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LA NUEVA ESFERA
EL SUEÑO DEL GRAN DESTRUCTOR
Como siempre, tenía pensado escribir otra cosa, pero se me ocurrió una pregunta leyendo El Templo del Viento: ¿Cuáles eran los sueños de Atila? ¿Y los de Alejandro Magno? ¿Con qué soñaban todos los grandes conquistadores, los que trazaron su nombre en la historia con letras de sangre? ¿Soñaba con árboles y río Qin Shi Huang, el que contruyó el ejército de arcilla? ¿Soñaba Xerxes con vino de Efeso y pasas de Corinto antes de ser detenido en las Termópilas?
¿Con qué sueñan los Genocidas, los Conquistadores, los Azotes de Dios?
Reclamaciones por este comentario, al Albynubio.
Anoche Senda tenía turno de noche en el Hospital. Pero como regalo, me dejó el último libro de Michael Moore: ¿Qué le han hecho a mi país, tio?, burda traducción del titulo original (Dude, Where's my Countrie?, chiste con la conocída película "¿Colega, dónde está mi coche?"). He de decir que es casi un complemento del primer libro publicado en España, Estúpidos Hombres Blancos. Quizás no es tan hilariante porque en este segundo libro está más cabreado, o quizás porque es más de lo mismo. JJ tenía razón, puede acabar por caernos gordo, pero no deja de tener razón. Y he de decir, antes de que alguien me recuerde los oportunismos, sectarismos e izquierdismos de Moore, que yo ya leía los discursos de Chomsky antes de que llegase este hombre a las editoriales secuestra-libros del pais de las Barras y Estrellas (Lo de Chomsky, se lo agradezco especialmente a JaviD, antes y ahora.). Básicamente, es como pasar de leer a Ken Follet y luego a Michael Crichton. Moore es más soportable que Chomsky, y mientras Chomsky te sumerge en un contexto histórico-político-social-económico tan exhaustivo que las novelas de Forsith parecen cuentos de "Teo va a la Playa", Moore te lanza una andanada de divertidos vituperios y sarcasmos variados y con mucha base documental.
En fin, que mi novia tenía turno de noche y yo me la pasé leyendo un libro. Fin de la historia.
En otro orden de cosas, quería, como siempre, escribir algunas cosillas que había estado pensando anoche:
- Mayweda es una especie nueva de Gótica: La Gótica-Blandito-Achuchable. Es como un peluche de Lidia, la prota de Bitelchus.
- La gente pierde cosas. Cuando esas cosas se cruzan en tu camino, lo mejor siempre es devolverlas. Puede ser algo importante para alguien, y además suelen ser bunos principios para historias curiosas.
- Ya no me gustan tanto las mujeres "Góticas". Creo que es una especie de cambio de orientación sexual o algo así, pero la verdad es que empiezo a ver más cosas cálidas y coloridas que frías y monocromas.
Adiós, Leonore y todas las mujeres que surgieron de la atormentada pluma de Poe. Ya no os quiero más. Veo una vida nueva...
Ejem. Ya está bien de tonterías. Aquí está lo que estábais esperando.
LA CANCIÓN DE ARIADNA DÉDALUS
Capítulo V & VI
Las Salas de la Fortaleza del Consejo bullen con las actividades de miles de secretarios, de burócratas de medio nivel, de técnicos en esta u otra materia. Sólo hay un lugar al que tienen vedado el acceso: La Cámara. Aunque su nombre debería ser más bien “Las Cámaras”: Dos habitaciones donde se reunen los Miembros Electos del Consejo de Ciudadanía para debatir los asuntos de La Ciudad. La primera cámara, a la que llaman “Sala de la Niebla”, es en realidad un lujoso salón biblioteca donde se guardan, encuadernados en interminables hileras, las actas y transcripciones de las reuniones de la segunda habitación: La Cúpula del Consejo. Aunque en teoría las decisiones se tomaban en aquella enormidad arquitectónica de mármol verde y negro sin ventanas, con una sola puerta y mil doscientos asientos tallados en la piedra, todos los Consejeros saben que tanto dentro como fuera se forjan las leyes, las actuaciones, las verdades y las mentiras oficiales de La Ciudad. En la Sala de la Niebla suelen perfilarse las opiniones, se juega en varios bandos a la vez, se forjan inestables alianzas y se traza el destino de los millones de almas que pueblan la metrópolis.
Hombres y mujeres vestidos con sobrios trajes negros aguardan ante las puertas, leen algunas de las sesiones legendarias del Consejo (El tomo 245465/dfh, donde se consigna la creación de la infame Ley de los Mil Días, tan desgastado por el uso que apenas se mantienen sus hojas) y deciden, antes de votar, lo que sucederá en el macizo anfiteatro de mármol de La Cúpula.
Allí es donde Ruth culmina sus “negocios”. Un sobre cambia de manos (“No hay necesidad que le diga qué contiene, ¿verdad, Consejero Qahuer?” La voz meliflua de Ruth no traiciona el filo venenoso que se esconde debajo), dos miradas que se cruzan, una cita que se acuerda para más tarde. Un Consejero furioso la increpa a media voz. La amenaza fútilmente: En sus últimas voluntades hay instrucciones para abrir y publicar el contenido de ciertas cajas de seguridad. Aquellos que no quieren verse comprometidos la protegen de los que la amenazan. Los años pasados en Desolation Row la han endurecido mucho más que los pasados en los mármoles del Consejo. Es inteligente, dura y decidida, y no tiene escrúpulos, ni moral, ni límites en su ambición. Juega más duro que los demás porque sabe que no tiene absolutamente nada que perder. Su mundo se precipita en los contrastes: La suciedad de Desolation Row y el brillo de los mármoles de La Cúpula, los lugares donde se toman las más altas decisiones morales y aquellos en los que se satisfacen los más bajos instintos humanos.
La Sesión da comienzo. Los hombres y mujeres del Consejo de Ciudadanía entran como una oleada en La Cúpula, dejando la biblioteca envuelta en el humo de sus cigarrillos. Todos excepto uno.
En medio del salón biblioteca, en medio de la niebla del tabaco, un Consejero llora en silencio. A sus pies, un sobre de papel manila. En su mano, un puñado de daguerrotipos.
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Los sueños se habían repetido una y otra vez durante una semana. Todos comenzaban con un despertar, en el coche, con el hombre desconocido. Siempre llovía. A veces terminaba antes de que el hombre le dijese el nombre de la calle. Otras veces terminaba cuando los hombres de los abrigos aparecían y el coche se detenía. Ariadna anotaba los detalles de las pesadillas cada vez que se despertaba. Las páginas emborronadas se acumulaban sobre la mesilla de noche. A veces sólo recordaba un detalle. Otras eran secuencias inconexas, o fragmentos de conversación entre ella y el misterioso conductor.
Por las tardes, a la luz moribunda del día, hacía cábala con el dinero que iba ahorrando. Revisaba con cuidado los libros de cuentas, los intereses y pagos, las ganancias y los gastos, las cuotas y los impuestos. Sin apresurarse, iba preparando su huida de aquella Ciudad Sin Nombre. Su objetivo, su fuerza motriz desde niña, desde que miraba las montañas más allá de los barrotes del orfanato, era huir. Huir del orfanato, huir del internado, huir de La Ciudad. Huir.
