Esa
es la cifra de muertos desde el “segundo levantamiento popular palestino” (Cito
a Televisión Española, Informativo de las 2:00 AM del 14 de mayo de 2004. Les
cuesta decir Intifada). Es la cifra de muertos en un periodo de tres
años. Eso significa que han muerto 2,73972602 Palestinos y 0,913242 Israelíes cada
día. Si se aplicase ese ritmo de “despoblamiento” a Terrabruma, se tardaría
97 años y seis meses en acabar con todos los que pisamos esta tierra
(Aproximadamente, 130000 personas, guiris incluidos. Sin incluir a los guiris,
tardarían 54,75 años en cepillársenos). En menos de cien años, sólo quedaría el
polvo y las cabras para recordarnos. ¿Cuánto tardarán en acabar unos con otros
los Palestinos e Israelíes? Tendría que buscar el índice de natalidad de ambos
pueblos y recalcularlo todo en función de la población.
No, mejor no lo hago.
Bien, segunda
entrada “De nevera”. Mañana vuelve Senda desde la temblorosa Isla del Diablo
(Un hipido de 2,7 grados Richter y lo llaman ¡¡¡Terremoto!!!. El
último temblor en Terrabruma fue de 3,6 y no nos fuimos dando importancia ni
nada...) y puede que pase bastantes días por aquí, así que no sé cuando
aparecerá esta entrada en el Blog. De momento, hoy segundo día de pruebas de
cámara para Gritos en el Pasillo, con muy buenos resultados. Puede que a
principios de la semana que viene haya por fin algo nuevo en el enlace de Gritos. Ya
avisaré.
Lo cierto es
que cambiar la dinámica de “Cagonlalecheputa, otravezapegápuertasdelocohones,
estonosevacabámásnúnca...” por la de “JOOOOOOOOOODEEEEEEEEEEEEER, QUE
GUAAAAPOOOOOOOOOOOO!!!” es un incentivo impresionante. Ver por fin los
decorados montados y las primeras imágenes en cámara levantan el ánimo. Desde
luego, no negaré que quedan aún varias toneladas de trabajo por hacer, y del
más complicado. Por poner sólo un ejemplo (Y no de los más chungos), hacer que
las paredes de los decorados encajen entre sí. Es que no se le puede dejar el
corte de madera a alguien que SI tiene televisión de pago y nunca ha visto un
capítulo de Bricomanía. Hay que comprar Estrokys, hay que pulir la iluminación,
hay que aprender a manejar a los personajes, hay que arreglar lo de los
Deviadores (También llamados Turbotines), hay que pintar algunas cosas, TENGO
QUE ARREGLAR UNA PUTA PUERTA MÁS, y así un largo etcétera (Hacer focos
miniatura para la lámpara de la antorcha).
Sigo con las
prácticas de conducir. Es complicadillo, sobretodo lo de reducir y cambiar de
marcha de manera fluida. Digamos que la caja de cambios y yo tenemos una
relación un tanto brusca. Lo cierto es que no le veo especial interés al tema,
pero tampoco puedo decir que me deje frío. Es como aprender a hacer un deporte
complicado o algo así. Y a 25 € la lección, nada menos. En fin, espero haber
obtenido el documento rosa antes de fin de mes. Tampoco estaría mal conseguir
trabajo, de media jornada o por lo menos turno corrido, para tener algo
ahorrado (Hay que pegar la gramola al aparador) cuando Senda regrese
definitivamente. Lo cierto es que las noticias de la OCDE son esperanzadoras:
LOS PRECIOS DE LA VIVIENDA SE VAN A DESPLOMAR A CORTO PLAZO. Por fin. A corto
plazo significa, según los expertos, de aquí a tres años, pero por lo visto es
algo que no parece muy lejano, aunque los constructores dicen lo contrario
(Devolver el Par 56. Sería bueno cambiarlo por un par 64) Ya iba siendo hora de
que las leyes de oferta y demanda comenzasen a funcionar realmente. Para los
empresarios que no hubiesen acudido a clase es día, lo explicaré aquí
someramente:
-Si hay poca oferta y mucha demanda, el precio sube.
-Si hay mucha oferta y poca demanda, el precio baja.
Eso NO quiere
decir que si hay mucha oferta y poca demanda, el precio suba, si no al revés. Se está construyendo
a toda castaña, por lo menos aquí, y no bajan los precios ni para atrás.
Atendiendo a la OCDE, insto a los lectores preocupados por adquirir una
vivienda que aguanten unos añitos. Con lo que puedan ahorrar ese tiempo,
tendrán un buen pellizco para después (Hay que colocar los cables extra en la
Sala del Genrador). Desde luego, este anuncio de la OCDE puede ser una especie
de “Profecía Autocumplida”, ya que, si no es verdad que hay causas para temer
el desplome, si que es posible que muchos compradores, al ver la noticia,
decidan no comprar aún, con lo que bajará la demanda y acabará por provocar el
desplome de los precios. Así que si todos nos plantamos y esperamos, puede que
ocurra.
Otro
signo del devenir de los tiempos: Fuentes de las más altas instancias políticas
me han informado de que se han cerrado ya SIETE hoteles en Terrabruma
por falta de clientela, y que muchos establecimientos comerciales enfocados al
turismo están abandonando el negocio debido a que se está imponiendo el “Todo
Incluido”. El fantasma de los 70 acecha de nuevo a esta isla, y espero por el
bien de todos que dejemos de enfocar nuestros esfuerzos en construir enormes y
costosos apartahoteles a pie de playa y comencemos a pensar en las cosas que
necesita esta isla para modernizarse (Hay que hacer la aguja del indicador de
potencia). Reciclado, cultivos ecológicos, investigación de energías
renovables, piscicultivo. Son buenas ideas, y van a hacer mucha falta de aquí a
poco. El problema de la insularidad es que tenemos que intentar ser autótrofos,
producir nuestros propios alimentos y energía. Sólo el hecho del transporte
incrementa enormemente los precios de los productos de consumo, lo que
repercute en un menor gasto en otras áreas, ya que TODO es más caro porque se
trae de fuera. Y lo peor es que nos dedicamos a especular con lo de aquí,
vendiéndolo sólo un poco más barato. Total, si eras capaz de pagar 55
céntimos por algo de fuera, que más te dará pagar 53 por algo de aquí, aunque
sólo costase 12 céntimos producirlo y transportarlo (Hay que darle fuchi-fuchi
negro al diorama del muro y a las colinas warhammer). El dinero no se ahorra,
señor comerciante. El dinero se gasta. Y si uno no tiene dinero para lo básico,
no comprará lo accesorio. Piensa, oh empresario desalmado, que un comprador
sólo comprará un producto si no puede comprar dos, y a usted le interesa vender
mucho mucho, porque al fin y al cabo, cuanto más vende mayor es el beneficio
neto, ¿verdad?. ¿Qué es mejor, vender cinco televisores en seis meses o vender
cinco televisores en un año? Cuanto más tiempo se tarda en obtener beneficios,
más se devalúa el producto, debido a los gastos generados por la empresa.
Abaratar los
precios hace que la gente pueda comprar más cosas, y eso al fin y al cabo es lo
que precisa una Economía de Mercado como la nuestra.
Hoy estuvo la
Santa Madre de JJ en el taller. Es la encargada de la confección textil de la
película (Fundas de almohada, cortinas, sábanas), y pasó a recoger a los
modelos para rehacer los gorros de dormir. Lo más impresionante fueron las
Profecías de Santa Cecilia:
-Leticia Ortiz será la Madre del Anticristo.
-El Eclipse de Luna y los Terremotos de la Isla del Diablo son
señales del hecho.
Esto así, en
frío, no parece muy impresionante, pero por lo visto se basa en los escritos de
NOSTRADAMUS para afirmarlo. Da miedo pensar que, también según Nostradamus, un
Rey Español será quien dirija la guerra final contra los árabes. En vista del
panorama internacional, de que Leti parece que será la Madre Oscura y de lo
Shakespiriano que resultaría que Felipe VI dirigiese las fuerzas del bien
contra las de su propio Hijo Primogénito, no me queda más remedio que creer en
las predicciones. Se acerca el Sexto Mundo, a toda velocidad. Aquellos
jugadores de UA o de DELTA GREEN saben muy bien cual es la sensación de que el
fin está aquí mismo.
En otro orden
de cosas, como nadie me ha comentado nada sobre el personaje de Ajax, he
decidido lo que le va a suceder por mi mismo. Tampoco es nada seguro, ya que la
trama de “La Canción de Ariadna Dédalus” no es algo preestablecido, pero creo
que sé cual debería ser el destino apropiado para él. Como no sé cuánto voy a
tardar en volver por aquí, incluyo una ración extra de la novela, desde el
principio, para que nadie se sienta perdido.
