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Este relato corto y al que le falta alguna coma, lo he escrito en homenaje a las veces que uno hace cola y tiene a un desconsiderado delante. Muchas veces pensamos una cosa y decimos lo contrario, si es que decimos algo. Va por esas veces donde la educación o el miedo al ridículo nos hacen ser perfectos ciudadanos con quien no se lo merece
El otro dia
Por favor este maldito cabrón no deja de toser como un cerdo. Encima que la cola para pagar es largísima este animal me esta haciendo la espera un infierno
-Por favor, quiere un vaso de agua.
-No se preocupe, esto se me pasará enseguida.
¿Que no me preocupe?, ¡pero que dice este tio!, pero si me estas escupiendo en la mismisima cara. Será guarro el tio. Mira como no dejes de sacar toda la porquería que tienes en la garganta te estampo la papelera en la cabeza.
-¿Seguro que se encuentra bien?, es que está tosiendo mucho, ¿no deberia tomarse algo, un caramelito?
- No de verdad, muchas gracias. Lo cierto es que llevo aqui mucho tiempo y ya ahora no quiero perder el turno, asi que espero.
¡Que llevas aqui toda la mañana!, y yo que pedazo de retrasado. Que estoy delante tuyo animal, que me estás bañando con esa flema asquerosa, ¡que pares!. Este tio no se entera y aun quedan diez personas delante. ¡Yo no aguanto más!.
- ¿Se va?, ¿no le estaré molestando verdad?
- no que va, que va. Es que me he acordado que tengo que ir a recoger a mi hermano al colegio.
- Bueno pues que le vaya bien
- Igualmente y que se le pase esa tos.
Al final has conseguido que me vaya. Eres un impresentable. Espero que el que está ahora delante tuya lleve un impermeable porque le espera una que... en fin. ¡Asqueroso!
La metamorfosis
No encontraba la forma de decírselo, como enfocar la situación. Era difícil, pues mi situación se estaba volviendo evidente. Hacía ya tres dias que mi cuerpo estaba sufriendo algunos cambios y, sin embargo, ella aun no se había dado cuenta. Sin duda me miraba con ojos de enamorada. Me estaba costando caminar, mi espalda se estaba encorvando lentamente y se me escurecia la piel, sin contar el bello, que me brotaba por doquier.
Una mañana, cuando me levanté, me di cuentas que se había completado el proceso. Me había tranformado en un ser enorme y de pelaje oscuro. Mi mandibula era desproporcionada y mis ojos eran de felino, de reptil, o de algo similar.
Ella aun dormía pero faltaba poco para que se despertara, unos 15 minutos hasta que sonara el despertador. ¿Como se lo tomaría?, supongo que no tiene por que tomárselo de ninguna forma, sigo siendo yo, mas grande, peludo, y con ojos de felino, o reptil, o algo parecido, pero en esencia yo.
Cuando se despertó y me encontró ahí, en los pies de la cama de pie, dio un grito espantoso. Como si no supiese que era yo. No entendí nada. Le pregunté por que gritaba y gritó otra vez mas fuerte. Se levantó corriendo y salió de la habitación dando un portazo. Me quedé quieto un rato, pasmado, sin saber por que reacionó de esa forma. Seguía siendo el mismo, aunque más grande, más peludo y con ojos de felino, o reptil o algo parecido.
Cuando me recuperé un poco, comencé a vestirme para ir a trabajar. La ropa me entraba con dificuldad, me quedaba justa, al igual que los zapatos, y las lentillas me bailaban en esos enormes ojos. Cuando casi había terminado sentí ruidos al otro lado de la puerta, eran como voces, de muchas personas. En ese momento se habrió la puerta y entró Andermo, el chófer. Llevaba en la mano una pica afilada y la movia hacia mi violentamente al tiempo que me insultaba como si fuera un monstruo. Me acerqué hacia el rapidamente para hacerle entrar en razón y presa de un pánico irracional, soltó la pica y corrió con los demás que cerraron la puerta de un portazo. Me dirigí hacia la puerta para explicarles que no pasaba nada y me di cuenta que me habían trancado por fuera.
De eso hace algunas semanas. Desde entonces estoy preso en esta habitación sin entender por qué, que les he hecho yo. Una mañana genial y a la siguiente me encierran. Tan solo me pasan por un pequeño hueco de la pared una comida al dia. Me tratan como a un perro. A mi, que les he dado todo, que los quiero a todos más que a mi mismo. Esos judas que ayer me daban palmaditas en el hombro, ahora me humillan sin motivo.
Yo soy el mismo de siempre, es cierto que estoy mas alto, mas robusto, con mas pelo, grandes mandibulas y ojos de felino, o reptil , o algo parecido, pero yo sigo siendo el mismo y ese no puede ser el motivo. Mi aspecto me ha encerrado y no lo entenderé jamás. Les digo que por que me encierran y me llanam monstruo y lanzan blasfemias contra mi, incluso ella, mi amada esposa, la mujer por la que daría la vida me desprecia y no se porqué.
Sumido en un pozo de confusión empiezo a perder una esperanza que se debilita, desalentada porque no creo que entren en razón. Se han cegado y me condenan a morir entre cuarto paredes, a sufrir la tortura insoportable del condenado que espera la ejecución por un delito cruel que nunca cometió.
Lloro de desesperación porque aquellos que más amaba me destierran a la muerte y no se porqué. Yo sigo siendo el mismo, más alto, robusto, con más pelo y ojos de felino, o reptil, o algo parecido, pero en esencia el mismo.
Me resta morir solo. Mi castigo es ahora mi único consuelo.
Epilogo
El poema dedicado a Guaya es mi pequeño homenaje
a este compañero que, como tantos otros,
encontro su final en una carretera majorera.
Donde quieras que estés .
Va para ti.
- el pescador del tiempo-
Has caído en las redes de un pescador del tiempo
y por eso ya no envejeces y
mientras, a tu lado me consumo, se me seca la vida.
Te miro con los ojos emocionados del primer día
y a penas te veo.
Tú, en cambio, aun gozas de una juventud de veinte
y el tiempo por ti no pasa
y sonríes con vitalidad y ves
mi cuerpo marchitarse. Aun me amas
y siento que te pierdo.
Sigues sonriendo y yo, lentamente, me muero.
No me queda sino observarte en tu gracia,
en tu frescura,
en tu melancolía al despedirte de mi.
Ya me marcho y sin embargo
tú sigues en las redes de aquel pescador del tiempo
Era mi amigo
Él era mi amigo. Ella también lo era, pero con él pasé mucho más tiempo. Desde los quince años fuimos inseparables. Nos conocíamos muy bien y ambos sabíamos que ese momento llegaría. La gente que, como siempre, nunca entiende nada lo tachó de cobarde, pero para mi era un tío único. Siempre he pensado y he dicho que para hacer lo que hizo hay que ser muchas cosas; inconsciente, loco, impulsivo hasta el extremo, patológicamente majara, pero nunca un cobarde. El cobarde es aquella persona que renuncia a pensar sobre la vida y la muerte porque tiene miedo, y se limita simplemente a vivir una vida de forma autómata, rebosante de aparente felicidad, pero a la vez inerte. Lo único que él quería era ser feliz y estaba convencido que aquí no lo conseguiría, así que, como quien dice, decidió probar fortuna mas allá.
Él tenía una novia de la que estaba profundamente enamorado. Se llamaba Mishao. Era una inmigrante japonesa a la que conoció cuando trabajaba de prostituta. Según ella me contaba, ya que a él no le gustaba hablar de esos temas, nada más verlo paseando una tarde por la playa, se enamoró de él. Se miraron, él se acercó, la cogió suavemente de la mano y le dijo que la quería. Así, de pronto, y nunca más se separaron, digo nunca porque seguro que aun hoy siguen juntos, donde quiera que estén. Ellos dos hicieron la mayor manifestación de amor que se puede hacer, muy a la altura de los Romeo y Julieta de Sakespeare.
Hace ya un año que se marcharon para no volver. Aun recuerdo ese día como si fuese ayer. Eran las seis de la tarde de un sábado de julio de un verano excesivamente caluroso. Yo estaba a punto de salir de casa para ir a verlos cuando sonó el teléfono.