Minuciosamente, anotó los números en el papel amarillento del libro de cuentas. Unos pocos gastos. Unas pocas ganancias. Una nueva inversión, unos pocos intereses. Corona a Corona, día a día, se acercaba a la libertad, más allá de las murallas de La Ciudad.
A veces, con una copa en la mano, mientras miraba la cuadrícula de luces de La Ciudad extenderse hasta el infinito bajo ella, presentía que nunca dejaría aquel lugar, que nunca abandonaría Desolation Row.
Aquella mañana, sin embargo, se encontraba de buen humor. La tarde anterior las cámaras se habían puesto en marcha, algo que no ocurría desde hacía años. Ariadna tenía una cámara en el alféizar de la ventana. Al parecer había estado situada en la esquina de un edificio que se levantaba en aquel lugar, y al construir el nuevo rascacielos la habían dejado colocada en su posición original, apuntando al repecho de la ventana, a medias mirando dentro del apartamento y a medias mirando al infinito del muro exterior de cristal negro. Aquella tarde los antiguos engranajes de bronce se habían puesto en marcha con una especie de ronroneo y la lente se había iluminado de rojo. Ariadna apenas podía recordar la última vez que aquella caja de cobre con remaches se había puesto en marcha, pero a la mañana siguiente decidió comprar una planta y ponerla frente a la cámara. Y ahora contemplaba los geranios blancos que había colocado frente al objetivo, pensando que en alguna parte, en algún lugar más allá de los kilómetros de cable trenzado, alguien miraba una pantalla y veía una hermosa maceta llena de flores blancas. Ariadna sonreía pensando en que por una vez hacía algo bueno por alguien que no fuera ella misma. Antes de salir, anotó un gasto en el libro de cuentas y dibujó una pequeña flor al lado de los números.
No solía salir de compras. Prefería elegir las telas por catálogo, que se las enviasen al apartamento y coser los modelos ella misma. A veces se preguntaba quién le había enseñado a coser. Había cosas que no podía recordar. Aquella mañana, sin embargo, salió a comprar. El día era todo lo primaveral que La Ciudad se podía permitir, más allá de las nubes de polución que oscurecían esporádicamente el cielo y de las sombras interminables de los edificios. Ariadna dio un largo paseo hasta el Parque del Milenio, uno de los pocos sitios de los que se podía disfrutar del aire puro y el sol. La gran extensión del Parque estaba salpicada de pequeños quioscos que albergaban en su interior las más variadas tiendas, desde reparadores de relojes hasta heladerías y uno o dos Cartomantes autorizados. Los quioscos se repartían aleatoriamente por toda la extensión del parque, al final de pequeños senderos empedrados u ocultos por bosquecillos de follaje espeso. Ariadna se descalzó al llegar y caminó sobre la hierba húmeda. Por todos lados se veían grupos de gente divirtiéndose o descansando. Algunos paseaban en bicicleta, los más atrevidos se zambullían desde los puentes en los arroyos y estanques que se abrían cuidadosamente entre las lomas de césped. Caminó sin prisas hasta su tienda favorita, un local que servía infusiones situado en medio de una laguna poco profunda. Ariadna no se explicaba cómo podían haber asignado un quiosco en medio de un lago sin ningún puente que le permitiese un acceso a tierra. Para llegar hasta allí uno tenía que mojarse los pies.
Ariadna vadeó el lecho pedregoso de la laguna y se sentó cerca del agua. No había nadie más en la tienda, y esperó tranquilamente a que el camarero le cogiese el pedido. Los siguientes minutos los pasó contemplando cómo aquel hombre ciego preparaba la mezcla de tés y aromas para prepararle su infusión, cómo cargaba la enorme caldera de bronce decorado con el agua justa de una taza y cómo permanecía atento al borbotear del líquido en las entrañas de metal para verterlo en la taza en el momento justo. Preparó la bebida y la llevó a la mesa sin ninguna vacilación, dejando una estela de aroma a melocotón y canela por toda la sala. Lo bebió saboreando la mezcla preparada a mano, una mezcla de aromas y sabores irrepetibles porque habían nacido de la habilidad de una persona dedicada a hacérselo llegar única y exclusivamente a ella. Quedaban pocas cosas artesanales en La Ciudad, y el Salón del Té Azul era una de ellas.
Cuando terminó su taza salió a buscar telas por los puestos ilegales que se escondían en las zonas más arboladas. Telas ligeras y suaves para el verano, de colores brillantes, y también una pesada lona vaquera para terminar el abrigo que había comenzado a coser el invierno anterior. Anotaba cuidadosamente los gastos en una pequeña libreta para no olvidarlos. Tenía que ser metódica si quería conseguir escapar. Una vez terminadas las compras, caminó hasta los límites del Parque.
Los barrios de San Gabriel y Costanza se extendían a sus pies. Desde el límite sur del parque el terreno describía una suave pendiente hasta llegar al valle del Sector Tres y Fábricas. Pero allí, recostados contra el Parque del Milenio descansaban las mansiones de los Justos y los Poderosos. De niña, Ariadna siempre había imaginado que los palacios de la gente rica serían como en los cuentos de hadas, castillos fantásticos con torres y tejados en punta, con jardines inmensos y fuentes. No recordaba de dónde provenían esas imágenes. Sin embargo, los palacios de La Ciudad eran conglomerados de cristal y acero reluciente, enormes cubos de paredes brillantes que ocultaban en su interior lo que sus amos deseaban. Las formas variaban entre el cubismo puro hasta el Art-Decó más atrevido, formas futuristas de acero forjado y paneles de cristal brillante como el mercurio. Con la puesta del sol, San Gabriel y Costanza parecían un muestrario de extrañas gemas sin tallar esparcidas sobre la cuadrícula de La Ciudad, joyas que escondían más de lo que mostraban, y cuyos habitantes nunca podían ser vistos desde el exterior. Mirando hacia los barrios más ricos, Ariadna pensó en las cámaras que incluso en el Parque del Milenio vigilaban por algún motivo inescrutable, y se dio cuenta de que los palacios de La Ciudad estaban construidos con algo mucho más valioso que el oro o el mármol: Estaban construidos con intimidad. Aunque cada una de esas enormes y brillantes carcasas estuviese vacía, su interior era inexpugnable a la marea de millones de personas que recorrían las venas de La Ciudad cada minuto de cada hora. Aquellas burbujas de acero y espejo eran el verdadero tesoro de sus habitantes. En La Ciudad, recordó Ariadna llevándose una mano a la nuca y tocando la antigua cicatriz estrellada, ni siquiera en tus propios pensamientos podías contar con intimidad.
Regresó con paso cansado a su apartamento. La noche se volvió tormentosa mientras se perdía en la marea humana que regresaba a algún lugar.
Light Artisan- 10 de Marzo. T - 4 Días para el Cambio.
LA CANCIÓN DE ARIADNA DÉDALUS
Capítulo IV
Ajax vivía en un pequeño apartamento en la Colmena 12, un nudo de rascacielos residenciales en el sur de La Ciudad, una pequeña urbe dentro de la megápolis dedicada únicamente al descanso de los que movían sus entrañas. Los suelos eran horizontales, las paredes blancas y las goteras discretas.
