cada noche, la mamá de Elías se sentaba al piano y cantaba con melodiosa voz todas las canciones de cuna que conseguía recordar. Pero el niño lloraba más alto que las cuerdas del piano.

La pobre señora dejó de ir a trabajar. Dedicó cada minuto a intentar cerrar los ojos de Elías antes de que la muerte viniese a cerrarlos con su pegamento eterno. Había perdido a su marido a los tres meses de embarazo, y no quería ni pensar en lo que significaría perder también al único recuerdo vivo que consiguió heredar de su difunto esposo.

Probó con Elías todas las drogas tranquilizantes, salvo aquéllas que, según los médicos, podían matar al niño más deprisa que el insomnio. Y seguía combinando la droga con las nanas.

Drogas, nanas, drogas, nanas, drogas, nanas, nanas, drogas...

Todo era inútil. Los ojos del niño seguían hambrientos de luz, aunque la luz se los comiese poco a poco, enrojeciéndolos. El pequeño tenía miedo a lo que había al otro lado de sus párpados, fuese lo que fuese.

Al quinto día, la desdichada madre salió a la calle para comprar más calmantes. Pálida, ojerosa, desnutrida...

Cuando apoyo la mano en el pasamanos de la escalera, para no caerse, sintió el agarre de una mano aún más delgada que la suya. Recorrió con su vista el brazo que se había posado sobre ella, y desembocó en la mirada enajenada de la vecina loca del tercero.

La vecina despegó sus labios agrietados para decir:

- No le está cantando las nanas adecuadas.

- ¿Disculpe? – contestó la madre, sin atreverse a dar crédito a sus oídos.

- Esas nanas no sirven. Anoche me lo dijo en sueños el tritón.

- ¿El tritón?

- Sí. El tritón. Me dictó una canción de cuna para usted. Aquí la tiene.

Los dedos esqueléticos de la vecina depositaron un arrugado trozo de papel sobre la mano de nuestra amiga.

- Perdone las faltas del ortografía – añadió aquella loca -. El tritón no entiende de ortografía, y yo tampoco.

Incapaz de decir nada, la madre de Elías desplegó el papel y vio unas letras infantiles, garrapateadas con lápices de colores. Eran unos versos, acompañados de un pentagrama con notas musicales.

- Gracias... – murmuró nuestra amiga, por aquello de murmurar algo.

- Tenga cuidado. Esto es como los antibióticos. No se puede tomar a la ligera. Cántele la nana al niño durante nueve noches seguidas. ¡Nueve noches! Ni una más, ni una menos.

- ¿Nueve noches? ¿Por qué nueve noches?

- Porque si la canta más de nueve noches, el niño morirá – sentenció la vecina -. Y si se olvida de cantarla durante una sola de las nueve noches, el tritón se deslizará entre los barrotes de la cuna y devorará el alma del crío.

- No le veo la gracia – respondió la madre de Elías, con toda la indignación que su cansancio le permitió recopilar.

Pero la vecina enajenada ya se perdía por las angostas escaleras, mientras murmuraba, sin mirar hacia atrás:

- No deje que el tritón se salga con la suya.

Aquella noche, mientras le calentaba el biberón a Elías, nuestra amiga no podía evitar alguna que otra mirada de reojo hacia la papelera. Recordó las amenazas de los médicos, y se dijo a sí misma que “maldita sea, nada se pierde por intentarlo.”

Rebuscó en la papelera hasta encontrar el papelito arrugado con la nana. Metió al niño en la cuna, acercó la cuna al piano, colocó el papel en el atril de las partituras... y empezó a cantar.

Era una letra extraña. Los versos de esa canción habían rapiñado los rincones más sucios del diccionario, y la música de la nana recordaba al chapoteo de un ahogado en una gruta oscura.

Mientras la cantaba, mientras sus dedos se hundían entre las teclas del piano, la madre de Elías sentía cómo una sombra demoníaca se cernía sobre el cuarto.

¡Pero la nana funcionaba!

Conforme empezó a entonar las primeras sílabas, los llantos del bebé fueron menguando. Y cuando la canción llegó a su fin, el pequeño Elías, por primera vez en su cortísima vida, estaba durmiendo a pierna suelta.