- Si
- Hola, soy yo.
- Ah! hola, ¿Dónde estás?, ahora mismo iba para tu casa.
- Manuel... mejor que no. Solo llamaba para despedir me de ti.
- ¿Qué quieres decir? –Yo sabía lo que quería decir y él sabía que yo lo sabía, por eso no me contestó y siguió hablando
- Estoy con Mishao al borde del acantilado que hay al noroeste de mi casa, junto al viejo faro. Nos vamos. Espero que lo entiendas.
- Lo entiendo
- Hasta siempre
- Adiós.
Estas fueron sus últimas palabras, las ultimas palabras que le oí decir. No diré que no me dio pena, pues mentiría, me dio pena y mucha, pero si soy sincero creo que donde quiera que estén están mejor que aquí. La gente puede llegar a ser muy cruel, y creo que eso es algo que él llegó a comprender muy bien.
Su vida era un fichero de historias convulsivas. De pequeño su padre les abandonó y fue criado con su madre hasta las diez años. A esta edad se quedó también huérfano de madre porque ésta murió de cáncer, y entonces se fue a vivir con unos tíos suyos que, aunque no murieron, le amargaron su existencia. Así hasta los dieciocho años. A esta edad se independizó, se buscó un trabajo y se puso ha estudiar en la universidad psicología. Fue aquí donde comenzaron sus problemas y no porque fuera mal estudiante, pues no lo era, al menos al principio, sino porque lo echaron a perder. Los demás estudiantes lo encasillaron de raro, y actuaron en consecuencia, es decir, humillándolo siempre que podían y esas cosas. Cuando yo hablaba con los demás estudiantes, estos me decían que era raro y muy violento, pero yo lo conocía muy bien y sabía que las cosas eran mas complejas. Había sufrido mucho en toda su vida y estar sometido a constantes ataques hicieron de él un ser agresivo. En una ocasión, unos muchachos del club de futbol de la universidad lo acorralaron en el patio y le empezaron a insultar y a empujar delante de todo el mundo y fue en este momento cuando todo cambio. Cogió una piedra y se defendió como pudo. Con tal mala suerte que envió a uno a la UCI. Esto le costó la expulsión y, aunque ningún cargo legal, pues se demostró que fue en defensa propia, también la definitiva marginación social.
Todo esto se convirtió en un muro infranqueable para él que no quiso superar. Tenía la esperanza de ser feliz junto a Mishao en algún lugar. Pero esencialmente -como solía decirme -somos iguales en todas las esquinas del globo. Por eso probó fortuna mas lejos. Y su novia prefirió seguirle, pues realmente le amaba.
- Somos producto de una sociedad demasiado corrupta a todos los niveles – me dijo en una ocasión
- Pero esto es lo que hay – le dije medio en broma – o lo tomas o lo dejas
- Ya lo se - me contestó con frialdad – por eso algún día lo dejaré.
Y así lo hizo hace exactamente un año. Solo esperaba una señal, y esta llegó el día que conoció a Mishao y se enamoró. Pero no fue una señal para seguir luchando por amor, sino para coger aquello que era mas importante y probar fortuna mas allá. Él quería ser feliz y aquí no lo sería jamás. Para muchos será un cobarde, pero para mi tuvo mucho valor. De todas maneras, no es menos cierto que simplemente fue el producto de una sociedad que, poco a poco, se devora a si misma.
Hace un año que se fue y me pregunto si será feliz, si realmente, donde quiera que esté, las cosas son distintas.
Nostalgia
El verano ártico comenzaba a deshacer el hielo que durante seis meses había helado el lago Imandra, transformándose en pequeñas placas de hielo que viajaban desde el lago hasta la bahía de Kola, para perderse luego en la inmensidad del mar de Barents. Ese trayecto transcurría a lo largo de un pequeño río que bordeaba, antes de perderse en el mar, la ciudad de Murmansk y que era atravesado por infinidad de puentes a lo largo de su recorrido.
En uno de aquellos puentes, en la periferia de un pueblito llamado Kola, un muchacho observaba el lento y torpe avance del hielo. Sus ojos brillaban con la suave luz del sol que empezaba a despertar después de varios meses de letargo. La misma luz bañaba una paisaje de suaves praderas y bosques de abetos que la niebla matutina dotaba de una imagen siniestra. De entre esa niebla apareció la silueta de una muchacha de melena larga y rubia que fue a reunirse con el muchacho, que apenas advirtió su presencia.
- ¿Qué haces aquí con el frío que hace? –preguntó la joven
- ¿Quería ver salir el sol? – contestó sin apenas mirarla
- ¿Te encuentras bien?
- perfectamente
- Pues entonces vamos para casa que me estoy congelando –dijo la chica mientras se ajustaba el gorro y las orejeras
- Yo aun me quedaré un rato –dijo el chico aun sin mirarla
- Pues entonces te esperaré
Tras un corto silencio que solo era interrumpido por el ruido de los trozos de hielo chocando unos contra otros, se giró y la miró.
- ¿Te gusta esto? – le pegunto
- ¿Como?
- Me refiero a vivir aquí, en medio de la nada.
- No me importa –respondió cogiéndole la mano – ambos nacimos en este pueblo y pasamos la infancia
- Ya, pero...
- Además –le interrumpió la chica – Murmansk está a dos horas en coche, y eso no es nada.
- No me refiero a eso –contestó el chico suspirando
- ¿Y entonces?
- Me refiero a estas latitudes... aquí siempre hace frío, en invierno y en verano. La vida es muy dura, el frío crispa el humor de las gentes...
- ¿A donde quieres llegar? –volvió a interrumpir
- ¿Recuerdas las historias que nos contaban nuestros abuelos sobre nuestros orígenes?
- ¿Te refieres...?
- Si, a eso. Nuestro tatarabuelo.
- No estarás pensando lo que me temo –dijo la chica asustada
- Pues si –dijo con seguridad – Canarias tiene que ser un sitio hermoso y de ahí venimos, al fin y al cabo.
- Yo nací aquí –repuso molesta la joven – y me gusta esto, así que quítate eso de la cabeza porque yo no me moveré de Kola.
- He leído sobre ese archipiélago – siguió como si no la hubiese escuchado – y he visto documentales. Su clima es ideal, temperaturas templadas, playas de arena fina... un paraíso.
-Si, si – dijo la chica- un paraíso. Si quieres un año de esto vamos de vacaciones, pero ya está. Nada más.
-¿Vacaciones?
- Algún día mejoraremos económicamente y podremos ir de vacaciones – dijo incrédula la joven.
- ¿Ni siquiera lo considerarás?
- No –dijo tajante – aquí nací y moriré aquí.
La noche comenzaba a caer, y aunque el sol no se ocultaría del todo hasta bien entrada la noche, se fueron a la cama después de haber cenado. La luz era tenue y parecía muy cálida. Había un silencio sepulcral. Solo algunos pájaros rompían el silencio con su canto nocturno.
De pie, junto a la puerta, vestido y con una maleta en la mano, el joven miraba a su esposa dormir. Una lágrima resbaló por su mejilla y, tras dedicar una mirada a todo lo que había sido su vida, su casa, su felicidad, volvió a mirarla a ella. Sonrió con amargura y, tras ponerse el gorro polar, se marchó.
-A la memoria de Guaya –
Esa impasible mano que nos arranca del asiento de la vida,
esa que nos vio nacer y crecer,
esa madre, maestra y enlutada
que te observa impasible,
a esa la sentí ayer.
Su aliento a cementerio se sintió cálido
por aquellos parajes desolados de hoy y siempre.
Las piedras se apartaron a su paso
mientras sus sombras acariciaban
lágrimas que el rocío vertía impotente.
Y allá, en la lejanía,
un bardino ladraba a la luna
como queriendo romper el silencio,
un canto que parecía acompañar
a esa alma que ascendía.
A su paso
ella le tendió su mano
y enlazados se alejaron hacia el valle
dejando tras sus pasos
caos de cristal y hierro.
El sabía que ya no volvería,
que ya no nos vería,
que se marchaba para siempre,
y aun así sonreía.