Sentado frente al ordenador, Ajax contemplaba las noticias. Asesinatos. Redadas. Robos. Aquella enorme burbuja de humanidad bullía con la mala sangre acumulada, los sentimientos se difuminaban en medio de la soledad alienante de las calles abarrotadas de millones de personas.
Algo iba realmente mal en el corazón de La Ciudad.
Se recostó en el sofá, mirando como el humo azulado del cigarrillo abandonado en el cenicero se disipaba cerca del techo.
Por las ventanas llegaba el sonido de una sirena de ambulancia rompiendo la noche, lanzándose al vacío desde quién sabe dónde, como quién sabe cuántas veces se había lanzado ya.
Sobre la mesa, la placa de la División 6 refulgía como un presagio incomprensible.
A la mañana siguiente (Una mañana marrón, envuelta en las nubes de polución de la Zona Este) Ajax se vistió con un traje negro de corte clásico y una camisa roja sin cuello. Comprobó que su pistola estaba bien engrasada y el cargador lleno antes de colocarla en la sobaquera, se puso el sombrero y salió al aire sofocante maldiciendo por la incómoda máscara de respiración que tenía. “Cuando cobre mi primer sueldo doble, pienso comprarme una último modelo" pensó mientras se sumergía en el smog que corroía inexorable los artesonados de cemento de los edificios.
Encontrar un taxi fue de por sí una tarea titánica, y sólo pudo “convencer” al otro transeúnte de que aquel era “su” taxi después de un par de puñetazos y de mostrar su placa.
Aquello contribuyó a ponerle de mal humor. Las quince coronas que tuvo que pagar por la carrera no ayudaron a mejorar su ánimo.
Estar treinta minutos después en la escena de un crimen no hizo mejorar el día.
“Si la sangre te llega hasta las rodillas, llama a la División 6”. Ese era el axioma de la Policía de la Ciudad. Cualquier crimen especialmente cruel, especialmente sangriento o especialmente masivo era trabajo de la División 6, una unidad dedicada exclusivamente a descubrir qué pasaba por la mente de los asesinos múltiples, de los enajenados mentales, de los psicópatas, predecir sus movimientos y capturarlos.
Ajax tomaba notas en la libreta en medio de la parada del Metro. A su alrededor se esparcían los restos de entre seis y diez personas, repartidos entre el suelo, las paredes y el techo. Los azulejos de las paredes mostraban enormes lagrimas de líquido rojo, y de vez en cuando una gota salpicaba desde la bóveda. Ajax intentaba calcular mentalmente cuantos y dónde habían estado esperando las personas que habían muerto ese día.
Un hombre (“Probablemente un hombre”, pensó Ajax) había estado cerca de la máquina de tabaco. Dos o tres personas sentadas en el banco del fondo de la estación, ahora un revoltijo de entrañas indiferenciadas. Cuatro personas entre las columnas, esperando el tren de primera hora de la mañana. Una chica, la más cercana a las vías, había sido arrojada contra la pared del fondo, por encima del foso de los trenes. Una enorme estrella de sangre parecía mirarle desde allí. Al pie del muro, junto a las vías negras, había un amasijo de carne y huesos.
Dos rápidas sumas le dieron los tiempos en los que había sucedido todo. El Hombre - Lobo había entrado en la estación entre las 7 y las 7:45 de la mañana, entre el último tren de La Colina y el primero de la mañana, la Línea Azul. El aviso había llegado a las 9 de la mañana. Eso significaba que el tren de primera hora y el segundo de la Línea Azul, el Expreso de la Colmena 5 y el Rápido del Río habían parado en aquella estación después de que ocurriese todo. Cuatro trenes abarrotados de gente en hora punta paran en una estación céntrica llena de cadáveres.
Y el aviso había llegado a las 9 de la mañana.
Un par de horas después, las cámaras de la ciudad se ponían de nuevo en marcha. Los ojos sin vida de cientos de mecanismos de bronce y hierro despertaron a lo largo de las calles, y durante un minuto la Ciudad se llenó con el zumbido de cientos de ojos electrónicos que enfocaban y ajustaban las válvulas. Uno tras otro, comenzaron a brillar como constelaciones de estrellas rojas.
La Ciudad estaba bajo vigilancia.
Ajax observaba la pantalla que tenía empotrada en la pared de su nuevo despacho. Cada poco pulsaba un botón del teclado de la mesa y cambiaba de canal. Las imágenes de 250 líneas de resolución se sucedían una tras otra, mostrando cientos de lugares de La Ciudad: Una casa, un parque, una pared, una panorámica de los tejados de un barrio cualquiera... así, una tras otra, al azar, mostrando las imágenes de lo que una vez fueron calles y zonas de paso, pero La Ciudad había crecido ajena a su presencia, cegando cientos de ellas y dejando otras mirando al vacío donde antes estaban las salidas del Metro o las calles principales. Cientos de esas calles habían desaparecido. Las paradas de Metro surgían cada poco como cráteres de art-decó en medio de ningún sitio. Y en algún lugar que las cámaras no mostraban, paseaba un Hombre - Lobo.
Miró el montón de informes al otro lado de la mesa. Más de setenta páginas con lo poco que se sabía de los Hombres – Lobo, los informes, los ataques. Abierto en medio de la mesa, con los daguerrotipos de las escenas del crimen, estaba el informe 32A, el único caso documentado de la captura de un Hombre – Lobo con vida. Hacía siete años desde aquello, y sólo había habido un caso más de ataques de ese tipo desde entonces. Ajax miró las evaluaciones de los alienistas. Apenas habían tenido lugar cuatro conversaciones con aquél hombre. El resultado, aunque escaso, era la base con la que se había preparado el protocolo de captura que ahora estaba siguiendo. Ajax levantó uno de los daguerrotipos: Un hombre, de mediana edad, con los ojos hundidos, demacrado. Una persona sin antecedentes, sin informes de violencia, que de pronto enloqueció y lanzó a una espiral de asesinatos brutales y sin sentido, matando a cuarenta personas en cinco noches. Pasó al informe de los ataques. Víctimas al azar, por toda La Ciudad, destripadas hasta que murieron desangradas. Aquel hombre se había mordido los dedos hasta dejar el hueso al descubierto y había usado sus propias manos como garras. Ajax desplegó un mapa de los Barrios: Zona Norte, Bellavista, Distrito 3, el Barrio Negro, Desolation Row, Parque Milenio, San Gabriel, Zona Este, Robledales, línea tras línea de tinta que delimitaban las vidas de millones de personas. En algún lugar entre San Gabriel y Bellavista estaban los restos de la Muralla Antigua, pensó Ajax sin saber muy bien por qué. Rebuscó en los cajones del escritorio y sacó una aguja con una banderita roja al extremo. La clavó en la intersección de las calles Francine y Universo, la Estación 327.
Miró pensativamente la provisión de banderitas rojas del cajón. Sospechaba que no iba a ser la última.
Quizás no tuviera suficientes.
Cogió su sombrero y salió a hablar con los alienistas. El día era caluroso y polvoriento, y la semana prometía ser un infierno.