La madre lloró de alegría. Por primera vez desde que diera a luz, pudo saborear dicha luz, acompañada por una cena en condiciones.

Pero la tranquilidad no duró mucho. A los pocos minutos, nuestra amiga se dio cuenta de que el pequeño Elías se retorcía en la cuna, prisionero de terribles pesadillas.

Se pasó la noche entera arrullando al bebé, pero de nada servía. Las pesadillas le arañaban las entrañas. Y mientras mecía al pobre niño entre sus brazos, sentía una mirada fría que la observaba desde atrás. Tal vez desde lo alto del armario.

Al día siguiente, la mamá de Elías subió al tercero y aporreó la puerta de la vecina loca, para pedir explicaciones. Pero nadie respondió. La vecina no estaba. Estuvo todo el día pendiente de su llegada. Los tabiques del edificio eran de papel. La oiría llegar.

Pero nada oyó.

Se dedicó a cuidar a Elías, que observaba la habitación con sus ojos como platos, consumido por el miedo. Tal vez buscando algo que deseaba no encontrar.

Cuando la madre de Elías recordaba la noche anterior, llegaba a la conclusión de que tal vez el remedio era peor que la enfermedad. Tal vez su hijo descansaría más pasando otra noche en vela que sufriendo otra sesión de aquellas horribles pesadillas.

Sin embargo, cuando llegó la hora, nuestra amiga no dudó en volver a sentarse al piano para cantar la nana. Un miedo irracional la encadenaba a ese piano, a aquella partitura de letras infantiles, a aquel contrato invisible sin fundamento alguno.

Le resultó un poco más difícil recitar los versos esta vez. Las letras del papel, tan coloridas el primer día, ahora habían perdido parte de su brillo, y no eran tan legibles.

Una vez más, la canción de cuna cumplió su cometido de forma milagrosa. El niño se durmió, y durante los primeros minutos su carita se asemejaba a la de un ángel.

Pero pasados esos primeros minutos, las pesadillas retornaron, y a juzgar por los violentos espasmos del niño, eran más intensas que las de la noche anterior.

Los cuidados de la madre volvieron a ser inútiles. Y la mirada fría seguía presintiéndose desde lo alto del armario. Cada vez que la madre giraba la cabeza, escuchaba un chapoteo rapidísimo... para encontrar vacío el hueco que había entre el techo y el armario.

Cuando llegó la tercera noche, la madre de Elías no dudó en repetir la ceremonia. Las letras de la nana aparecían más descoloridas todavía, y cuando llegaron la pesadillas del bebé, parecían más bestiales y crueles que las del día anterior.

La sensación de que algo observaba desde la parte alta del armario persistía. La madre, resignada ya a no poder hacer nada para ayudar al crío, se ausentó unos segundos para lavarse la cara en el baño. Cada vez le costaba más permanecer despierta.

Cuando regresó al salón, adivinó una silueta oscura, encaramada en una esquina de la cuna, como una gárgola, observando al bebé con dos ojos chispeantes como cigarros encendidos. La silueta brillaba de una manera insana, pero nuestra amiga no la pudo contemplar durante más de un segundo, porque el extraño ser acusó su presencia y saltó como una rana hacia el oscuro hueco del armario.

La madre corrió hacia la cuna, descompuesta. Comprobó que el niño seguía intacto, aunque atormentado por su sueño negro.

Cuando examinó la parte de la cuna en la que se había posado la silueta, encontró una sustancia viscosa que se adhería a los barrotes y a las sábanas. Era el tritón. Había estado allí.

Desde entonces, nuestra amiga no se atrevió a dejar solo al bebé. Y tampoco se atrevió a dejar de cantar la nana ni una noche. Ahora estaba segura de que la vecina no mentía. Si no cantaba la canción durante nueve días seguidos, el tritón vendría a devorar el alma de su pequeño Elías.

Cada mañana aporreaba la puerta de la vecina. Pero la respuesta era siempre la misma. Silencio. Y un cuchicheo de patas de cucaracha al otro lado de la puerta.

El pequeño Elías no parecía llevar bien todo aquello. Era un despojo diminuto entre las sábanas. Más delgado y demacrado que en sus primeros días de insomnio.