Tormenta
El horizonte se rompe
sangrando en negro las nubes
y sus golpes y gritos y luces
me estremecen.
Tu me miras y sonríes
y el frío me congela los labios.
Tras de ti, como en un cuadro
la tormenta castiga la tierra
y palidezco.
Un relámpago explota en tu boca
y tu carcajada como el granizo
me golpea.
Historias al fuego
La noche empezaba a caer sobre la playa y las luces del atardecer lo iban tiñendo todo de unos tonos ocres primero y azules y grises después, dándole, a medida que se acercaba la noche, una imagen cada vez mas siniestra. Al fondo de la playa, justo al pie de la boca del barranco, estaba la pequeña caseta de campaña y unos metros delante de ella estaban los cuatro sentados alrededor de un fuego. Ya habían terminado de cenar y se entretenían contando historias. Pedro era el que empezó mientras Jéssika y Marta escuchaban atentamente. Antonio se hacía el distraído, como indiferente, trataba de disimular el miedo que sentía cuando se contaban estas historias, manteniendo así la imagen de valiente que creía tener ante sus amigos.
- Bueno, ya es de noche – dijo Jéssika frotándose las manos – empieza
- Vale, vale, déjame pensar – dijo Pedro mientras pensaba en una de sus historias
- Deberíamos traer un poco mas de leña – se preocupó Marta – no sea que se nos apague el fuego en el momento mas inoportuno. Antonio permanecía sin decir nada. “Que tal si vamos a pescar”, Había dicho, pero todos preferían las historias de Pedro.
- ¿Estáis listos? – dijo Pedro mirando a sus compañeros
- Si, venga empieza – dijeron las chicas
- ¿Antonio?
- Empieza ya pesado – contestó Antonio molesto
- Bueno vale – cogió aire – Recuerdo que esto me paso hace aproximadamente tres años. Estaba con mis primos de excursión por unos tableros que hay al sur del pueblo de Antigua. Se trata de un inmenso descampado que hay que atravesar para llegar desde el pueblo hasta las montañas donde se encontraba la casa de mis abuelos, en donde se suponía que íbamos a pasar la noche. Salimos de Antigua a eso de las 7 de la tarde.
- Agustín, se nos va a hacer tarde – les dije nervioso – dile a tu hermano que deje a esas muchachas tranquilas que si no, no llegamos.
- Vale vale – me contestó - ¡Rafa!, nos vamos.
- A eso de las 8 apenas habíamos llegado a la mitad del trayecto y la noche amenazaba con echársenos encima. Yo quería llegar de día. No quería quedarme a dormir en un sitio tan inhóspito – hizo una pausa para mirar a su alrededor - pero la cosa estaba muy difícil.
- Aun nos quedan unos diez kilómetros y solo una hora de luz – les dije molesto – tendremos que pasar la noche aquí
- ¿En medio de la nada? – dijo Agustín deteniéndose en seco
- Si, en medio de la nada, la culpa es de tu hermano
- Pero que gallinas sois – dijo Rafa riéndose – ¿de que tenéis miedo?, de la oscuridad
- No exactamente – dije con preocupación – anda, montemos el campamento
- A los 15 minutos ya teníamos montado el campamento y estábamos sentado alrededor de una pequeña fogata – hizo una pausa – si, era mas pequeña que esta. Tardamos poco en montarlo porque no llevábamos caseta se campaña, tan solo sacos de dormir, porque se supone que dormiríamos en casa de mis abuelos. Así que solo tuvimos que reunir un poco de leña – hizo otra pausa – bueno, leña, en realidad solo eran unos palenques secos porque en ese descampado por no haber no había ni leña.
- ¿Dormisteis a la intemperie? - preguntó Marta – eso tiene que ser muy incomodo.
- Que va – dijo Jéssika – tiene que estar genial.
Antonio seguía sin decir gran cosa, pero curiosamente empezaba a sentirse mas cómodo, como si se le fuese quitando el miedo. “debe ser porque me he acercado a Marta” pensó y se juntó un poco mas, tanto que casi podía sentir su cuerpo. A Antonio le gustaba Marta desde hace cuatro años y ella lo sabía, pero nunca se comentaron nada al respecto.
- Si, si, genial – dijo Pedro molesto por la interrupción – El caso es que el atardecer, que por cierto fue precioso, dio paso a la noche, y allí estábamos los tres alrededor de una hoguera que encendimos demasiado pronto.
- ¿A que te referías antes cuando dijiste que no era la noche a lo que temías exactamente? – me preguntó Agustín con una mezcla de curiosidad y miedo.
- Joder – interrumpió Rafa – ¿Ya vais a empezar?.
- Pues a algo que me contó mi abuela no hace mucho – proseguí – resulta que las gentes del lugar dicen que por este llano pasan cosas extrañas. Me contó que un pastor que paso la noche en este descampado le dijo que en su vida había pasado tanto miedo. Resulta que mientras el pastor dormía. Algo le sobresaltó, escuchó una algarabía que venía del rebaño. Se levantó corriendo por si era algún perro rabioso y cuando llego solo se encontró con la mitad de las cabras. Algo se había llevado a 7 cabras y no podía ser un perro, ni dos, ni tres. Así que asustado y en plena noche emprendió nuevamente su marcha hacia las montañas con lo que quedaba de su rebaño. Cuando llevaba un rato andado sintió a sus cabras inquietas amontonándose unas contra otras, como si temiesen a algo, se dio la vuelta y pudo ver como algo se acercaba rápidamente – hice una pausa para beber agua y continué – el pastor le contó a mi abuela que era como un animal enorme de color negro que corría muy deprisa. Las cabras se volvieron locas de terror así que el pastor se olvido de ellas y corrió lo mas rápido que pudo hacia las montañas. De tras dejó su rebano. Podía oír los chillidos de sus cabras mientras eran atacadas y el gruñido ronco de aquella bestia. Pronto se hizo el silencio, pero el pastor seguía corriendo y no paró hasta que llegó a las montañas.
- Seguro que era un perro rabioso – dijo Rafa para auto tranquilizarse.
- Por donde pasó eso – me preguntó Agustín al tiempo que echaba mas leña al fuego
- Creo que fue allá delante, a unos diez metros por detrás de aquella casa derruida – les conteste.
- Un momento – interrumpió Jéssika – ¿la historia que le contaste a tus primos era cierta?.
- Si lo es – contestó Antonio que por fin había roto su silencio, seguramente porque se sentía seguro al estar completamente pegado a Marta – recuerdo que tu abuela también me la contó a mi una vez que me quede en su casa contigo.
- Vaya, y ¿Qué pasó? – dijo Marta, que parecía sentirse a gusto al tener a Antonio tan cerca.
- Bueno, después de decirles donde había sido – continuó Pedro – Todos nos pegamos un poco mas al fuego.
- ¿Seguro que es verdad? – me preguntó Rafa visiblemente afectado. Y no era para menos, porque la noche, aunque tenía luna, estaba cubierta por un espeso manto de nubes y el viento silbaba a nuestro alrededor.
- si, lo es – le contesté – incluso las gentes del lugar cuentan que en las noches tranquilas y de poco viento suele oírse el rugido de un extraño animal que nadie ha visto claramente.
- El fuego se está apagando – dijo Agustín sin separar la cara de la llama que se extinguía – y no queda más leña.
- Rafa, te toco ir a por más
- ¿A mi?, y eso porqué
- Pues porque yo no quería pasar la noche aquí y estamos aquí por tu culpa – le dije levantando la voz – así que arranca. No muy convencido y molesto desapareció en la noche. Por aquí no había mucha leña y teniendo en cuenta las leyendas que flotaban por el lugar, esperaba que no se tuviese que alejar mucho.
- Eres un abusón – le interrumpió Antonio entre risas – mira que mandar al pobre chico.
- Si, ya te vale – dijo Jéssika
Pedro les lanzó una mirada desafiante a los tres que pronto les hizo entender que no soportaba que le interrumpiesen las historias con estúpidos comentarios. Así que todos guardaron silencio.
- Rafa estuvo casi un cuarto de hora sin aparecer y ya empezábamos a preocuparnos – prosiguió Pedro ignorando los comentarios de sus amigos – Así que le dije a Agustín que fuéramos a buscarlo.