Light Artisan - 23 F, ¡SE SIENTEN, COÑO!
ELECCIONES GENERALES
Y los problemas éticos que plantéa: ¿He de votar a la izquierda más izquierdosa, esperando que por un no-sé-qué del destino consigan votos suficientes como para tener peso en la formación de mayorías, o bien voto a la izquierda menos izquierdosa para evitar que la derecha más "de centro" gane otra vez?
Es la lucha entre utilitarismo e ideología. Si admitimos que nadie es perfecto, y que la política que se hace a dos mil kilómetros de distancia como que aquí importa una mierda y media, es una pregunta importante. Son otros cuatro años, que son muchos, y yo quiero poder encontrar curro decente y no depender de una empresa de trabajo temporal (Que no me han llamado aún) ni de contratos de tres días (Que me los han hecho, lo juro). Supongo que la izquierda, si no me consigue curro, por lo menos hará algo con la Sanidad, la Vivienda y todas esas cosillas.
Nota Informativa: A pesar del aumento de población de La Isla del Diablo y de los gritos de los fariseos "Yo-no-soy-racista-pero-los-negros-moros-y-sudacas-solo-traen-drogas-y-delincuencia", las estadísticas indican un descenso de la criminalidad del 12%. El gobierno pro derechista de aquí, sin embargo, quiere "Más agentes de policía", ya que les tocaron pocos en el reparto la última vez.
Por todos los Dioses habidos y por haber, que alguien me haga el favor de sacar una conclusión sobre estos datos.
Si, estoy hoy un poco indignado. Me pasa cuando hablo de política, quizás debido a mis exigencias:
- Contrato digno: Que no me chuleen ni categoría laboral, ni horas extra, ni nocturnidad ni dietas. Si quieres contratarme por tres días, vale, pero no me chulees.
- Sueldo Justo: Cobrar lo que me corresponda según la labor que desempeño. Ni más, ni menos. Sobretodo, ni menos.
- Vivienda Accesible: No, 541 Euros NO es un alquiler razonable para ochenta metros cuadrados. No lo es, y menos si no se cumplen los dos puntos anteriores.
- Sanidad Pública Eficaz: Que a un amigo le digan que no le operan la rodilla porque al fin y al cabo no es futbolista, después de un año de baja hasta que le hicieron la resonancia magnética, jode. Jode mucho. Si la Sanidad Pública funcionase, no habría muchos seguros médicos privados. Y, total, si decido costearme un servicio de Sanidad privado NO QUIERO ENCIMA TENER QUE PAGAR POR LA MIERDA DE LA PÚBLICA. Yo no voy pagando a las empresas por sus productos defectuosos.
- Educación Pública: Si, una BUENA educación pública. Un joven pasa más tiempo frente a la Playstation que leyendo o estudiando. No tengo nada en contra de los videojuegos, al contrario: Me gustan mucho. Pero algo falla en la ecuación. Si hay que hechar a la puta calle a todos los profesores ineptos, desmotivados, pasotas y retrógrados, pues a la calle. Hay un huevo de gente buena y con ganas, y es mejor aprovechar a esa gente que convertirlos en cínicos despreocupados al tenerlos en la cuerda floja de la Interinidad toda su vida. Si lo que hay que echar a la calle es a los alumnos, haganlo. Ya verás que pronto los enderezan sus padres cuando tengan que soportar al kinki de su hijo en casa las ocho horas que pasa en el colegio. Por lo menos, con menos alumnos mejor será la calidad de la enseñanza.
Ya veis, estos son mis radicales puntos de vista. Ya sé que debería exiliarme a un país como Suecia o Finlandia, que he oido que son como más civilizados (¡UNIVERSIDAD GRATUITA! ¿A QUIÉN SE LE OCURRE?), pero como que no. Me jode vivr a remolque de las ideas derechistas que, encima, NO SON NUESTRAS. Ya me entendeis, no es que nuestro derechismo sea mejor que el derechismo Yankee, pero eso de cojer los malos ejemplos, me molesta. Deberíamos ser Europeos, algo así como la cuna de la civilización occidental, y sin embargo el faro de dicha civilización occidental es un cacho de tierra con 200 años de historia y una marcada tendencia hacia el derechismo financiero. Si nuestro "Presi" se hubiera fijado en Canadá en vez de en Estados Unidos, quién sabe...
Y, ya que habeis aguantado mi perorata política, os dejo el tercer capítulo de "La Canción de Ariadna Dédalus". Disfrutadla y comentad, o algo...
LA CANCIÓN DE ARIADNA DÉDALUS
Capítulo III
Desolation Row era el barrio de las prostitutas de La Ciudad. Ruth Dauphine lo recorría con la mirada predadora, buscando. La muchedumbre se amontonaba frente a los escaparates, en los locales de ventanas oscurecidas. Las luces rojas recorrían las fachadas de los edificios de ladrillo negro, entre carteles de neón rojos y azules que ardían representando, con formas y palabras, las miles de caras del sexo. En las aceras se mezclaban los que buscaban y los que ofrecían, los que caminaban con sonrisa torcida y los que lo hacían con los ojos bajos. Miles de Coronas manoseadas pasaban de mano en mano. A veces, un disparo sacudía la noche, pero eso no detenía el movimiento. Por encima del rugir de la multitud, por encima del olor de los cuerpos sudados y de las mentes enfermas, las estrellas parecían dirigir la vista hacia cualquier otra parte. Cientos de ojos trataban de llegar a ellas, pero sus miradas, de dolor, de ira, de vergüenza o de remordimientos no podían traspasar la nube que velaba el cielo de Desolation Row.
Ruth no sentía ningún remordimiento. Reconocía las formas y los colores. Sabía quién pertenecía a quién, y cual era la especialidad ofertada en cada casa, en cada coche, en cada callejón. Podía oler en el aire cuando algo iba mal, y dónde estaban las cosas que nadie pedía y que nadie mostraba, pero que muchos se dedicaban a buscar. Se cruzaba con miradas de desesperación en ojos rodeados de maquillaje negro, pero, aunque podía salvar a muchos de los que se encontraban allí, no tenía ninguna intención de hacerlo. Ella había conseguido salir de allí a golpe de dolor, sangre fría y sufrimiento. Pero era el único sitio donde satisfacer ciertos deseos sin llamar la atención.
Si La Catedral de Gabriel era el Alma de La Ciudad y el Parque del Milenio su Corazón, Desolation Row era su Sexo, mancillado, dolorido y repudiado.
Pero necesario.
Reconocía algunas de las caras con las que se cruzaba, e incluso una o dos veces lanzó un velado saludo, apenas una inclinación de cabeza o un gesto con la mano, a algunos de los hombres y mujeres que pasaban por allí. Todos sudaban al verla y verse reconocidos.
Ruth había construido su sitio en La Ciudad a golpe de oro. Las puertas que su reputación le había cerrado, las había abierto con dinero. Al final, ella y su reputación habían llegado tan alto como podía llegarse en la ciudad, y no tenía nada que perder si la veían en Desolation Row, su antiguo hogar.
Pero aquellos con los que se cruzaba sí tenían mucho que perder.