Las letras que componían la nana seguían borrándose poco a poco en la arrugada superficie del papel. Y la mamá de Elías lo tenía cada vez más difícil para cantar la nana sin equivocarse. Pero seguía intentándolo, noche tras noche, pues nueve noches de pesadillas no eran nada comparado con el horror de que el tritón viniese a devorar el alma de su hijo.

Cada noche, la nana era más difícil de cantar. La letra se iba desvaneciendo. Suspiro de un fantasma. Y los propios ojos de la mamá de Elías estaban cada día más y más cansados. Los dedos cada vez más torpes entre las teclas del piano.

Y tampoco era sencillo entonar aquellos versos sabiendo que con ellos llegaba el sufrimiento que atormentaba a Elías. La tónica era invariable. Cada día, pesadillas más violentas que las del día anterior. Si las cosas seguían así, era probable que el corazón del niño estallase antes de llegar a la novena noche. Pero el tritón observaba, y esperaba el más leve descuido en el proceder de la madre. Esperaba que confundiese las palabras de la ilegible partitura. Esperaba que cayese dormida encima del piano. Esperaba cualquier error, cualquier flaqueza, para llevarse el alma de Elías a su guarida húmeda.

Elías llegó con vida a la novena noche. Pero era una vida similar a la de los rastrojos que crecen a la sombra de una lápida. Era un esqueleto cubierto de cera de vela, con dos ojos febriles que ni estando cerrados habían conocido el descanso.

La madre acercó la cuna al piano. Echó una mirada de reojo hacia lo alto del armario, y a través de la oscuridad desafió al tritón.

Desplegó la partitura arrugada en el atril. Las letras ya se habían borrado casi enteras, pero a esas alturas nuestra amiga se las sabía de memoria.

Luchó por no desfallecer. Inhaló el aire viciado de la estancia, miró a su hijo con el rabillo del ojo...

... y comenzó a tocar.

Sentía la mirada del tritón, siempre alerta para cazar gazapos. Sentía esos dos ojos crueles, que desfilaban una y otra vez de ella a la cuna, y de la cuna a ella.

Pronunció por novena vez aquellas letras infernales. Desgranó aquellas notas musicales que parecían compuestas para el gaznate de los cuervos. Los cansados llantos del niño se desvanecían...

La madre de Elías estaba mareada. Sus dedos temblaban. Su lengua estaba seca...

Pero no se equivocó ni una sola vez. Recitó el punto final, y cayó desmayada sobre el piano, mientras escuchaba los débiles jadeos del niño, inmerso en insoportables pesadillas. Mientras escuchaba al tritón arrastrarse vencido, abandonando la estancia por alguna oscura cañería.

Ya era de día cuando despertó. Se arrastró hasta Elías, con una incertidumbre agónica. Palpó al niño con manos desquiciadas, hasta sentirlo latir y respirar.

Había vivido... El pequeño Elías lo había conseguido. Mamá lo levantó para que le diera la luz del sol. Lo besó en la frente y, al retirar los labios, pudo leer la mirada del bebé. Había sobrevivido, sí. Pero no parecía demasiado contento de haberlo hecho. Al otro lado de sus ojos se adivinaban los posos que habían ido depositando todas aquellas noches de sueño negro.

La madre de Elías se dio cuenta de que las pesadillas se habían adherido a su hijo como lapas, y le acompañarían dondequiera que fuese. Se dio cuenta de que el pequeño Elías jamás podría escuchar la voz de su madre sin estremecerse, porque era la misma voz que había cantado aquella nana durante nueve noches.

Nuestra amiga, extenuada, con dos ojos vidriosos como abortos acunados por ojeras malvas, acarició las teclas del piano, y acarició también una siniestra idea.

¿Qué dijo la vecina sobre cantar la nana más de nueve veces?

Fuerteventura. 29 de agosto de 2006.

EL ELIXIR DE LA GAVIOTA

Encontré una gaviota muerta por la playa. El mar la engulló, se atragantó y la vomitó en la orilla. Olía como suele oler la muerte húmeda. La sal del mar tiene una forma especial de pudrir los cadáveres.

No sé por qué me agaché a recoger esa gaviota. Creo que mientras sacudía la arena de aquellas plumas impermeables, mi idea era amortajarla en una bolsa de basura y procurarle un enterramiento digno en algún rincón indigno del jardín.