Señoras y
señores, con todos ustedes:
LA CANCIÓN DE ARIADNA DÉDALUS
Capítulos I a XII
No
pensar. Había llegado a desarrollar la técnica a la perfección, de tal manera
que ya se disparaba como un mecanismo defensivo de forma inconsciente. No era
dejar vagar la mente, no era pensar en otra cosa, no era dejar la mente en
blanco. Era no pensar en lo que estaba haciendo.
No pensar en lo que le estaban haciendo.
Silencio. Adoraba el silencio, lo cultivaba con
esmero e incluso había recubierto el techo de su ático con tapices gruesos para
absorber más aún el ruido. Miraba por la ventana, aunque la vista tenía algo de
tétrico: Una cuadrícula tridimensional de luces anaranjadas hasta el horizonte
(“¿Alguna vez he visto el horizonte, el horizonte de verdad?” Pensó en silencio),
luces que se alzaban hasta el cielo, y entre las luces, el vacío intenso de la
noche, donde sólo habitaba algún reflejo de las mismas luces anaranjadas en el
asfalto húmedo de las carreteras.
Ser
prostituta en la Ciudad es algo muy triste. Hacía que se sintiera sola.
Muy sola.
Otra de las cosas que había desarrollado de
manera paralela a su ocupación era la obsesión por la higiene. Las únicas
formas de arrastrar los restos de su jornada laboral eran no pensar y disponer
de una cantidad ilimitada de agua caliente. Se cuidaba mucho de que nunca
faltase y de que la caldera de bronce estuviese en perfectas condiciones. Por
eso, cuando regresó (“No pienses de dónde. No piense de qué acabas de
regresar”) y la encontró sin presión, llamó de inmediato al fontanero.
El
pitido sonó dos veces. Tres. Cuatro. La voz al otro lado parecía cansada.
-¿Diga?
-Tengo un problema
con la caldera. No hay agua caliente y la necesito ahora mismo – Silencio
expectante. Ruido de algo pesado moviéndose sobre madera. Más silencio.
-Oiga, lo siento,
pero son casi las cuatro de la madrugada, y a menos que se le esté inundando la
casa, ninguno de mis técnicos va a levantarse para que usted tenga agua
caliente, señorita, señorita...
La pregunta quedó en el aire: ¿Qué nombre dar, el
real o el que figuraba en algunas tarjetas que ciertos directivos adinerados
hacían circular entre ellos?. Daba igual, aquél hombre no podía conocerla por
ninguno de los dos, así que decidió dar el verdadero, en apenas un susurro:
Hacía meses que no oía su verdadero nombre, ni siquiera de sus propios labios.
-Señorita Dédalus,
Ariadna Dédalus...
-Pues bien, Señorita
Dédalus, lo lamento, pero hasta por la mañana no tendré a nadie dispuesto, si
me deja su dirección, enviaré a alguien a primera hora.
Ariadna le dio la dirección, la repitió un par de
veces (“Sí, es en el Distrito Tres. Sí, el Tres... Ya lo sé...”) y se resignó a
ducharse con agua helada. Todo, menos mantener ese olor sobre su cuerpo ni un
segundo más de lo imprescindible.
Las noches se repetían inexorables. Por suerte,
Ariadna podía descansar más de una semana y curar las heridas de forma más o
menos decente. Las marcas en la cara eran relativamente fáciles de esconder con
maquillaje, pero los cortes en la espalda y en el pecho eran otra cosa. A
veces, los dejaba sangrar para ver las manchas formándose en la alfombra.
Otras
veces le parecía que la alfombra estaba demasiado salpicada de carmesí.
Trataba
de escapar entablando amistad con cualquier desconocida, en el metro, en los
centros comerciales, en alguna cafetería, donde fuese, pero en lugares
abarrotados de gente donde, por fin, pudiese escapar de las miradas. Era rápida
en entablar contacto: tenía el encanto de las muñecas de porcelana de mirada
triste, la fragilidad de una niña indefensa y, lo sabía bastante bien, un
atractivo animal que llegaba a lo más hondo de los que le rodeaban, fuesen del
sexo que fuesen. Había algo en ella que obligaba a los demás a desearla, ya
fuese de manera protectora o de otras maneras...
-Oye, menudo apartamento...
– Una voz simple, falta de personalidad, pero llena de ese imborrable tono de
admiración que aparecía siempre que alguna de sus nuevas amigas llegaba por
primera vez al ático.
-No es gran cosa...
Siéntate donde quieras, mientras preparo algo de cenar.
-
“¿Y mi propia voz?” Pensó “ ¿No suena llena de
polvo, llena de llagas por haber rodado tanto? Suena oxidada, suena a
habitaciones vacías y a viento seco cargado de tierra negra”.
La noche terminó, como siempre, sola. O más bien,
ella terminó sola: A la quinta copa de Oporto se había puesto a pensar de
nuevo. A pensar por qué La Ciudad no tenía nombre, a pensar por qué La Ciudad
no tenía parques ni palomas, por qué no había nada más que edificios, coches
oscuros y personas grises, a preguntarle a aquella amiga de ficción las cosas
que se preguntaba a sí misma mientras la bañera se llenaba y el agua le
arrancaba de las garras de su propio desprecio. Como solía ocurrirle, cada vez
más a menudo, su recentísima amiga (No recordaba el nombre, no le importaba el
nombre.) se había marchado corriendo mientras ella seguía haciéndole
(Haciéndose) preguntas.
Y,
como siempre que acababa sola, acabó llorando completamente borracha sobre la
alfombra salpicada de sangre vieja.
El despertar le trajo sorpresas. La primera, que
aún era de noche. La segunda, que no estaba sola. La tercera, que estaba
tendida en el asiento de atrás de un coche, envuelta en una sábana que olía a
suavizante y a jabón de lavanda. Analizó rápidamente su estado: Ninguna herida,
ningún dolor, ninguna sensación extraña (Es decir, aparte de la resaca y del
sabor ácido que tenía en la boca) y lo más extraño, ninguna atadura. Se
incorporó ligeramente, lo justo para poder mirar un momento a su alrededor.
Tenía una maleta a sus pies y un bolso de viaje a cuadros por almohada. Estaba
vestida con la misma ropa con la que recordaba haberse dormido, y aparte de
ella misma y del conductor, no había nadie más en el coche. Volvió a moverse,
pero esta vez la tapicería hizo ruido. En el asiento delantero, alguien se giró
sin llegar a mirar del todo haciaatrás.
- Veo que te has despertado. Eso es bueno, aunque
imagino que te debe doler bastante la cabeza. Dentro de la almohada hay
analgésicos y una botella de agua.
La voz era masculina, bien modulada, con algo de
acento inidentificable aunque no desagradable. Lo más curioso es que era una
voz perfectamente tranquila y normal, como si aquella situación fuese lo más
habitual del mundo.
“Bueno, para ti no es habitual, pero puede que
sea el trabajo de todos los días de este hombre, así que de momento, lo mejor
es acabar con el dolor de cabeza”
Comenzó a revolver el interior de la bolsa de
viaje. Para su sorpresa, estaba llena de su propia ropa, doblada con pulcritud,
aunque no habían escogido ninguno de sus trajes de trabajo. Casi todo eran
prendas de deporte y camisetas usadas y raídas. El agua y los analgésicos
estaban en un lateral.
Ariadna
se incorporó en el asiento trasero mientras bebía un par de sorbos de agua. Por
el retrovisor pudo ver parte del rostro del hombre: moreno, pelo castaño
ondulado, no muy largo. Ojos pequeños y grises, cejas pobladas pero elegantes,
frente despejada, mirada tranquila e inteligente. Durante casi media hora, no
hubo ninguna palabra por parte de ninguno de los dos, pero Ariadna pensaba
frenéticamente sin apartar sus ojos de los de su acompañante y probablemente
secuestrador.
“Bien, de momento, sé que le interesa que esté
viva y cómoda, que no considera que pueda escapar y que pretende que pase una
temporada relativamente larga con él, o en algún otro lugar. Sabía que estaba
en casa y sabía que estaba indefensa, así que vamos a suponer que me debe
llevar vigilando algún tiempo. Motivo: Quiere dinero, sabe que gano mucho
dinero y lo quiere para él. Motivo: Está como una regadera y es algún tipo de
loco psicópata. Motivo: Trabaja para algún pez gordo que no quería utilizar el
teléfono para ponerse en contacto conmigo. Motivo: ... Mierda, no tengo ni idea
de lo que está pasando. Y lo peor de todo es que no tengo ninguna sensación de
miedo, y creo que debería tenerla.”
El coche frenó en seco, cogiendo a Ariadna
desprevenida y lanzándola contra el respaldo del asiento delantero. El
conductor miró hacia a tras, pero miraba más allá de ella: Al final de la calle
había aparecido un grupo de hombres, recortados por la cruda luz de las
farolas. Parecían estatuas que hubiesen surgido de las sombras, vestidos con
anticuadas chaquetas negras, altos, inmóviles. Ariadna se incorporó otra vez, y
al mirar hacia delante, vio que había otro grupo de cuatro o cinco hombres con
chaquetas negras. Estaban rodeados. Los hombres no se movían, no hacían
absolutamente nada, pero aún así, había en el aire una certeza de peligro.
