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PITAS.COM
Demasiado Violeta
Templo del viento
Gritos en el pasillo
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Reflexión
Hace tiempo que no entraba en esta página, la tenía olvidada, pero digamos que he pasado momentos de trabajo y de intensidad académica, por decirlo así. Lo cierto es que últimamente me he volcado más en la poesía que en el relato breve, aunque este verano he escrito uno que tengo colgado en este blog. No se, uno no es capaz de predecir ni regir los destinos y caprichos de la mente... a mi, al menos, me resulta imposible. Escribo cuando a mi mente le apetece, y eligo poesía o relato cuando a mi mente creativa le da por ahí. En fin, así son los caminos abruptos de la creación literaria. A veces pienso, incluso, en dejarlo, pero ya no sabría vivir sin esto, digamos que se ha convertido en una parte de mi, indisociable del resto... creo que nos pasa a todos los que nos metemos en estos lares de dificultad y satisfacción que es la litaratura creativa. No quiero extenderme, así que ya me despido. Seguramente una tarde de estas cualgue mis últimas poesías...
| Ciudades del mañana
LLegara el dia en que la tierra sea una cloaca en la que la gente deseara morir, donde la virtud sera un recuerdo y la esperanza ni siquiera eso. Ese dia marcara el principio del fin que ahora nos estamos trabajando
Glorias perdidas en los años
que se van,
calles en una aparente calma,
ciudades del recuerdo
donde las aceras evidencian
derrotas.
Miseria y nobleza
se hermanan en la desgracia
de un destino
que es el mismo.
No hay pasado, ni esplendor,
ni mentes sublimes que ordenen el caos,
solo basura, solo escombros,
montones que se agolpan en las esquinas,
a su sombra.
El mañana ha llegado
y con ello
la realidad de urbes decadentes
donde la gente enloquece,
donde olvidan soñar,
donde aprenden a desear
la muerte.
| Destruccion
Llegará el dia en el que el ser humano se de cuenta, tarde, de que aquel hermoso planeta en el que vivia, aquel paraiso verde y humedo, ya no existe. Destruimos nuestro hogar y seremos los unicos perjudicados
Su respiración fue mi realidad y
su mundo, que fue el mío... ya no existe.
Ahora el caos nos vigila, nos asfixia, nos guía.
La tierra ha muerto
la hemos matado lenta y cruelmente.
Ahora todo es incierto,
dolorosamente absurdo,
eco me miles de muertes.
Estamos flotando en la nada
Intentando colonizar un espacio
que no nos pertenece.
Tras las estrellas se escucha
una música de danza
y nuestra especie baila sola.
| Dolor opaco
Hay veces que andamos confusos, que vamos muriendo a cada paso, que la vida nos parece un absurdo, un sinfín de sueños que nos desecan el alma, que nos hacen pensar sobre mil cosas. Se nos van los segundos, los minutos, las horas... y nada tiene sentido, nada es hermoso. Afortunadamente esos segundos, minutos y horas, acaban pasando y volvemos a sonreír, volvemos a amar el aire que respiramos, por suerte nada permanece, ni lo malo, ni lo bueno.
Paisajes áridos, fríos, inertes,
suspiros de una dama
que muere y pierde su tiempo,
sentimientos confusos
que bloquean mi mente.
Dolor de manos frías
y lágrimas que siempre se vierten.
Eso es la muerte, eso el la vida,
aquella hermosa mujer
que besa mi suerte.
Nadie me escucha, nadie me ve
caer. Incondicional destino,
implacable declive de sueños,
un beso que ahora es un recuerdo,
un suspiro, leve brisa deseada.
| Lágrimas y asfalto
Hoy es un día triste, hoy la carretera se ha cobrado una joven vida. No se por que, o quizás si, el caso es que quiero rendir un humilde tributo a una, para mi desconocida, chica que pasa, desde hoy, a engrosar las listas de personas muertas en la carretera. Que dios o quien sea te tenga en su gloria
Las lágrimas hoy nos marcan las mejillas
evidenciando su ausencia,
su inminente descanso, forzado y doloroso,
su figura desgarrada en el asfalto,
su nombre en nuestros labios
temblorosos.
Su rostro se vuelve, de pronto, borroso.
Se esfuma su aroma, que se mezcla
con el olor de neumáticos que arden junto a ella.
El caos se apodera de la escena,
llantos y gritos se cruzan en la noche.
Ya es tarde, ya es tarde.
Alguien se acerca, posa los dedos en su cuello
y gira la cabeza con un lento vaivén.
Junta los labios y cierra sus párpados,
abiertos testigos mudos de su último aliento.