Los miembros del Consejo de Ciudadanía tenían los más altos cargos que se podían ostentar, inmunes a las exigencias de la Justicia mientras conservasen su cargo, pero débiles sin embargo ante el ataque a la recta fachada de la moral que trataban de imponer a las millones de almas pervertidas que residían entre el acero y el cristal de la urbe, seres omnipotentes que para mantener su potestad ética sobre el resto de los pobres mortales.
No sería la primera destitución o el primer suicidio causado por un rumor dentro de la Fortaleza del Consejo.
Vagaba por los locales, conocedora de los senderos entre las casas, de la existencia de ciertas habitaciones traseras, de ciertos locales selectos, preguntando por nombres, enseñando dibujos, comprando daguerrotipos, dejando una cantidad de Coronas aquí y recogiendo otra allá.
Muchos despreciaban Desolation Row y lo que representaba. Todos los años, algunas voces se alzaban exigiendo su desaparición. Todos los años, ciertas reuniones secretas concretaban que aquél lugar seguiría existiendo. Ruth, a pesar de haberlo abandonado hacía muchos años, extraía de allí gran parte de su poder.
Mucho poder.
Light Artisan - Frio, viento y tierra en el aire. 18 de Febrero
La Canción de Ariadna Dédalus
Capítulo II
La Comisaría Central era, cuanto menos, destartalada. El edificio había sido, a lo largo de los siglos, una vivienda, un fortín, un palacete de caza, un asilo de enfermos mentales, una factoría de telas, una prisión política y un balneario. En ese orden. Si Ajax lo hubiese sabido, no le habría extrañado encontrar pasamanos de latón pulido en las escaleras de mármol, ni ventanas de cristales emplomados protegidas por fuertes rejas de hierro. Si hubiese sabido la edad real de aquél inmueble, no le habría extrañado que la mitad de los artesonados de los techos se hubieran venido abajo hacía décadas y que la mayoría de las vigas de acero estuviesen a la vista. Pero no lo sabía, y como no lo sabía, lo repasaba mentalmente mientras esperaba en la antesala del Interventor General a que le asignasen algún caso. O a que alguien le dijese algo, lo que fuera. Al final, ese alguien fue el Interventor General Rochards en persona. Apareció por una puerta lateral, desplazó su mole de doscientos kilos hasta la silla y miró a Ajax con una intensidad que parecía incapaz de imprimir al resto de sus rasgos descolgados y fofos. Cuando habló, lo hizo mediante afirmaciones categóricas, sin ningún titubeo en la voz un tanto cascada por el tabaco.
- Ajax B. Alexandran. Oficial de Primera Categoría. Trece años de servicio. Los cuatro últimos como Investigador de las brigadas F y Doble Z. Dos condecoraciones. Trasladado a petición propia.
Ajax no supo si tenía que asentir o preguntar o decir algo más. La verdad es que quedaba poco por decir, así que simplemente optó por mantener un incómodo silencio. Rochards apartó la vista del joven Ajax y la clavó en la pantalla del ordenador, un antiguo modelo de pantalla plana montado con engarces de bronce sobre un pedestal de madera oscura. Tecleó dos órdenes en el teclado empotrado en la mesa y volvió a mirar al joven investigador. Aunque no lo aparentaba, una duda surgía de la mente del Interventor Rochards: “¿Aguantará un solo día en esta asquerosa unidad?” Bueno, dentro de poco lo sabría. Volvió a hablar.
- Bien, su petición de traslado ha sido aceptada. Pertenece a la División Seis en calidad de Investigador de Primera Clase. Doble sueldo. Sin vacaciones, como ya sabe. Se le entregará el armamento correspondiente en Armería dentro de dos días. Aquí tiene su placa. A partir de ahora, está en servicio permanente. Si tiene alguna pregunta, hágala.
El Interventor dejó sobre la mesa una placa dorada de diseño simple, una estrella de cinco puntas, un seis en el centro y un anillo exterior sin ninguna inscripción aparte de la palabra “Investigador”. Ajax tenía miles de preguntas, pero todas se le borraron al ver aquella placa sin inscripciones. Se levantó medio hipnotizado y salió del despacho sin saber realmente qué había pasado, pero sintiendo que, a partir de ese momento, las cosas iban a ser muy distintas. En su mente se perfilaba la palabra “Extrañas”, pero no llegó a materializarse en sus ideas, aunque permaneció allí, escondida.
Si Ajax hubiese podido preguntar, seguramente hubiese hecho la pregunta que latía en la mente de Ariadna en ese preciso momento: ¿Cómo se llamaba aquella maldita ciudad?. Desde siempre, la Ciudad había sido llamada La Ciudad. En el Exterior, la conocían como La Ciudad Sin Nombre. Dentro de ella, era simplemente la Ciudad. Para muchos, ni siquiera tenía ese nombre. Poco parecía a sus habitantes importarles el paso del tiempo o la historia, y los orígenes se habían borrado, aunque todos sabían que el Gran Puente, de hierro negro corroído por la bruma de la Zona Este había sido construido hacía más de mil años. Pocos sabían que la mitad de la ciudad era más vieja que el puente. Algunos se preguntaban por qué había tantos extraños adornos, tantas bóvedas de Art-Decó, tantas estatuas de hierro forjado. La mayoría simplemente vivían toda su vida entre las calles al pie de edificios de más de trescientas plantas y jamás miraban a su alrededor para nada que no fuese solucionar sus propios asuntos. La Ciudad había sepultado su propia historia y no tenía deseos de removerla. Aunque lo hubiese deseado, muy pocos tenían interés en conocerla.
Fin de Capítulo
Bueno, es probable que lo único que veais de mi por estos derroteros sean los capítulos de esta novela. Toda vuestra, que por eso estais ahí leyendo.
¡¡Hasta más ver!!
Light Artisan - - 10 de Febrero
La Canción de Ariadna Dédalus
No pensar. Había llegado a desarrollar la técnica a la perfección, de tal manera que ya se disparaba como un mecanismo defensivo de forma inconsciente. No era dejar vagar la mente, no era pensar en otra cosa, no era dejar la mente en blanco. Era no pensar en lo que estaba haciendo.
No pensar en lo que le estaban haciendo.
Silencio. Adoraba el silencio, lo cultivaba con esmero e incluso había recubierto el techo de su ático con tapices gruesos para absorber más aún el ruido. Miraba por la ventana, aunque la vista tenía algo de tétrico: Una cuadrícula tridimensional de luces anaranjadas hasta el horizonte (“¿Alguna vez he visto el horizonte, el horizonte de verdad?” Pensó en silencio), luces que se alzaban hasta el cielo, y entre las luces, el vacío intenso de la noche, donde sólo habitaba algún reflejo de las mismas luces anaranjadas en el asfalto húmedo de las carreteras.
Ser prostituta en la Ciudad es algo muy triste. Hacía que se sintiera sola.
Muy sola.
Otra de las cosas que había desarrollado de manera paralela a su ocupación era la obsesión por la higiene. Las únicas formas de arrastrar los restos de su jornada laboral eran no pensar y disponer de una cantidad ilimitada de agua caliente. Se cuidaba mucho de que nunca faltase y de que la caldera de bronce estuviese en perfectas condiciones. Por eso, cuando regresó (“No pienses de dónde. No piense de qué acabas de regresar”) y la encontró sin presión, llamó de inmediato al fontanero.
