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3000 PALESTINOS Y 1000 ISRAELÍES

3000 PALESTINOS Y 1000 ISRAELÍES

Esa es la cifra de muertos desde el “segundo levantamiento popular palestino” (Cito a Televisión Española, Informativo de las 2:00 AM del 14 de mayo de 2004. Les cuesta decir Intifada). Es la cifra de muertos en un periodo de tres años. Eso significa que han muerto 2,73972602 Palestinos y 0,913242 Israelíes cada día. Si se aplicase ese ritmo de “despoblamiento” a Terrabruma, se tardaría 97 años y seis meses en acabar con todos los que pisamos esta tierra (Aproximadamente, 130000 personas, guiris incluidos. Sin incluir a los guiris, tardarían 54,75 años en cepillársenos). En menos de cien años, sólo quedaría el polvo y las cabras para recordarnos. ¿Cuánto tardarán en acabar unos con otros los Palestinos e Israelíes? Tendría que buscar el índice de natalidad de ambos pueblos y recalcularlo todo en función de la población.

No, mejor no lo hago.

Bien, segunda entrada “De nevera”. Mañana vuelve Senda desde la temblorosa Isla del Diablo (Un hipido de 2,7 grados Richter y lo llaman ¡¡¡Terremoto!!!. El último temblor en Terrabruma fue de 3,6 y no nos fuimos dando importancia ni nada...) y puede que pase bastantes días por aquí, así que no sé cuando aparecerá esta entrada en el Blog. De momento, hoy segundo día de pruebas de cámara para Gritos en el Pasillo, con muy buenos resultados. Puede que a principios de la semana que viene haya por fin algo nuevo en el enlace de Gritos. Ya avisaré.

Lo cierto es que cambiar la dinámica de “Cagonlalecheputa, otravezapegápuertasdelocohones, estonosevacabámásnúnca...” por la de “JOOOOOOOOOODEEEEEEEEEEEEER, QUE GUAAAAPOOOOOOOOOOOO!!!” es un incentivo impresionante. Ver por fin los decorados montados y las primeras imágenes en cámara levantan el ánimo. Desde luego, no negaré que quedan aún varias toneladas de trabajo por hacer, y del más complicado. Por poner sólo un ejemplo (Y no de los más chungos), hacer que las paredes de los decorados encajen entre sí. Es que no se le puede dejar el corte de madera a alguien que SI tiene televisión de pago y nunca ha visto un capítulo de Bricomanía. Hay que comprar Estrokys, hay que pulir la iluminación, hay que aprender a manejar a los personajes, hay que arreglar lo de los Deviadores (También llamados Turbotines), hay que pintar algunas cosas, TENGO QUE ARREGLAR UNA PUTA PUERTA MÁS, y así un largo etcétera (Hacer focos miniatura para la lámpara de la antorcha).

Sigo con las prácticas de conducir. Es complicadillo, sobretodo lo de reducir y cambiar de marcha de manera fluida. Digamos que la caja de cambios y yo tenemos una relación un tanto brusca. Lo cierto es que no le veo especial interés al tema, pero tampoco puedo decir que me deje frío. Es como aprender a hacer un deporte complicado o algo así. Y a 25 € la lección, nada menos. En fin, espero haber obtenido el documento rosa antes de fin de mes. Tampoco estaría mal conseguir trabajo, de media jornada o por lo menos turno corrido, para tener algo ahorrado (Hay que pegar la gramola al aparador) cuando Senda regrese definitivamente. Lo cierto es que las noticias de la OCDE son esperanzadoras: LOS PRECIOS DE LA VIVIENDA SE VAN A DESPLOMAR A CORTO PLAZO. Por fin. A corto plazo significa, según los expertos, de aquí a tres años, pero por lo visto es algo que no parece muy lejano, aunque los constructores dicen lo contrario (Devolver el Par 56. Sería bueno cambiarlo por un par 64) Ya iba siendo hora de que las leyes de oferta y demanda comenzasen a funcionar realmente. Para los empresarios que no hubiesen acudido a clase es día, lo explicaré aquí someramente:

- Si hay poca oferta y mucha demanda, el precio sube.

- Si hay mucha oferta y poca demanda, el precio baja.

Eso NO quiere decir que si hay mucha oferta y poca demanda, el precio suba, si no al revés. Se está construyendo a toda castaña, por lo menos aquí, y no bajan los precios ni para atrás. Atendiendo a la OCDE, insto a los lectores preocupados por adquirir una vivienda que aguanten unos añitos. Con lo que puedan ahorrar ese tiempo, tendrán un buen pellizco para después (Hay que colocar los cables extra en la Sala del Genrador). Desde luego, este anuncio de la OCDE puede ser una especie de “Profecía Autocumplida”, ya que, si no es verdad que hay causas para temer el desplome, si que es posible que muchos compradores, al ver la noticia, decidan no comprar aún, con lo que bajará la demanda y acabará por provocar el desplome de los precios. Así que si todos nos plantamos y esperamos, puede que ocurra.

Otro signo del devenir de los tiempos: Fuentes de las más altas instancias políticas me han informado de que se han cerrado ya SIETE hoteles en Terrabruma por falta de clientela, y que muchos establecimientos comerciales enfocados al turismo están abandonando el negocio debido a que se está imponiendo el “Todo Incluido”. El fantasma de los 70 acecha de nuevo a esta isla, y espero por el bien de todos que dejemos de enfocar nuestros esfuerzos en construir enormes y costosos apartahoteles a pie de playa y comencemos a pensar en las cosas que necesita esta isla para modernizarse (Hay que hacer la aguja del indicador de potencia). Reciclado, cultivos ecológicos, investigación de energías renovables, piscicultivo. Son buenas ideas, y van a hacer mucha falta de aquí a poco. El problema de la insularidad es que tenemos que intentar ser autótrofos, producir nuestros propios alimentos y energía. Sólo el hecho del transporte incrementa enormemente los precios de los productos de consumo, lo que repercute en un menor gasto en otras áreas, ya que TODO es más caro porque se trae de fuera. Y lo peor es que nos dedicamos a especular con lo de aquí, vendiéndolo sólo un poco más barato. Total, si eras capaz de pagar 55 céntimos por algo de fuera, que más te dará pagar 53 por algo de aquí, aunque sólo costase 12 céntimos producirlo y transportarlo (Hay que darle fuchi-fuchi negro al diorama del muro y a las colinas warhammer). El dinero no se ahorra, señor comerciante. El dinero se gasta. Y si uno no tiene dinero para lo básico, no comprará lo accesorio. Piensa, oh empresario desalmado, que un comprador sólo comprará un producto si no puede comprar dos, y a usted le interesa vender mucho mucho, porque al fin y al cabo, cuanto más vende mayor es el beneficio neto, ¿verdad?. ¿Qué es mejor, vender cinco televisores en seis meses o vender cinco televisores en un año? Cuanto más tiempo se tarda en obtener beneficios, más se devalúa el producto, debido a los gastos generados por la empresa.

Abaratar los precios hace que la gente pueda comprar más cosas, y eso al fin y al cabo es lo que precisa una Economía de Mercado como la nuestra.

Hoy estuvo la Santa Madre de JJ en el taller. Es la encargada de la confección textil de la película (Fundas de almohada, cortinas, sábanas), y pasó a recoger a los modelos para rehacer los gorros de dormir. Lo más impresionante fueron las Profecías de Santa Cecilia:

- Leticia Ortiz será la Madre del Anticristo.

- El Eclipse de Luna y los Terremotos de la Isla del Diablo son señales del hecho.

Esto así, en frío, no parece muy impresionante, pero por lo visto se basa en los escritos de NOSTRADAMUS para afirmarlo. Da miedo pensar que, también según Nostradamus, un Rey Español será quien dirija la guerra final contra los árabes. En vista del panorama internacional, de que Leti parece que será la Madre Oscura y de lo Shakespiriano que resultaría que Felipe VI dirigiese las fuerzas del bien contra las de su propio Hijo Primogénito, no me queda más remedio que creer en las predicciones. Se acerca el Sexto Mundo, a toda velocidad. Aquellos jugadores de UA o de DELTA GREEN saben muy bien cual es la sensación de que el fin está aquí mismo.

En otro orden de cosas, como nadie me ha comentado nada sobre el personaje de Ajax, he decidido lo que le va a suceder por mi mismo. Tampoco es nada seguro, ya que la trama de “La Canción de Ariadna Dédalus” no es algo preestablecido, pero creo que sé cual debería ser el destino apropiado para él. Como no sé cuánto voy a tardar en volver por aquí, incluyo una ración extra de la novela, desde el principio, para que nadie se sienta perdido.

Señoras y señores, con todos ustedes:

LA CANCIÓN DE ARIADNA DÉDALUS

Capítulos I a XII

No pensar. Había llegado a desarrollar la técnica a la perfección, de tal manera que ya se disparaba como un mecanismo defensivo de forma inconsciente. No era dejar vagar la mente, no era pensar en otra cosa, no era dejar la mente en blanco. Era no pensar en lo que estaba haciendo.

No pensar en lo que le estaban haciendo.

Silencio. Adoraba el silencio, lo cultivaba con esmero e incluso había recubierto el techo de su ático con tapices gruesos para absorber más aún el ruido. Miraba por la ventana, aunque la vista tenía algo de tétrico: Una cuadrícula tridimensional de luces anaranjadas hasta el horizonte (“¿Alguna vez he visto el horizonte, el horizonte de verdad?” Pensó en silencio), luces que se alzaban hasta el cielo, y entre las luces, el vacío intenso de la noche, donde sólo habitaba algún reflejo de las mismas luces anaranjadas en el asfalto húmedo de las carreteras.

Ser prostituta en la Ciudad es algo muy triste. Hacía que se sintiera sola.

Muy sola.

Otra de las cosas que había desarrollado de manera paralela a su ocupación era la obsesión por la higiene. Las únicas formas de arrastrar los restos de su jornada laboral eran no pensar y disponer de una cantidad ilimitada de agua caliente. Se cuidaba mucho de que nunca faltase y de que la caldera de bronce estuviese en perfectas condiciones. Por eso, cuando regresó (“No pienses de dónde. No piense de qué acabas de regresar”) y la encontró sin presión, llamó de inmediato al fontanero.

El pitido sonó dos veces. Tres. Cuatro. La voz al otro lado parecía cansada.

- ¿Diga?

- Tengo un problema con la caldera. No hay agua caliente y la necesito ahora mismo – Silencio expectante. Ruido de algo pesado moviéndose sobre madera. Más silencio.

- Oiga, lo siento, pero son casi las cuatro de la madrugada, y a menos que se le esté inundando la casa, ninguno de mis técnicos va a levantarse para que usted tenga agua caliente, señorita, señorita...

La pregunta quedó en el aire: ¿Qué nombre dar, el real o el que figuraba en algunas tarjetas que ciertos directivos adinerados hacían circular entre ellos?. Daba igual, aquél hombre no podía conocerla por ninguno de los dos, así que decidió dar el verdadero, en apenas un susurro: Hacía meses que no oía su verdadero nombre, ni siquiera de sus propios labios.

- Señorita Dédalus, Ariadna Dédalus...

- Pues bien, Señorita Dédalus, lo lamento, pero hasta por la mañana no tendré a nadie dispuesto, si me deja su dirección, enviaré a alguien a primera hora.

Ariadna le dio la dirección, la repitió un par de veces (“Sí, es en el Distrito Tres. Sí, el Tres... Ya lo sé...”) y se resignó a ducharse con agua helada. Todo, menos mantener ese olor sobre su cuerpo ni un segundo más de lo imprescindible.

Las noches se repetían inexorables. Por suerte, Ariadna podía descansar más de una semana y curar las heridas de forma más o menos decente. Las marcas en la cara eran relativamente fáciles de esconder con maquillaje, pero los cortes en la espalda y en el pecho eran otra cosa. A veces, los dejaba sangrar para ver las manchas formándose en la alfombra.