Pero cuando mis manos tocaron aquel pájaro, me vi abordado por una sed extraña. Fue como si mi garganta hubiese tragado, de repente, todo el agua de mar que había tenido que engullir esa gaviota muerta.

Entré en mi casa con aquel pestilente pedazo de carne putrefacta aún entre las manos. No abrí la nevera. Sabía que no había nada en ella lo bastante poderoso para calmar mi sed. No cogí aquella bolsa de basura. Mis manos disfrutaban con aquel contacto directo. Mi piel hacía el amor con la descomposición, el deterioro, la fiesta de microorganismos que convertían la inmovilidad en un baile imperceptible. No quería tocar a la gaviota a través de la aséptica epidermis del plástico. A la reina de los gusanos no le gusta que se la follen sin condón.

La sed desangelaba mi garganta, la transformaba en un erial de tierra seca para plantar semillas de agonía. La sed...

Los ojos vidriosos del pájaro eran dos puertas. Dos mirillas de cerraduras que comunicaban con un pasillo oscuro, interminable, insoportable para cualquier cordura. Dos ojos que me miraban como diciendo: Al otro lado del pasillo. Al otro lado del pasillo está la fuente que saciará tu sed.

Mi pensamiento quedó suspendido, como el cuerpo penduleante de un ahorcado. Acerqué mis labios al cuello inmaculado del cadáver. El olor no conseguía repelerme. Muy al contrario. Me atraía, me excitaba, despertaba al reptil dentro de mí.

Hundí los dientes entre las plumas blancas. El amargor metálico de la sangre inundó mi boca, intensificado por el aliño salado del mar. Me excité aún más al ver las líneas rojas que descendían, lentamente, por la blanca pechuga de la muerta. Lamí aquellos regueros, con una avidez que ignoraba el significado de ese fantasma que solemos denominar “dignidad humana”.

Aquel jarabe rojo lograba mitigar mi sed a duras penas. Hinqué los dientes con más fuerza, hasta escuchar el crujir de la materia inerte. Seguí libando sangre, hasta exprimir el pájaro. Arrancaba la carne, brutalmente, como el loco que, desesperado, intenta apartar los papelitos vacíos de la caja de bombones, en busca de más dulces. Perseguía a la sangre a través de los laberintos de un cadáver. La arrinconaba, la chupaba con un ansia enajenada. De vez en cuando descansaba para escupir las plumas.

Las arcadas no tardaron en llegar. La gaviota, deshidratada, se estampó contra el suelo justo después de mis primeras convulsiones. El dolor me retorció entre las baldosas, como a una fregona en el escurridor del cubo. Una fregona empapada en sangre. Empapada en veneno. Empapada en el elixir de la gaviota. El delicioso elixir de la gaviota.

La pared dejó de ser blanca. Tumbado en el suelo, pude distinguir los mil matices que la componían. Fui consciente del centenar de manchas que normalmente mi percepción obviaba. Y las manchas se agrupaban para formar cosas, igual que las constelaciones en el cielo. Igual que las figuras de las nubes.

Entre las manchas distinguí al león. Estaba allí, formado por unos borrones de un color blanco casi ocre, agazapado en la pared, acechándome. Codiciaba la sangre de la gaviota, y sabía que la guardaba en mi estómago. Quería destriparme y lamer mis intestinos. Quería desgarrarme con sus garras y robarme el elixir de la gaviota.

Un retortijón me obligó a cerrar los ojos. Cuando volví a abrirlos, el león había desaparecido. Las manchas continuaban en la pared, pero ya no componían al león. Ahora eran simples manchas. Un cascarón muerto que ya no albergaba al predador en su interior. Una muda de serpiente con forma de león, pero sin león...

Se había movido.

Recorrí con la mirada todas las manchas de las paredes, hasta encontrarle. El muy cabrón se había escondido entre las imperfecciones de lo alto, muy cerca del techo. Buscaba el mejor lugar para atacar. Esperaba pacientemente... el menor descuido... para saltar sobre mí... Sobre el guardián del elixir de la gaviota.

Y yo no tenía intención de ponérselo tan fácil.

Me arrastré como pude hasta el pasillo. En lo más hondo sentía cómo el león se arrastraba también detrás de mí, aguardando una fracción de segundo de descuido.