Los suspiros ahogados en débiles llantos
van surgiendo ordenadamente.
La noche se vuelve angustiosa
y nuestros callados pensamientos
buscan respuestas que se esfuman.
Hoy no dormiremos ni un segundo,
mientras ella lo hará para siempre.
Mañana amanecerá gris,
mañana amanecerá triste,
| Decadencia
A veces las historias se cuentan solas, a veces se pierden en el olvido, y otras veces, las menos, alguien las escribe en un papel para que quede constancia de ellas. Esta es una de esas historias que ya no se las llevará el viento porque la he plasmado aqui para hacer justicia a sus protagonistas, para permitirles existir mas allá de mis pensamientos
1
La mañana amaneció más oscura de lo normal, los gases de los coches y de las fábricas de la ciudad condensaban el ambiente, hacían que el aire fuese casi irrespirable. Como cada mañana y casi de forma automática, se levantaba de la cama a eso de las ocho, iba hasta la ventana y abría la persiana para echar un vistazo a la ciudad. Desde el décimo piso de su pequeño apartamento de soltero, se tenía una buena panorámica de la ciudad, y sobre todo de la avenida principal que la cruzaba de lado a lado, desde la circunvalación hasta el puerto.
Todas las mañanas estaba unos minutos con la frente apoyada en el cristal, mirando por la ventana y limpiando con la mano el vaho que se condensaba y le impedía ver con claridad. Miraba esa oscura cuidad, ese cúmulo ordenado de calles dispuestas en damero que parecían las rejas de una cárcel, de su cárcel. Miraba a esa inmensa urbe buscando su sitio, el porqué de vivir ennegreciéndose entre sus humos pestilentes. Nada le parecía tener sentido. Tenía un buen trabajo, ganaba el sueldo suficiente para habitar en su humilde apartamento con ciertos lujos, pero a parte de eso, no había ningún motivo, vivía como un autómata sin ilusiones ni proyectos. No tenía a nadie en el mundo, sus padres estaban muertos y no tenía hermanos. Para él, su trabajo era mas una tortura que una bendición.
Pasadas las nueve salía hacia su trabajo. Caminaba avenida arriba por aceras amplias y rebosantes de personas en su misma situación, o al menos eso pensaba él. Tropezaba con casi las mismas personas todos los días. Sus mismos rostros distraídos, vacíos, fútiles. Caminaba unas dos manzanas hasta la esquina donde se encontraba el “Art Café”. Aquí se detenía y entraba a desayunar. Le gustaba el ambiente sobrio y lúgubre del lugar, las luces rancias de las lámparas que estaban sobre las mesas, las camareras con esas expresiones de falsa felicidad, pero deprimidas por que con su suelo no pueden alimentar a sus pequeños. Rostros cansados, pero no obstante, hermosos. Aquí se tomaba un café y un sándwich mixto mientras escribía frases incoherentes en el block de notas que siempre lo acompañaba. Estaba casi una hora, hasta las diez, y luego salía del café y giraba por la esquina, dejando atrás la gran avenida e internándose en la Calle Real, donde se encontraba su redacción. Esta calle, que se estaba próxima a los suburbios del oeste, tenía un aspecto abandonado, sucio, lleno de papeles y basuras desperdigadas. Entraba en la zona de la ciudad que se ocultaba tras las reformas del centro, pobre y llena de miseria.
A eso de las 10.15 llegaba a la redacción, y tras saludar cortésmente, pero sin entusiasmo a sus compañeros, se sentaba delante de su ordenador e indagaba en oscuros y absurdos artículos que se publicarían al día siguiente en el periódico, La Aurora, y que esa población, carente de cerebros críticos, tanto alababan.
Escribiendo artículos estaba hasta las tres, que es cuando terminaba su trabajo. Entonces salía, como casi todos los días, rumbo hacia su piso de soltero donde comería algo que compraría en el supermercado de los bajos del mismo. Esta era su rutina, una rutina que para él era mas que una tortura, era su condena, de la que no podía huir nunca, porque... ¿A donde iba a ir?, su infancia feliz junto a sus padres era solo un vago recuerdo y su vida se había desarrollado desde entonces entre las calles de esta pestilente megalópolis.
Pero aquella tarde, cuando se disponía a entrar en el supermercado casi por inercia y debido posiblemente a eso, chocó con una persona que salía en ese momento. El choque fue lo suficientemente violento para que ambos se quedaran sentados en el suelo. Como despertando de un largo sueño, se levantó y se apresuro a recoger las cosa que se le habían caído de las bolsas de la compra a esa persona. Cuando alzo la mirada buscando la de su víctima para disculparse, se encontró con un rostro hermoso, el más hermosos que él jamás había visto, un rostro de ojos negros y grandes enmarcados por una sonrisa que empezaba a dibujarse, dulce y sincera a la vez.