Ariadna lamentó haber deseado tener miedo, porque ahora lo tenía a raudales. Sudaba
y sentía como el corazón se le desbocaba. El conductor se giró hacia ella por
primera vez y la cogió de la muñeca.
- Esto va a resultar un poco más difícil de lo
que habíamos planeado, intenta no olvidar la dirección... No olvides esta
dirección...
Sin embargo, cuando despertó, la había olvidado.
Pero seguía estando muy asustada.
La Comisaría Central era, cuanto menos,
destartalada. El edificio había sido, a lo largo de los siglos, una vivienda,
un fortín, un palacete de caza, un asilo de enfermos mentales, una factoría de
telas, una prisión política y un balneario. En ese orden. Si Ajax lo hubiese
sabido, no le habría extrañado encontrar pasamanos de latón pulido en las
escaleras de mármol, ni ventanas de cristales emplomados protegidas por fuertes
rejas de hierro. Si hubiese sabido la edad real de aquél inmueble, no le habría
extrañado que la mitad de los artesonados de los techos se hubieran venido
abajo hacía décadas y que la mayoría de las vigas de acero estuviesen a la
vista. Pero no lo sabía, y como no lo sabía, lo repasaba mentalmente mientras
esperaba en la antesala del Interventor General a que le asignasen algún caso.
O a que alguien le dijese algo, lo que fuera. Al final, ese alguien fue el
Interventor General Rochards en persona. Apareció por una puerta lateral,
desplazó su mole de doscientos kilos hasta la silla y miró a Ajax con una
intensidad que parecía incapaz de imprimir al resto de sus rasgos descolgados y
fofos. Cuando habló, lo hizo mediante afirmaciones categóricas, sin ningún titubeo
en la voz un tanto cascada por el tabaco.
- Ajax B.
Alexandran. Oficial de Primera
Categoría. Trece años de servicio. Los cuatro últimos como Investigador de las
brigadas F y Doble Z. Dos condecoraciones. Trasladado a petición propia.
Ajax no supo si tenía que asentir o preguntar o
decir algo más. La verdad es que quedaba poco por decir, así que simplemente
optó por mantener un incómodo silencio. Rochards apartó la vista del joven Ajax
y la clavó en la pantalla del ordenador, un antiguo modelo de pantalla plana
montado con engarces de bronce sobre un pedestal de madera oscura. Tecleó dos
órdenes en el teclado empotrado en la mesa y volvió a mirar al joven
investigador. Aunque no lo aparentaba, una duda surgía de la mente del
Interventor Rochards: “¿Aguantará un solo día en esta asquerosa unidad?” Bueno,
dentro de poco lo sabría. Volvió a hablar.
- Bien, su petición de traslado ha sido aceptada.
Pertenece a la División Seis en calidad de Investigador de Primera Clase. Doble
sueldo. Sin vacaciones, como ya sabe. Se le entregará el armamento
correspondiente en Armería dentro de dos días. Aquí tiene su placa. A partir de
ahora, está en servicio permanente. Si tiene alguna pregunta, hágala.
El Interventor dejó sobre la mesa una placa
dorada de diseño simple, una estrella de cinco puntas, un seis en el centro y
un anillo exterior sin ninguna inscripción aparte de la palabra “Investigador”.
Ajax tenía miles de preguntas, pero todas se le borraron al ver aquella placa
sin inscripciones. Se levantó medio hipnotizado y salió del despacho sin saber
realmente qué había pasado, pero sintiendo que, a partir de ese momento, las
cosas iban a ser muy distintas. En su mente se perfilaba la palabra “Extrañas”,
pero no llegó a materializarse en sus ideas, aunque permaneció allí, escondida.
Si Ajax hubiese podido preguntar, seguramente
hubiese hecho la pregunta que latía en la mente de Ariadna en ese preciso
momento: ¿Cómo se llamaba aquella maldita ciudad?. Desde siempre, la Ciudad
había sido llamada La Ciudad. En el Exterior, la conocían como La Ciudad Sin
Nombre. Dentro de ella, era simplemente la Ciudad. Para muchos, ni siquiera
tenía ese nombre. Poco parecía a sus habitantes importarles el paso del tiempo
o la historia, y los orígenes se habían borrado, aunque todos sabían que el
Gran Puente, de hierro negro corroído por la bruma de la Zona Este había sido
construido hacía más de mil años. Pocos sabían que la mitad de la ciudad era
más vieja que el puente. Algunos se preguntaban por qué había tantos extraños
adornos, tantas bóvedas de Art-Decó, tantas estatuas de hierro forjado. La
mayoría simplemente vivían toda su vida entre las calles al pie de edificios de
más de trescientas plantas y jamás miraban a su alrededor para nada que no
fuese solucionar sus propios asuntos. La Ciudad había sepultado su propia
historia y no tenía deseos de removerla. Aunque lo hubiese deseado, muy pocos
tenían interés en conocerla.
Desolation Row era el barrio de las prostitutas
de La Ciudad. Ruth Dauphine lo recorría con la mirada predadora, buscando. La
muchedumbre se amontonaba frente a los escaparates, en los locales de ventanas
oscurecidas. Las luces rojas recorrían las fachadas de los edificios de
ladrillo negro, entre carteles de neón rojos y azules que ardían representando,
con formas y palabras, las miles de caras del sexo. En las aceras se mezclaban
los que buscaban y los que ofrecían, los que caminaban con sonrisa torcida y
los que lo hacían con los ojos bajos. Miles de Coronas manoseadas pasaban de
mano en mano. A veces, un disparo sacudía la noche, pero eso no detenía el
movimiento. Por encima del rugir de la multitud, por encima del olor de los
cuerpos sudados y de las mentes enfermas, las estrellas parecían dirigir la
vista hacia cualquier otra parte. Cientos de ojos trataban de llegar a ellas,
pero sus miradas, de dolor, de ira, de vergüenza o de remordimientos no podían
traspasar la nube que velaba el cielo de Desolation Row.
Ruth no sentía ningún remordimiento. Reconocía
las formas y los colores. Sabía quién pertenecía a quién, y cual era la
especialidad ofertada en cada casa, en cada coche, en cada callejón. Podía oler
en el aire cuando algo iba mal, y dónde estaban las cosas que nadie pedía y que
nadie mostraba, pero que muchos se dedicaban a buscar. Se cruzaba con miradas de
desesperación en ojos rodeados de maquillaje negro, pero, aunque podía salvar a
muchos de los que se encontraban allí, no tenía ninguna intención de hacerlo.
Ella había conseguido salir de allí a golpe de dolor, sangre fría y
sufrimiento. Pero era el único sitio donde satisfacer ciertos deseos sin llamar
la atención.
Si La Catedral de Gabriel era el Alma de La
Ciudad y el Parque del Milenio su Corazón, Desolation Row era su Sexo,
mancillado, dolorido y repudiado.
Pero necesario.
Reconocía algunas de las caras con las que se
cruzaba, e incluso una o dos veces lanzó un velado saludo, apenas una
inclinación de cabeza o un gesto con la mano, a algunos de los hombres y
mujeres que pasaban por allí. Todos sudaban al verla y verse reconocidos.
Ruth
había construido su sitio en La Ciudad a golpe de oro. Las puertas que su
reputación le había cerrado, las había abierto con dinero. Al final, ella y su
reputación habían llegado tan alto como podía llegarse en la ciudad, y no tenía
nada que perder si la veían en Desolation Row, su antiguo hogar.
Pero aquellos con los que se cruzaba sí tenían
mucho que perder.
Los miembros del Consejo de Ciudadanía tenían los
más altos cargos que se podían ostentar, inmunes a las exigencias de la
Justicia mientras conservasen su cargo, pero débiles sin embargo ante el ataque
a la recta fachada de la moral que trataban de imponer a las millones de almas
pervertidas que residían entre el acero y el cristal de la urbe, seres
omnipotentes que para mantener su potestad ética sobre el resto de los pobres
mortales.
No
sería la primera destitución o el primer suicidio causado por un rumor dentro
de la Fortaleza del Consejo.
Vagaba por los locales, conocedora de los
senderos entre las casas, de la existencia de ciertas habitaciones traseras, de
ciertos locales selectos, preguntando por nombres, enseñando dibujos, comprando
daguerrotipos, dejando una cantidad de Coronas aquí y recogiendo otra allá.
Muchos despreciaban Desolation Row y lo que representaba. Todos los años,
algunas voces se alzaban exigiendo su desaparición. Todos los años, ciertas
reuniones secretas concretaban que aquél lugar seguiría existiendo. Ruth, a
pesar de haberlo abandonado hacía muchos años, extraía de allí gran parte de su
poder.