El pitido sonó dos veces. Tres. Cuatro. La voz al otro lado parecía cansada.
- ¿Diga? –
- Tengo un problema con la caldera. No hay agua caliente y la necesito ahora mismo – Silencio expectante. Ruido de algo pesado moviéndose sobre madera. Más silencio.
- Oiga, lo siento, pero son casi las cuatro de la madrugada, y a menos que se le esté inundando la casa, ninguno de mis técnicos va a levantarse para que usted tenga agua caliente, señorita, señorita... -
La pregunta quedó en el aire: ¿Qué nombre dar, el real o el que figuraba en algunas tarjetas que ciertos directivos adinerados hacían circular entre ellos?. Daba igual, aquél hombre no podía conocerla por ninguno de los dos, así que decidió dar el verdadero, en apenas un susurro: Hacía meses que no oía su verdadero nombre, ni siquiera de sus propios labios.
- Señorita Dédalus, Ariadna Dédalus... -
- Pues bien, Señorita Dédalus, lo lamento, pero hasta por la mañana no tendré a nadie dispuesto, si me deja su dirección, enviaré a alguien a primera hora -
Ariadna le dio la dirección, la repitió un par de veces (“Sí, es en el Distrito Tres. Sí, el Tres... Ya lo sé...”) y se resignó a ducharse con agua helada. Todo, menos mantener ese olor sobre su cuerpo ni un segundo más de lo imprescindible.
Las noches se repetían inexorables. Por suerte, Ariadna podía descansar más de una semana y curar las heridas de forma más o menos decente. Las marcas en la cara eran relativamente fáciles de esconder con maquillaje, pero los cortes en la espalda y en el pecho eran otra cosa. A veces, los dejaba sangrar para ver las manchas formándose en la alfombra.
Otras veces le parecía que la alfombra estaba demasiado salpicada de carmesí.
Trataba de escapar entablando amistad con cualquier desconocida, en el metro, en los centros comerciales, en alguna cafetería, donde fuese, pero en lugares abarrotados de gente donde, por fin, pudiese escapar de las miradas. Era rápida en entablar contacto: tenía el encanto de las muñecas de porcelana de mirada triste, la fragilidad de una niña indefensa y, lo sabía bastante bien, un atractivo animal que llegaba a lo más hondo de los que le rodeaban, fuesen del sexo que fuesen. Había algo en ella que obligaba a los demás a desearla, ya fuese de manera protectora o de otras maneras...
- Oye, menudo apartamento... – Una voz simple, falta de personalidad, pero llena de ese imborrable tono de admiración que aparecía siempre que alguna de sus nuevas amigas llegaba por primera vez al ático.
- No es gran cosa... Siéntate donde quieras, mientras preparo algo de cenar.
“¿Y mi propia voz?” Pensó “ ¿No suena llena de polvo, llena de llagas por haber rodado tanto? Suena oxidada, suena a habitaciones vacías y a viento seco cargado de tierra negra”.
La noche terminó, como siempre, sola. O más bien, ella terminó sola: A la quinta copa de Oporto se había puesto a pensar de nuevo. A pensar por qué la Ciudad no tenía nombre, a pensar por qué la ciudad no tenía parques ni palomas, por qué no había nada más que edificios, coches oscuros y personas grises, a preguntarle a aquella amiga de ficción las cosas que se preguntaba a sí misma mientras la bañera se llenaba y el agua le arrancaba de las garras de su propio desprecio. Como solía ocurrirle, cada vez más a menudo, su recentísima amiga (No recordaba el nombre, no le importaba el nombre.) se había marchado corriendo mientras ella seguía haciéndole (Haciéndose) preguntas.
Y, como siempre que acababa sola, acabó llorando completamente borracha sobre la alfombra salpicada de sangre vieja.
El despertar le trajo sorpresas. La primera, que aún era de noche. La segunda, que no estaba sola. La tercera, que estaba tendida en el asiento de atrás de un coche, envuelta en una sábana que olía a suavizante y a jabón de lavanda. Analizó rápidamente su estado: Ninguna herida, ningún dolor, ninguna sensación extraña (Es decir, aparte de la resaca y del sabor ácido que tenía en la boca) y lo más extraño, ninguna atadura. Se incorporó ligeramente, lo justo para poder mirar un momento a su alrededor. Tenía una maleta a sus pies y un bolso de viaje a cuadros por almohada. Estaba vestida con la misma ropa con la que recordaba haberse dormido, y aparte de ella misma y del conductor, no había nadie más en el coche. Volvió a moverse, pero esta vez la tapicería hizo ruido. En el asiento delantero, alguien se giró sin llegar a mirar del todo hacia atrás.
- Veo que te has despertado. Eso es bueno, aunque imagino que te debe doler bastante la cabeza. Dentro de la almohada hay analgésicos y una botella de agua.
La voz era masculina, bien modulada, con algo de acento inidentificable aunque no desagradable. Lo más curioso es que era una voz perfectamente tranquila y normal, como si aquella situación fuese lo más habitual del mundo
“Bueno, para ti no es habitual, pero puede que sea el trabajo de todos los días de este hombre, así que de momento, lo mejor es acabar con el dolor de cabeza”
Comenzó a revolver el interior de la bolsa de viaje. Para su sorpresa, estaba llena de su propia ropa, doblada con pulcritud, aunque no habían escogido ninguno de sus trajes de trabajo. Casi todo eran prendas de deportes y camisetas usadas y raídas. El agua y los analgésicos estaban en un lateral.
Ariadna se incorporó en el asiento trasero mientras bebía un par de sorbos de agua. Por el retrovisor pudo ver parte del rostro del hombre: moreno, pelo castaño ondulado, no muy largo. Ojos pequeños y grises, cejas pobladas pero elegantes, frente despejada, mirada tranquila e inteligente. Durante casi media hora, no hubo ninguna palabra por parte de ninguno de los dos, pero Ariadna pensaba frenéticamente sin apartar sus ojos de los de su acompañante y probablemente secuestrador.
“Bien, de momento, sé que le interesa que esté viva y cómoda, que no considera que pueda escapar y que pretende que pase una temporada relativamente larga con él, o en algún otro lugar. Sabía que estaba en casa y sabía que estaba indefensa, así que vamos a suponer que me debe llevar vigilando algún tiempo. Motivo: Quiere dinero, sabe que gano mucho dinero y lo quiere para él. Motivo: Está como una regadera y es algún tipo de loco psicópata. Motivo: Trabaja para algún pez gordo que no quería utilizar el teléfono para ponerse en contacto conmigo. Motivo: ... Mierda, no tengo ni idea de lo que está pasando. Y lo peor de todo es que no tengo ninguna sensación de miedo, y creo que debería tenerla.”