- Esto... eh.. discúlpeme – dijo tartamudeando – no le había visto, es que ... iba absorto en mis pensamientos y no la vi.
- No se preocupe – dijo ella con una voz que a él le pareció de lo más hermosa – Yo también iba algo despistada... no se preocupe de verdad.
Ambos cruzaron una vez mas sus miradas intrigados el uno por el otro y después de unos segundos, cada uno siguió su camino.
El resto del día se lo pasó pensando en aquella chica mientras hacia sus mismas rutinarias tareas, pero esta vez, había como algo distinto en sus gestos automáticos, una brizna de espontaneidad que quizás reflejaba que algo estaba cambiando.
2
A la mañana siguiente, cuando abrió sus ojos, quiso creer que algo sería distinto, que aquel encuentro con esa chica significaría algo, que seria el principio de un día mejor que el precedente, pero al incorporase suavemente en la cama se fue desvaneciendo esa hermosa duda. Todo empezaba como siempre, quizás, hasta en el mismo movimiento de incorporarse en su cama pretendía que hubiese algún cambio, pero no fue así. Fue lentamente hacia la ventana, como si a cada paso temiese encontrarse con lo más evidente de su vida, la realidad, y así fue. Al abrir la persiana comprobó que los edificios manchados por el hollín seguían alzándose como figuras recordatorio de su calvario, como entes que vigilan que no escape. La atmósfera seguía gris y el sol apenas se vislumbraba a través de la espesa capa de polución. Apoyó la frente en el cristal y cerró los ojos con fuerzas como el que intenta conseguir que lo que está viendo desaparezca al abrirlos, pero no fue así.
Mas decepcionado que de costumbre por haber albergado esperanzas se vistió, como si fuera el día de su ejecución, y salió de su casa, avenida arriba, rumbo al “Art Café”con la cabeza gacha, escondida entre sus hombros. Al llegar se sentó en la misma mesa de siempre, vio a las mismas tristes camareras de siempre y desayuno el café y el sándwich de todos los días. Luego pagó y giró por la esquina adentrándose en el limite de los suburbios, rumbo a su redacción, su otra cárcel. Antes de entrar al portal de la redacción, miró hacia un lado de la escalinata de acceso y vio, junto a unos cubos de basura, un niño jugando feliz con unas latas viejas. Se quedó un rato de pie, inmóvil, observando a aquella criatura de unos seis años, mirando la sonrisa pura de su rostro, la inocencia del que no es capaz de comprender que está pasando, y se sintió confuso.¿Por qué sonríe?, -pensó... pero fue una pregunta que no salió de su mente.
El día transcurrió como los demás, escribiendo artículos de absurda prensa amarilla, que lo habían hecho famoso, hasta la hora de volver a su nido. Así llamaba a su casa, bueno y a todas las viviendas de esos edificios que parecían enjambres malsanos, casas máquinas, funcionales pero tristes. Fue andando hasta el supermercado para volver a comprar su almuerzo, pero esta vez con la esperanza de volver a tropezarse con esa chica tan hermosa que le había hecho albergar esperanzas... No sucedió, no volvió a encontrársela, y más derrotado que de costumbre, cogió el ascensor de su bloque de apartamentos y le dio al nº10.
Antes de que la puerta se cerrase una mano se interpuso para evitarlo. Él suspiró de fastidio, pues odiaba los incómodos silencios de los ascensores cuando hay otra persona. Las puertas se abrieron y entro alguien. Él no se fijó, pues tenía su triste mirada clavada en el suelo, como el que está buscando algo.
- ¿A que piso va usted? – dijo la voz de la intrusa que no obstante de pronto le resulto familiar. Levantó la vista y sin poder creérselo, o mejor dicho, sin atreverse a creérselo, vio al motivo de sus esperanzas. Aquella hermosa joven le miraba ahora fijamente. Era ella, no tenía duda, la misma con la que tropezó ayer en el supermercado.
- ¿A que piso va? – volvió a decir la joven divertida – ¿se encuentra usted bien?
- Ah, si, perdone, si, eh... al piso nº 10 – dijo intentando recuperar la compostura siendo consiente de que la había perdido.
- Ah, yo también voy al nº10 – dijo ella y añadió curiosa – Me suena su cara...¿De qué le conozco?
- Si, creo que tuvimos un choque ayer en la puerta del súper – dijo ya algo más tranquilo.