Otras veces le parecía que la alfombra estaba demasiado salpicada de carmesí.

Trataba de escapar entablando amistad con cualquier desconocida, en el metro, en los centros comerciales, en alguna cafetería, donde fuese, pero en lugares abarrotados de gente donde, por fin, pudiese escapar de las miradas. Era rápida en entablar contacto: tenía el encanto de las muñecas de porcelana de mirada triste, la fragilidad de una niña indefensa y, lo sabía bastante bien, un atractivo animal que llegaba a lo más hondo de los que le rodeaban, fuesen del sexo que fuesen. Había algo en ella que obligaba a los demás a desearla, ya fuese de manera protectora o de otras maneras...

- Oye, menudo apartamento... – Una voz simple, falta de personalidad, pero llena de ese imborrable tono de admiración que aparecía siempre que alguna de sus nuevas amigas llegaba por primera vez al ático.

- No es gran cosa... Siéntate donde quieras, mientras preparo algo de cenar.

-

“¿Y mi propia voz?” Pensó “ ¿No suena llena de polvo, llena de llagas por haber rodado tanto? Suena oxidada, suena a habitaciones vacías y a viento seco cargado de tierra negra”.

La noche terminó, como siempre, sola. O más bien, ella terminó sola: A la quinta copa de Oporto se había puesto a pensar de nuevo. A pensar por qué La Ciudad no tenía nombre, a pensar por qué La Ciudad no tenía parques ni palomas, por qué no había nada más que edificios, coches oscuros y personas grises, a preguntarle a aquella amiga de ficción las cosas que se preguntaba a sí misma mientras la bañera se llenaba y el agua le arrancaba de las garras de su propio desprecio. Como solía ocurrirle, cada vez más a menudo, su recentísima amiga (No recordaba el nombre, no le importaba el nombre.) se había marchado corriendo mientras ella seguía haciéndole (Haciéndose) preguntas.

Y, como siempre que acababa sola, acabó llorando completamente borracha sobre la alfombra salpicada de sangre vieja.

El despertar le trajo sorpresas. La primera, que aún era de noche. La segunda, que no estaba sola. La tercera, que estaba tendida en el asiento de atrás de un coche, envuelta en una sábana que olía a suavizante y a jabón de lavanda. Analizó rápidamente su estado: Ninguna herida, ningún dolor, ninguna sensación extraña (Es decir, aparte de la resaca y del sabor ácido que tenía en la boca) y lo más extraño, ninguna atadura. Se incorporó ligeramente, lo justo para poder mirar un momento a su alrededor. Tenía una maleta a sus pies y un bolso de viaje a cuadros por almohada. Estaba vestida con la misma ropa con la que recordaba haberse dormido, y aparte de ella misma y del conductor, no había nadie más en el coche. Volvió a moverse, pero esta vez la tapicería hizo ruido. En el asiento delantero, alguien se giró sin llegar a mirar del todo hacia atrás.

- Veo que te has despertado. Eso es bueno, aunque imagino que te debe doler bastante la cabeza. Dentro de la almohada hay analgésicos y una botella de agua.

La voz era masculina, bien modulada, con algo de acento inidentificable aunque no desagradable. Lo más curioso es que era una voz perfectamente tranquila y normal, como si aquella situación fuese lo más habitual del mundo.

“Bueno, para ti no es habitual, pero puede que sea el trabajo de todos los días de este hombre, así que de momento, lo mejor es acabar con el dolor de cabeza”

Comenzó a revolver el interior de la bolsa de viaje. Para su sorpresa, estaba llena de su propia ropa, doblada con pulcritud, aunque no habían escogido ninguno de sus trajes de trabajo. Casi todo eran prendas de deporte y camisetas usadas y raídas. El agua y los analgésicos estaban en un lateral.

Ariadna se incorporó en el asiento trasero mientras bebía un par de sorbos de agua. Por el retrovisor pudo ver parte del rostro del hombre: moreno, pelo castaño ondulado, no muy largo. Ojos pequeños y grises, cejas pobladas pero elegantes, frente despejada, mirada tranquila e inteligente. Durante casi media hora, no hubo ninguna palabra por parte de ninguno de los dos, pero Ariadna pensaba frenéticamente sin apartar sus ojos de los de su acompañante y probablemente secuestrador.

“Bien, de momento, sé que le interesa que esté viva y cómoda, que no considera que pueda escapar y que pretende que pase una temporada relativamente larga con él, o en algún otro lugar. Sabía que estaba en casa y sabía que estaba indefensa, así que vamos a suponer que me debe llevar vigilando algún tiempo. Motivo: Quiere dinero, sabe que gano mucho dinero y lo quiere para él. Motivo: Está como una regadera y es algún tipo de loco psicópata. Motivo: Trabaja para algún pez gordo que no quería utilizar el teléfono para ponerse en contacto conmigo. Motivo: ... Mierda, no tengo ni idea de lo que está pasando. Y lo peor de todo es que no tengo ninguna sensación de miedo, y creo que debería tenerla.”

El coche frenó en seco, cogiendo a Ariadna desprevenida y lanzándola contra el respaldo del asiento delantero. El conductor miró hacia a tras, pero miraba más allá de ella: Al final de la calle había aparecido un grupo de hombres, recortados por la cruda luz de las farolas. Parecían estatuas que hubiesen surgido de las sombras, vestidos con anticuadas chaquetas negras, altos, inmóviles. Ariadna se incorporó otra vez, y al mirar hacia delante, vio que había otro grupo de cuatro o cinco hombres con chaquetas negras. Estaban rodeados. Los hombres no se movían, no hacían absolutamente nada, pero aún así, había en el aire una certeza de peligro. Ariadna lamentó haber deseado tener miedo, porque ahora lo tenía a raudales. Sudaba y sentía como el corazón se le desbocaba. El conductor se giró hacia ella por primera vez y la cogió de la muñeca.

- Esto va a resultar un poco más difícil de lo que habíamos planeado, intenta no olvidar la dirección... No olvides esta dirección...

Sin embargo, cuando despertó, la había olvidado. Pero seguía estando muy asustada.

La Comisaría Central era, cuanto menos, destartalada. El edificio había sido, a lo largo de los siglos, una vivienda, un fortín, un palacete de caza, un asilo de enfermos mentales, una factoría de telas, una prisión política y un balneario. En ese orden. Si Ajax lo hubiese sabido, no le habría extrañado encontrar pasamanos de latón pulido en las escaleras de mármol, ni ventanas de cristales emplomados protegidas por fuertes rejas de hierro. Si hubiese sabido la edad real de aquél inmueble, no le habría extrañado que la mitad de los artesonados de los techos se hubieran venido abajo hacía décadas y que la mayoría de las vigas de acero estuviesen a la vista. Pero no lo sabía, y como no lo sabía, lo repasaba mentalmente mientras esperaba en la antesala del Interventor General a que le asignasen algún caso. O a que alguien le dijese algo, lo que fuera. Al final, ese alguien fue el Interventor General Rochards en persona. Apareció por una puerta lateral, desplazó su mole de doscientos kilos hasta la silla y miró a Ajax con una intensidad que parecía incapaz de imprimir al resto de sus rasgos descolgados y fofos. Cuando habló, lo hizo mediante afirmaciones categóricas, sin ningún titubeo en la voz un tanto cascada por el tabaco.

- Ajax B. Alexandran. Oficial de Primera Categoría. Trece años de servicio. Los cuatro últimos como Investigador de las brigadas F y Doble Z. Dos condecoraciones. Trasladado a petición propia.

Ajax no supo si tenía que asentir o preguntar o decir algo más. La verdad es que quedaba poco por decir, así que simplemente optó por mantener un incómodo silencio. Rochards apartó la vista del joven Ajax y la clavó en la pantalla del ordenador, un antiguo modelo de pantalla plana montado con engarces de bronce sobre un pedestal de madera oscura. Tecleó dos órdenes en el teclado empotrado en la mesa y volvió a mirar al joven investigador. Aunque no lo aparentaba, una duda surgía de la mente del Interventor Rochards: “¿Aguantará un solo día en esta asquerosa unidad?” Bueno, dentro de poco lo sabría. Volvió a hablar.

- Bien, su petición de traslado ha sido aceptada. Pertenece a la División Seis en calidad de Investigador de Primera Clase. Doble sueldo. Sin vacaciones, como ya sabe. Se le entregará el armamento correspondiente en Armería dentro de dos días. Aquí tiene su placa. A partir de ahora, está en servicio permanente. Si tiene alguna pregunta, hágala.

El Interventor dejó sobre la mesa una placa dorada de diseño simple, una estrella de cinco puntas, un seis en el centro y un anillo exterior sin ninguna inscripción aparte de la palabra “Investigador”. Ajax tenía miles de preguntas, pero todas se le borraron al ver aquella placa sin inscripciones. Se levantó medio hipnotizado y salió del despacho sin saber realmente qué había pasado, pero sintiendo que, a partir de ese momento, las cosas iban a ser muy distintas. En su mente se perfilaba la palabra “Extrañas”, pero no llegó a materializarse en sus ideas, aunque permaneció allí, escondida.

Si Ajax hubiese podido preguntar, seguramente hubiese hecho la pregunta que latía en la mente de Ariadna en ese preciso momento: ¿Cómo se llamaba aquella maldita ciudad?. Desde siempre, la Ciudad había sido llamada La Ciudad. En el Exterior, la conocían como La Ciudad Sin Nombre. Dentro de ella, era simplemente la Ciudad. Para muchos, ni siquiera tenía ese nombre. Poco parecía a sus habitantes importarles el paso del tiempo o la historia, y los orígenes se habían borrado, aunque todos sabían que el Gran Puente, de hierro negro corroído por la bruma de la Zona Este había sido construido hacía más de mil años. Pocos sabían que la mitad de la ciudad era más vieja que el puente. Algunos se preguntaban por qué había tantos extraños adornos, tantas bóvedas de Art-Decó, tantas estatuas de hierro forjado. La mayoría simplemente vivían toda su vida entre las calles al pie de edificios de más de trescientas plantas y jamás miraban a su alrededor para nada que no fuese solucionar sus propios asuntos. La Ciudad había sepultado su propia historia y no tenía deseos de removerla. Aunque lo hubiese deseado, muy pocos tenían interés en conocerla.

Desolation Row era el barrio de las prostitutas de La Ciudad. Ruth Dauphine lo recorría con la mirada predadora, buscando. La muchedumbre se amontonaba frente a los escaparates, en los locales de ventanas oscurecidas. Las luces rojas recorrían las fachadas de los edificios de ladrillo negro, entre carteles de neón rojos y azules que ardían representando, con formas y palabras, las miles de caras del sexo. En las aceras se mezclaban los que buscaban y los que ofrecían, los que caminaban con sonrisa torcida y los que lo hacían con los ojos bajos. Miles de Coronas manoseadas pasaban de mano en mano. A veces, un disparo sacudía la noche, pero eso no detenía el movimiento. Por encima del rugir de la multitud, por encima del olor de los cuerpos sudados y de las mentes enfermas, las estrellas parecían dirigir la vista hacia cualquier otra parte. Cientos de ojos trataban de llegar a ellas, pero sus miradas, de dolor, de ira, de vergüenza o de remordimientos no podían traspasar la nube que velaba el cielo de Desolation Row.

Ruth no sentía ningún remordimiento. Reconocía las formas y los colores. Sabía quién pertenecía a quién, y cual era la especialidad ofertada en cada casa, en cada coche, en cada callejón. Podía oler en el aire cuando algo iba mal, y dónde estaban las cosas que nadie pedía y que nadie mostraba, pero que muchos se dedicaban a buscar. Se cruzaba con miradas de desesperación en ojos rodeados de maquillaje negro, pero, aunque podía salvar a muchos de los que se encontraban allí, no tenía ninguna intención de hacerlo. Ella había conseguido salir de allí a golpe de dolor, sangre fría y sufrimiento. Pero era el único sitio donde satisfacer ciertos deseos sin llamar la atención.