Mucho poder.
Ajax vivía en un pequeño apartamento en la
Colmena 12, un nudo de rascacielos residenciales en el sur de La Ciudad, una
pequeña urbe dentro de la megápolis dedicada únicamente al descanso de los que
movían sus entrañas. Los suelos eran horizontales, las paredes blancas y las goteras
discretas.
Sentado frente al ordenador, Ajax contemplaba las
noticias. Asesinatos. Redadas. Robos. Aquella enorme burbuja de humanidad
bullía con la mala sangre acumulada, los sentimientos se difuminaban en medio
de la soledad alienante de las calles abarrotadas de millones de personas.
Algo iba realmente mal en el corazón de La
Ciudad.
Se recostó en el sofá, mirando como el humo
azulado del cigarrillo abandonado en el cenicero se disipaba cerca del techo.
Por las ventanas llegaba el sonido de una sirena de ambulancia rompiendo la
noche, lanzándose al vacío desde quién sabe dónde, como quién sabe cuántas
veces se había lanzado ya.
Sobre la mesa, la placa de la División 6 refulgía
como un presagio incomprensible.
A la mañana siguiente (Una mañana marrón,
envuelta en las nubes de polución de la Zona Este) Ajax se vistió con un traje
negro de corte clásico y una camisa roja sin cuello. Comprobó que su pistola
estaba bien engrasada y el cargador lleno antes de colocarla en la sobaquera,
se puso el sombrero y salió al aire sofocante maldiciendo por la incómoda
máscara de respiración que tenía. “Cuando cobre mi primer sueldo doble, pienso
comprarme una último modelo" pensó mientras se sumergía en el smog que
corroía inexorable los artesonados de cemento de los edificios.
Encontrar
un taxi fue de por sí una tarea titánica, y sólo pudo “convencer” al otro
transeúnte de que aquel era “su” taxi después de un par de puñetazos y de
mostrar su placa. Aquello contribuyó a ponerle de mal humor. Las quince coronas
que tuvo que pagar por la carrera no ayudaron a mejorar su ánimo.
Estar treinta minutos después en la escena de un
crimen no hizo mejorar el día.
“Si la sangre te llega hasta las rodillas, llama
a la División 6”. Ese era el axioma de la Policía de la Ciudad. Cualquier
crimen especialmente cruel, especialmente sangriento o especialmente masivo era
trabajo de la División 6, una unidad dedicada exclusivamente a descubrir qué
pasaba por la mente de los asesinos múltiples, de los enajenados mentales, de
los psicópatas, predecir sus movimientos y capturarlos.
Ajax tomaba notas en la libreta en medio de la
parada del Metro. A su alrededor se esparcían los restos de entre seis y diez
personas, repartidos entre el suelo, las paredes y el techo. Los azulejos de las
paredes mostraban enormes lagrimas de líquido rojo, y de vez en cuando una gota
salpicaba desde la bóveda. Ajax intentaba calcular mentalmente cuantos y dónde
habían estado esperando las personas que habían muerto ese día.
Un hombre (“Probablemente un hombre”, pensó Ajax)
había estado cerca de la máquina de tabaco. Dos o tres personas sentadas en el
banco del fondo de la estación, ahora un revoltijo de entrañas indiferenciadas.
Cuatro personas entre las columnas, esperando el tren de primera hora de la mañana.
Una chica, la más cercana a las vías, había sido arrojada contra la pared del
fondo, por encima del foso de los trenes. Una enorme estrella de sangre parecía
mirarle desde allí. Al pie del muro, junto a las vías negras, había un amasijo
de carne y huesos.
Dos rápidas sumas le dieron los tiempos en los
que había sucedido todo. El Hombre - Lobo había entrado en la estación entre
las 7 y las 7:45 de la mañana, entre el último tren de La Colina y el primero
de la mañana, la Línea Azul. El aviso había llegado a las 9 de la mañana. Eso
significaba que el tren de primera hora y el segundo de la Línea Azul, el
Expreso de la Colmena 5 y el Rápido del Río habían parado en aquella estación
después de que ocurriese todo. Cuatro trenes abarrotados de gente en hora punta
paran en una estación céntrica llena de cadáveres.
Y
el aviso había llegado a las 9 de la mañana.
Un par de horas después, las cámaras de la ciudad
se ponían de nuevo en marcha. Los ojos sin vida de cientos de mecanismos de
bronce y hierro despertaron a lo largo de las calles, y durante un minuto la
Ciudad se llenó con el zumbido de cientos de ojos electrónicos que enfocaban y
ajustaban las válvulas. Uno tras otro, comenzaron a brillar como constelaciones
de estrellas rojas.
La Ciudad estaba bajo vigilancia.
Ajax observaba la pantalla que tenía empotrada en
la pared de su nuevo despacho. Cada poco pulsaba un botón del teclado de la
mesa y cambiaba de canal. Las imágenes de 350 líneas de resolución se sucedían
una tras otra, mostrando cientos de lugares de La Ciudad: Una casa, un parque,
una pared, una panorámica de los tejados de un barrio cualquiera... así, una
tras otra, al azar, mostrando las imágenes de lo que una vez fueron calles y
zonas de paso, pero La Ciudad había crecido ajenaa su presencia, cegando cientos de ellas y dejando otras mirando
al vacío donde antes estaban las salidas del Metro o las calles principales.
Cientos de esas calles habían desaparecido. Las paradas de Metro surgían cada
poco como cráteres de art-decó en medio de ningún sitio. Y en algún lugar que
las cámaras no mostraban, paseaba un Hombre - Lobo.
Miró el montón de informes al otro lado de la
mesa. Más de setenta páginas con lo poco que se sabía de los Hombres – Lobo,
los informes, los ataques. Abierto en medio de la mesa, con los daguerrotipos
de las escenas del crimen, estaba el informe 32A,el único caso documentado de la captura de un Hombre – Lobo con
vida. Hacía siete años desde aquello, y sólo había habido un caso más de
ataques de ese tipo desde entonces. Ajax miró las evaluaciones de los
alienistas. Apenas habían tenido lugar cuatro conversaciones con aquélhombre. El resultado, aunque escaso, era la
base con la que se había preparado el protocolo de captura que ahora estaba
siguiendo. Ajax levantó uno de los daguerrotipos: Un hombre, de mediana edad,
con los ojos hundidos, demacrado. Una persona sin antecedentes, sin informes de
violencia, que de pronto enloqueció y lanzó a una espiral de asesinatos
brutales y sin sentido, matando a cuarenta personas en cinco noches. Pasó al
informe de los ataques. Víctimas al azar, por toda La Ciudad, destripadas hasta
que murieron desangradas. Aquel hombre se había mordido los dedos hasta dejar
el hueso al descubierto y había usado sus propias manos como garras. Ajax desplegó
un mapa de los Barrios: Zona Norte, Bellavista, Distrito 3, el Barrio Negro,
Desolation Row, Parque Milenio, San Gabriel, Zona Este, Robledales, línea tras
línea de tinta que delimitaban las vidas de millones de personas. En algún
lugar entre San Gabriel y Bellavista estaban los restos de la Muralla Antigua,
pensó Ajax sin saber muy bien por qué. Rebuscó en los cajones del escritorio y
sacó una aguja con una banderita roja al extremo. La clavó en la intersección
de las calles Francine y Universo, la Estación 327.
Miró
pensativamente la provisión de banderitas rojas del cajón. Sospechaba que no
iba a ser la última. Quizás no tuviera suficientes.
Cogió su sombrero y salió a hablar con los
alienistas. El día era caluroso y polvoriento, y la semana prometía ser un
infierno.
Las Salas de la Fortaleza del Consejo bullen con
las actividades de miles de secretarios, de burócratas de medio nivel, de
técnicos en esta u otra materia. Sólo hay un lugar al que tienen vedado el
acceso: La Cámara. Aunque su nombre debería ser más bien “Las Cámaras”: Dos
habitaciones donde se reúnen los Miembros Electos del Consejo de Ciudadanía
para debatir los asuntos de La Ciudad. La primera habitación, a la que llaman
“Sala de la Niebla”, es en realidad un lujoso salón biblioteca donde se
guardan, encuadernados en interminables hileras, las actas y transcripciones de
las reuniones de la segunda habitación: La Cúpula del Consejo. Aunque en teoría
las decisiones se tomaban en aquella enormidad arquitectónica de mármol verde y
negro sin ventanas, con una sola puerta y mil doscientos asientos tallados en
la piedra, todos los Consejeros saben que tanto dentro como fuera se forjan las
leyes, las actuaciones, las verdades y las mentiras oficiales de La Ciudad. En
la Sala de la Niebla suelen perfilarse las opiniones, se juega en varios bandos
a la vez, se forjan inestables alianzas y se traza el destino de los millones
de almas que pueblan la metrópolis.