- No sería mejor que esperáramos aquí – me dijo con voz temblorosa
- Agustín es tu hermano
- Bueno, vale, vamos...
- Cuando aun no nos habíamos puesto de pie del todo apareció Rafa con cuatro palos en la mano.
- ¿Donde estabas? –le preguntó Agustín enfadado - ¿Por qué has tardado tanto?
- ¿Que por que? – gritó Rafa – en este maldito descampado no hay ni un asqueroso trozo de madera. Tuve que alejarme mas de lo que deseaba.
- ¿Y esos palos? – le pregunté extrañado
- Se que vais a decir que estoy loco – dijo Rafa suavizando la voz – pero era lo único que había.
- ¿De donde lo has sacado? – preguntamos Agustín y yo al mismo tiempo temiendo la respuesta.
- Es de una cruz que había no muy lejos de aquí...
- ¡Una Cruz! – interrumpió Agustín – ¡es que te has vuelto loco!
- ¡Era lo único que había! – gritó Rafa – Aun tenemos que calentar la cena. Además está ese perro rabioso suelto y necesitamos el fuego para alejarlo.
- Estaban a punto de liarse a tortas, y aunque a mi no me gustaba la idea de ir quemando cruces, quedarme a oscuras en ese sitio me gustaba mucho menos, así que intervine. Tampoco pasa nada, seguro que el difunto lo comprende, - dije separándolos – además, Rafa tiene razón, necesitamos el fuego.
- Estáis locos – dijo Agustín sentándose – esto lo pagaremos.
- Bueno, bueno, no seamos extremistas – dije intentando calmar el ambiente mientras Rafa tiraba los trozos de cruz a las brasas que pronto se avivaron.
- ¡Que fuerte! – dijo Marta interrumpiendo otra vez a Pedro.
Se hizo el silencio. Pedro miró al suelo. Nunca podría terminar de contar las historia sin ser interrumpido, pero como vio a Marta nerviosa, decidió dejarlo pasar y darse por vencido. Así que después de unos segundos en silencio escuchando las olas rompiendo en la orilla, prosiguió.
- Si, muy fuerte – dijo Pedro con calma – Pero curiosamente ya no paso nada mas. Cenamos tranquilos, y tras hablar de banalidades los ánimos se calmaron. No oímos ningún rugido extraño, ni la cruz nos maldijo por ser quemada, así que después de una conversación mas distendida en la que terminamos incluso con risas, decidimos acostarnos, así que cada uno se metió en su saco y nos dormimos.
- ¿Y ya está? – dijo Jéssika
- Menos mal, empezaba a tener miedo – dijo Marta aliviada al tiempo que se separaba un poco de Antonio. Este pareció decepcionado por el alejamiento, así que miró a Pedro esperando que siguiese.
- Aun no he terminado – suspiró Pedro. Marta se pegó nuevamente a Antonio y este pareció satisfecho – A eso de las tres de la madrugada algo nos sobresaltó a los tres.
- ¿Qué demonios ha sido eso? – Preguntó Rafa mientras intentaba salir torpemente del saco.
- Parece un rugido – dijo Agustín que ya se había levantado. Los tres nos pusimos en pie y miramos a todos lados. No se veía nada, pero ese rugido se volvió a oír nuevamente.
- ¡Mierda! – les dije muerto de miedo – sabía que no debíamos quedarnos aquí. Nosotros no tenemos un rebaño de cabras.
- El perro – dijo Rafa
- Esto nos pasa por quemar la cruz – dijo Agustín mientras se ocultaba detrás de nosotros.
- ¿Veis algo? – pregunté – pero ante la negativa de los dos les propuse subir una pequeña colina desde donde se divisaba mas la llanura. Cuando estábamos en la pequeña cima volvimos a oír ese extraño rugido.
- ¡Mirad Ahí! – Gritó Rafa señalando en frente nuestro a unos doscientos metros – Parece que algo se mueve
- Si, es verdad, lo he visto –dijo Agustín - ¿Viene hacia aquí?
- Eso parece – dije muerto de miedo. En ese momento volvimos a oír el rugido, mas fuerte, y ninguno dudamos que venía de aquella figura que se acercaba a nosotros a gran velocidad.
- ¿Qué hacemos? – dijo Rafa – se nos echará encima. La extraña silueta de aquel animal se detuvo bruscamente a unos veinte metros de nosotros, al lado de una enorme piedra. Olisqueaba el aire y su rugido se transformo en un gruñido ronco. No lo veíamos bien por la oscuridad, pero debía de medir unos dos metros.
- ¿Qué demonios es eso? – dijo Rafa
- Ni idea, pero corría como un Gorila – dije paralizado por el miedo - ¿Por qué se ha detenido?
- No lo sé – dijo Rafa que también era incapaz de moverse. En ese instante Agustín nos tocó en el hombro a los dos. Giramos las cabeza y detrás de nosotros, a unos cincuenta metros había una extraña luz, era como una llama suspendida en el aire a un metro del suelo aproximadamente.
- La cruz – dijo Agustín – estamos perdidos. Un rugido nos hizo girar de nuevo la cabeza y vimos como ese extraño animal huía a toda velocidad. Parecía que huía aterrado
- ¿Que es eso? – preguntó Rafa Temblando – viene hacia nosotros. Ninguno se movió, ni contestó. La luz se fue acercando hasta que se detuvo a escasos metros de nosotros. Parecía una bola de fuego, pero sin embargo desprendía frío, un frío intenso.
Pedro hizo una pausa para captar mejor la atención de sus amigos y se dio cuenta de que estaban siguiendo la historia con un interés increíble. Jéssika tenía la boca abierta y Marta y Antonio ya se habían dado la mano. Así que después de sonreír de forma siniestra continuó.
- Pero no solo desprendía frío – dijo Pedro inclinándose hacia sus amigos – los tres pudimos oír como de la bola de fuego salían pequeños gritos, era como si un montón de gente estuviese atrapada en su interior y estuviese sufriendo a horrores.
- ¿Y que hicisteis? –pregunto Jéssika rompiendo el silencio.
- Pues retroceder – contestó Pedro - estaba muy cerca de nosotros, pero parecía que no quería acercarse del todo, era como si quisiera que camináramos hacia las montañas y así lo hicimos. Nos dimos la vuelta los tres y empezamos a caminar. Un escalofrío nos recorría el cuerpo. Seguíamos escuchando los gritos y la claridad de la bola de fuego nos alumbraba el camino, estábamos aterrados, teníamos los pelos de punta y a los tres se nos veían lagrimas en los ojos de puro terror.
- ¿Les hizo algo? – preguntó Antonio mientras rodeaba con su brazo a Marta.
- Nada. Nos acompaño hasta que divisamos la casa de mis abuelos... y desapareció.
- ¿Desapareció? – dijo Jéssika con un suspiro de alivio
- Así es – prosiguió Pedro – cuando nos vimos libres de la luz corrimos como locos hasta la casa de mis abuelos. Al llegar a el patio que había en la entrada, nos desplomamos. Agustín empezó a llorar como un niño y Rafa y yo simplemente nos sentamos en el suelo. La agonía duró dos horas. Llegamos a casa de mis abuelos a las cinco de la madrugada.
- No puedo creer que nos haya pasado esto – me dijo Rafa mientras se secaba el sudor de su frente – nunca había pasado tanto miedo, ni siquiera me puedo poner en pie, las piernas no me responden.
- Sabía que no debíamos habernos quedado, por eso tenía prisa – le dije sin apenas fuerza en la voz. Agustín seguía llorando en una esquina del patio, parecía el más afectado, y no pudo ver como la puerta se abría.
- ¿Qué hacéis aquí a estas horas? – nos preguntó mi abuela – me han despertado voces y un llanto. ¿Qué les pasa?, les esperaba por la tarde. Anda pasen. – entramos y mientras nos tomábamos un café con leche calentito le contamos lo que nos había pasado. FIN.
Se hizo el silencio y nadie se movió. Solo el viento silbaba con suavidad moviendo el toldo de la caseta de campaña y las olas rompían en la orilla, justo detrás de ellos.
- ¿Que te dijo tu abuela de lo que les había pasado? – preguntó finalmente Antonio que ya no se despegaba de Marta.