Si La Catedral de Gabriel era el Alma de La Ciudad y el Parque del Milenio su Corazón, Desolation Row era su Sexo, mancillado, dolorido y repudiado.

Pero necesario.

Reconocía algunas de las caras con las que se cruzaba, e incluso una o dos veces lanzó un velado saludo, apenas una inclinación de cabeza o un gesto con la mano, a algunos de los hombres y mujeres que pasaban por allí. Todos sudaban al verla y verse reconocidos.

Ruth había construido su sitio en La Ciudad a golpe de oro. Las puertas que su reputación le había cerrado, las había abierto con dinero. Al final, ella y su reputación habían llegado tan alto como podía llegarse en la ciudad, y no tenía nada que perder si la veían en Desolation Row, su antiguo hogar.

Pero aquellos con los que se cruzaba sí tenían mucho que perder.

Los miembros del Consejo de Ciudadanía tenían los más altos cargos que se podían ostentar, inmunes a las exigencias de la Justicia mientras conservasen su cargo, pero débiles sin embargo ante el ataque a la recta fachada de la moral que trataban de imponer a las millones de almas pervertidas que residían entre el acero y el cristal de la urbe, seres omnipotentes que para mantener su potestad ética sobre el resto de los pobres mortales.

No sería la primera destitución o el primer suicidio causado por un rumor dentro de la Fortaleza del Consejo.

Vagaba por los locales, conocedora de los senderos entre las casas, de la existencia de ciertas habitaciones traseras, de ciertos locales selectos, preguntando por nombres, enseñando dibujos, comprando daguerrotipos, dejando una cantidad de Coronas aquí y recogiendo otra allá. Muchos despreciaban Desolation Row y lo que representaba. Todos los años, algunas voces se alzaban exigiendo su desaparición. Todos los años, ciertas reuniones secretas concretaban que aquél lugar seguiría existiendo. Ruth, a pesar de haberlo abandonado hacía muchos años, extraía de allí gran parte de su poder.

Mucho poder.

Ajax vivía en un pequeño apartamento en la Colmena 12, un nudo de rascacielos residenciales en el sur de La Ciudad, una pequeña urbe dentro de la megápolis dedicada únicamente al descanso de los que movían sus entrañas. Los suelos eran horizontales, las paredes blancas y las goteras discretas.

Sentado frente al ordenador, Ajax contemplaba las noticias. Asesinatos. Redadas. Robos. Aquella enorme burbuja de humanidad bullía con la mala sangre acumulada, los sentimientos se difuminaban en medio de la soledad alienante de las calles abarrotadas de millones de personas.

Algo iba realmente mal en el corazón de La Ciudad.

Se recostó en el sofá, mirando como el humo azulado del cigarrillo abandonado en el cenicero se disipaba cerca del techo. Por las ventanas llegaba el sonido de una sirena de ambulancia rompiendo la noche, lanzándose al vacío desde quién sabe dónde, como quién sabe cuántas veces se había lanzado ya.

Sobre la mesa, la placa de la División 6 refulgía como un presagio incomprensible.

A la mañana siguiente (Una mañana marrón, envuelta en las nubes de polución de la Zona Este) Ajax se vistió con un traje negro de corte clásico y una camisa roja sin cuello. Comprobó que su pistola estaba bien engrasada y el cargador lleno antes de colocarla en la sobaquera, se puso el sombrero y salió al aire sofocante maldiciendo por la incómoda máscara de respiración que tenía. “Cuando cobre mi primer sueldo doble, pienso comprarme una último modelo" pensó mientras se sumergía en el smog que corroía inexorable los artesonados de cemento de los edificios.

Encontrar un taxi fue de por sí una tarea titánica, y sólo pudo “convencer” al otro transeúnte de que aquel era “su” taxi después de un par de puñetazos y de mostrar su placa. Aquello contribuyó a ponerle de mal humor. Las quince coronas que tuvo que pagar por la carrera no ayudaron a mejorar su ánimo.

Estar treinta minutos después en la escena de un crimen no hizo mejorar el día.

“Si la sangre te llega hasta las rodillas, llama a la División 6”. Ese era el axioma de la Policía de la Ciudad. Cualquier crimen especialmente cruel, especialmente sangriento o especialmente masivo era trabajo de la División 6, una unidad dedicada exclusivamente a descubrir qué pasaba por la mente de los asesinos múltiples, de los enajenados mentales, de los psicópatas, predecir sus movimientos y capturarlos.

Ajax tomaba notas en la libreta en medio de la parada del Metro. A su alrededor se esparcían los restos de entre seis y diez personas, repartidos entre el suelo, las paredes y el techo. Los azulejos de las paredes mostraban enormes lagrimas de líquido rojo, y de vez en cuando una gota salpicaba desde la bóveda. Ajax intentaba calcular mentalmente cuantos y dónde habían estado esperando las personas que habían muerto ese día.

Un hombre (“Probablemente un hombre”, pensó Ajax) había estado cerca de la máquina de tabaco. Dos o tres personas sentadas en el banco del fondo de la estación, ahora un revoltijo de entrañas indiferenciadas. Cuatro personas entre las columnas, esperando el tren de primera hora de la mañana. Una chica, la más cercana a las vías, había sido arrojada contra la pared del fondo, por encima del foso de los trenes. Una enorme estrella de sangre parecía mirarle desde allí. Al pie del muro, junto a las vías negras, había un amasijo de carne y huesos.

Dos rápidas sumas le dieron los tiempos en los que había sucedido todo. El Hombre - Lobo había entrado en la estación entre las 7 y las 7:45 de la mañana, entre el último tren de La Colina y el primero de la mañana, la Línea Azul. El aviso había llegado a las 9 de la mañana. Eso significaba que el tren de primera hora y el segundo de la Línea Azul, el Expreso de la Colmena 5 y el Rápido del Río habían parado en aquella estación después de que ocurriese todo. Cuatro trenes abarrotados de gente en hora punta paran en una estación céntrica llena de cadáveres.

Y el aviso había llegado a las 9 de la mañana.

Un par de horas después, las cámaras de la ciudad se ponían de nuevo en marcha. Los ojos sin vida de cientos de mecanismos de bronce y hierro despertaron a lo largo de las calles, y durante un minuto la Ciudad se llenó con el zumbido de cientos de ojos electrónicos que enfocaban y ajustaban las válvulas. Uno tras otro, comenzaron a brillar como constelaciones de estrellas rojas.

La Ciudad estaba bajo vigilancia.

Ajax observaba la pantalla que tenía empotrada en la pared de su nuevo despacho. Cada poco pulsaba un botón del teclado de la mesa y cambiaba de canal. Las imágenes de 350 líneas de resolución se sucedían una tras otra, mostrando cientos de lugares de La Ciudad: Una casa, un parque, una pared, una panorámica de los tejados de un barrio cualquiera... así, una tras otra, al azar, mostrando las imágenes de lo que una vez fueron calles y zonas de paso, pero La Ciudad había crecido ajena a su presencia, cegando cientos de ellas y dejando otras mirando al vacío donde antes estaban las salidas del Metro o las calles principales. Cientos de esas calles habían desaparecido. Las paradas de Metro surgían cada poco como cráteres de art-decó en medio de ningún sitio. Y en algún lugar que las cámaras no mostraban, paseaba un Hombre - Lobo.


 

Miró el montón de informes al otro lado de la mesa. Más de setenta páginas con lo poco que se sabía de los Hombres – Lobo, los informes, los ataques. Abierto en medio de la mesa, con los daguerrotipos de las escenas del crimen, estaba el informe 32A, el único caso documentado de la captura de un Hombre – Lobo con vida. Hacía siete años desde aquello, y sólo había habido un caso más de ataques de ese tipo desde entonces. Ajax miró las evaluaciones de los alienistas. Apenas habían tenido lugar cuatro conversaciones con aquél hombre. El resultado, aunque escaso, era la base con la que se había preparado el protocolo de captura que ahora estaba siguiendo. Ajax levantó uno de los daguerrotipos: Un hombre, de mediana edad, con los ojos hundidos, demacrado. Una persona sin antecedentes, sin informes de violencia, que de pronto enloqueció y lanzó a una espiral de asesinatos brutales y sin sentido, matando a cuarenta personas en cinco noches. Pasó al informe de los ataques. Víctimas al azar, por toda La Ciudad, destripadas hasta que murieron desangradas. Aquel hombre se había mordido los dedos hasta dejar el hueso al descubierto y había usado sus propias manos como garras. Ajax desplegó un mapa de los Barrios: Zona Norte, Bellavista, Distrito 3, el Barrio Negro, Desolation Row, Parque Milenio, San Gabriel, Zona Este, Robledales, línea tras línea de tinta que delimitaban las vidas de millones de personas. En algún lugar entre San Gabriel y Bellavista estaban los restos de la Muralla Antigua, pensó Ajax sin saber muy bien por qué. Rebuscó en los cajones del escritorio y sacó una aguja con una banderita roja al extremo. La clavó en la intersección de las calles Francine y Universo, la Estación 327.

Miró pensativamente la provisión de banderitas rojas del cajón. Sospechaba que no iba a ser la última. Quizás no tuviera suficientes.

 

Cogió su sombrero y salió a hablar con los alienistas. El día era caluroso y polvoriento, y la semana prometía ser un infierno.

 

 

Las Salas de la Fortaleza del Consejo bullen con las actividades de miles de secretarios, de burócratas de medio nivel, de técnicos en esta u otra materia. Sólo hay un lugar al que tienen vedado el acceso: La Cámara. Aunque su nombre debería ser más bien “Las Cámaras”: Dos habitaciones donde se reúnen los Miembros Electos del Consejo de Ciudadanía para debatir los asuntos de La Ciudad. La primera habitación, a la que llaman “Sala de la Niebla”, es en realidad un lujoso salón biblioteca donde se guardan, encuadernados en interminables hileras, las actas y transcripciones de las reuniones de la segunda habitación: La Cúpula del Consejo. Aunque en teoría las decisiones se tomaban en aquella enormidad arquitectónica de mármol verde y negro sin ventanas, con una sola puerta y mil doscientos asientos tallados en la piedra, todos los Consejeros saben que tanto dentro como fuera se forjan las leyes, las actuaciones, las verdades y las mentiras oficiales de La Ciudad. En la Sala de la Niebla suelen perfilarse las opiniones, se juega en varios bandos a la vez, se forjan inestables alianzas y se traza el destino de los millones de almas que pueblan la metrópolis.

 

Hombres y mujeres vestidos con sobrios trajes negros aguardan ante las puertas, leen algunas de las sesiones legendarias del Consejo (El tomo 245465/dfh, donde se consigna la creación de la infame Ley de los Mil Días, tan desgastado por el uso que apenas se mantienen sus hojas) y deciden, antes de votar, lo que sucederá en el macizo anfiteatro de mármol de La Cúpula.

 

Allí es donde Ruth culmina sus “negocios”. Un sobre cambia de manos (“No hay necesidad que le diga qué contiene, ¿verdad, Consejero Quahuer?” La voz meliflua de Ruth no traiciona el filo venenoso que se esconde debajo), dos miradas que se cruzan, una cita que se acuerda para más tarde. Un Consejero furioso la increpa a media voz. La amenaza fútilmente: En sus últimas voluntades hay instrucciones para abrir y publicar el contenido de ciertas cajas de seguridad. Aquellos que no quieren verse comprometidos la protegen de los que la amenazan. Los años pasados en Desolation Row la han endurecido mucho más que los pasados en los mármoles del Consejo. Es inteligente, dura y decidida, y no tiene escrúpulos, ni moral, ni límites en su ambición. Juega más duro que los demás porque sabe que no tiene absolutamente nada que perder. Su mundo se precipita en los contrastes: La suciedad de Desolation Row y el brillo de los mármoles de La Cúpula, los lugares donde se toman las más altas decisiones morales y aquellos en los que se satisfacen los más bajos instintos humanos.