Hombres y mujeres vestidos con sobrios trajes
negros aguardan ante las puertas, leen algunas de las sesiones legendarias del
Consejo (El tomo 245465/dfh, donde se consigna la creación de la infame Ley de
los Mil Días, tan desgastado por el uso que apenas se mantienen sus hojas) y
deciden, antes de votar, lo que sucederá en el macizo anfiteatro de mármol de
La Cúpula.
Allí es donde Ruth culmina sus “negocios”. Un
sobre cambia de manos (“No hay necesidad que le diga qué contiene, ¿verdad,
Consejero Quahuer?” La voz meliflua de Ruth no traiciona el filo venenoso que
se esconde debajo), dos miradas que se cruzan, una cita que se acuerda para más
tarde. Un Consejero furioso la increpa a media voz. La amenaza fútilmente: En
sus últimas voluntades hay instrucciones para abrir y publicar el contenido de
ciertas cajas de seguridad. Aquellos que no quieren verse comprometidos la
protegen de los que la amenazan. Los años pasados en Desolation Row la han
endurecido mucho más que los pasados en los mármoles del Consejo. Es
inteligente, dura y decidida, y no tiene escrúpulos, ni moral, ni límites en su
ambición. Juega más duro que los demás porque sabe que no tiene absolutamente
nada que perder. Su mundo se precipita en los contrastes: La suciedad de
Desolation Row y el brillo de los mármoles de La Cúpula, los lugares donde se
toman las más altas decisiones morales y aquellos en los que se satisfacen los
más bajos instintos humanos.
La Sesión da comienzo. Los hombres y mujeres del
Consejo de Ciudadanía entran como una oleada en La Cúpula, dejando la
biblioteca envuelta en el humo de sus cigarrillos. Todos excepto uno.
En
medio del salón biblioteca, en medio de la niebla del tabaco, un Consejero
llora en silencio. A sus pies, un sobre de papel manila. En su mano, un puñado
de daguerrotipos.
Los sueños se habían repetido una y otra vez
durante una semana. Todos comenzaban con un despertar, en el coche, con el
hombre desconocido. Siempre llovía. A veces terminaba antes de que el hombre le
dijese el nombre de la calle. Otras veces terminaba cuando los hombres de los
abrigos aparecían y el coche se detenía. Ariadna anotaba los detalles de las
pesadillas cada vez que se despertaba. Las páginas emborronadas se acumulaban
sobre la mesilla de noche. A veces sólo recordaba un detalle. Otras eran
secuencias inconexas, o fragmentos de conversación entre ella y el misterioso
conductor.
Por
las tardes, a la luz moribunda del día, hacía cábala con el dinero que iba
ahorrando. Revisaba con cuidado los libros de cuentas, los intereses y pagos,
las ganancias y los gastos, las cuotas y los impuestos. Sin apresurarse, iba
preparando su huida de aquella Ciudad Sin Nombre. Su objetivo, su fuerza motriz
desde niña, desde que miraba las montañas más allá de los barrotes del
orfanato, era huir. Huir del orfanato, huir del internado, huir de La Ciudad.
Huir.
Minuciosamente, anotó los números en el papel
amarillento del libro de cuentas. Unos pocos gastos. Unas pocas ganancias. Una
nueva inversión, unos pocos intereses. Corona a Corona, día a día, se acercaba
a la libertad, más allá de las murallas de La Ciudad.
A veces, con una copa en la mano, mientras miraba
la cuadrícula de luces de La Ciudad extenderse hasta el infinito bajo ella,
presentía que nunca dejaría aquel lugar, que nunca abandonaría Desolation Row.
Aquella mañana, sin embargo, se encontraba de
buen humor. La tarde anterior las cámaras se habían puesto en marcha, algo que
no ocurría desde hacía años. Ariadna tenía una cámara en el alféizar de la
ventana. Al parecer había estado situada en la esquina de un edificio que se
levantaba en aquel lugar, y al construir el nuevo rascacielos la habían dejado
colocada en su posición original, apuntando al repecho de la ventana, a medias
mirando dentro del apartamento y a medias mirando al infinito del muro exterior
de cristal negro. Aquella tarde los antiguos engranajes de bronce se habían
puesto en marcha con una especie de ronroneo y la lente se había iluminado de
rojo. Ariadna apenas podía recordar la última vez que aquella caja de cobre con
remaches se había puesto en marcha, pero a la mañana siguiente decidió comprar
una planta y ponerla frente a la cámara. Y ahora contemplaba los geranios
blancos que había colocado frente al objetivo, pensando que en alguna parte, en
algún lugar más allá de los kilómetros de cable trenzado, alguien miraba una
pantalla y veía una hermosa maceta llena de flores blancas. Ariadna sonreía
pensando en que por una vez hacía algo bueno por alguien que no fuera ella
misma. Antes de salir, anotó un gasto en el libro de cuentas y dibujó una
pequeña flor al lado de los números.
No solía salir de compras. Prefería elegir las
telas por catálogo, que se las enviasen al apartamento y coser los modelos ella
misma. A veces se preguntaba quién le había enseñado a coser. Había cosas que
no podía recordar. Aquella mañana, sin embargo, salió a comprar. El día era todo
lo primaveral que La Ciudad se podía permitir, más allá de las nubes de
polución que oscurecían esporádicamente el cielo y de las sombras interminables
de los edificios. Ariadna dio un largo paseo hasta el Parque del Milenio, uno
de los pocos sitios de los que se podía disfrutar del aire puro y el sol. La
gran extensión del Parque estaba salpicada de pequeños quioscos que albergaban
en su interior las más variadas tiendas, desde reparadores de relojes hasta
heladerías y uno o dos Adivinos Autorizados. Los quioscos se repartían
aleatoriamente por toda la extensión del parque, al final de pequeños senderos
empedrados u ocultos por bosquecillos de follaje espeso. Ariadna se descalzó al
llegar y caminó sobre la hierba húmeda. Por todos lados se veían grupos de
gente divirtiéndose o descansando. Algunos paseaban en bicicleta, los más
atrevidos se zambullían desde los puentes en los arroyos y estanques que se
abrían cuidadosamente entre las lomas de césped. Caminó sin prisas hasta su
tienda favorita, un local que servía infusiones situado en medio de una laguna
poco profunda. Ariadna no se explicaba cómo podían haber asignado un quiosco en
medio de un lago sin ningún puente que le permitiese un acceso a tierra. Para
llegar hasta allí uno tenía que mojarse los pies.
Ariadna
vadeó el lecho pedregoso de la laguna y se sentó cerca del agua. No había nadie
más en la tienda, y esperó tranquilamente a que el camarero le cogiese el
pedido. Los siguientes minutos los pasó contemplando cómo aquel hombre ciego
preparaba la mezcla de tés y aromas para prepararle su infusión, cómo cargaba
la enorme caldera de bronce decorado con el agua justa de una taza y cómo
permanecía atento al borbotear del líquido en las entrañas de metal para
verterlo en la taza en el momento justo. Preparó la bebida y la llevó a la mesa
sin ninguna vacilación, dejando una estela de aroma a melocotón y canela por
toda la sala. Lo bebió saboreando la mezcla preparada a mano, una mezcla de
aromas y sabores irrepetibles porque habían nacido de la habilidad de una
persona dedicada a hacérselo llegar única y exclusivamente a ella. Quedaban
pocas cosas artesanales en La Ciudad, y el Salón del Té Azul era una de ellas.
Cuando terminó su taza salió a buscar telas por
los puestos ilegales que se escondían en las zonas más arboladas. Telas ligeras
y suaves para el verano, de colores brillantes, y también una pesada lona
vaquera para terminar el abrigo que había comenzado a coser el invierno
anterior. Anotaba cuidadosamente los gastos en una pequeña libreta para no olvidarlos.
Tenía que ser metódica si quería conseguir escapar. Una vez terminadas las
compras, caminó hasta los límites del Parque.
Los barrios de San Gabriel y Costanza se
extendían a sus pies. Desde el límite sur del parque el terreno describía una
suave pendiente hasta llegar al valle del Sector Tres y Fábricas. Pero allí,
recostados contra el Parque del Milenio descansaban las mansiones de los Justos
y los Poderosos. De niña, Ariadna siempre había imaginado que los palacios de
la gente rica serían como en los cuentos de hadas, castillos fantásticos con
torres y tejados en punta, con jardines inmensos y fuentes. No recordaba de
dónde provenían esas imágenes. Sin embargo, los palacios de La Ciudad eran
conglomerados de cristal y acero reluciente, enormes cubos de paredes
brillantes que ocultaban en su interior lo que sus amos deseaban. Las formas
variaban entre el cubismo puro hasta el Art-Decó más atrevido, formas
futuristas de acero forjado y paneles de cristal brillante como el mercurio.