- Me dijo que fuimos unos inconscientes al pasar la noche en los llanos de Mafasca. Lo de la criatura ni siquiera ella lo sabía. Era un monstruo que atacaba de noche sobre todo a rebaños, aunque también había atacado a hombres, sería un animal raro, no supo decirme. Solo sabía lo que contaba la leyenda.
- ¿Y La Luz? – preguntó Marta
- Dice que la llaman la luz de Mafasca y que vaga por esos llanos como un alma en pena. Suele ayudar a la gente y jamás ha hecho daño a nadie. Dice que antiguamente unos pastores quemaron una cruz para asar un carnero y a la mañana siguiente estaban todos muertos. Desde ese día cuenta la leyenda que el alma del difunto de la cruz se aparecía en forma de luz o a veces de cabeza de carnero y ayudaba a los pastores desamparados.
- ¿Pero le dijiste que ustedes habían quemados también una cruz? – insistió Marta
- Si, y se quedó sorprendida. Con eso y con el echo de que se oyesen gritos de dentro de la bola de fuego. Dice que seguramente al quemar la cruz algo cambió. Nos dijo que no nos volviésemos a adentrar en los llanos de Mafasca por la noche, porque a lo mejor, si no es por el extraño animal es por la luz de Mafasca, pero puede que la próxima vez no tengamos tanta suerte.
Se volvió a hacer el silencio, pero esta vez no se rompió. Como cada vez que Pedro terminaba una de sus historias, después de un rato en silenció se levantaron y sin decir mas palabras se fueron a acostar a la caseta. Ya nadie diría nada hasta la mañana siguiente. Simplemente se acostarían con la luz de Mafasca y ese extraño animal rondando por sus sueños, si es que alguno conseguía dormir...
Nota: Queridos amigos majoreros, Mafasca y su luz no es lo que nos han hecho creer. Si se encuentra en una acampada y la ven... corran. Nada bueno se esconde tras ella. Quizás tan solo sean emisarios de los infiernos, no se, pero el que la ve siempre se arrepiente. Si la ves, si la miras, quedarás marcado para siempre y ellos te perseguirán sin descanso...
La carta
Esa noche volví a hacerlo. Fui al despacho de mi padre, abrí el cajón de su escritorio y extraje el sobre con la extraña carta que me escribió antes de morir.
“Este mundo que tiende a la decadencia se sumirá en un caos sin retorno. La autodestrucción a la que tiende la humanidad llegará a su máxima expresión. La superficie terrestre se convertirá en una pesadilla, en un infierno ardiente. No quedará a penas ningún ser humano sobre la tierra y los desdichados supervivientes que hayan tenido la fatídica suerte de no perecer en el día del juicio final vagarán con la agonía y la desesperación como únicos acompañantes sobre una tierra desolada, donde los únicos restos de vida que encontrarán a su paso serán plantas calcinadas y animales mutilados que, desconcertados, destrozarán violentamente todo lo que se mueva a su alrededor como una sorda protesta por la confusión en la que han caído.
Estos mártires, en el último atardecer, mirarán la antitierra en la que se encuentran y llorarán lágrimas de sangre. El cielo rojo, que impregna de horror la superficie carbonizada del planeta, se teñirá de negro. Todo soplo de vida que quede en este averno gritará violentamente ante el último presagio. El gran inquisidor arrasará con su manto hirviente los últimos despojos vivientes que agonizarán y morirán a su paso.
El final total está cerca. La tierra se hundirá en si misma. Un estremecedor ruido y un gran y cegador destello anunciarán que ha terminado. Solo quedará un fino polvo que flotará en el universo como recuerdo de nuestra civilización. Un recuerdo que quedará plasmado en un infinito agujero negro en la interminable y fría noche cósmica.”
Como cada noche después de leerla, me quedé unos minutos meditando. No comprendía porque mi padre había escrito semejante cosa, él que era tan escéptico para esos temas, y justo antes de morir... ¿Qué le impulso a hacerlo?, ¿Qué es lo que vio?.
Desde el día que encontré la carta nada había sido lo mismo, estaba permanentemente pensando en ella y las preguntas me inundaban la mente. Estaba fechada el 13 de Marzo, a las 2de la madrugada, es decir, dos horas antes de morir... A esas horas estaba solo porque no había querido que nadie se quedase esa noche con él. Al principio nadie le dio importancia, pero después de encontrar la carta me pregunto si habrá alguna relación, ya que durante las seis semanas que estuvo ingresado, siempre había dormido acompañado.
De su muerte han pasado ya tres meses y la condenada carta hace que ésta se convierta, ya no solo en un echo doloroso, sino en una terrible incertidumbre que me esta matando. Hace dos días mi jefe, que gracias a dios es un gran amigo mío, me dijo que me tomara unos días de vacaciones porque no estaba rindiendo en el trabajo. Y yo dedique mi tiempo libre a intentar averiguar el sentido de esa carta, si es que lo tiene. Nadie de mi familia lo sabía porque no quería que sufriesen, ya lo estaban pasando bastante mal. Mi padre fue, para todos ellos, un pilar básico en sus vidas.
Pero esa noche algo llamó mi atención, algo que durante estos tres meses se me había pasado por alto. Enseguida abrí de nuevo el cajón de su escritorio y extraje otra carta intranscendente de las muchas que escribió en vida. Después de analizarlas las dos, ambas escritas a mano, me di cuenta que su última carta era diferente. Puede que fuera que en ese momento se encontrase fatigado, pero lo cierto es que la letra era sensiblemente distinta, mas imperfecta, y eso viniendo de mi padre el perfeccionista, sobre todo en la escritura, era algo a tener en cuenta. Cogí una lupa que tenía encima de la mesa y me puse a analizarla a fondo. Estuve mucho rato así y mi vista se cansaba y a veces se nublaba. Una de esas veces me pareció ver algo al final de la carta, era como una marca hecha con un sello sin tinta. Cogí un lápiz y suavemente coloreé la extraña marca pudiendo así ver el símbolo que se veía ya claramente. Era una estrella de cinco puntas enmarcada en un circulo. Mi padre no usaba sellos así que en condiciones normales hubiese pensado que era un error del propio papel, pero tal como estaban las cosas cualquier detalle, por insignificante que fuera podía aclarar el origen de esa extraña carta.
Estuve la siguiente hora y media buscando ese símbolo en enciclopedias y libros de brujería y ese tipo de cosas que pude encontrar en la habitación de mi hermana, que era demasiado esotérica. También pensé preguntárselo a ella directamente, pero no quería que sufriese ahora que empezaba a asumir la perdida. Después de varías consultas supe que era la estrella de los judíos, también representaba la puerta por la que se accede al inframundo y por la que el mal penetra en la tierra, y en un libro sobre sectas vi que se trataba de la insignia de una secta satánica que sacrificaba a seres humanos para calmar la ira de los infiernos y que estaba mundialmente perseguida por la justicia. Ninguna respuesta me gustó, no me parecía que tuviese relación con mi padre, aunque la carta tenía la misma atmósfera siniestra.
En ese instante me levanté bruscamente y abrí la ventana del despacho para tomar un poco el aire. La maldita carta me estaba obsesionando. Seguramente alguien la puso es su chaqueta para que la encontrara, o a lo mejor fue mi padre en un ataque de delirios. Lo cierto es que yo no podía seguir así. Por eso tomé una decisión, a partir de ese momento olvidaría el tema, mi padre estaba muerto y eso no cambiaría. Tenía que seguir con mi vida. Cogí la carta, la hice mil pedazos y los lancé por la ventana. En ese instante sentí una inquietud, como si hubiese sido un error, pero después de tres meses centrado en lo mismo pensé que sería normal, así que me fui a dormir.
A la mañana siguiente me desperté sobresaltado, un sonido extraño se oía en mi cuarto, me incorporé y me di cuenta que en mi habitación, aun a oscuras, habían cinco personas con extrañas capuchas. De un salto me puse encima de la cama aterrado. No podía articular palabra, el miedo me tenía paralizado, uno de ellos se acerco pronunciando una especie de oración y me miró. En ese instante se me cayó el mundo encima, era mi hermana. Le dije que se dejara de bromas y me acerque a ella, en ese instante los otros cuatro sacaron de las túnicas unas espadas enormes y me amenazaron, así que me detuve en seco. La escena era muy surrealista y tras ver los filos de las espadas que apuntaban hacia mi le pedí a mi hermana que me dijese que pasaba. De pronto dejó de rezar y sacó un pequeño frasco de su túnica.