El coche frenó en seco, cogiendo a Ariadna desprevenida y lanzándola contra el respaldo del asiento delantero. El conductor miró hacia a tras, pero miraba más allá de ella: Al final de la calle había aparecido un grupo de hombres, recortados por la cruda luz de las farolas. Parecían estatuas que hubiesen surgido de las sombras, vestidos con anticuadas chaquetas negras, altos, inmóviles. Ariadna se incorporó otra vez, y al mirar hacia delante, vio que había otro grupo de cuatro o cinco hombres con chaquetas negras. Estaban rodeados. Los hombres no se movían, no hacían absolutamente nada, pero aún así, había en el aire una certeza de peligro. Ariadna lamentó haber deseado tener miedo, porque ahora lo tenía a raudales. Sudaba y sentía como el corazón se le desbocaba. El conductor se giró hacia ella por primera vez y la cogió de la muñeca.
- Esto va a resultar un poco más difícil de lo que habíamos planeado, intenta no olvidar la dirección... No olvides esta dirección...
Sin embargo, cuando despertó, la había olvidado. Pero seguía estando muy asustada.
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Este es el primer capítulo de una cosilla que estoy escribiendo desde hace algún tiempo. No es un buen principio, es cierto. De hecho, después de releerlo me he dado cuenta de que no encaja del todo bien con el resto de la historia, pero claro, la historia la hacen los personajes, así que ¿?quién soy yo para cambiar sus orígenes o sus presentaciones? El resto de la obra dirá si era un inicio apropiado para Ariadna Dédalus.
Nada más, sólo pasaba por aquí para escribir esto. Es el relato con el nombre de tu novia, JJ. Si quieres te pasaré lo que tengo escrito, aunque no es mucho.
Light ArtisanDomingo, y todo serenooooooo...
COMO PASAN LOS AÑOS...
Pasan. Y rápido, además... Ayer hicieron cinco años de mi existencia... mmm, podríamos decir coaliada con Senda. Coincidentalmente, también ese mismo día de ayer tuve una entrevista de trabajo, bastante interesante, para trabajar en el cine YELMO de Santa Cruz. No es gran cosa como trabajo, pero ES UN TRABAJO.
Nota Filosófica: Cuando el número de opciones se reduce drásticamente, las opciones restantes comienzan a ascender meteóricamente en la escala de validez.
Pues, como decía al principio, llevamos ya 5 años más o menos juntos Senda y un servidor. Con sus más y sus menos, sus peleas y reconciliaciones, sus momentos buenos y malos, sus risas y sus llantos, y todas esas cosas que de repente parecen tan interesantes ahora que comienzas a compartir algo más que ratos junto a la persona a la que quieres. La convivencia magnifica las reacciones. Algunas no sobreviven a la intensificación de las cosas. Otras aguantan, y otras cambian. Cambiar no es malo por principios, al menos, no es malo en este Blog.
Si, las cosas cambian. Cinco años es mucho tiempo, un tiempo que en recuerdos se convierte en casi infinito, desde el principio hasta el final, lleno de recovecos en los que, sólo o acompañado, no estaba completamente solo. Saber que estas en la mente y los sentimientos de alguien en todo momento del día mitiga la soledad. A veces no nos damos cuenta de que estamos en la mente y los corazones de mucha gente hasta que aparece esa personita especial. Luego, es difícil pensar que estas sólo. Siempre hay alguien que espera un gesto tuyo, una palabra o tu simple presencia.
Lo mejor de una relación es la soledad compartida, el saber que alguien está allí, al otro lado, esperandonos.
Lo mejor de la convivencia es el despertar compartido, el que cad amanecer, siga allí, a tu lado.
Vale, me ha salido una entrada más pastelosa de lo habitual. Pues os aguantais y punto.
Light Artisan -Viernes, 30 de Enero
LOS CONSTRUCTORES DE PRESAS
Durante uno de sus viajes, Buda llegó a un fértil valle lleno de campos de arroz lozanos y verdes, cruzado por un río de aguas enbravecidas. Remontando su corriente por un sendero, llegó a lugar donde un hombre bien vestido contemplaba la terminación de una gran presa. Buda se sentó en una de las grandes rocas que estaban utilizando para construir la presaa y sus seguidores se sentaron tranquilamente en espera a que hiciese alguna de sus reveladoras revelaciones, pero Buda simplemente tenía los pies cansados y se estaba quitando las alpargatas un rato.
Mientras, los trabajadores habían terminado la presa y el agua se acumulaba tras la obra. El hombre bien vestido parecía tremendamente satisfecho, pero su expresión se volvió de cólera y rabia cuando una enorme grieta se abrió en la presa y toda el agua se derramó por el cauce del río, siguiendo su curso entre los campos de arroz. El hombre se giró y se percató de que Buda estaba tras él, masajeándose los dedos de los pies sentado sobre una piedra. Se acercó en busca de consejo y preguntó:
- ¡Oh, gran Buda, dime qué he de hacer para contener este río como es mi deseo, ya que aunque he estudiado en los mejores colegios de arquitectos y de ingenieros de presas, autopistas y caminos, no consigo que aguanten la fuerza del agua!
Buda miró un momento al hombre que le interrumpía su relajante momento de descanso y miró después al río y al valle. Con un suspiro, miró al hombre y le dijo:
- No te empeñes en construir presas cuando el río quiere seguir su camino.
El hombre, confuso, asintió sin saber muy bien que hacer, y los seguidores de Buda asintieron también sin entender muy bien su enseñanza. Pero como era una enseñanza de Buda, la consignaron en muchos pergaminos, códices y conchas de tortuga que milenios después serían confiscadas en Viena por el equipo de protección de la fauna salvaje de la Interpol.
Muchos días después, Buda y su cohorte de seguidores caminaban junto a un poderoso río por un valle despoblado y baldío. Al llegar a cierto punto, encontró a un hombre enfurecido sobre unos papeles, mientras un grupo de trabajadores trataban en vano de construir una presa. Buda se sentó a contemplar la obra como un jubilado cualquiera, y justo cuando estaban a punto de finalizar la obra, la fuerza del agua rompió el dique y el río volvió a fluir libre por el campo desolado. Como la vez anterior, el hombre enfurecido se volvió hacia Buda y le preguntó:
- ¡Tú! ¡Buda! ¡Sí, tú, el del barrigón, ven aquí! ¡Díme por qué las presas que construyo siempre son derribadas por el ímpetu del agua! ¡Quiero dominar este río, pero el muy cabrón se resiste!
Buda iba a responder cuando uno de sus seguidores se adelantó a su maestro:
- El gran maestro Buda dice: "No te empeñes en construir presas cuando el río quiere seguir su camino"
Buda, que se había acercado a la obra y desmenuzaba los ladrillos de adobe con el pie, se acercó a su alumno y, después de darle una sonora colleja por la cual el pellejo de la nuca del alumno fue conservado como una reliquia durante mil años en el templo de Mattrannipatarmutrisamlakapalabama hasta que los Chinos arrasaron el lugar, se dirigió al hombre con estas palabras:
- Primero, aprende a construir una presa.
FIN
Bueno, este es el pequeño cuento. Que cada uno saque la conclusión que le haga más felíz.