Con la puesta del sol, San Gabriel y Costanza parecían un muestrario de
extrañas gemas sin tallar esparcidas sobre la cuadrícula de La Ciudad, joyas
que escondían más de lo que mostraban, y cuyos habitantes nunca podían ser
vistos desde el exterior. Mirando hacia los barrios más ricos, Ariadna pensó en
las cámaras que incluso en el Parque del Milenio vigilaban por algún motivo
inescrutable, y se dio cuenta de que los palacios de La Ciudad estaban
construidos con algo mucho más valioso que el oro o el mármol: Estaban construidos
con intimidad. Aunque cada una de esas enormes y brillantes carcasas estuviese
vacía, su interior era inexpugnable a la marea de millones de personas que
recorrían las venas de La Ciudad cada minuto de cada hora. Aquellas burbujas de
acero y espejo eran el verdadero tesoro de sus habitantes. En La Ciudad,
recordó Ariadna llevándose una mano a la nuca y tocando la antigua cicatriz
estrellada, ni siquiera en tus propios pensamientos podías contar con
intimidad.
Regresó
con paso cansado a su apartamento. La noche se volvió tormentosa mientras se
perdía en la marea humana que regresaba a algún lugar.
Ajax concluyó que la especie más inútil sobre la
faz de la tierra, después de las cucarachas, eran los alienistas. Mientras
terminaba de leer los informes se le formó una bola de tensión en el hombro
derecho, entre el cuello y la espalda. Aquellos hombres que se suponía debían
tener las respuestas sólo sabían suponer. Y ni siquiera eran suposiciones
útiles para el caso. Ajax había pasado horas sumergido en teorías psicológicas
que lo habían dejado más confuso que al principio. Llegado a un punto, ni
siquiera estuvo seguro de que estuviese persiguiendo a un ser humano de carne y
hueso.
-Si vuelvo a oír la
palabra “Superego”, mataré a todos los Alienistas de esta ciudad...
El teléfono le cogió de improviso. Miró la
pequeña luz parpadeante en el panel de madera y se extrañó aún más de que la
llamada fuese del exterior. Normalmente sólo recibía llamadas de las
extensiones de la Policía. Bueno, normalmente no, lo cierto es que “solo”
recibía llamadas de la comisaría.
-Detective Ajax,
División 6.
-Es usted difícil de
localizar, Señor Detective Importante.
Ajax reconoció la aguda voz del otro lado de la
línea. Hacía años que él y Maximilian habían terminado la Escuela de
Instrucción, y desde entonces ella le llamaba una o dos veces al mes, estuviese
donde estuviese. Y esta vez, como todas las demás, Ajax sintió una punzada de
desprecio por no haber sido él el que hubiese hecho la llamada.
-Vaya, Max. ¿Cómo
demonios...? Bah, no importa. ¿Qué es de tu vida? ¿Cómo estás?- Al otro lado,
Maximilian se reía.
-Bien, viejo
bastardo. Mucho trabajo últimamente. La verdad es que estaba tan estresada que
me dije “¡Eh!, llama a ese repugnante tipo que conociste en la academia y sal
un rato por ahí antes de que explotes del todo”. Así que ahora tengo que
preguntarle al repugnante tipo si pensaba hacer algo interesante esta noche, y
que si era así, por qué demonios no me había avisado que había algo interesante
que hacer en este pozo negro.
Maximilian hablaba atropelladamente. Por el ruido
de fondo Ajax dedujo que se encontraba en el metro. Trató de buscarla con las
cámaras, pero no pudo localizarla.
-De acuerdo, Max. A
mí también me vendrá bien un poco de descanso. ¿Dónde nos vemos?
Ajax comprobó la hora. Hacía tres que su turno
había terminado oficialmente, así que podía largarse de aquel despacho.
Maximilian dudó un momento antes de contestar.
-¿Al pie de La
Cámara? ¿A eso de las diez?
-De acuerdo, a las
diez en La Cámara. Allí estaré. Me alegra hablar contigo.
-Mientes, Ajax, pero
yo también me alegro. Hasta las diez.
Colgó. Ajax sabía que no tendría tiempo de ir
hasta su apartamento y cambiarse de ropa para la cita. Se resigno a llevar la
misma gabardina arrugada y la misma camisa con las que se había levantado de la
cama aquella mañana. Cogió su sombrero y salió de la comisaría. El aire de la
noche era frío, pero por lo menos era limpio. A pesar de la hora y de que todo
estaba ya cerrado, la marea de gente que caminaba por las aceras no parecía
disminuir. Ajax se abrió paso hasta el coche que tenía aparcado frente a la
puerta trasera del edificio. Lo bueno de la División 6 era que podía pedir
prácticamente lo que se le antojase como parte de una investigación y nadie
rechistaría lo más mínimo mientras no se lo quedase. Había decidido no volver a
depender de un taxi. Se dejó caer sobre la tapicería de cuero y comprobó los
diales de bronce. La batería tenía suficiente carga como para llegar a Las
Cámaras y poco más. Bueno, ya se las apañarían de algún modo.
El barrio que rodea las Cámaras del Consejo solía
tener cierta agitación por las noches. Si bien es cierto que la mayoría de los
habituales de los locales de la zona eran pacíficos trabajadores de Las
Cámaras, políticos y burócratas de medio nivel, también es cierto que las
rivalidades administrativas o políticas suelen calentarse en exceso cuando ya
se llevan varias copas de por medio. Ajax llegó puntual a la base de la
escalinata que daba acceso a Las Cámaras y tuvo que esperar a que Maximilian
apareciera diez minutos después. Salió de un taxi agitada como si hubiese
estado metida en una lavadora y la acabasen de centrifugar. Lucía un hermoso
centrifugado, de todas formas.
-Bien, bien, bien.
El pequeño bastardo ha ascendido tanto que sus viejas amigas de la Academia
tenemos que pedir cita para encontrarle.
Ajax y Maximilian se abrazaron con fuerza. Ajax miró
a la pequeña Agente desde arriba. Ahora llevaba el pelo corto, a la altura de
los hombros, moreno aunque un poco más oscuro de lo que lo recordaba. Bajo el
abrigo seguía teniendo el cuerpo pequeño, musculoso y duro que tanto le había
gustado, y sus ojos tenían más arrugas alrededor, más madurez, pero por lo
demás seguía pareciendo la misma chica de barrio que se había alistado en la
Policía y miraba los rascacielos de la Zona Centro con la boca abierta. Se
sentaron en una terraza al abrigo de la Cúpula y pidieron algo de cena. La
conversación giró rápidamente sobre los respectivos puestos de trabajo. Ajax
supo que Maximilian había sufrido dos ataques durante estos últimos años y
había permanecido en coma diez días. Ajax se sentía cada vez más despreciable
por no haber sabido nada de ella hasta ese momento, y más tarde, cuando se
encontraban haciendo el amor en su apartamento, no consiguió mejorar su opinión
de sí mismo.
Ruth
terminaba de cenar en su mansión. Bajo la cúpula geodésica que cubría sus
terrenos en Costanza había mandado construir una serie de cúpulas menores de
acero, formando una aglomeración de burbujas ordenadas en un perfecto hexágono.
El interior de su mansión no tenía paredes que dividieran el espacio. Todo
estaba a la vista, pero era inexpugnable desde fuera. Los pocos criados que
servían a la Consejera Dauphine eran ciegos. Así ella evitaba tener que hacer drásticos
“ajustes de personal” si husmeaban en el archivo. Ruth le prestaba una atención
obsesiva: era la fuente de su poder, un templo levantado a su labor constante,
un ídolo a la guerra que libraba contra el resto de La Ciudad. En el centro de
su mansión se levantaba el pilar de hierro formado por los miles de
archivadores que había ido llenando con daguerrotipos e informes de los 1199
miembros del Consejo. No todos contenían información comprometedora. La mayoría
eran tan sólo archivos de vidas normales y corrientes, pero potencialmente
útiles. Ruth sabía perfectamente que existían otros archivos parecidos al suyo,
pero que ninguno era tan exhaustivo como el que se elevaba en el centro de su
mansión. En la base, una consola de peltre daba acceso al ordenador que
mantenía el archivo de referencias y el índice de su particular biblioteca. Se
sentó un minuto, a dejar vagar sus manos sobre las teclas, accediendo al
críptico sistema que había desarrollado para ordenar las fichas. Aquí y allá se
encontraba con pequeñas lagunas, como lo que había hecho dos días atrás cierto
Consejero de la facción conservadora, o con quién se había entrevistado una
Consejera casada en la Facultad de Narradores y Juglares durante tres horas la
tarde anterior. Pequeñas cosas que se convertían en su desafío personal, en una
especie de puzzle que estaba, a veces, más allá de la mera obtención de
beneficios. Destapó con deleite una lata de cacahuetes fritos con miel y
continuó rebuscando. Los criados recogieron la mesa de la cena sin ruido y
lentamente fueron cumpliendo sus labores diarias, mientras Ruth actualizaba
algunas notas y apuntaba indescifrables símbolos en su libreta, cosas que tenía
que hacer aun, cosas que tenía que averiguar. Y todavía tenía que preparar un
informe para la asamblea del Consejo que se celebraría mañana. Tenía mucho
trabajo por delante, y muy poco tiempo para terminarlo. Se caló las gafas y
mordió con firmeza el lápiz. Si había llegado hasta ahí había sido mediante
constancia, trabajo y sufrimiento. Si era necesario, no dormiría esa noche. Ni
todas las noches que le hiciese falta. Tecleaba frenética, tomando notas con
una mano mientras la otra volaba sobre el teclado. Trabajar, trabajar y
trabajar. La única forma de mantenerse sobre la ola era estar preparada.