-Tienes que tomarte esto – me dijo, tenia la mirada perdida, como si estuviese en trance.
-¿Eso que es? – pregunté nervioso mirando el liquido violáceo del frasco.
- Él se está enfadando –dijo como si no hubiese escuchado mi pregunta- exige otro sacrificio
En ese instante lo vi todo claro, la enfermedad de mi padre, la extraña carta, el símbolo del folio que era el mismo que el de la túnica de mi hermana y lo que había leído de la secta esa. No me lo podía creer. Mi propia hermana mató a nuestro padre. Estaba completamente loca. La miraba con odio. Ella seguía en frente de mi y sonreía. Alzó sus brazos y me ofreció el frasco con el liquido. En ese instante sus cuatro lacayos blandieron las espadas amenazantes y me obligaron a beber ese liquido que sin duda era veneno. Cuando terminé el frasco me miró y se marcharon, antes de salir de la habitación me sonrió.
- Eres un peligro, tu muerte será mas rápida que la de padre-
Dijo esto y desapareció. Yo me senté en la cama intentando asimilar lo que parecía un sueño, pero si no lo era, acababa de tomar veneno y mi vida terminaba. Empecé a sentirme fatigado, me dolía el estómago, no quería que ese fuera mi fin, a manos de mi hermana. Me tumbé en la cama, el dolor se volvía insoportable, en ese instante miré hacia la mesa de noche y pude ver un sobre. Era igual que el de mi padre y tenía escrito a mano mi nombre. En ese momento el dolor me hizo perder el conocimiento.
Cuando desperté me sobresalte, sentado a mi lado y dándome golpecitos en el hombro estaba mi padre, muy sonriente. Me dijo que me levantase, que llevaba casi toda la mañana durmiendo. Yo no entendía nada. ¿Fue todo un sueño?, no me lo podía creer, pero ahí estaba él, sonriente, como siempre. En ese momento entró mi hermana y me dijo también que me levantase. Después de un rato sin reaccionar me levanté. Todo fue un sueño después de todo, sin duda la peor pesadilla de mi vida. Después de asearme fui a la cocina a desayunar y todo era como siempre, muy normal. Pensé en contar mi sueño, pero preferí no hacerlo. Terminé de desayunar y me fui al trabajo. Cuando entré en el coche vi un sobre en el sillón del copiloto. Asustado lo abrí. Era un folio en blanco y en el centro del folio, al lado de una estrellas de cinco puntas había una frase escrita a mano: “¿Crees que fue un sueño?, nada es lo que parece hermano
La casa del purgatotio
Aquella noche del viernes había llegado a las cuatro de la madrugada porque había salido con unos amigos. Cuando entró a la casa de sus abuelos, una casa antiquísima en la que solían pasar todos los fines de semana y que estaba situada en un pequeño pueblo no lejos de la capital, lo hizo muy lentamente para no despertar a nadie, pero después de dar unos pasos sonrió y recordó que esa noche estaba solo porque sus padres y su abuela estaban de viaje. Recorrió el oscuro pasillo que separaba la entrada principal de la cocina y tras encender una vela, ya que la luz eléctrica aun no había llegado al pueblo, se puso a tomarse un vaso de leche fría. Pensaba en lo bien que se lo había pasado con sus amigos en aquella fiesta, y en la chica que había conocido, era preciosa, pensaba.
En ese instante algo lo sacó de sus pensamientos, escuchó un ruido extraño, como si alguien estuviera andando por la casa. Inmediatamente apagó la vela y solo se quedó iluminado por la luz de la luna llena. Poco a poco se adentró en el oscuro pasillo. Quería llegar a su cuarto para poder coger la espada de su abuelo y hacer frente al intruso. El ruido no se oía y pudo llegar hasta su cuarto. Cogió el sable, una linterna y se adentró de nuevo en esa casona que empezaba a parecerle enorme y ciertamente lo era, tenía seis dormitorios, una cocina, un comedor, un cuarto de la tele, dos baños y un despacho en un cuarto alto. Todas las habitaciones se disponían en la periferia de una base cuadrada y unidas por un interminable pasillo. Cuando se adentro en el pasillo tuvo la sensación de ser observado y entonces volvió a oír ese extraño ruido. Empezaba a sentirse incomodo, pero seguía avanzando lentamente.
- ¡Quién anda ahí! – gritó con fuerza e inmediatamente se arrepintió de hacer una pregunta tan estúpida.
Pero a su pregunta solo siguió el silencio. De pronto se detuvo en la parte del pasillo que separaba la zona de los dormitorios del resto de la casa. Desde ahí veía gran parte del resto de las habitaciones, ya que daban todas para una galería llenas de ventanas que daban a su vez a un patio. Estuvo un rato quieto, escrutando la oscuridad, buscando si veía moverse algo mientras apretaba la espada con fuerza. Nada se movía. Pensó que a lo mejor era su imaginación, ya que a esas horas estaba muy cansado, pero como por arte de magia empezaron a brotar en su mente las historias que su abuelo le contaba sobre esa casa. Leyendas de sus antepasados que ya no le parecían tan lejanas en el tiempo. De pronto la linterna parpadeó unas cuantas veces y se apagó.
-Vaya, parece la escena típica de una película de miedo- pensó mientras sacudía la linterna con la esperanza de que se volviera a encender.
Estuvo un rato parado sin escuchar nada mas y poco a poco recuperó la valentía que de por si en él escaseaba. Cuando se sintió mas seguro se dispuso a seguir por el pasillo para revisar, espada en mano, cada una de las habitaciones. Después de un rato y gracias a la luz de la luna terminó de revisar la casa, y como no vio nada extraño se le pasaron los nervios. Se marchaba ya a su habitación para acostarse cuando se dio cuenta que le faltaba el cuarto alto. Se detuvo frente a la vieja escalera de madera que subía al despacho y pensó las muchas veces que de pequeño había temido esas escaleras que se perdían en una oscuridad casi absoluta. Recordaba que su padre siempre le prohibió subir cuando era niño, seguramente no quería que rompiese nada, pero para él la razón siempre fue que ese cuarto estaba prohibido porque por las noches se llenaba de fantasmas. Pero eso eran cosas de críos. Tenía veinte años y había subido a ese cuarto mil veces, de día y de noche. En el había una mesa de madera de tea de su tatarabuelo y estanterías repletas de libros muy viejos, algunos de principios del siglo XX. También tenía dos ventanas, un sofá que puso su madre para darle vida y una vieja mecedora, que se encontraba en una esquina como olvidada, y a su lado una lámpara de pie. Era el rincón de lectura de su padre. De las paredes no colgaban cuadros, sino fotos de sus antepasados. Imponentes caballeros serios de grandes bigotes y trajes oscuros y señoras enlutadas de caras tristes. Siempre le pareció un cuarto sobrio, incluso cuando caminabas por su suelo de madera que crujía con el peso de cada pisada, como quejándose.