Yo me esforzaba por no concederle ese placer. El felino cambiaba de ubicación constantemente, pero mis ojos siempre lo encontraban. En la mancha de moho de la esquina, en los lamparones del techo del pasillo, o dibujado entre las vetas de madera de las puertas.

El pasillo era largo. Él intentó aprovechar aquel desfiladero angosto para tenderme una emboscada, pero la sangre de la gaviota chapoteaba en mi estómago, y despertaba mis sentidos.

Me atrincheré en mi dormitorio. Aterricé en la cama, bocarriba, y al mirar el techo pude comprobar que el felino se había deslizado por la rendija de la puerta. Allí estaba de nuevo, dibujado en la suciedad del gotéele como un destino fatal en el poso del té.

Clavaba sus ojos en mí, intentando perforarme el vientre con ellos. Yo también clavaba mis ojos en él. Lo vigilaba. Era el guardián del elixir de la gaviota.

Pero mi mirada flaqueaba. Los párpados se empezaban a derrumbar como paquidermos malheridos. El techo se volvía oscuro, difuso, desenfocado, incierto... Las manchas se diluían en las tinieblas.

El león empezó a moverse. Sabía que yo ya no podía verlo. Pero podía escuchar... Escuchaba sus pisadas a través de la pared. Mis oídos permanecían despiertos. El elixir de la gaviota les concedía una sensibilidad casi dolorosa. Podía escuchar el crujir de la madera de los muebles, el agua arrastrándose por las cañerías, el crepitar de la ropa, meciéndose en las perchas del armario. Escuchaba a los mosquitos, que zumbaban por todos los rincones de la habitación. Había cinco. Cada uno producía un zumbido diferente. Era cuestión de matices. Y entre esa jungla de matices, se adivinaban las pisadas del león... acercándose... acercándose... cada vez más burdo... cada vez más confiado... creyendo que su presa había desistido...

Pero no... El guardián del elixir de la gaviota no puede desistir.

No necesitaba los ojos. Mis oídos me susurraban la ubicación del enemigo. Ora lo escuchaba a mi izquierda, y mi memoria agrupaba siete manchas que conocía, hasta descubrirle en la pared. Luego saltaba al muro de la derecha, y se deslizaba entre las constelaciones de suciedad, hasta colocarse justo encima mía. Sentía su aliento. El aliento del moho de las manchas. Escuchaba el crepitar de la pared, al predador que se arrastraba, relamiéndose, escrutando mi vientre. Percibí cómo se replegaba para saltar. Cómo se disponía a dar el paso decisivo, el golpe de gracia, el ataque sin vuelta atrás.

Era el momento.

Me incorporé. Bruscamente. Empecé a asestar cabezazos a la fiera. Podía escucharlo todo. El crujir de la madera. Los mosquitos. Los quejidos del león, cogido por sorpresa. El choque de mi cráneo contra la pared, una y otra vez.

La excitación me hizo abrir los ojos nuevamente. Vi cómo mi sangre teñía el muro. Cómo ahogaba las manchas con su brillante rojo. Vi al león ahogándose en mi mar de sangre. Intentaba abrirse paso entre las manchas de la pintura, pero mi sangre era resbaladiza, y le hacía tropezar una y mil veces. Mi sangre era demasiado limpia, y no lograba encontrar en ella ninguna mancha en la que poder alojarse. Jamás había sido tan difícil encarnarse en algo encarnado.

Mi sangre estaba limpia, porque la sangre de la gaviota la contaminaba.

Y mi cabeza seguía golpeando, como el badajo de una campana. Tañendo un réquiem. Tiñendo una mortaja.

Habría sido más sencillo golpear con los pies, o con los puños. Pero la sangre de la cabeza era más pura. Y es la pureza lo que mata al león. La pureza de esa sangre, brillante como el carmín de la virgen María.

Vacié toda la sangre de mi cabeza sobre aquella pared.

Caí de nuevo en el colchón, y mi última visión fue la del león convulsionándose en el océano rojo.

La última visión del león fue mi propia muerte.

Pero yo no me convulsionaba. Yo estaba tranquilo. Porque yo era el guardián del elixir de la gaviota.

Fuerteventura.

28 de agosto de 2006.

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