- ¡Ah si! Es verdad – dijo ella entre risas – fue un buen golpe... ¿Vive usted aquí?
- Si en el numero 10 d, ¿y usted? – preguntó encadenando así una serie de preguntas de cortesía.
- Yo en el 10 a, en el ala opuesta al de usted, pero no vivo aquí, solo he venido a ver a mi hermano que esta estudiando en la capital.
- Vaya – dijo algo decepcionado – y de donde es? Si puedo preguntarlo
- Soy de la sierra, vivo en un pueblito en la montaña, con mis abuelos... En ese instante sonó el ruido del ascensor que indicaba que habían llegado.
- Bueno, hemos llegado – dijo ella
- Si, eso parece – dijo mientras pensaba que deberían haber vivido en al piso 20.
Cada uno tenía que ir para un lado distinto así que se despidieron. Cuando estaba ya caminando sintió la voz de la chica que le llamaba. Entonces se giró.
- ¿Cómo te llamas? – Dijo ella en voz alta
- Oliver, me llamo Oliver.
- Yo soy Sara... - dijo suavemente - Encantada de conocerte.
- Lo mismo digo.
Se quedó un rato mirándola hasta que dobló la esquina del pasillo y la perdió de vista. Estuvo un rato quieto en mitad del pasillo, quizás esperando a que diese la vuelta y apareciera de nuevo. <>. Se dio la vuelta y se fue hacia su apartamento.
El resto del día lo pasó sentado en el sofá, delante del televisor, pensando en ella, en sus ojos, en lo hermosa que era. Estaba absorto en sus pensamientos y por un momento su vida era distinta a lo habitual, y eso le gustaba. Intentó imaginar su pueblecito, salpicado de casas de piedra a lo largo de un valle verde y de gente risueña, con la atmósfera limpia, el sol radiante. Se llegó a imaginar incluso a él y Sara paseando por los prados. Una imagen muy bucólica. Pero luego volvió a sumirse en el pesimismo, le encantaba ese mundo imaginario, pero odiaba hacerse ilusiones. El ver su apartamento, su soledad, el asomarse por la ventana y ver que ya estaba oscureciendo y se encendían las luces de miles de hogares, hogares en casas como madriguera, pero hogares al fin y al cabo. Todo eso le hizo tomar, quizás, mas conciencia de su situación y se volvió a sumir en su depresivo estado habitual, convencido de que esta cuidad, inmersa ahora en la noche y salpicada por las luces de miles de casas y coches, sería en lugar en el que envejecería, y la soledad su único acompañante.
De pronto el sonido del timbre le sacó de sus pensamientos. <<¿Quién estaba tocando? – pensó>>. A su casa no solía ir mucha gente. Se levantó a abrir la puerta. Lo que vio le sorprendió y lo confuso al mismo tiempo. Era Sara. Ahí estaba, parada en el umbral de su casa, mirándole sonriente. Él inmóvil.
- ¿Puedo pasar? – Preguntó
- Ah si claro, claro – dijo él balbuceante – pasa, pasa.
- Te preguntarás que hace en tu casa la chica que se tropezó contigo en el súper, ¿no?
- Pues, pues si – dijo aun en estado de semi-shock – ¿Qué se te ofrece?
- Venia a pedirte un favor de parte de mi hermano. Me ha dicho que eres escritor de una revista y quería saber si le prestarías uno de tus artículos para incluirlos un uno de sus trabajos, cualquiera que sea, no le importa.
- Ah claro, claro – dijo visiblemente halagado – y ¿Qué estudia tu hermano?, pasa y siéntate, ahora mismo te lo doy.
- Él esta en la universidad estudiando Literatura.
- Vaya, que interesante, espera, que voy a buscar alguno.
Fue a buscar uno de sus mejores artículos, aunque a él todos le parecían una basura, pero había algunos que, al menos técnicamente, le gustaban. Regresó con el articulo y se lo dio al tiempo que le ofreció algo de beber. Ella pidió un whisky con soda y él se sirvió una ginebra. Ambos se sentaron en el sofá de tres cuerpos que había bajo la ventana del salón que se encontraba semiabierta. Estuvieron un rato en silencio y luego fue él quien empezó a hablar.
- ¿Por qué no ha venido tu hermano?, se la habría dado igual – dijo esto y al instante se arrepintió. No quería que pensara que no le agradaba su presencia. Pero ella sonrió y dijo:
- No, es que es muy tímido y le daba vergüenza. Es que es de pueblo, como yo, aunque yo no soy tan tímida como él, claro.