Cerca de la media noche, se estiró en el asiento
y miró a su alrededor. Las luces permanecían apagadas y los criados se habían
retirado a dormir en sus nichos. La enorme sala se perdía en la oscuridad que
arrojaba la tenue luz verde del monitor. Por un instante, Ruth sintió una
terrible opresión: Ante ella se alzaba un tótem de metal iluminado por un fuego
verde, y ella había sacrificado toda su vida a la existencia inconmovible del
Dios que vivía encerrado en los cajones de metal. Pero el miedo pasó, y Ruth se
levantó con paso felino, recogiendo la ropa y las cosas que necesitaría para
esa noche: Una pistola, dos puñales y un chaleco antibalas bajo las ropas,
sueltas y cómodas. Se colgó una mochila a la espalda, llena de hojas sueltas y
dinero, además de copias de ciertas fichas y daguerrotipos. Información por
información, esa era una de las premisas fundamentales de su mundo. Comprobó
dos veces que las armas estaban engrasadas, cargadas y afiladas, y se cubrió
con una capa, perdiéndose por la abertura de un túnel que la dejaría lejos de
su mansión, en el corazón del Barrio de Hierro.
La espera siempre se hace interminable, por breve
que sea. Escondida entre dos portales en las sombras, Ruth tenía la vista
clavada en el círculo de luz que dejaba el único farol de la calle, marcando el
lugar de la reunión de esa noche. Unas pocas monedas cada semana aseguraban que
sólo ese farol escapara de los ataques de los vándalos. “Es bueno poder elegir
el terreno” pensó Ruth “Pero mejor aún es poder crearlo tú misma”. Ella había
elegido y aprobado el proyecto de ampliación del barrio en el que se
encontraba, como había elegido y aprobado muchas otras acciones urbanísticas a
lo largo de los años. Había creado, poco a poco, una serie de lugares seguros
repartidos por toda La Ciudad, madrigueras cuyos recovecos le eran tan
familiares como su propia mansión. El mejor lugar para hacer negocios es el que
uno mismo construye.
Una
figura encapuchada apareció bajo la luz mortecina del farol. Había sido
puntual. Ruth se escurrió hasta dos calles más allá de su observatorio y salió
a la calle, acercándose cautelosamente al círculo de luz. La figura que
esperaba era alta, por lo menos treinta centímetros más que ella misma. La capa
le ocultaba por completo, desdibujando cualquier silueta en un amorfo montón de
tela negra raída. Ruth seguía muy atenta a su alrededor. Había dejado los
papeles que le había pedido en un lugar seguro, no muy lejos de allí. Por lo
menos, eso garantizaba que en caso de que todo fuese terriblemente mal no la
matarían sobre la marcha.
Se introdujo en el círculo de luz, lo suficiente
como para asegurarse de que el otro le había visto bien. Estuvieron así,
enfrentados en medio de la minúscula isla de luz, durante diez interminables
segundos. Luego, la capa informe comenzó a moverse, y Ruth supo que algo iba
terriblemente mal. Mientras daba un rápido paso atrás y desenfundaba la
pistola, vio surgir de entre los pliegues de tela dos cañones de acero cromado.
Luego, con increíble rapidez, sonaron tres disparos. El estruendo resonó por la
desolada calle, levantando ecos que se confundieron con los siguientes
disparos. Ruth retrocedía lo más rápido posible, sin darle la espalda a su
adversario, mientras este intentaba acercarse a los portales de su derecha y
cubrirse. Las balas silbaban a su alrededor, estallando contra las paredes,
lanzando pequeñas esquirlas de ladrillo al aire. Ruth disparaba a ciegas, sin
preocuparse demasiado de a dónde iban a parar sus balas. La intención era que
las de su atacante no le acertaran a ella. La figura encapuchada se parapetó
detrás de un portal y Ruth alcanzó una bocacalle estrecha y negra como la
noche. Echó a correr, ahora sin preocuparse de perseguidores, tratando de
alcanzar la entrada a la alcantarilla que la llevaría hasta el túnel. Al cruzar
una de las calles más anchas del barrio, los focos de un coche la deslumbraron,
seguidos de una salva de disparos. Otras luces brillaron frente a ella, y más
disparos, delante y detrás. Se lanzó por un estrecho callejón, golpeándose los hombros
con las sucias paredes. La intentaban rodear. Ruth dejó de correr y se tiró
tras unos cubos de basura. Tenía que cambiar de estrategia. Ahora se trataba de
un intento de asesinato, no cabía duda. No podría negociar con informes ni con
daguerrotipos. Comprobó el pequeño dial de la empuñadura de la pistola: Le
quedaban tres balas. Miró a su alrededor, intentando encajar las paredes, los
aleros, las calles que la rodeaban con el mapa que había estudiado. Se dio
cuenta de que sangraba. Un disparo le había alcanzado en el costado derecho.
Perdía sangre en abundancia. Si no la mataban sus perseguidores, pronto estaría
muerta por la hemorragia. Intentó pensar con claridad, pero las ideas se le
escapaban. Su respiración se hizo dificultosa. Escuchó el ronroneo de varios
motores eléctricos. La estaban buscando. Se acercaban.
Se levantó con un esfuerzo y se alejó
poco a poco de sus perseguidores. Torció una esquina que quedaba oculta por las
sombras del callejón y salió a media manzana de donde había empezado el tiroteo,
del lugar donde había planeado el intercambio. No era la primera vez que algo
salía mal, pero esta vez había sido peor que nunca. Esta vez habían ido a
matarla. Un haz de luz se dibujó en una de las calles laterales. Se acercaban.
Estaban peinando toda la zona. Por suerte, Ruth había elegido, de entre todos
los diseños que se propusieron para la ampliación de la zona, el que dejaba más
pasillos y callejones entre los edificios. Apretándose la herida con una mano,
se lanzó de nuevo por los laberintos de hormigón. Ahora, silencio y paciencia.
Si conservaba la cabeza fría, podía escapar. Pero seguía sangrando. Poco a
poco, fue dirigiéndose hacia el sur, dejando atrás las vueltas y revueltas de
la zona. Las calles fueron ordenándose en una pulcra cuadrícula, iluminada a
intervalos regulares por mortecinas farolas de gas. Aquí y allá se veía la
estrella roja de una lente de vigilancia, moviéndose con un sordo siseo
metálico, vigilando la noche. Ruth comprobó que no hubiese nadie por la zona y
se alejó cada vez más del sitio donde había ocurrido todo. Aunque no reconocía
la zona, sabía que si seguía la pendiente natural de las calles, acabaría
llegando a la parte más baja de la Ciudad: Desolation Row. Aún así, le quedaban
más de seis kilómetros que recorrer hasta allí.
A la altura de la Rue D’Ausseil Ruth olió
Desolation Row. Estaba agotada, sentía dolor en cinco o seis sitios donde las
balas habían rebotado sobre el chaleco antibalas y las piernas se negaban a
sostenerla mucho más. La herida seguía sangrando entre sus dedos, y no
recordaba desde cuándo había tenido que apoyarse en la pared para seguir
caminando, escorada como un barco a punto de hundirse. Podía ver el resplandor
borroso de los neones más allá, pero le era imposible enfocar nada. Estaba muy débil,
pero apretaba los dientes y seguía caminando. Ya estaba cerca. Entró en
Desolation Row tambaleándose, en medio de una marea humana que parecía haberse
retirado de toda la Ciudad para concentrarse aquí, en esta única calle.
Tropezando y empujada por los cientos de hombres y mujeres que vendían o
compraban carne viviente se fue adentrando, buscando entre los carteles de
fuego rojo y azul una señal conocida. Escuchaba la incesante música de jadeos y
gritos que se alzaba por encima del murmullo de los transeúntes, como el ruido
del mar sobre una costa rocosa. Pero había perdido la orientación. Golpeó con
las caderas una farola y se vio arrojada a la carretera. Unos faros la
deslumbraron. Un coche la golpeó en las rodillas. Cayó al suelo y continuó
arrastrándose, con la mirada perdida, sin saber a dónde dirigirse.
Mientras la consejera electa Ruth
Dauphine caía sin sentido sobre el sucio suelo de Desolation Row, miles de
personas continuaron con sus actividades, ignorándola.
Una voz. Joven, pero intensa. Muy cerca de su
oído.