Seguía en frente de las escaleras dispuesto a subir pero no se movía. Todos los temores infantiles y las leyendas de su abuelo sobre almas en pena se agolparon de repente en su mente. Quería terminar y acostarse, subir a ese cuarto al que había subido mil veces y ver que no había nada, pero no se movía. Empezaba a dejar de sentir nervios para sentir miedo. El viento empezó a soplar mas fuerte y a golpear contra las ventanas, colándose por las rendijas de las centenarias maderas silbando suavemente. También la luna se ocultó tras un manto de nubes que hizo que la luz se atenuase. El tiempo empezaba a cambiar como solía hacerlo siempre a la madrugada. Seguía mirando esas escaleras esperando reunir algo de valor. En ese instante se dio la vuelta y fue a la cocina a buscar la vela que antes había encendido y con ella regresó a las escalera. La encendió, y como si la luz le diese fuerza, empezó a subir lentamente por la escalera que crujía con cada pisada. Al llegar al primer descansillo se detuvo nervioso, empezó a sentir nuevamente que lo observaban, se sentía aterrado. En ese instante le llegaron ruidos del despacho, pero no sabía que era, no parecían pasos. Estuvo a punto de salir corriendo, pero decidió dominarse y seguir subiendo. Intentaba hacerlo con cuidado para que los peldaños no crujieran, pero parecían que les molestaba que les pisara. De pronto empezó a sentir frío y se detuvo cuando solo había subido dos escalones. El viento seguía soplando con fuerza y la ventanas silbaban con mas intensidad. Aun no veía el despacho, para eso tenía que llegar al segundo descansillo. El frío aumentaba y aun seguía sintiendo esa incomoda mirada que lo observaba desde algún rincón de la casa, pero siguió subiendo. Tenía cada vez mas miedo pero empezaba a sentir una siniestra curiosidad que lo impulsaba escaleras arriba. Una inesperada corriente de aire le apagó la vela deteniéndose en seco, saco un mechero del bolsillo y la encendió nuevamente, pero no había empezado a andar cuando la dichosa corriente le apagó nuevamente la vela. La encendió por tercera vez y se volvió a apagar. Su respiración se aceleró y un sudor frío empezó a asomar por su frente. Siguió subiendo hasta el segundo descansillo. Solo le quedaban unos veinte escalones y ya estaría en el dichoso despacho. Desde ahí se veía un poco el cuarto, en realidad una estantería y unas pocas fotos. Era profundo y empezó a darse cuenta que si quería verlo tendría que subir hasta arriba...
Estaba parado en el segundo descansillo mirando hacia la habitación que cada vez le parecía mas siniestra cuando sintió un suspiro. Se le pusieron los pelos de punta. El suspiro venía de su espalda, como si alguien estuviese detrás de él. Se sintió incapaz de girar la cabeza y siguió subiendo, pero no había dado un paso cuando volvió a sentir ese suspiro mas fuerte, notaba el aliento en la nuca. Empezó a sudar más al mismo tiempo que el frío se volvía insoportable. No sabía que hacer, cada vez que intentaba subir un escalón sentía ese aliento en su nuca, pero le aterraba darse la vuelta. Después de un rato sin moverse decidió darse la vuelta y mirar. Giró rápidamente la cabeza, pero no vio a nadie. El corazón le latía con fuerza y respiraba igual que si hubiese echado una carrera, la escalera estaba oscura, había muy poca luz porque la luna estaba aún tapada por un manto de nubes que parecía cada vez mas espeso. De pronto una claridad muy tenue ilumino la escalera, se giró lentamente y vio que la claridad venía del despacho, como si alguien hubiese encendido una vela al fondo de la habitación. Se quedó quieto, no sabía que era pues de ahí solo se veía la claridad, apretó con fuerza la mano donde llevaba la vieja espada y empezó a subir muy lentamente, como si en el fondo no quisiera llegar arriba.
Cuando terminó de subir los escalones y llegó al umbral del despacho se quedó boquiabierto. Encima de la mesa había una pequeña vela encendida y sentado en la silla del escritorio se entreveía la tenue figura de una muchacha. No se podía creer lo que veían sus ojos. De la impresión soltó la espada y la vela que cayeron al suelo. El ruido hizo que la extraña figura levantase sus trasparentes ojos y le mirase fijamente. Él se quedó petrifica do, sin poder ni si quiera salir corriendo. De pronto la extraña muchacha se levantó y caminó hacia él, pero apenas había dado unos pasos desapareció llevándose consigo la luz de la vela que se apago. Sin poder creerse aun lo que veía miró hacia la ventana y se dio cuenta que empezaba a amanecer...
Presa aun del pánico se fue a su habitación para intentar dormir, pero no dejaba de pensar en aquella extraña muchacha que le ponía los pelos de punta con solo recordarla. Sus padres y su abuela llegaban a las once de la mañana y estaba ansioso por contarles lo que le había sucedido.
Sus padres y su abuela llegaron y tras recoger y ordenar el equipaje prepararon algo de comer. Cuando la comida estaba preparada se sentaron todos alrededor de la mesa que había en el comedor y empezaron a servir la comida.
-¿Que tal el viaje? – pregunto él a sus padres
- Pues sin novedad – contestó el padre – llevamos a tu abuela a revisión y el medico le dijo que estaba echa una chica de veinte años
- ¿Es cierto eso abuela?
- Si hijo si, estoy mejor que nunca
- ¿Y tú Benón?, ¿Qué tal en nuestra ausencia?- pregunto la madre
Ese era el momento que estaba esperando para contarles a sus padres lo que le sucedió esa misma noche. Así que aprovechando el buen humor que había en la mesa empezó a contarlo.
- Pues anoche me pasó algo – dijo mientras los miraba a todos a los ojos
- ¿Algo? – pregunto la madre como si temiese la respuesta
- Si, algo muy extraño
En ese momento todos le miraron intrigados y preocupados, pues Benón no era de las personas que solían decir mentiras, ni hablar mucho de sus cosas, así que aquello debía ser grave o por lo menos interesantes. Empezó a contarlo y a medida que avanzaba la historia las sonrisas de las caras de sus padres se convertía en una mueca para dejar paso al final a una cara seria. Cuando estaba terminando de contar lo de la extraña muchacha la abuela se levantó y se puso a pasear. Terminó y se hizo el silencio.
- ¿Qué sucede? – preguntó Benón nervioso al ver una reacción que no se esperaban
- ¿Estas seguro de lo que vistes?- le pregunto el padre
- Completamente, segurísimo
- ¿No estarías bebido? – le dijo la madre
- ¿bebido?, como iba a beber si tenía que conducir
- ¡Pues tú sabrás! – grito la madre nerviosa
- ¿Qué esta pasando aquí? – pregunto desconcertado – ¿Sabíais algo de esto?
La abuela, que había terminado de pasear de un lado a otro de la cocina y estaba ahora de pie al lado de su hija, les miró a los ojos. Todos parecían comprender esa mirada menos él y se calmaron.
- Lo cierto es que si lo sabíamos – dijo la abuela con voz suave
- ¿Qué?, ¿Lo sabíais y no me habíais dicho nada?
- Déjame que te explique – le interrumpió la abuela con la misma calma en su voz – pero por favor no me interrumpas hasta que te cuente la historia.
- Bueno, vale – dijo resignado.
- Unos años antes de morir tu abuelo, durante la semana que tu te fuiste de viaje de fin de curso, hará unos siete años, a tu abuelo le pasó algo parecido. Estaba él solo quedándose en la casa porque nosotros estábamos de viaje de médicos y le paso algo similar. Él estaba acostado en la cama y lo despertó una claridad, era la figura de una joven y en su mano llevaba una vela encendida. Tu abuelo se quedó perplejo, sin poder articular palabra. Esa extraña muchacha se le acercó y cuando estaba a su lado le indicó que le siguiera, tu abuelo que no era muy miedoso estaba aterrado y la siguió a una distancia prudente. Le llevó hasta el patio y señalo al suelo y luego desapareció. A la mañana siguiente tu abuelo fue hasta el lugar que le había señalado y comenzó a cavar con un pico. Al medio día llegamos y nos lo encontramos cavando, tenía lagrimas en sus ojos y cuando nos vio la cara de sorpresa se agachó en el hoyo y de el extrajo una clavera humana. Sobresaltados nos acercamos y él nos contó la historia de lo que le había pasado esa noche. Entonces tu padre le ayudó a cavar y terminaron por desenterrar un esqueleto humano que yacía junto con unas cadenas oxidadas. Tu abuelo llamo al comisario y este al juez y se hizo las maniobras legales necesarias. Luego llamamos a Don Secundino, el párroco del pueblo, y le hicimos una misa.
- ¿El esqueleto que encontraron era de la joven que vio abuelo? – preguntó Benón intrigado a su abuela mientras sus padres se limitaban a guardar silencio- ¿y se le apareció mas veces?