 

La Sesión da comienzo. Los hombres y mujeres del Consejo de Ciudadanía entran como una oleada en La Cúpula, dejando la biblioteca envuelta en el humo de sus cigarrillos. Todos excepto uno.

En medio del salón biblioteca, en medio de la niebla del tabaco, un Consejero llora en silencio. A sus pies, un sobre de papel manila. En su mano, un puñado de daguerrotipos.

 

 

Los sueños se habían repetido una y otra vez durante una semana. Todos comenzaban con un despertar, en el coche, con el hombre desconocido. Siempre llovía. A veces terminaba antes de que el hombre le dijese el nombre de la calle. Otras veces terminaba cuando los hombres de los abrigos aparecían y el coche se detenía. Ariadna anotaba los detalles de las pesadillas cada vez que se despertaba. Las páginas emborronadas se acumulaban sobre la mesilla de noche. A veces sólo recordaba un detalle. Otras eran secuencias inconexas, o fragmentos de conversación entre ella y el misterioso conductor.

Por las tardes, a la luz moribunda del día, hacía cábala con el dinero que iba ahorrando. Revisaba con cuidado los libros de cuentas, los intereses y pagos, las ganancias y los gastos, las cuotas y los impuestos. Sin apresurarse, iba preparando su huida de aquella Ciudad Sin Nombre. Su objetivo, su fuerza motriz desde niña, desde que miraba las montañas más allá de los barrotes del orfanato, era huir. Huir del orfanato, huir del internado, huir de La Ciudad. Huir.

 

Minuciosamente, anotó los números en el papel amarillento del libro de cuentas. Unos pocos gastos. Unas pocas ganancias. Una nueva inversión, unos pocos intereses. Corona a Corona, día a día, se acercaba a la libertad, más allá de las murallas de La Ciudad.

 

A veces, con una copa en la mano, mientras miraba la cuadrícula de luces de La Ciudad extenderse hasta el infinito bajo ella, presentía que nunca dejaría aquel lugar, que nunca abandonaría Desolation Row.

 

Aquella mañana, sin embargo, se encontraba de buen humor. La tarde anterior las cámaras se habían puesto en marcha, algo que no ocurría desde hacía años. Ariadna tenía una cámara en el alféizar de la ventana. Al parecer había estado situada en la esquina de un edificio que se levantaba en aquel lugar, y al construir el nuevo rascacielos la habían dejado colocada en su posición original, apuntando al repecho de la ventana, a medias mirando dentro del apartamento y a medias mirando al infinito del muro exterior de cristal negro. Aquella tarde los antiguos engranajes de bronce se habían puesto en marcha con una especie de ronroneo y la lente se había iluminado de rojo. Ariadna apenas podía recordar la última vez que aquella caja de cobre con remaches se había puesto en marcha, pero a la mañana siguiente decidió comprar una planta y ponerla frente a la cámara. Y ahora contemplaba los geranios blancos que había colocado frente al objetivo, pensando que en alguna parte, en algún lugar más allá de los kilómetros de cable trenzado, alguien miraba una pantalla y veía una hermosa maceta llena de flores blancas. Ariadna sonreía pensando en que por una vez hacía algo bueno por alguien que no fuera ella misma. Antes de salir, anotó un gasto en el libro de cuentas y dibujó una pequeña flor al lado de los números.

 

No solía salir de compras. Prefería elegir las telas por catálogo, que se las enviasen al apartamento y coser los modelos ella misma. A veces se preguntaba quién le había enseñado a coser. Había cosas que no podía recordar. Aquella mañana, sin embargo, salió a comprar. El día era todo lo primaveral que La Ciudad se podía permitir, más allá de las nubes de polución que oscurecían esporádicamente el cielo y de las sombras interminables de los edificios. Ariadna dio un largo paseo hasta el Parque del Milenio, uno de los pocos sitios de los que se podía disfrutar del aire puro y el sol. La gran extensión del Parque estaba salpicada de pequeños quioscos que albergaban en su interior las más variadas tiendas, desde reparadores de relojes hasta heladerías y uno o dos Adivinos Autorizados. Los quioscos se repartían aleatoriamente por toda la extensión del parque, al final de pequeños senderos empedrados u ocultos por bosquecillos de follaje espeso. Ariadna se descalzó al llegar y caminó sobre la hierba húmeda. Por todos lados se veían grupos de gente divirtiéndose o descansando. Algunos paseaban en bicicleta, los más atrevidos se zambullían desde los puentes en los arroyos y estanques que se abrían cuidadosamente entre las lomas de césped. Caminó sin prisas hasta su tienda favorita, un local que servía infusiones situado en medio de una laguna poco profunda. Ariadna no se explicaba cómo podían haber asignado un quiosco en medio de un lago sin ningún puente que le permitiese un acceso a tierra. Para llegar hasta allí uno tenía que mojarse los pies.

Ariadna vadeó el lecho pedregoso de la laguna y se sentó cerca del agua. No había nadie más en la tienda, y esperó tranquilamente a que el camarero le cogiese el pedido. Los siguientes minutos los pasó contemplando cómo aquel hombre ciego preparaba la mezcla de tés y aromas para prepararle su infusión, cómo cargaba la enorme caldera de bronce decorado con el agua justa de una taza y cómo permanecía atento al borbotear del líquido en las entrañas de metal para verterlo en la taza en el momento justo. Preparó la bebida y la llevó a la mesa sin ninguna vacilación, dejando una estela de aroma a melocotón y canela por toda la sala. Lo bebió saboreando la mezcla preparada a mano, una mezcla de aromas y sabores irrepetibles porque habían nacido de la habilidad de una persona dedicada a hacérselo llegar única y exclusivamente a ella. Quedaban pocas cosas artesanales en La Ciudad, y el Salón del Té Azul era una de ellas.

 

Cuando terminó su taza salió a buscar telas por los puestos ilegales que se escondían en las zonas más arboladas. Telas ligeras y suaves para el verano, de colores brillantes, y también una pesada lona vaquera para terminar el abrigo que había comenzado a coser el invierno anterior. Anotaba cuidadosamente los gastos en una pequeña libreta para no olvidarlos. Tenía que ser metódica si quería conseguir escapar. Una vez terminadas las compras, caminó hasta los límites del Parque.

 

Los barrios de San Gabriel y Costanza se extendían a sus pies. Desde el límite sur del parque el terreno describía una suave pendiente hasta llegar al valle del Sector Tres y Fábricas. Pero allí, recostados contra el Parque del Milenio descansaban las mansiones de los Justos y los Poderosos. De niña, Ariadna siempre había imaginado que los palacios de la gente rica serían como en los cuentos de hadas, castillos fantásticos con torres y tejados en punta, con jardines inmensos y fuentes. No recordaba de dónde provenían esas imágenes. Sin embargo, los palacios de La Ciudad eran conglomerados de cristal y acero reluciente, enormes cubos de paredes brillantes que ocultaban en su interior lo que sus amos deseaban. Las formas variaban entre el cubismo puro hasta el Art-Decó más atrevido, formas futuristas de acero forjado y paneles de cristal brillante como el mercurio. Con la puesta del sol, San Gabriel y Costanza parecían un muestrario de extrañas gemas sin tallar esparcidas sobre la cuadrícula de La Ciudad, joyas que escondían más de lo que mostraban, y cuyos habitantes nunca podían ser vistos desde el exterior. Mirando hacia los barrios más ricos, Ariadna pensó en las cámaras que incluso en el Parque del Milenio vigilaban por algún motivo inescrutable, y se dio cuenta de que los palacios de La Ciudad estaban construidos con algo mucho más valioso que el oro o el mármol: Estaban construidos con intimidad. Aunque cada una de esas enormes y brillantes carcasas estuviese vacía, su interior era inexpugnable a la marea de millones de personas que recorrían las venas de La Ciudad cada minuto de cada hora. Aquellas burbujas de acero y espejo eran el verdadero tesoro de sus habitantes. En La Ciudad, recordó Ariadna llevándose una mano a la nuca y tocando la antigua cicatriz estrellada, ni siquiera en tus propios pensamientos podías contar con intimidad.

Regresó con paso cansado a su apartamento. La noche se volvió tormentosa mientras se perdía en la marea humana que regresaba a algún lugar.

 

 

Ajax concluyó que la especie más inútil sobre la faz de la tierra, después de las cucarachas, eran los alienistas. Mientras terminaba de leer los informes se le formó una bola de tensión en el hombro derecho, entre el cuello y la espalda. Aquellos hombres que se suponía debían tener las respuestas sólo sabían suponer. Y ni siquiera eran suposiciones útiles para el caso. Ajax había pasado horas sumergido en teorías psicológicas que lo habían dejado más confuso que al principio. Llegado a un punto, ni siquiera estuvo seguro de que estuviese persiguiendo a un ser humano de carne y hueso.

 

-         Si vuelvo a oír la palabra “Superego”, mataré a todos los Alienistas de esta ciudad...

 

El teléfono le cogió de improviso. Miró la pequeña luz parpadeante en el panel de madera y se extrañó aún más de que la llamada fuese del exterior. Normalmente sólo recibía llamadas de las extensiones de la Policía. Bueno, normalmente no, lo cierto es que “solo” recibía llamadas de la comisaría.

 

-         Detective Ajax, División 6.

 

-         Es usted difícil de localizar, Señor Detective Importante.

 

Ajax reconoció la aguda voz del otro lado de la línea. Hacía años que él y Maximilian habían terminado la Escuela de Instrucción, y desde entonces ella le llamaba una o dos veces al mes, estuviese donde estuviese. Y esta vez, como todas las demás, Ajax sintió una punzada de desprecio por no haber sido él el que hubiese hecho la llamada.

 

-         Vaya, Max. ¿Cómo demonios...? Bah, no importa. ¿Qué es de tu vida? ¿Cómo estás?- Al otro lado, Maximilian se reía.

 

-         Bien, viejo bastardo. Mucho trabajo últimamente. La verdad es que estaba tan estresada que me dije “¡Eh!, llama a ese repugnante tipo que conociste en la academia y sal un rato por ahí antes de que explotes del todo”. Así que ahora tengo que preguntarle al repugnante tipo si pensaba hacer algo interesante esta noche, y que si era así, por qué demonios no me había avisado que había algo interesante que hacer en este pozo negro.

 

Maximilian hablaba atropelladamente. Por el ruido de fondo Ajax dedujo que se encontraba en el metro. Trató de buscarla con las cámaras, pero no pudo localizarla.

 

-         De acuerdo, Max. A mí también me vendrá bien un poco de descanso. ¿Dónde nos vemos?

 

Ajax comprobó la hora. Hacía tres que su turno había terminado oficialmente, así que podía largarse de aquel despacho. Maximilian dudó un momento antes de contestar.

 

-         ¿Al pie de La Cámara? ¿A eso de las diez?

 

-         De acuerdo, a las diez en La Cámara. Allí estaré. Me alegra hablar contigo.

 

-         Mientes, Ajax, pero yo también me alegro. Hasta las diez.

 

Colgó. Ajax sabía que no tendría tiempo de ir hasta su apartamento y cambiarse de ropa para la cita. Se resigno a llevar la misma gabardina arrugada y la misma camisa con las que se había levantado de la cama aquella mañana. Cogió su sombrero y salió de la comisaría. El aire de la noche era frío, pero por lo menos era limpio. A pesar de la hora y de que todo estaba ya cerrado, la marea de gente que caminaba por las aceras no parecía disminuir. Ajax se abrió paso hasta el coche que tenía aparcado frente a la puerta trasera del edificio. Lo bueno de la División 6 era que podía pedir prácticamente lo que se le antojase como parte de una investigación y nadie rechistaría lo más mínimo mientras no se lo quedase. Había decidido no volver a depender de un taxi. Se dejó caer sobre la tapicería de cuero y comprobó los diales de bronce. La batería tenía suficiente carga como para llegar a Las Cámaras y poco más. Bueno, ya se las apañarían de algún modo.

