Mandy T de nuevo n.nU

24 febrero 2008; 09:14 p.m.; ; ; literatura;

Mandy T. suspiró con resignación. Si su furtivo acompañante se sentía molesto por sus gestos altaneros, él se sentía molesto por la insistencia y la explosiva impaciencia con que el desconocido conseguía tratar las conversaciones. Lo conocía muy bien y sabía que esos encontrones eran consecuencia de algo importante. Sus sospechas, minutos antes a punto de ser desechadas, ahora se encendían con renovado interés. Mandy tenía un brillo especial en los ojos, un brillo que no escapó a aquella mirada vigilante.

Canstto arrugó el entrecejo y cerró los puños con fuerza. Lo miraba furioso, lo miraba con ira contenida, impotente de poder cobrar venganza con sus propias manos. Ganas no le faltaban, pero si Mandy desaparecía misteriosamente, el primero en ser señalado sería él: Canstto, el villano, el despreciable. Su mente lo invitaba a guardar la compostura, a esperar y elegir el momento indicado para encargarse del agudo detective. Pero Canstto no era conocido precisamente por tener la habilidad de controlarse; la gente que lo rodeaba sabía que explotaba fácilmente, como la pólvora. Tenía un alma retorcida, impulsiva, impaciente y apasionada, se dejaba llevar por las emociones que se interrumpían unas a otras dentro de su negro corazón.

La actitud de Mandy, imperturbable y apacible, lo sacaba de quicio. Todos sus intentos por hacerle caer y derrotarlo se veían frustrados por esa enorme coraza de indiferencia que lo cubría. A estas alturas, a tres años de jugar a las escondidas, lo único que pedía era poder ver algún signo de preocupación en el rostro de Mandy T., alguna señal de que aquel hombre con voz grave y profunda demostrara que había ingerido sus palabras, que se daba cuenta de lo que hacía, que le sorprendía o le perturbaba su actuar.

Sin embargo, allí estaba Mandy T., otra vez observándolo paciente, con esa mirada que no analizaba, sólo que se dejaba estar.

Un carruaje tirado por caballos se escuchó a lo lejos acercándose, cortando el silencio reinante, como preludio del alba que pronto se dejaría ver. Canstto escuchaba los bufidos de los corceles cada segundo más nítidas, volteó y a sus espaldas logró divisar las figuras oscuras de los animales que arrastraban el carro. No le convenía ser visto con Mandy.

Mandy no respondió, como era su costumbre. Lo hacía deliberadamente para provocar la ira de Canstto. El hombre de brazos grandes hizo ademán de irse, pues el sonido de la carreta lo instaba a desaparecer. Estaba a punto de escabullirse en las sombras, cuando de la nada regresó decidido hacia Mandy y lo agarró por el cuello del abrigo amenazante, dispuesto a dejar la conversación de su lado. El vicio de saborear una victoria aquella noche fue más fuerte que el sentido de la seguridad.


Mandy T

10 feb. 2008; 05:22 a.m.; ; ; literatura;

Mandy T. era un muchacho alto, siempre se había destacado por eso. Usaba un sombrero de copa, de un verde desteñido y hablaba con una entonación extraña.
No era alguien sonriente, tampoco serio, más bien mantenía en su rostro una expresión de despreocupación ante todo, como si el mundo le aburriera.

Caminaba con lentitud por la acera cubierta de nieve. Mantenía las manos en los bolsillos y el cuello del abrigo levantado para cubrirse de la brisa helada. Su figura encorvada se podía ver a la distancia cada vez que pasaba bajo el halo de luz de los faroles.

A lo lejos, una sombra oculta en la oscuridad de un pequeño recoveco lo esperaba con sigilo. El silencio de la gran avenida desierta multiplicaba el paso calmo del muchacho y los viejos edificios se encargaban de transmitir el eco hasta sus entrañas. Con la vista fija en la nieve virgen, pareció notar la presencia de aquella mirada inquisidora que lo vigilaba. Mandy T. se detuvo bajo la luz de uno de los faroles y una sonrisa casi imperceptible asomó en su rostro.

Pero Mandy T. no respondió. Alzó el rostro hacia la inmensidad del cielo nocturno. Había comenzado a nevar nuevamente. El desconocido hizo una mueca de desagrado. Esa actitud de soberbia y superioridad era lo que odiaba de ese chiquillo. Frunció el entrecejo dispuesto a dejar los rodeos.

Aquel hombre, Mandy T., al que todos le decían muchacho y lo trataban como un niño, hace mucho tiempo que había dejado de serlo. No sólo por las cosas por las que había pasado, si no por el tiempo que tenía de vida. Su cuerpo no era el reflejo de su verdadera vejez y hasta el mismo Mandy se sentía engañado por él. Al mirarse al espejo no podía ver otra cosa que la imagen de un adolescente, encerrando a un hombre con más de una veintena de años encima.


Esta es una parte del primer capítulo de lo nuevo que estoy escriendo. Es la primera vez que publico algo así en internet o,o