- Ah bueno, no importa. ¿De que parte de la sierra eres?
- De un pueblito a unos 120km de la capital. Mas o menos en las medianías de la cordillera central de la sierra. No es muy grande, ahí vivimos con mis abuelos desde niños, el pueblo se llama San Fernando de Arriales.
- ¿Y vuestros padres? – dijo él
- Ellos murieron en un accidente de coche cuando éramos niños.
- Vaya. Lo siento mucho – dijo cortado – yo no ...
- No importa – le tranquilizó ella – no lo sabías.
Se hizo un breve silencio en el que ambos se miraron sin decirse nada, tan solo se observaban en silencio sin esperar que el otro comenzara a hablar, como si Oliver estuviese recreándose en su belleza y como si ella estuviese intentado averiguar algo del extraño escritor al que el destino y un trabajo de literatura de su hermano le habían llevado. Al rato, Sara, con un tono divertido en su voz que empezaba a ser habitual, rompió el silencio.
- ¿Que edad tienes?, Pareces joven.
- No te creas, tengo 30 años
- Eso es ser joven
- Si tú lo dices - dijo incrédulo-. ¿Que edad tienes tú?
- Yo 26 años.
- Bonita edad, si señor.
Después de otro breve silencio, ella le miró atentamente, como si no quisiera marcharse pero sabiendo que tenía que regresar con su hermano, llevarle el artículo, así que se levantó para irse.
- Bueno, creo que mejor me marcho, mi hermano debe estar ya desesperado por el artículo - Dijo Sara al tiempo que se incorporaba.
Él la miró levantarse y, tras asentir ante sus palabras, la acompaño hasta la puerta. Pensaba que estaba a punto de despertarse de uno de esos sueños de los que uno no desea despertarse nunca. << Tengo que pedirle que quedemos un día -pensó-, que puedo perder, si no, no la veré jamás, venga Oliver, díselo sin miedo, no tienes nada que perder y mucho que ganar, ánimo, se valiente>>
- Bueno me voy -dijo Sara - gracias por todo
- Ha sido un placer... oye Sara. -dijo con un tono más rápido del habitual, como si esas palabras hubiesen brotado sin su consentimiento.
- ¿Si?... -contestó ella como si las estuviese esperando.
- Que... esto...
- ¿Si?... - Volvió a insistir como para forzarlo a decir lo que ella parecía esperar.
A Oliver le sudaban las manos. Ahí, quieto, era incapaz de pronunciar las palabras que tanto quería decir y que a cualquiera no lo supondrían el menor esfuerzo. Ella le miraba ansiosa, sin terminar de entender por que se demoraba.
- Bueno... nada,-dijo con unas palabras que parecían desprovistas de sentido- que le digas a tu hermano que si necesita otro articulo, que aquí me tiene.
La falta de valor le había vencido, estaba uno frente al otro pensando mutuamente por qué. Apenas se conocían, pero en ambos ardía el deseo de conocerse, de indagar en el mundo del otro. Quizás, el echo de que no se conociesen mucho fue lo que impulso que nadie remediase la torpe frase de Oliver, que ninguno dijese lo que ambos quería, quizás fue ese desconocimiento mutuo lo que produjo que la conversación terminase con las palabras de Oliver. Luego, tan solo una sonrisa de Sara, una mirada de él y cada uno se fue para su piso. Por un momento, incluso, los dos pensaron que sería mejor así, un pensamiento que dieron por valido, pero que no era lo que en el fondo ellos, tan desconocidos, ansiaban.
3.
Al cerrar la puerta y entrar al salón, vio su piso como siempre. Se sintió sumido nuevamente en su desagradable vida, donde el aire era rancio y el color de las cosas demasiado pálido. Giró la cabeza y miró a la puerta. <>
El resto del día, que ya había muerto, lo pasó apoyado en el alfeizar de la ventana del salón mirando a las hileras de personas anónimas que, como hormigas, iban y venían por las aceras sumergidas en una costumbre que era su propio castigo... Los edificios, alumbrados como si fueran enjambres, se recortaban contra el cielo anaranjado de la ciudad, donde la noche era el paso de la luz del día al naranja de las farolas de las calles y avenidas. Hacia la derecha y casi en absoluta oscuridad, podía ver los barrios marginales, donde miles de personas agonizaban por un trabajo que, en demasiadas ocasiones, les menguaba las ilusiones hasta arrancárselas de sus corazones cansados y cada vez mas calcinados por la realidad de un mundo en donde ellos jamás encontraran su lugar.