Bueno, la verdad es que la mayoría de las veces, cuando estoy por casa, pienso en entradas y cosas que comentar en esta página, y luego se quedan en nada, lamentablemente. Pero hoy si me he acordado de algo que quería decir:
HAY AGUA EN MARTE
Y eso me hace felíz. Me hace felíz porque uno de mis estudios frustrados es Astrofísica, como el de JJ y Albynubio, si no me equivoco. Además, para los aficionados a la Ciencia Ficción, creo que es algo que da alas para imaginar muchas cosas, como la posible Colonización.
Me gusta la carrera espacial. Me encantan las misiones a Marte y a la Luna, y adoro la Estación Espacial Internacional. Cierto que no lloré cuando vi las imágenes de la destrucción de la MIR, pero admito que me sentí como un guerrero vikingo viendo partir el barco en el que arden los restos de su rey. Esa estación era la demostración de que se pueden mantener investigaciones, instalaciones y gente sin un gasto exagerado de dinero. Y además, había sobrevivido a todos los problemas que se podían presentar en un equipo puesto en órbita durante un largo periodo de tiempo...
Creo que hay vida en Marte. Pequeñas bacterias y cosillas así, nada inportante, pero vida al fin y al cabo. Vida agena, distinta, que convertirá la biología y la astrobiología en nuevos y fenomenales campos de investigación... O que provocarán una pandemia que arrasará con nosotros, pobres habitantes de la Tierra, cuando los primeros colonos regresen infectados desde Marte. Las posibilidades son infinitas, y espero poder verlo antes de espicharla.
Eso sí, es curioso que, desde la Sojourner, ningún chisme de los que haya llegado a Marte haya aguantado más de una semana funcionando. Si hay vida en Marte, desde luego es muy celosa con su intimidad.
En fin, no sé si es una buena idea vijar más allá de nuestro planeta si aún no somos capaces de mantener el nuestro en buen estado, si somos una raza que se empeña en atacarse mutuamente, y si la conquista, colonización y establecimiento de bases depende de las políticas volátiles de los gobiernos terrestres, muy puestos en eso de hacer promesas, cambios y enmiendas justo antes de irse del sillón presidencial para que otro lidie con el desaguisado.
Pero ele spacio siempre será la Última Frontera, el Far West, las Indias Orientales de este mundo que se nos queda cada día más pequeño. El hecho de que cualquier mensaje, cualquier cosa que se envíe llegue con un retraso de 90 minutos ya lo hace estar en el otro lado del Universo conocido. Desearía haber nacido cien años despues de este día, para quizás poder tener la oportunidad de ser uno de esos nuevos colonos. Como dijo alguien, "Le tocó nacer como a todos los hombres, en una mala época"
Me despido desde estem mundo cansado y aburrido, ahora que tenemos uno nuevo en el que pensar. Las Guerras, las Conquistas y las Aventuras siempre atráen a quienes no les tocó vivirlas.
Light Artisan -Domingo 25 de Enero. Sin curro a la vista...
EL AÑO DEL MONO
Si, acabamos de estrenar Año del Mono. En realidad es el miércoles que viene, pero vamos, como si lo fuera. Se supone que representará u año de extremos. Las cosas buenas serán muy buenas, y las malas, jodidamente muy malas.
Las fiestas han pasado a su manera, sin pena ni gloria por mi vida, un paseo por un campo yermo que ya estaba arrasado. Descubrí una cosa: Me independicé de mi familia cuando se vino abajo. Las Ratas saltan del barco, aunque no antes de que se hunda. Saltamos justito cuando se está hundiendo.
Hay cosas que puedo asumir y cosas que no. La destrucción de mi familia es una de las que no puedo. Todavía no.
Cambiando de tercio, me estoy sometiendo a terapia de Flores de Bach, una pequeña pócima preparada por Ariadna para purificación y problemas genrales. Los problemas generales, pues eso, que aún no tengo del todo localizados mis problemas. La purificación, porque inicio un viaje este año, y quería hacerlo sin cargas adicionales. Bastante tengo con cargarme a mi mismo.
Lo interesante es que esa pequeña pócima me sabe unos días mejor que otros, así que estoy seguro de que surte efecto a su manera. No es que me sienta más purificado y con menos problemas, pero a veces simplemente recordar que alguien te preparó esas pequeñas gotas que a veces te saben amargas y a veces alegres bajo la lengua, es casi como tener a esa persona al lado con sus comentarios, a veces amargos, a veces alegres.
He leido libros. Lo bueno de ser bibliófilo es que es fácil que los demás acierten con tus regalos. Algunos libros son mejores que otros, como las personas, pero soy de los que les gusta darles una oportunidad: Los leo hasta el final. Si no me gustan, es que no me gustan.
Ahora tengo que centrarme en buscar y encontrar trabajo. Mientras tanto, voy escribiendo, a veces cosas roleras, a veces no. Creo que voy a comenzar a poner aquí una cosilla medio larga que tengo escrita y que ha resurgido con fuerza desde su tumba de pixeles y bits. Algo a lo que estoy llamando "El Canto de Ariadna". El título lo he rescatado del Nanowrimo del año pasado, me parecía un título demasiado bueno como para dejarselo a una novelucha tan poco consistente, aunque en mis proyectos pendientes está volver a coger esas 50000 palabras y darles cuerpo, a ver si consigo una novela de aventuras bien hilvanada.
Hay tantas cosas por decir...
Me gustaría que la gente se tomase las cosas con más calma, con más tranquilidad. A veces, esta ciudad es demasiado "acelerante", y eso no va con mi Majorerismo natural. Las cosas tienen un ritmo, a veces pausado, a veces acelerado, pero con calma. En un libro que me resulta entrañable, "Fungle el Gnopo", un personaje citaba a un antepasado con estas palabras:
"Los Buenos Modales Nunca Empeoraron Una Situación"
Creo que es cierto. Creo que es una buena política una sonrisa y un buen gesto, tanto en tu vida diaria como en tu trabajo. Me he encontrado con atención al público poco amable. Me resulta irritante tener un problema y que la persona encargada de darme una solución, la que sea, no sea amable. Imagino que la atención al cliente debe quemar mucho, pero ese es su cometido: Atender bien al cliente. Aunque sea para decirle a uno "Lo siento, vas a tener que ir a 50 km de aquí a arreglar el DVD que nos compraste y del que NO pensamos hacernos cargo aunque tenga garantía". Esas cosas pasan, las máquinas se estropéan, pero la empresa debería simplemente hacerse cargo de la reparación durante la garantía. Más allá de esas consideraciones propias, los que atienden a la gente deberían tener mejor dispocisión, sobretodo en "Devoluciones y porquerías", es un departamento en el que la gente tiende a ser poco comprensiva. Una sonrisa amable desarma a cualquier perorata desabrida, sobretodo cuando el pobre empleado del mostrador no es el culpable.
Bueno, nada más. Hoy os dejo con vuestros sueños. Tened ilusión de algo mejor, para vosotros y para los demás. La ilusión mueve montañas, cambia mundos y acorta distancia. El año del mono va a ser un gran año. Todo depende de vosotros mismos, obviamente.
PD- Dentro de poco son las elecciones. Tengo unas dudas sobre la ley electoral que espero resolver y plasmar aquí. Recordad que en una democracia el voto debería ser obligatorio. Si esa petición no fuese antidemocrática...
Light Artisan -Año del Mono
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