 

El barrio que rodea las Cámaras del Consejo solía tener cierta agitación por las noches. Si bien es cierto que la mayoría de los habituales de los locales de la zona eran pacíficos trabajadores de Las Cámaras, políticos y burócratas de medio nivel, también es cierto que las rivalidades administrativas o políticas suelen calentarse en exceso cuando ya se llevan varias copas de por medio. Ajax llegó puntual a la base de la escalinata que daba acceso a Las Cámaras y tuvo que esperar a que Maximilian apareciera diez minutos después. Salió de un taxi agitada como si hubiese estado metida en una lavadora y la acabasen de centrifugar. Lucía un hermoso centrifugado, de todas formas.

 

-         Bien, bien, bien. El pequeño bastardo ha ascendido tanto que sus viejas amigas de la Academia tenemos que pedir cita para encontrarle.

 

Ajax y Maximilian se abrazaron con fuerza. Ajax miró a la pequeña Agente desde arriba. Ahora llevaba el pelo corto, a la altura de los hombros, moreno aunque un poco más oscuro de lo que lo recordaba. Bajo el abrigo seguía teniendo el cuerpo pequeño, musculoso y duro que tanto le había gustado, y sus ojos tenían más arrugas alrededor, más madurez, pero por lo demás seguía pareciendo la misma chica de barrio que se había alistado en la Policía y miraba los rascacielos de la Zona Centro con la boca abierta. Se sentaron en una terraza al abrigo de la Cúpula y pidieron algo de cena. La conversación giró rápidamente sobre los respectivos puestos de trabajo. Ajax supo que Maximilian había sufrido dos ataques durante estos últimos años y había permanecido en coma diez días. Ajax se sentía cada vez más despreciable por no haber sabido nada de ella hasta ese momento, y más tarde, cuando se encontraban haciendo el amor en su apartamento, no consiguió mejorar su opinión de sí mismo.

 

 

Ruth terminaba de cenar en su mansión. Bajo la cúpula geodésica que cubría sus terrenos en Costanza había mandado construir una serie de cúpulas menores de acero, formando una aglomeración de burbujas ordenadas en un perfecto hexágono. El interior de su mansión no tenía paredes que dividieran el espacio. Todo estaba a la vista, pero era inexpugnable desde fuera. Los pocos criados que servían a la Consejera Dauphine eran ciegos. Así ella evitaba tener que hacer drásticos “ajustes de personal” si husmeaban en el archivo. Ruth le prestaba una atención obsesiva: era la fuente de su poder, un templo levantado a su labor constante, un ídolo a la guerra que libraba contra el resto de La Ciudad. En el centro de su mansión se levantaba el pilar de hierro formado por los miles de archivadores que había ido llenando con daguerrotipos e informes de los 1199 miembros del Consejo. No todos contenían información comprometedora. La mayoría eran tan sólo archivos de vidas normales y corrientes, pero potencialmente útiles. Ruth sabía perfectamente que existían otros archivos parecidos al suyo, pero que ninguno era tan exhaustivo como el que se elevaba en el centro de su mansión. En la base, una consola de peltre daba acceso al ordenador que mantenía el archivo de referencias y el índice de su particular biblioteca. Se sentó un minuto, a dejar vagar sus manos sobre las teclas, accediendo al críptico sistema que había desarrollado para ordenar las fichas. Aquí y allá se encontraba con pequeñas lagunas, como lo que había hecho dos días atrás cierto Consejero de la facción conservadora, o con quién se había entrevistado una Consejera casada en la Facultad de Narradores y Juglares durante tres horas la tarde anterior. Pequeñas cosas que se convertían en su desafío personal, en una especie de puzzle que estaba, a veces, más allá de la mera obtención de beneficios. Destapó con deleite una lata de cacahuetes fritos con miel y continuó rebuscando. Los criados recogieron la mesa de la cena sin ruido y lentamente fueron cumpliendo sus labores diarias, mientras Ruth actualizaba algunas notas y apuntaba indescifrables símbolos en su libreta, cosas que tenía que hacer aun, cosas que tenía que averiguar. Y todavía tenía que preparar un informe para la asamblea del Consejo que se celebraría mañana. Tenía mucho trabajo por delante, y muy poco tiempo para terminarlo. Se caló las gafas y mordió con firmeza el lápiz. Si había llegado hasta ahí había sido mediante constancia, trabajo y sufrimiento. Si era necesario, no dormiría esa noche. Ni todas las noches que le hiciese falta. Tecleaba frenética, tomando notas con una mano mientras la otra volaba sobre el teclado. Trabajar, trabajar y trabajar. La única forma de mantenerse sobre la ola era estar preparada.

 

Cerca de la media noche, se estiró en el asiento y miró a su alrededor. Las luces permanecían apagadas y los criados se habían retirado a dormir en sus nichos. La enorme sala se perdía en la oscuridad que arrojaba la tenue luz verde del monitor. Por un instante, Ruth sintió una terrible opresión: Ante ella se alzaba un tótem de metal iluminado por un fuego verde, y ella había sacrificado toda su vida a la existencia inconmovible del Dios que vivía encerrado en los cajones de metal. Pero el miedo pasó, y Ruth se levantó con paso felino, recogiendo la ropa y las cosas que necesitaría para esa noche: Una pistola, dos puñales y un chaleco antibalas bajo las ropas, sueltas y cómodas. Se colgó una mochila a la espalda, llena de hojas sueltas y dinero, además de copias de ciertas fichas y daguerrotipos. Información por información, esa era una de las premisas fundamentales de su mundo. Comprobó dos veces que las armas estaban engrasadas, cargadas y afiladas, y se cubrió con una capa, perdiéndose por la abertura de un túnel que la dejaría lejos de su mansión, en el corazón del Barrio de Hierro.

 

La espera siempre se hace interminable, por breve que sea. Escondida entre dos portales en las sombras, Ruth tenía la vista clavada en el círculo de luz que dejaba el único farol de la calle, marcando el lugar de la reunión de esa noche. Unas pocas monedas cada semana aseguraban que sólo ese farol escapara de los ataques de los vándalos. “Es bueno poder elegir el terreno” pensó Ruth “Pero mejor aún es poder crearlo tú misma”. Ella había elegido y aprobado el proyecto de ampliación del barrio en el que se encontraba, como había elegido y aprobado muchas otras acciones urbanísticas a lo largo de los años. Había creado, poco a poco, una serie de lugares seguros repartidos por toda La Ciudad, madrigueras cuyos recovecos le eran tan familiares como su propia mansión. El mejor lugar para hacer negocios es el que uno mismo construye.

Una figura encapuchada apareció bajo la luz mortecina del farol. Había sido puntual. Ruth se escurrió hasta dos calles más allá de su observatorio y salió a la calle, acercándose cautelosamente al círculo de luz. La figura que esperaba era alta, por lo menos treinta centímetros más que ella misma. La capa le ocultaba por completo, desdibujando cualquier silueta en un amorfo montón de tela negra raída. Ruth seguía muy atenta a su alrededor. Había dejado los papeles que le había pedido en un lugar seguro, no muy lejos de allí. Por lo menos, eso garantizaba que en caso de que todo fuese terriblemente mal no la matarían sobre la marcha.

 

Se introdujo en el círculo de luz, lo suficiente como para asegurarse de que el otro le había visto bien. Estuvieron así, enfrentados en medio de la minúscula isla de luz, durante diez interminables segundos. Luego, la capa informe comenzó a moverse, y Ruth supo que algo iba terriblemente mal. Mientras daba un rápido paso atrás y desenfundaba la pistola, vio surgir de entre los pliegues de tela dos cañones de acero cromado. Luego, con increíble rapidez, sonaron tres disparos. El estruendo resonó por la desolada calle, levantando ecos que se confundieron con los siguientes disparos. Ruth retrocedía lo más rápido posible, sin darle la espalda a su adversario, mientras este intentaba acercarse a los portales de su derecha y cubrirse. Las balas silbaban a su alrededor, estallando contra las paredes, lanzando pequeñas esquirlas de ladrillo al aire. Ruth disparaba a ciegas, sin preocuparse demasiado de a dónde iban a parar sus balas. La intención era que las de su atacante no le acertaran a ella. La figura encapuchada se parapetó detrás de un portal y Ruth alcanzó una bocacalle estrecha y negra como la noche. Echó a correr, ahora sin preocuparse de perseguidores, tratando de alcanzar la entrada a la alcantarilla que la llevaría hasta el túnel. Al cruzar una de las calles más anchas del barrio, los focos de un coche la deslumbraron, seguidos de una salva de disparos. Otras luces brillaron frente a ella, y más disparos, delante y detrás. Se lanzó por un estrecho callejón, golpeándose los hombros con las sucias paredes. La intentaban rodear. Ruth dejó de correr y se tiró tras unos cubos de basura. Tenía que cambiar de estrategia. Ahora se trataba de un intento de asesinato, no cabía duda. No podría negociar con informes ni con daguerrotipos. Comprobó el pequeño dial de la empuñadura de la pistola: Le quedaban tres balas. Miró a su alrededor, intentando encajar las paredes, los aleros, las calles que la rodeaban con el mapa que había estudiado. Se dio cuenta de que sangraba. Un disparo le había alcanzado en el costado derecho. Perdía sangre en abundancia. Si no la mataban sus perseguidores, pronto estaría muerta por la hemorragia. Intentó pensar con claridad, pero las ideas se le escapaban. Su respiración se hizo dificultosa. Escuchó el ronroneo de varios motores eléctricos. La estaban buscando. Se acercaban.

Se levantó con un esfuerzo y se alejó poco a poco de sus perseguidores. Torció una esquina que quedaba oculta por las sombras del callejón y salió a media manzana de donde había empezado el tiroteo, del lugar donde había planeado el intercambio. No era la primera vez que algo salía mal, pero esta vez había sido peor que nunca. Esta vez habían ido a matarla. Un haz de luz se dibujó en una de las calles laterales. Se acercaban. Estaban peinando toda la zona. Por suerte, Ruth había elegido, de entre todos los diseños que se propusieron para la ampliación de la zona, el que dejaba más pasillos y callejones entre los edificios. Apretándose la herida con una mano, se lanzó de nuevo por los laberintos de hormigón. Ahora, silencio y paciencia. Si conservaba la cabeza fría, podía escapar. Pero seguía sangrando. Poco a poco, fue dirigiéndose hacia el sur, dejando atrás las vueltas y revueltas de la zona. Las calles fueron ordenándose en una pulcra cuadrícula, iluminada a intervalos regulares por mortecinas farolas de gas. Aquí y allá se veía la estrella roja de una lente de vigilancia, moviéndose con un sordo siseo metálico, vigilando la noche. Ruth comprobó que no hubiese nadie por la zona y se alejó cada vez más del sitio donde había ocurrido todo. Aunque no reconocía la zona, sabía que si seguía la pendiente natural de las calles, acabaría llegando a la parte más baja de la Ciudad: Desolation Row. Aún así, le quedaban más de seis kilómetros que recorrer hasta allí.