- Te dije que no me interrumpieses
- Lo siento
- Pues no – prosiguió la abuela – no se le apareció mas, pero a tu abuelo eso le marcó y quiso saber que había pasado. La policía no sabía nada salvo que el esqueleto era bastante antiguo, tenía unos cien años. Así que tu abuelo se puso a investigar por su cuenta buscando en la inmensidad de documentos y cartas antiguas que tenía y aun tenemos. Estuvo varias semanas leyendo cartas y papeles viejos hasta que un día encontró una carta que su tatarabuelo le escribió a un tal Eugenio pero que se conoce que nunca la mando. En la carta decía que su hija pequeña había contraído una extraña enfermedad que la estaba volviendo loca. Luego encontró una carta posterior de ese tal Eugenio que le decía a su tatarabuelo que consultase a la iglesia porque creía que lo que le pasaba a su hija es que estaba poseída. Luego no encontró mas cartas, pero la intriga sobre aquel suceso le hizo seguir buscando. Fue a hablar con el cura, que era amigo suyo y le dejo revisar los documentos que guardaban el la parroquia de aquella época. Encontró, medio destrozado, un escrito que contaba la realización de un exorcismo a la hija del Conde de Almaciga, su tatarabuelo. Tras varios intentos infructuosos, contaba el documento, y tras la imposibilidad de que el demonio abandonara el cuerpo, decidieron realizar un rito de purificación para salvar el alma. Este consistía en darle un somnífero y tras atarlas con cadenas, la enterraron viva en un agujero en un lugar cercano a ella. Así, el demonio regresaría a los infiernos y el alma de la pequeña Fátima, que así se llamaba, iría junto a sus seres queridos en el reino de los cielos. Tras leer eso tu abuelo cambio, se volvió triste y pensativo. Cuando habían pasado unas semanas de eso me contó que lo que le pasaba a aquella joven era que padecía esquizofrenia paranoica, como sabes tu abuelo era un buen psiquiatra y no le fue difícil deducirlo. Desde entonces y hasta el momento de su muerte cinco años después, nunca fue el mismo.
- Vaya historia – dijo Benón– pobre chica... pero, si le hicieron una misa por su alma y no apareció mas, por que lo ha hecho ahora
- Hasta ahí no llegamos – dijo el padre con voz cansada- tu abuelo siempre estuvo seguro de que su alma ya descansaba en paz y que no aparecería mas.
- Eso suponiendo que fuera las misma- repuso la madre
- Por la descripción parece que si- dijo el padre
Hubo un prolongado silencio en el que todos permanecieron pensativos alrededor de aquella mesa en la que habían comido hasta que la abuela rompió el silencio.
- No hay nada que podamos hacer, así que lo mejor es que nos olvidemos del tema. Puede que simplemente su alma descanse en esta casa, o mil cosas mas, pero en el caso de que quisiera algo ya nos lo haría saber.
- Tienes razón abuela, lo mejor es que nos olvidemos de este asunto, abuelo hizo todo lo que tenía que hacer y su alma descansa en paz. Si no nos volveremos locos.
- Si, será lo mejor- dijo el padre al tiempo que se levantaba de la silla- me voy a dormir la siesta
- Pues dicho y hecho- concluyo la madre- todo pertenece al pasado
Lo cierto es que en aquella casa no se volvió a hablar de aquel suceso, ni se volvió a ver ninguna joven, sin embargo, siempre se oyeron extraños ruidos y la gente del pueblo cuenta que cuando la casa estaba deshabitada se oían lamentos, ruidos de cadenas, y en las noches muy oscuras, incluso podía verse la claridad de una vela a través de las ventanas del cuarto alto y la silueta de una joven paseando lentamente de un lado a otro de la habitación, y así sin cesar hasta que amanecía.
Llámalo como quieras
Me pregunto que hago aquí, cuanto tienpo llevo encerrado entre estas cuatro paredes, donde stoy, como he llegado a esta casa perdida en medio de quien sabe donde. Al principio pensé que era una broma, que mis amigos estaban haciendomelo pasar mal. Luego me di cuenta que eso no podía ser, era demasiado absurdo. Escribo estas lineas para mantener la cordura, una cordura que se empeña en abandonarme cada mañana. No puedo salir, todas las puertas y ventanas están selladas... es muy extraño. Debería tener miedo, pero me siento como en un sueño, en una pesadilla, en un temeroso estado de demencia transitoria.
Parace absurdo que este aquí, que lleve seis dias. En esta casa no hay nadie, está vacía. He recorrido todos sus rincones y no he encontrado rastro de vida, sin embargo, siento que no estoy solo, que alguien me observa desde algún oscuro rincón, un tramo de estas paredes que se me ha olvidado palpar. Al principo, los dos primeros dias, lloraba con desesperación, me sentía desdichado, presa de alguna mente perversa que quiere verme enloquecer lentamente. Ahora ya no lloro, no me quedan lágrimas, ya inicie el descenso hacia mis propios temores.
- ¡como te llamas!, ¡que coño quieres de mi!
Da igual lo que diga, da igual que grite, solo obtengo un denso silencio, como si me encontrara bañado por el aliento de una bestia del averno.
Ya no grito, acompaño este silencio sepulcral con mi silencio, involuntario y desespeanzado. ¿Que hago aquí dios mio?. ¿Quién me quiere muerto en vida?. Alguien me odia, no quiere que muera, hay comida suficiente en la despensa y agua, el que me trajo aquí no me odia, no, ama mi estado de enagenación.
No se cuanto mas aguantaré. A lo mejor mañana, cuando despierte en el frio suelo de la entrada, solo seré un espestro de mis anhelos. Quizás y solo quizás, mañana al despertar esté en la cama de mi casa junto a mi amada esposa.
Que sea un sueño señor, un mal sueño. Que pensará Celina. Como explicará mi ausencia, unas ausencia de seis dias. ¿Me habrá dado por muerto?,¿Estará la policia buscandome?... ¿me encontrarán?. Siento que lo que escribo no tiene sentido, que la razón se está marchando de mi mente para no volver jamás.
Me duele el alma y ahora empieza a hacer fio. Un frio que no parece venir de ninguna oarte, o mejor, de todas partes. La casa entera se sumerge en un abismo, o quizás tan solo es la muerte que se muestra próxima. A veces creo oir voces que no se de donde vienen, de mi cabeza, de esta casa, del mas allá... seguramente solo sea mi ansiedad. Seguramente mañana no despierte.
¡No!, mañana no quiero despertar, no quiero estar consumiendome en este pozo hasta que ya haya olvidado el sentido de mi propia existencia. Seguro que entonces me dejarán marchar para que los demás, que me creían muerto, se horroricen con el espectro que regresa en lugar del Raimon que desapareció hace muchos días. No, yo quiero morir, o vivir, pero no vivir muerto, como un zombie que vaga por cementerios abandonados sin mas esperanzas que la descomposición, la agresión de la carne que cuelga de sus lacerados miembros...
La noche ha caído. La oscuridoad cubre todos los rincones de esta cércel. De éste, ahora mi hogar, agujero infernal. Vuelvo a escuchar voces, risas crueles, chirriar de puertas... Un momento.
Alguien viene, si, son pasos. Escucho crujir las maderas del pasillo del segundo piso. Se aproxima arrastrandose por el polvoriento corredor. Viene hacia el hueco de la escalera y yo sigo echado en el rellano, preonto veré que es lo que hay tras esos pasos, ¿donde se ha escondido para no verlo?. Espera, puedo sentir una respiración, un sordo vaivén cansado, pero aun no veo nada. Ya ha cesado, vuelve el silencio.
¿Fue mi imaginación?. ¿Serán estos sus metodos para hacerme perder el juicio?. O en realidad ahí hay algo... Seguramente espera que me duerma para abalanzarse sobre mi y devorarme vivo. Si, seguro que es eso. Una muerte mas atroz que la locura. Que clase de bestia ha ascendido de Gehena para marcarme con la llama del caído... No, no me dormiré, jamás, nunca. Me quedaré despierto hasta que me rescaten, si no, si me duermo, moriré, y yo no quiero morir. Celina, espera, algun dia volveré. Mi destino no puede ser acabar en el estómago de un ser antropófago. Mi destino es la vida, es...
La locura.
comienzo
el principio de la inactividad es la ausencia de movimiento
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