Las horas iban pasando y Oliver seguía apoyado en la ventana con la mirada distraída en el caos de cristal y acero que era su ciudad. Pensaba por momentos en Sara, en su vida allá, en las montañas, en su sentido del humor, forjado con el paso de las nubes por un cielo límpido. Sintió envidia por su vida, por su felicidad, y sintió rabia por no haberla invitado a tomar un café, por no haber prolongado todo lo posible esos agradables minutos que pasaba a su lado. No sabía como, no sabía porqué, pero empezaba a sentirse atraído por aquella muchacha tan diferente a los demás, tan afortunada. Por un momento casi sale al pasillo, recorre los metros que le separaban de la casa del hermano de Sara y le invita a ese ansiado café, pero no lo hizo. Ya era tarde para él, o eso creían unos sentidos demasiado acostumbrados a abandonarse a la rutina, a la desesperanza.
Decidió que ya no había nada que hacer, que se tenía que conformar con lo que tenía. Pensó esto porque resultaría demasiado embarazoso para él remediarlo tan tarde, porque ya carecía del poco valor que le quedaba, y porque parecía absurdo que estuviera sintiendo algo por Sara, a quien casi no conocía. Así que después de cenar algo se fue a la cama con el mismo gesto aburrido de siempre, esperando que el día siguiente fuese distinto, o incluso ni siquiera esperando eso, sino dispuesto a hacer lo mismo de todos los días, sin emoción, como un autómata, como uno mas en esas hileras de hormigas que vio por la ventana. Tumbado en el catre pensó si no se estaba obsesionando con la idea de salir de ese submundo, si Sara no sería la llave para escapar, si en realidad su belleza estaba en función de las posibilidades que le ofrecían de huir de esa ciudad que tanto detestaba. Ese pensamiento hizo que se sintiese peor, ahora se había convertido en un desesperado y eso no le gustó nada. Luego se puso las manos detrás de la cabeza y suspiro largamente.
<< No creo que sea por eso - comenzó a divagar - realmente es una chica preciosa, si, es preciosa, así que seguramente no es un instrumento para escapar, realmente me gusta, ¿no?, si eso es, lo que pasa es que tengo tantas ganas de salir de aquí que el echo de pensar que es una persona de fuera me ha confundido, aunque me gustaría marcharme con ella, pero eso es absurdo, si apenas la conozco, no tiene sentido, aunque me gustaría, si, me gustaría mucho. ¿Cómo será su pueblo, como la gente hará el día a día?, deja de pensar en eso Oliver, lo más probable es que dentro de un par de días ella se marche y no la veas mas, si, seguramente, aunque podría invitarla a salir, total, no pierdo nada... no sé, ¿y si piensa que soy un descarado o algo así?, que lío...>>
Pensando en esto poco a poco se fue quedando dormido hasta que sus pensamientos se confundieron con el sueño, un sueño que, a pesar de todo, fue apacible, un sueño que lo trasportó a ese mundo que tanto anhelaba y al que solo se aproximaba en la noche, cuando sus cansados sentidos se adormecían, se relajaban, cuando todo, para él, se tornaba maravilloso.
4
A la mañana siguiente se despertó con una vitalidad inusual, no se incorporó lentamente, como si le pesara el cuerpo, sino que casi de un salto quedó en pie, corrió a la ventana, la abrió y tras respirar hondo un aire contaminado pero pare él, hoy fresco, miró el cielo que por una vez no era gris. El sol, aunque vedado en parte, lucía un esplendor que para él era lo máximo. <>. Estaba pletórico, rebosante de optimismo. Hacía años que no se sentía tan bien y es que, durante la noche y entre sueños, tomo una decisión. Hoy iría a buscar a Sara y, no solo le invitaría a salir, sino que le pediría que si la podía acompañar al pueblo cuando ella se fuera. Se lo pediría con la excusa de que va a escribir un reportaje y así no levantaría sospechas, así saldría de esa asquerosa ciudad por primera vez y luego, quien sabe, estaría a merced de las circunstancias, algo que solo de pensarlo le arrancaba una sonrisa de emoción, y Sara, pues lo que había entre ellos también sería un enigma, también se iría viendo sobre la marcha.