-Podríamos llevarla
al hospital...
Otra voz. Más dura, más seria. En algún lugar a
su derecha.
-Esta demasiado mal.
No aguantaría el viaje. Hay que cerrar esas heridas antes de que se desangre
del todo...
-¿Y qué hacemos?
Tenemos que hacer algo. No puedes dejarla así. Está muy mal.
Silencio lleno de voces y ruidos apagados, más allá de
paredes y capas de tela. Ruidos indistintos: Agua removida, telas rasgadas,
olor a menta fresca, tintineo de metal contra metal.
-Ve a buscar a
Clemátide a la Casa de Muñecas. Ella sabrá que hacer con estas heridas. Rápido.
Ruido de pasos. Una puerta abriéndose y
cerrándose. Un paño húmedo sobre la frente. Poco a poco, los golpes dejan de
doler. El frío se va disipando. Ruth está muriendo.
Ajax apoyaba la espalda en el muro de hierro
recalentado por el sol. La luz del atardecer caía oblicua entre los estrechos
aleros de las casas del Barrio de Hierro, tiñendo de rojo el óxido de las
paredes. De los tejados se desprendía una continua llovizna de herrumbre, una
nevada rojiza que dejaba un sabor a sangre en la boca. Se preguntaba si
realmente no era el sabor de su propia sangre. Se asomó fugazmente por la
esquina y comprobó la situación. El hombre estaba agazapado al fondo del
callejón sin salida. Tenía un arma, la que había arrebatado al agente después
de matarlo, y sabía utilizarla. Cabía la posibilidad de que fuera el
Hombre-Lobo que estaba buscando, pero de momento era un fugitivo y un asesino
de policías. No llegaría vivo a la Corte de Justicia. El hombre había abierto
fuego cuando una patrulla le dio el alto aquella misma mañana. Él se encontraba
cerca por casualidad, y había acudido a la llamada antes que nadie,
persiguiendo al fugitivo hasta el Barrio de Hierro, una aglomeración de
edificios bajos construidos con chapas oxidadas por el tiempo, una de las zonas
más antiguas de La Ciudad. Un laberinto de callejones y tuberías donde
esconderse.
Ajax sopesó la nueva pistola que había recogido esa
misma mañana en la armería. Era mucho más pesada y menos estable que su
habitual revolver, pero tendría que acostumbrarse a ella lo más rápido posible.
Esperaba que fuera tan potente como se decía. Volvió a asomarse y el hombre le
disparó varias veces. Ajax saltó hacia atrás mientras las balas rebotaban a su
alrededor, dejando pequeñas muescas brillantes en la capa de oxido de las
paredes. Una gota de sangre se deslizó por su mejilla. La herida era dolorosa,
pero no grave. Esperó unos minutos y volvió a asomarse. El hombre estaba oculto
tras un grupo de tuberías que subían por la pared de un edificio curvo, cerca
del fondo del callejón. Pero estaba atrapado. El fondo de la calle estaba
cerrado por una plancha de metal viejo, llena de remaches, y no había ninguna
otra salida. No podía escapar, excepto matando. Apuntó cuidadosamente,
pendiente del más mínimo movimiento, clavando la mirada en las sombras informes
bajo el sol poniente. Ajax se deslizó de su escondite en silencio, sin perder
de vista el grupo de cubos de basura y tuberías que formaban una excrecencia en
el extremo del callejón. Lo más probable es que el hombre estuviese allí,
esperando, reuniendo aplomo para salir y enfrentarse a él. No le daría la
oportunidad. Se ocultó en una sombra, pegándose a las paredes todo lo posible,
en el lado contrario al que había estado escondido hasta ahora. Aguardó en
silencio, apuntando cuidadosamente con el brazo extendido.
Los minutos pasaron, marcados por el lento huir
de los afilados retazos de luz que manchaban las paredes. La sombra de los
edificios de metal se fue espesando hasta convertirse en negrura, mientras el
calor del sol escapaba de las paredes y remaches casi de forma perceptible. Una
bruma sofocante comenzó a envolverle, invisible, como el aliento recalentado de
un enfermo encerrado en una burbuja. Un aire respirado una y otra vez hasta
hacerse tan espeso como la melaza. El aliento vital del Barrio de Hierro.
Los cubos de basura se movieron. El hombre, ahora
una sombra más presentida que vista realmente, salió corriendo de su escondite,
gritando y disparando. Pero disparaba a donde suponía que tenía que estar Ajax.
Sin embargo, este esperaba al otro lado de la calle, a salvo. Apunto
cuidadosamente, siguiendo el movimiento del hombre con el brazo extendido,
prácticamente a ciegas, y disparó. La detonación le ensordeció y el retroceso
estuvo a punto de arrancarle el arma de las manos. El hombre cayó al suelo por
el impacto, resbalando unos metros hasta detenerse. Contempló la mancha de
sangre y el agujero dejado por la bala en la pared tras el hombre. El eco de la
detonación tardó una eternidad en morir, reflejado por las paredes de hierro.
Ajax bajó el arma lentamente, comprendiendo que ya no volvería a necesitarla.
El hombre estaba completamente muerto, no cabía ninguna duda. La herida de su
costado hubiera permitido atravesar el cuerpo con el brazo sin tocar la carne.
Se acercó lentamente, sorprendido por la tremenda destrucción que acababa de
provocar. No era el primer criminal al que abatía en acto de servicio, pero si
era la muerte más violenta que recordaba. La muerte había sido repentina e
instantánea. El rostro conservaba la expresión de furia, la mano sostenía aún
el arma con el gatillo apretado. Sin embargo, el impacto había sacado las
entrañas del cuerpo y las había regado en abanico contra la pared en la que se
había hundido la bala. Sangre sobre el óxido, apenas distinguible en la
penumbra del atardecer. La División 6 se enfrentaba a sus enemigos con su misma
contundencia sangrienta. Buscó un teléfono por los alrededores, llamó a la
Central para que enviasen a alguien de Recogida de Cuerpos, y se fue.
Huyó por La Ciudad doblando esquinas, tratando de
perderse en un laberinto que le conocía demasiado bien para permitirle escapar
de si mismo. Acabó junto a los pilares del Puente Negro, fumando su último cigarrillo,
mirando La Ciudad desde uno de sus puntos más altos, contemplando como las
calles se perdían en el infinito del horizonte, se precipitaban desde las Nueve
Colinas hasta la arteria central, y se fundían en Desolation Row. A su espalda
se levantaba El Muro, el auténtico límite físico de La Ciudad, inexpugnable,
inabarcable, enormemente alto, muralla sobre muralla, elevándose una sobre otra
hasta profanar el cielo ennegrecido. Más allá, si existía algo, era algo que
había sido mantenido lejos de La Ciudad. Ajax se preguntaba si El Muro había
sido construido por los hombres y mujeres de La Ciudad para mantener fuera al
Exterior, o si lo habían construido los habitantes del Exterior para mantener
cercada La Ciudad. Una cosa era segura: No existían puertas en El Muro. No se
encontraba de un humor especialmente constructivo para semejantes divagaciones,
así que requisó por la fuerza el primer vehículo que encontró y se dirigió a su
apartamento en la Colmena 12.
El interior estaba en penumbra. Unas bandas de
luz roja, sólida en medio de la negrura, se colaban entre las maltrechas
ventanas. Algo estaba mal. Lo notó antes incluso de terminar de abrir la
puerta, y sacó el arma sin dudarlo. La casa le pareció ajena, aunque estaba
todo en orden. Los restos de comida permanecían sobre la mesita del salón. El
pequeño piloto rojo del ordenador parpadeaba lentamente en un rincón. Al fondo,
al otro extremo del salón, la puerta del cuarto estaba abierta. Ajax la
percibía como un agujero negro en medio de la negrura. Recorrió la sala con el
arma, apuntando a ninguna parte, consciente de que algo saldría de entre las
sombras cuando le diese la espalda. Dio un paso lateral hacia la cocina. Una
franja de luz entraba desde la puerta y caía sobre los cacharros de cobre. Cogió
la tapa de una cacerola y la utilizó para reflejar la luz sobre las sombras del
salón, siguiendo la mancha de luz con el arma. Todavía le dolía la palma de la
mano del disparo de aquella tarde, y la incomodidad le hacía fruncir el ceño.
No tenía ganas de volver a disparar esa arma otra vez en el mismo día, y mucho
menos en su casa.
La
mancha de luz cruzó el sofá en medio del salón. Maximilian yacía dormida,
envuelta en una manta. Ajax arqueó las cejas, sorprendido. Pese a todo,
continuó revisando todas las sombras antes de enfundar la pistola y entrar en
su habitación. Dejó la pistola bajo llave antes de darse una ducha rápida y
acostarse. La luz de neón del edificio de enfrente se colaba por una rendija y
refulgía sobre la placa de la División Seis. Se durmió con la imagen de la
estrella de cinco puntas bañada en sangre.