 

A la altura de la Rue D’Ausseil Ruth olió Desolation Row. Estaba agotada, sentía dolor en cinco o seis sitios donde las balas habían rebotado sobre el chaleco antibalas y las piernas se negaban a sostenerla mucho más. La herida seguía sangrando entre sus dedos, y no recordaba desde cuándo había tenido que apoyarse en la pared para seguir caminando, escorada como un barco a punto de hundirse. Podía ver el resplandor borroso de los neones más allá, pero le era imposible enfocar nada. Estaba muy débil, pero apretaba los dientes y seguía caminando. Ya estaba cerca. Entró en Desolation Row tambaleándose, en medio de una marea humana que parecía haberse retirado de toda la Ciudad para concentrarse aquí, en esta única calle. Tropezando y empujada por los cientos de hombres y mujeres que vendían o compraban carne viviente se fue adentrando, buscando entre los carteles de fuego rojo y azul una señal conocida. Escuchaba la incesante música de jadeos y gritos que se alzaba por encima del murmullo de los transeúntes, como el ruido del mar sobre una costa rocosa. Pero había perdido la orientación. Golpeó con las caderas una farola y se vio arrojada a la carretera. Unos faros la deslumbraron. Un coche la golpeó en las rodillas. Cayó al suelo y continuó arrastrándose, con la mirada perdida, sin saber a dónde dirigirse.

Mientras la consejera electa Ruth Dauphine caía sin sentido sobre el sucio suelo de Desolation Row, miles de personas continuaron con sus actividades, ignorándola.

 

 

Una voz. Joven, pero intensa. Muy cerca de su oído.

 

-         Podríamos llevarla al hospital...

 

Otra voz. Más dura, más seria. En algún lugar a su derecha.

 

-         Esta demasiado mal. No aguantaría el viaje. Hay que cerrar esas heridas antes de que se desangre del todo...

 

-         ¿Y qué hacemos? Tenemos que hacer algo. No puedes dejarla así. Está muy mal.

Silencio lleno de voces y ruidos apagados, más allá de paredes y capas de tela. Ruidos indistintos: Agua removida, telas rasgadas, olor a menta fresca, tintineo de metal contra metal.

 

-         Ve a buscar a Clemátide a la Casa de Muñecas. Ella sabrá que hacer con estas heridas. Rápido.

 

Ruido de pasos. Una puerta abriéndose y cerrándose. Un paño húmedo sobre la frente. Poco a poco, los golpes dejan de doler. El frío se va disipando. Ruth está muriendo.

 

 

Ajax apoyaba la espalda en el muro de hierro recalentado por el sol. La luz del atardecer caía oblicua entre los estrechos aleros de las casas del Barrio de Hierro, tiñendo de rojo el óxido de las paredes. De los tejados se desprendía una continua llovizna de herrumbre, una nevada rojiza que dejaba un sabor a sangre en la boca. Se preguntaba si realmente no era el sabor de su propia sangre. Se asomó fugazmente por la esquina y comprobó la situación. El hombre estaba agazapado al fondo del callejón sin salida. Tenía un arma, la que había arrebatado al agente después de matarlo, y sabía utilizarla. Cabía la posibilidad de que fuera el Hombre-Lobo que estaba buscando, pero de momento era un fugitivo y un asesino de policías. No llegaría vivo a la Corte de Justicia. El hombre había abierto fuego cuando una patrulla le dio el alto aquella misma mañana. Él se encontraba cerca por casualidad, y había acudido a la llamada antes que nadie, persiguiendo al fugitivo hasta el Barrio de Hierro, una aglomeración de edificios bajos construidos con chapas oxidadas por el tiempo, una de las zonas más antiguas de La Ciudad. Un laberinto de callejones y tuberías donde esconderse.

Ajax sopesó la nueva pistola que había recogido esa misma mañana en la armería. Era mucho más pesada y menos estable que su habitual revolver, pero tendría que acostumbrarse a ella lo más rápido posible. Esperaba que fuera tan potente como se decía. Volvió a asomarse y el hombre le disparó varias veces. Ajax saltó hacia atrás mientras las balas rebotaban a su alrededor, dejando pequeñas muescas brillantes en la capa de oxido de las paredes. Una gota de sangre se deslizó por su mejilla. La herida era dolorosa, pero no grave. Esperó unos minutos y volvió a asomarse. El hombre estaba oculto tras un grupo de tuberías que subían por la pared de un edificio curvo, cerca del fondo del callejón. Pero estaba atrapado. El fondo de la calle estaba cerrado por una plancha de metal viejo, llena de remaches, y no había ninguna otra salida. No podía escapar, excepto matando. Apuntó cuidadosamente, pendiente del más mínimo movimiento, clavando la mirada en las sombras informes bajo el sol poniente. Ajax se deslizó de su escondite en silencio, sin perder de vista el grupo de cubos de basura y tuberías que formaban una excrecencia en el extremo del callejón. Lo más probable es que el hombre estuviese allí, esperando, reuniendo aplomo para salir y enfrentarse a él. No le daría la oportunidad. Se ocultó en una sombra, pegándose a las paredes todo lo posible, en el lado contrario al que había estado escondido hasta ahora. Aguardó en silencio, apuntando cuidadosamente con el brazo extendido.

 

Los minutos pasaron, marcados por el lento huir de los afilados retazos de luz que manchaban las paredes. La sombra de los edificios de metal se fue espesando hasta convertirse en negrura, mientras el calor del sol escapaba de las paredes y remaches casi de forma perceptible. Una bruma sofocante comenzó a envolverle, invisible, como el aliento recalentado de un enfermo encerrado en una burbuja. Un aire respirado una y otra vez hasta hacerse tan espeso como la melaza. El aliento vital del Barrio de Hierro.

 

Los cubos de basura se movieron. El hombre, ahora una sombra más presentida que vista realmente, salió corriendo de su escondite, gritando y disparando. Pero disparaba a donde suponía que tenía que estar Ajax. Sin embargo, este esperaba al otro lado de la calle, a salvo. Apunto cuidadosamente, siguiendo el movimiento del hombre con el brazo extendido, prácticamente a ciegas, y disparó. La detonación le ensordeció y el retroceso estuvo a punto de arrancarle el arma de las manos. El hombre cayó al suelo por el impacto, resbalando unos metros hasta detenerse. Contempló la mancha de sangre y el agujero dejado por la bala en la pared tras el hombre. El eco de la detonación tardó una eternidad en morir, reflejado por las paredes de hierro. Ajax bajó el arma lentamente, comprendiendo que ya no volvería a necesitarla. El hombre estaba completamente muerto, no cabía ninguna duda. La herida de su costado hubiera permitido atravesar el cuerpo con el brazo sin tocar la carne. Se acercó lentamente, sorprendido por la tremenda destrucción que acababa de provocar. No era el primer criminal al que abatía en acto de servicio, pero si era la muerte más violenta que recordaba. La muerte había sido repentina e instantánea. El rostro conservaba la expresión de furia, la mano sostenía aún el arma con el gatillo apretado. Sin embargo, el impacto había sacado las entrañas del cuerpo y las había regado en abanico contra la pared en la que se había hundido la bala. Sangre sobre el óxido, apenas distinguible en la penumbra del atardecer. La División 6 se enfrentaba a sus enemigos con su misma contundencia sangrienta. Buscó un teléfono por los alrededores, llamó a la Central para que enviasen a alguien de Recogida de Cuerpos, y se fue.

 

Huyó por La Ciudad doblando esquinas, tratando de perderse en un laberinto que le conocía demasiado bien para permitirle escapar de si mismo. Acabó junto a los pilares del Puente Negro, fumando su último cigarrillo, mirando La Ciudad desde uno de sus puntos más altos, contemplando como las calles se perdían en el infinito del horizonte, se precipitaban desde las Nueve Colinas hasta la arteria central, y se fundían en Desolation Row. A su espalda se levantaba El Muro, el auténtico límite físico de La Ciudad, inexpugnable, inabarcable, enormemente alto, muralla sobre muralla, elevándose una sobre otra hasta profanar el cielo ennegrecido. Más allá, si existía algo, era algo que había sido mantenido lejos de La Ciudad. Ajax se preguntaba si El Muro había sido construido por los hombres y mujeres de La Ciudad para mantener fuera al Exterior, o si lo habían construido los habitantes del Exterior para mantener cercada La Ciudad. Una cosa era segura: No existían puertas en El Muro. No se encontraba de un humor especialmente constructivo para semejantes divagaciones, así que requisó por la fuerza el primer vehículo que encontró y se dirigió a su apartamento en la Colmena 12.

 

El interior estaba en penumbra. Unas bandas de luz roja, sólida en medio de la negrura, se colaban entre las maltrechas ventanas. Algo estaba mal. Lo notó antes incluso de terminar de abrir la puerta, y sacó el arma sin dudarlo. La casa le pareció ajena, aunque estaba todo en orden. Los restos de comida permanecían sobre la mesita del salón. El pequeño piloto rojo del ordenador parpadeaba lentamente en un rincón. Al fondo, al otro extremo del salón, la puerta del cuarto estaba abierta. Ajax la percibía como un agujero negro en medio de la negrura. Recorrió la sala con el arma, apuntando a ninguna parte, consciente de que algo saldría de entre las sombras cuando le diese la espalda. Dio un paso lateral hacia la cocina. Una franja de luz entraba desde la puerta y caía sobre los cacharros de cobre. Cogió la tapa de una cacerola y la utilizó para reflejar la luz sobre las sombras del salón, siguiendo la mancha de luz con el arma. Todavía le dolía la palma de la mano del disparo de aquella tarde, y la incomodidad le hacía fruncir el ceño. No tenía ganas de volver a disparar esa arma otra vez en el mismo día, y mucho menos en su casa.

La mancha de luz cruzó el sofá en medio del salón. Maximilian yacía dormida, envuelta en una manta. Ajax arqueó las cejas, sorprendido. Pese a todo, continuó revisando todas las sombras antes de enfundar la pistola y entrar en su habitación. Dejó la pistola bajo llave antes de darse una ducha rápida y acostarse. La luz de neón del edificio de enfrente se colaba por una rendija y refulgía sobre la placa de la División Seis. Se durmió con la imagen de la estrella de cinco puntas bañada en sangre.

 

 

Ariadna tenía las manos cubiertas de sangre. Por esta vez, no era de su propia sangre. La había ido a buscar al local donde “trabajaba”, La Casa de Muñecas. Por suerte, no había tenido ningún cliente esa noche. Alicia, una joven que ejercía la prostitución en la calle había entrado preguntando por Clemátide, su “nombre de guerra”. Alguien tenía problemas. Alicia la llevó por entre los callejones más sórdidos y subió por una desvencijada escalera de incendios. En un minúsculo apartamento, sobre un jergón oxidado, yacía una joven. Ariadna pidió agua, hilo de seda y vendajes. Cortó las ropas y se concentró en las heridas. Rápidamente localizó el agujero de bala en el costado. Durante una hora y media, peleó contra la carne y la sangre para extraer la pequeña y afilada astilla de acero. Terminó con las manos cubiertas de sangre, pero la mujer había sobrevivido, de momento.

Se recostó en la cama, ahora improvisada mesa de operaciones, mientras Alicia recogía los vendajes empapados de sangre. Más allá del pequeño cuarto, alguien preparaba algo de comer. Ariadna dejó que la joven recogiera la habitación y la ayudó a cambiar las sábanas y colocar cómodamente a la mujer herida. Luego salieron del cuarto y se dispusieron a cenar.


 

Marta, que así se llamaba la tercera mujer, era lo que en el argot de Desolation Row se conocía como una “Madre”, una mujer que cuidaba y protegía a las jóvenes prostitutas noveles, proporcionándoles clientes seguros, alojamiento y experiencia a cambio de una parte de sus ganancias. Dependiendo del trato que recibieran sus pupilas, podían ser Buenas o Malas Madres. Marta era una Buena Madre, y todos lo sabían. Era una mujer de treinta y cinco años de la que se decía había nacido y crecido en Desolation Row. Toda su vida había sido prostituta, hasta que un altercado con un cliente le costó la cara. Todo el lado derecho de su rostro estaba destrozado, desfigurado por cortes y desgarros. Ariadna la contemplaba con fascinación, sin ningún tipo de disimulo, mientras preparaba la mesa en el minúsculo salón que servía de cocina y comedor del apartamento. Se había sentado, tomándose su merecido descanso después de horas de trabajo y rezos para rescatar a una desconocida, permitiendo que las demás hicieran todo el trabajo. Madre Marta sirvió una comida sencilla a base de patatas y verduras y cenaron en silencio.