Con estos pensamientos en su mente se fue a desayunar. Recorrió la misma avenida de siempre y vio casi las mismas caras de todos los días, pero esta vez la miraba con cierta superioridad, con la superioridad del que está a punto de cambiar, del que esta a punto de darle un vuelco su vida para mejor, un revés de fortuna. Entró como todos los días en el “Art Café” pero esta vez desayunó un capuchino y un croissant mientras miraba a las camareras de siempre, tan absortas en sus problemas, tan castigadas por la vida, y aun así, tan hermosas. Le hubiese gustado poder ayudarlas, pero no era posible, sus destinos estaban sentenciados, en cambio, el suyo parecía que estaba cambiando. Por un momento sintió lástima, pero era ya una lástima distante, despreocupada, cada vez más ajena, una lastima que pronto se olvidaría. Con una sonrisa compasiva en sus labios se despidió del café rumbo a la redacción. El callejón donde se encontraba “La Aurora” le pareció más grotesco de lo normal, más decadente. Los niños jugaban entre borrachos que, semi inconscientes, apenas se inmutabas con su presencia. Pensó que su redacción tenía que cambiarse de sitio y pensó en que esos pobres niños no tenían ya esperanzas, pero esta vez solo sintió pena, una pena distante, la misma que con las camareras del “Art Café”. Un sentimiento que rozaba la indiferencia de aquel que pronto se olvidará de esos rostros inocentes que ahora corren entre jeringas infectadas. Silbando y dando pequeños saltitos entró en la redacción y fue a hablar con el jefe para pedirle las vacaciones que tanto se había ganado. El jefe, que era un hombre obeso y sumido siempre en una atmósfera sofocante que paliaba sudando como si quisiese adelgazar mediante ese liquido amarillento, no puso objeciones, y mas cuando Oliver se ofreció a traerle un buen artículo a su regreso.
Contento por como le iba el día marchó para su casa, pero esta vez no entraría en el supermercado de todos los días a comprar una comida que seguro que más de la mitad de sus ingredientes eran cancerígenos, sino que iría al piso 10 A de su edificio e invitaría a Sara a almorzar. Lo tenía decidido, no estaba dispuesto a perder una oportunidad así. Al llegar al pie de su bloque de apartamentos miró hacía el piso diez y suspiró. Por un momento tuvo un impulso de no subir, de seguir con su vida. Tuvo miedo de cambiar, de lo que le esperaría, incluso temió que ella le rechazará, algo que no había tenido en cuenta hasta ese momento, pero arriesgándose a lo que fuera, despegó sus pies de la acera, que parecían reacios a seguir a delante, y penetro en el edificio hacia el ascensor. Cuando se abrieron las puertas en el piso 10 dio un paso y volvió a respirar profundamente como para recuperar el valor que había perdido en cada piso que el ascensor se aproximaba a esa planta. Camino hacia la puerta de Sara con un paso tímido que a él le parecía de lo mas marcial y mientras se acercaba a la puerta, por su frente empezaban a resbalar gotas de sudor, gotas de nerviosismo, pero no se detuvo aunque lo pensara a cada paso. El pasillo se le hizo eterno, parecía una galería infinita, pero por fin llegó. Ahora estaba parado frente a la puerta de Sara. Pensó que tras esa puerta estaba una ilusión que lo emocionaba, pensó incluso que amaba a esa chica, pero seguro que quizás amaba mas lo que implicaba ella para su monotonía, para su futuro. Estuvo parado un rato si atreverse a tocar el timbre. Por su mente desfilaban una cantidad de pensamientos contradictorios que lo nublaban. Se vio a si mismo huyendo hacia su piso, encerrándose entre su apartamento para envejecer como un cobarde, para marchitarse entre paredes estrechas y grises, para ir muriendo poco a poco con cada amanecer. Empezó a temblar ante esa visión y apretó el timbre. El sonido de la campana le hizo regresar a este mundo y le volvieron la valentía y la ilusión. No hubo respuesta , así que toco de nuevo. Sintió como unos pasos se acercaban a la puerta y quitaban el cerrojo. La puerta se abrió y apareció un chico joven y desaliñado de ojos grandes y rostro anguloso. Parecía un joven curtido en el campo, mas que en libros de literatura, “su hermano, sin duda - pensó”. El chico le miraba con una mirada somnolienta, pero sonrió en cuanto le reconoció.
- Hola Oliver - dijo mientras se restregaba uno de los ojos que no se había despertado aun.
- Hola, veo que conoces mi nombre - dijo con un tono que daba a entender que era una frase postiza.
- Claro que lo conozco - contesto él - ah!, y gracias por el artículo.
- De nada hombre - dijo distraído mientras su mirada buscaba a Sara dentro del apartamento - cuado quieras ya sabes donde vivo.
- ¿Buscas a mi hermana? - dijo con un tono que presagiaba malas noticias.
- Eh... si, es que quería invitarla a almorzar.
- Lo lamento, no está - dijo mientras con la mirada parecía disculparse
- ¿Y tardará mucho en venir?
- Bastante. Se ha ido al pueblo y no creo que vuelva porque mis abuelos han enfermado y debe cuidarlos.