 

- ¿Se salvará?

 

Alicia dejó la pregunta colgada del aire durante un minuto. Sin levantar la cabeza del plato, Ariadna respondió.

 

- Aun es pronto. Mañana tendrá fiebre. Si sobrevive al tercer amanecer, saldrá adelante. Pero guarda tus esperanzas para cosas más provechosas.

 

Cuando terminaron de cenar, Ariadna se quedó sentada fumando, mirando al vacío más allá de la mesita del comedor. Todavía tenía tiempo de volver a la Casa de Muñecas, pero no se sentía con fuerzas. La aparición de Alicia y la operación a la desconocida habían roto su concentración y no creía que pudiera volver a recuperarla esa noche. Una noche perdida. Cuando Alicia se fue a trabajar, Madre Marta se sentó frente a ella y sacó un cigarrillo.

 

- Es una buena chica. Está realmente preocupada por nuestra nueva amiga.

 

Ariadna salió del trance y miró a Marta. El único ojo sano de la mujer se clavaba en ella con una mirada extraña. Ariadna apreció la crueldad del ataque que había sufrido aquella mujer. Había una intención de causar un gran daño, de hacerlo irreparable. No solo había cortado, si no que había arrancado capas de músculo y roto huesos, evitando cualquier posibilidad de reconstrucción. Y para completar la obra, había dejado la otra mitad del rostro intacto. Madre Marta había sido bella en su juventud. Ahora, a sus treinta y muchos años, todavía lo habría sido si hubiese conservado toda su cara. Ariadna continuaba mirando las cicatrices, las marcas, la cuenca vacía donde debería brillar un ojo azul zafiro. No había escuchado nada de lo que había seguido diciendo Madre Marta. Rompió la conversación con la pregunta que le rondaba la mente.

 

- ¿Por qué lo dejaste? Hay clientes para mujeres como tú. Pagan bien.

 

Madre Marta sonrió, con media sonrisa de ángel y media de calavera. Dio una larga calada y dejó que el humo se deslizase por sus labios partidos antes de contestar.

 

- No lo he dejado. No del todo. Es la única forma de mantener a esta niña. No gana lo suficiente como para tener una casa propia y darle de comer todos los días.

 

- ¿Dónde encontrasteis a la joven? Estaba vestida para buscar problemas, no para trabajar aquí.

 

- Alicia la encontró tirada en un callejón, cerca de la calle principal. Había un rastro de sangre hacia Barrio Alto, pero no tenía ninguna intención de seguirlo. ¿Realmente está tan mal como dijiste antes?

 

- Si, lo está. – Miró fijamente el borde del mantel frente a ella. – Tendrá mucha fiebre. Hay que dejarla pasar, no tratar de bajársela. Que beba mucho líquido, a la fuerza si hace falta. Ha perdido mucha sangre. Delirará durante horas. Trata de grabar o apuntar todo lo que diga, podría ser útil. También podríais mirar los tablones amarillos, por si alguien ofrece una recompensa por ella.

 

Se levantó y estiró los brazos. Se sentía entumecida, incapaz de centrar la mente, de crear una imagen fija en su cerebro. No podía volver a La Casa de Muñecas sin la mente despejada. Se sentía muy cansada, como cuando llevaba un gran peso a cuestas durante mucho tiempo y se detenía un segundo a descansar, incapaz de reiniciar la marcha. Le era impensable volver al prostíbulo, enfrentarse a las cuchillas, a los clientes, a la sangre, a su sangre... sin darse cuenta, comenzó a perder el equilibrio y a caer. Madre Marta la sujetó antes de que se abriera la cabeza contra el alfeizar de la ventana y la llevó al cuarto, colocándola junto a Ruth. Las arropó con una manta y se preparó para velarlas toda la noche.

 

Comenzó a tener fiebre al mismo tiempo que la desconocida. Los delirios comenzaron poco después del amanecer. Marta apuntaba las palabras sueltas, los retazos de frases, apuntándolo en un color diferente para cada mujer. A veces parecía que ambas mantenían una conversación, y otras veces deliraban alternativamente. Parecía que ambas evolucionaban su convalecencia en paralelo, teniendo altibajos, picos de fiebre y ataques de delirio. Alicia hizo los recados durante los dos días, relevando a Marta sólo unas pocas horas para que pudiese dormir. Llenó dos libretas inconexas, en verde y rojo, antes de que Ariadna abriera los ojos. Anotó la hora: Las seis y treinta y siete. Unos segundos antes del amanecer, tres días después de que la desconocida hubiese llegado a casa de Madre Marta.

Ariadna se incorporó y aceptó el tazón de caldo que le ofreció Alicia. Notaba la mente despejada y el cuerpo débil, pero en general se sentía bien. Miró a su alrededor y se fijó en la desconocida que dormía a su lado. Respiraba suavemente y tenía el rostro tranquilo. Le apartó el pelo negro de la cara y contempló los rasgos finos y angulosos. Supo que bajo los párpados se abrirían unos ojos grandes y expresivos. Ariadna no dejó de notar arrugas en la frente y los labios de la joven, marcas de gestos duros y decididos. Pensó que aquel rostro estaba mejor preparado para las sonrisas. Sorbió lentamente el caldo sin dejar de mirarla. Había algo hermoso en aquel rostro, algo que no debería haber acabado en un cuartucho en el barrio de las prostitutas, cubierta de sangre con un disparo en el costado y el cuerpo lleno de moretones.

            Madre Marta entró en la habitación y le arrojó el cuaderno al regazo.

 

- Habéis estado tres días delirando. Está todo anotado ahí. Y ahora, tengo que descansar. Alicia, déjalo todo recogido cuando Clemátide se haya ido.

 

Marta salió del cuarto, dejando a la pequeña Alicia con ellas. Ariadna reparó de nuevo en el cuerpo menudo y el pelo lacio de Alicia, y se dio cuenta de que era una niña. Apenas llegaría a los trece años, excepto en los ojos. Había algo en los ojos que no mentía sobre las personas, y Ariadna podía verlo con la misma claridad que si lo llevasen escritos en la frente. No le gustó lo que había en aquellos ojos. Eran demasiado profundos y demasiado oscuros para una vida tan corta. Ariadna se vistió y se fue sin decir palabra. A su espalda, Alicia fregaba los platos.

 

 

- El tren llegó a las 7:40. El primero de la Línea Azul siempre llega a esa hora. ¿Qué viste?

 

- Nada... se lo juro, no vi nada. Yo... yo... esa no era mi parada... yo...

 

- Esa es tu parada. Tenemos a una Cartomante ilegal detenida que te ha identificado como cliente suyo, y está dispuesta a declararlo. Todos los días sales de la Estación 327 a las 7:50 y compras un Presagio a esa bruja. Sólo por eso podemos acusarte de Connivencia con Brujos No Autorizados. Creo que, con las pruebas que tenemos, pueden caerte doscientos azotes públicos y Estigmatización. ¿Qué viste?

 

Ajax miró al hombre, un pobre secretario de treinta años con una vida anodina pero que había sido situado en el lugar equivocado y en el momento menos oportuno por los investigadores. Un posible testigo del ataque del Hombre Lobo en la Estación 327. Estaban solos en la sala de interrogatorios, una mazmorra fría y desapacible de piedra desnuda. Ajax permanecía sentado frente al hombre, en un butacón confortable. Tras él estaban las estanterías y mesillas que mostraban los objetos de tortura autorizados, hilera tras hilera de agujas, cuchillas, alambres, pinzas y objetos de formas exóticas y peligrosas. En realidad, la sala en si misma era un elemento de tortura bastante más persuasiva que los cuchillos: Las paredes sólidas, gruesas y frías, la ausencia de elementos en los que fijar la mirada, excepto las estanterías, el interrogador y un sumidero manchado en el centro de la sala. El detenido se sienta en una silla de hierro diseñada específicamente para resultar incómoda. Se le atan los brazos, la cabeza, las piernas y el torso. La puerta de entrada queda detrás del interrogado, fuera de su campo de visión. Se abre y se cierra en silencio, permitiendo al interrogador entrar y salir sin ser advertido. Ajax no se sentía cómodo. Aunque todos los Agentes deben presenciar un interrogatorio con tortura durante su entrenamiento, muy pocos son capaces de convertirse en Maestros Interrogadores, y a muchos les desagrada sobremanera la idea de estar sentado en esa misma sala, haciendo sufrir a otra persona. Pero, por desgracia, Ajax no había encontrado a ningún Interrogador libre, así que ahora estaba sentado frente al secretario, apretando los resortes mentales de aquel hombre con todas sus fuerzas para evitar tener que recurrir a los instrumentos de tortura.

 

- Estabas en el primer tren de la Línea Azul esa mañana. Tenemos el billete. Además, tenemos a otros cinco pasajeros, bastante más colaboradores que tú. Añade otro cargo más a los que ya tienes: Resistencia al Interrogatorio. Podré pedir a un Escaneador que venga y te vacíe la mente. No te va a gustar mucho.

 

Cogió una púa de cobre larga y estrecha, formada por varias cuchillas en cruz. Del mango surgían dos tubos de caucho.

 

- Verás, primero, te tenderán de espaldas en la rejilla. La rejilla tiene unas pequeñas púas para evitar que te muevas mucho durante la operación. Luego, te afeitarán la nuca y te clavarán esto.

 

Levantó la púa y fue recorriendo los borden con los dedos.

 

- Estas cuchillas cortarán el cartílago que separa los hemisferios de tu cerebro, algo doloroso por lo que he oído. Luego, por este tubo irán extrayendo tu fluido cerebroespinal. Todo. Dura unas cuantas horas. Y después, lo sustituirán por el del Escaneador. Dicen que esa es la peor parte. Incluso los Escaneadores lo dicen. Quema. Hiela. Te recorre el cerebro y la columna, inundando tus nervios. Sentirás como una mente ajena se mete en tu cuerpo. Dicen que es la forma más brutal y desagradable de violación conocida por el hombre: La violación de la Mente. El Escaneador sacará a la luz tus recuerdos, tus aflicciones, tus miedos. Lo sacará todo, desde el momento de tu nacimiento, las cosas que has olvidados, las palabras que has dicho, lo que has oído, lo que pensaste mientras te ataban a la rejilla, todo. Ya que tus lóbulos cerebrales habrán quedado unidos, no podrás esconder nada. Tu subconsciente habrá quedado también al descubierto, y será servido en bandeja a los Interrogadores. Y luego, volverán a llenar tu cerebro con el fluido espinal original. Pero hasta que las membranas se recuperen, no habrá separación entre tu mente consciente y tu inconsciente. Lo sabrás todo sobre ti mismo, sin lugar al que escapar, todo el tiempo. Olvídate de los sueños, olvídate de controlar tus impulsos, tus miedos, tus deseos. Todo quedará al descubierto, para todo el mundo, en todo momento. A veces, las membranas no se curan del todo. A veces las heridas se infectan. A veces, los espasmos provocan que el cerebro sufra daños irreversibles.

 

Al principio de su entrenamiento en la Academia, Ajax había pensado que el sumidero del centro de la sala era para facilitar la limpieza de la sangre tras los interrogatorios. Normalmente, no era sangre lo que había que limpiar. Un reguero de orina se deslizó desde las patas de hierro de la silla, colándose por la rejilla metálica.

 

Salió de la sala con paso rápido. Tenía una descripción. Se sentó en la primera mesa que encontró libre y llamó por teléfono a Retratos.