Oliver ante esas palabras se quedó como mudo, clavado en el suelo, incapaz de articular una frase.. Sus pensamientos fluían a tropel y no era capaz de ordenarlos. No sabia que hacer, que decir. Fue el pequeño Eduardo, que así se llamaba, el que rompió el silencio viendo la expresión caótica de Oliver.
- Ella me dejó algo para ti, una carta - dijo mientras entraba en su apartamento a buscarlo- pasa si quieres
Pero el no se movió, no podía. Esperó su regreso mientras poco a poco iba recuperando la compostura. Esa carta era un punto y seguido, así que no se apresuro a hacer conjeturas.
- Aquí la tienes - dijo Eduardo entregándosela.
- ¿Cuándo se marcho? - dijo Oliver mirando a la carta.
- Esta madrugada. Se tuvo que ir urgentemente porque mis abuelos no tienen a nadie que se ocupe de ellos.
- Vaya me hubiese gustado despedirme de ella - dijo como para si mismo
- A ella también, pero no le fue posible.
Sonrió ante estas palabras de ánimo de Eduardo y se despidió de él. Con la carta en la mano fue hacia su apartamento pensativo, dándole vueltas al sobre y pensando que le diría Sara en él. Entro en su apartamento, se sentó en el sofá y puso el sobre en la mesilla de cristal. Lo miró durante un rato sin atreverse a abrirlo. Lo miraba y pensaba mil cosas al mismo tiempo, cosas que no le gustaban, que lo desconcertaban, que lo volvían nuevamente un cobarde. Después de un rato mirando la carta la cogió con un gesto cansado, como el del preso que arranca la hoja del calendario que lo aproxima a su ejecución. Abrió el sobre y comenzó a leer:
“Hola Oliver, siento tener que irme así, pero mis abuelos han enfermado y he de marcharme ahora mismo. Me hubiese gustado quedar contigo para dar una vuelta o tomar algo, pero las circunstancias han querido lo contrario. Si algún día tienes ganas de verme, pídele a mi hermano la dirección y pásate por el pueblo. Un beso y cuídate. Sara.”
Dejó la carta sobre la mesa y se quedó quieto, inmóvil. Su rostro tenía una expresión vacía. Las palabras escritas en esa corta y casi informal carta, habían sido como una jarro de agua fría. Las esperanzas, que ahora le parecían absurdas, se desvanecían despacio. Durante unos instantes ni siquiera pestañeo, se limitó a respirar pausadamente con la mirada perdida y con su mente en aquellas montañas que se alejaban desapareciendo en la bruma. Se sintió estúpido por ponerse a soñar con aquella desconocida, por crearse esperanzas infundadas. Al rato se levantó y caminó hacia la ventana. La abrió y se apoyó en el alfeizar. Miraba hacia el limite de la ciudad, allá donde terminaba la última casa y comenzaba lo desconocido para él. Pensó en esa mañana, cuando creyó que su destino era distinto al de las personas que se iba cruzando en la calle con rostros tristes o preocupados, cuando miró a aquellos niños que jugaban en el callejón de la redacción con superioridad, con compasión. Se dio cuenta que el destino que esa mañana al levantarse, creía que le sonreía, le había jugado una mala pasada, una broma de mal gusto. En nada era distinto a los demás que habitaban en esa ciudad, estaba tan condenado como ellos a permanecer en esa tumba de asfalto. Su pesimismo y cobardía, que habían sido hasta que apareciera Sara, dueños de su personalidad, se fueron apropiando nuevamente de sí mismo. Tanto fue así, que en ningún momento se le ocurrió hacer lo que ella decía, ir a buscarla. Simplemente uso la decepción que sintió y un oscuro ánimo que iba creciendo por momentos para enclaustrarse mas en la que decía, era su desgracia. Se limitó a usar la decepción como excusa para lamentarse, para sentirse victima de su miseria, para terminar de ahogarse en su propio mundo, un mundo que él creó basándose en la desesperanza, un mundo que lo torturaba y del que en realidad nunca quiso salir.
Ya nunca mas se le cruzó por la mente ninguna esperanza, ya nunca sonrió de la forma que lo había hecho con Sara, tan solo se limitó a quejarse, a extender su lamento a lo largo de todos los días de su vida. Y así, poco a poco, fue secándose su ánimo y fue, lentamente, evadiéndose de la realidad, refugiándose en los sueños y, sin poder o sin querer remediarlo, muriendo en vida, cada vez con el rostro mas gris, cada vez mas solo.
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EL BAÚL DE LOS RELATOS
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