 

- La orden es Urgente, División Seis, Agente Ajax Alexandran. Diez mil copias de alta calidad para distribución ciudadana. Texto del cartel: “Muy Peligroso. Informe Inmediatamente a la Policía de su Avistamiento. 1000 Coronas de Recompensa.”. Copias en todas las Comisarías, texto: “Hombre Lobo. Avisen a la División Seis Inmediatamente”. La fuente de la descripción permanece en la Sala de Interrogatorios 42 para corrección y confirmación.

 

Un joven de uniforme se paró ante él, con un fajo de papeles en la mano. Estaba ocupando su mesa. Ajax le mostró la placa y el joven se esfumó por los pasillos.

 

- Hagan dos confirmaciones del retrato, con doce horas de diferencia, y una tercera a las 24 horas. Coloquen una vigilancia al testigo.

 

Colgó y marcó otra extensión.

 

- Agente Alexandran, División 6. ¿Cómo marcha la búsqueda de testigos?

 

La voz del otro lado era cansina y monocorde. Tardó varios segundos en responder.

 

- Tenemos varios posibles testigos. Estamos esperando que los Escaneadores terminen con tres de los sospechosos para confirmar el retrato, Agente Alexandran. De momento, eso es todo.

 

- Bien. Manténganme informado en todo momento.

 

Salió a la noche de La Ciudad envolviéndose en su gabardina. Las farolas de gas palidecían mientras una espesa llovizna limpiaba las calles de suciedad e inmundicia. Paseó lentamente protegido por el ala de su sombrero, tratando de sacarse de la cabeza las imágenes y los olores de la sala de interrogatorios. Pero el olor acre de la orina y del sudor se le habían clavado en las fosas nasales, incrustándose profundamente en sus sentidos. Las calles estaban desiertas, vacías del habitual tumulto nocturno. La Comisaría Central estaba enclavada en un barrio de edificios con pequeñas tiendas en la planta baja. Muchas de aquellas casas con balcones tenían las ventanas tapiadas y algunas puertas habían sido condenadas tiempo atrás. Entre los edificios de aleros decorados crecía una muchedumbre silente de vagabundos ajenos a la lluvia, al frío y a la noche, envueltos en gruesas mantas químicas de alcohol y drogas. El olor del miedo del oficinista le subió de nuevo a la garganta, amenazando con hacerle vomitar. Dio un par de vueltas al barrio, dejando que las gárgolas escupiesen el agua sobre su gastada espalda. Cuando ya no pudo soportar más el frío y la soledad, se sumergió de nuevo en su despacho, rodeado de imágenes de muerte deshumanizada. Más allá de su oficina, alguien tarareaba una antigua canción.

 

El teléfono le despertó para informarle que se había hecho la confirmación del retrato del Hombre Lobo, tanto por su testigo como por uno de los Escaneadores. Habían pasado cuatro días desde la masacre de la Estación 327 y sólo había dormido dos noches en su propia cama. Una, ya que la que había pasado con Maximilian no habían dormido mucho. Contempló el mapa que presidía la habitación, la enorme cuadrícula, el galimatías desordenado de calles, ensanches, barriadas y urbanizaciones. Y allí, en un punto cerca del extremo sur, la cabeza roja del alfiler, la primera mancha de sangre sobre el pentagrama de La Ciudad. Aquella banderita roja le gritaba con la voz de los nueve muertos, con el grito de los que habían visto como los trenes llenos de pasajeros pasaban de largo mientras sus vidas se les escapaban entre las manos. Era la primera nota de una sinfonía en clave de Muerte, y no podía hacer nada hasta que no volviese a matar. Para capturarlo, debía sacrificar a más personas, averiguar más de aquel hombre. Aquélla marca en el mapa era la primera tumba anónima, una fosa común donde se pudrían la desidia, el miedo y el asco que La Ciudad sentía por si misma. No importaba que una de sus células enloqueciera. La maquinaria no se detendría nunca.

 

La Colmena 12 se encuentra en la zona llana, en la planicie situada entre las Nueve Colinas. La Ciudad forma una especie de cuenco, con las colinas rodeando una inmensa llanura ligeramente inclinada hacia el este. Los antiguos ríos de la Ciudad fluían en esa dirección, antes de que fueran cubiertos y convertidos en gigantescos depósitos de agua y alcantarillas. Los diez puentes eran el único recordatorio de que alguna vez habían existido cauces libres. Al sur de la planicie, cerca del pie de la Colina del Lobo, se encuentra Desolation Row, un valle estrecho e inclinado por debajo del nivel del resto de la ciudad. Desde lo alto de las colinas, lo único que se podía apreciar de Desolation Row era una sombra, una interrupción en el paisaje de azoteas y edificios ahí donde el suelo se hundía y formaba la calle más baja de la Ciudad, en más de un sentido. En algún lugar de toda la llanura se levantaban los rascacielos de la Colmena 12, gigantescas moles de granito de más de cien plantas de altura, proyectando su larga sombra sobre las calles de alrededor, rodeadas por el cinturón industrial de Fábricas y Petroquímicas. Ajax dejó el coche aparcado en la puerta de su edificio. Por algún motivo, habían decorado las jambas y el dintel con perturbadores motivos aztecas de demonios y calaveras. Unos dioses extraños le saludaban con sus rostros de piedra verde cada día a su regreso. El traqueteante ascensor tardó más de siete minutos en dejarle en el pasillo de su apartamento, decorado con una moqueta marrón y un silencio sucio y espeso. Supo, antes incluso de abrir la puerta, que Maximilian seguía allí.

 

- Buenos días. Llegas justo para el almuerzo. Siéntate.

 

Ajax arrojó la gabardina al perchero y se dejó caer sobre el sofá. Encendió el ordenador, introdujo su clave y sintonizó los diales para ver las noticias. La misma secuencia de sucesos macabros, de horrores personales, de rostros arrasados por las lágrimas. Aún nada. Aún no había vuelto a matar.

Maximilian sirvió los platos en silencio. Ajax no le dirigió la palabra, concentrado en las largas listas de fallecidos que recorrían la parte baja de la pantalla mientras los presentadores comentaban la nueva Ley de Reducción del Consumo Energético. Buscaba algo, pero no sabía qué, una especie de señal, un nombre conocido. Quizás su propio nombre.

 

- ¿Que sucede, Ajax?

 

Ajax se giró hacia la mujer. Maximilian estaba acurrucada en el rincón, vestida con ropas amplias y despeinada. Se dio cuenta de que llevaba un ligero maquillaje y que se había pintado las uñas de los pies descalzos. Encendió un cigarrillo y tragó el humo profundamente antes de reordenar sus pensamientos.

 

- Creo que es mejor que te vayas.

 

- ¿Ha pasado algo? ¿No quieres que esté aquí?

 

- No deberíamos continuar viéndonos... así. Somos compañeros. En la Policía no verían con buenos ojos que estuvieses conviviendo con un superior. Ya sabes como son esas cosas.

 

- Ajax...

 

- Es por nuestro bien. Tengo que pensar en mi carrera, y tú deberías hacer lo mismo. Ya sabes cómo funciona. No tengo nada contra ti, Max. Me gustas, pero sabes que ahora no puedo permitírmelo. Es mejor que te vayas.

 

- Lo... lo entiendo. Es lo mejor. Claro.

 

La voz de Maximilian sonó desarticulada, como si proviniese de muy lejos, un eco deformado por la distancia. Se levantó lentamente y recogió los platos. Luego desapareció en el dormitorio. Ajax terminó su cigarrillo, conectó con la red de la Comisaría y comenzó a repasar los informes del caso. Maximilian salió al cabo de un rato cargando con una bolsa de ropa. Vestía el uniforme negro y plata de la Patrulla de Carreteras, con los guantes largos y las botas hasta las rodillas. Dejó las cosas fuera del piso y se acercó a Ajax. La bofetada no le pilló desprevenido, pero la fuerza del golpe le tiró al suelo. Mientras el sabor de la sangre le corría por la lengua, escuchó el portazo y el ruido del ascensor alejándose. Se enjuagó la boca en el baño y continuó revisando el informe. Era lo mejor para ambos.

 

Había pensado pasar la tarde en su casa sin hacer nada, pero una llamada urgente de la Comisaría lo lanzó a las calles de nuevo. Condujo por la Autopista Circular con las luces de emergencia. Cuando llegó a la Comisaría, se dirigió inmediatamente al despacho de González, recorriendo con paso rápido las entrañas del Departamento de Homicidios.

 

- El testigo me pertenece, González. Pertenece a la División Seis. No pienso dejarlo ir.

 

Gonzáles era un hombre alto con la piel del color del ébano, casi diez años mayor que Ajax y casi un palmo más alto. Se levantó tranquilamente de la silla y se encaró con el ojeroso agente de la División Seis.

 

- Mira, ya le han extraído lo que necesitabas. Tienes la descripción confirmada por tres testigos, dos de ellos con Escaneadores. Parece estar implicado en un asesinato que no tiene nada que ver con tu caso. Sólo te pido que lo dejes bajo la tutela de Homicidios. Te mantendremos informado de todo lo que...

 

- No. Es mi testigo. Cuando haya terminado con él, te dejaré que interrogues lo que quede. Yo soy quien está al mando del caso del Hombre Lobo, así que yo decido qué testigos son importantes y cuales no. Hasta que no hayan terminado los Interrogadores, no pienso dejarlo ir. Puede tener más datos que aportar.

 

- Alexandran, ese hombre ya ha pasado por los Escaneadores, no hay nada que no hayan descubierto...

 

- Eso lo decidiré yo. El testigo es mío, y se queda en la División Seis. Es una orden. Buenas tardes.

 

Ajax salió dando un portazo. Aprovechó que estaba en la comisaría para bajar a los gimnasios, en los sótanos del edificio, y descargar los nervios. Allí entrenaban la mayoría de los agentes de media graduación, los que no ganaban lo bastante como para pagarse un gimnasio privado. Varios rings se levantaban entre las columnas de la sala y los reclutas recibían entrenamiento básico de defensa vestidos con sus uniformes reglamentarios. Les enseñaban el uso de la pistola y de la porra como armas de combate cuerpo a cuerpo, a luchar a ciegas y a reducir a un sospechoso con rapidez. Ajax se dedicó a hacer pesas durante dos horas, luego practicó un poco de lucha con un sargento de Estupefacientes al que no conocía y se marchó a casa otra vez. A pesar del ejercicio, seguía furioso por haber tenido que dejar su descanso para solucionar un problema de jurisdicciones bastante claro. Nadie apoyaba a los miembros de la División Seis. Aquel era su primer caso, y comenzaba a estar enormemente cansado de no obtener resultados.

 

La niebla química de la Zona Este le retuvo a más de diez manzanas de su destino. El tráfico estaba estancado y los edificios se desdibujaban entre los destellos de las sirenas de las ambulancias. No se había traído la máscara de filtración, y el humo era tan espeso que no podía ni ver las farolas sobre su cabeza. Desconectó todos los sistemas para ahorrar batería y esperó, sin hacer nada, mientras las horas pasaban en balde. Cuando llegó a su apartamento era noche cerrada otra vez, y nadie le esperaba dentro. Ajax se asomó al balcón con un vaso de bourbon. Por el norte una tormenta barría los edificios de los barrios residenciales burgueses, y bajo sus pies una nube tóxica se desdoblaba devorando el cemento de las paredes y ennegreciendo el metal de las colmenas y barriadas pobres. En medio de aquel mar de productos químicos se levantaban las chimeneas de Fábricas, apuntando al cielo negro con sus hileras de luces rojas y por debajo, brillando malignamente, los focos y las cúpulas de metal de Petroquímicas se asomaban intermitentemente, como un monstruo marino con piel acero y entrañas de fuego. Cuando se terminó la copa dejó caer el vaso al vacío, viéndolo desaparecer entre la niebla. Cuando volvió al apartamento se dio cuenta de que no le quedaban más vasos.

 

 

Light Artisan- 17 de Mayo

 
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