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REGRESANDO, POR PARTES...

Aquí estamos de nuevo, en Ca'Raul, que presta su inestimable conexión y su ayuda para mhacernos la vida más fácil... Núnca le agradeceré lo bzastante que me piratease la PS2... juegos a 1€!!!

Bien, algunas cosillas... Vereis, el otro día estaba pensando en las series de la tele... Y pensé:

Si mi vida fuese una serie de televisión, ¿Qué personajes ´serían mis amigos?

Inmediatamente pensé: "¡Vaya, Trj, has tenido uno de esos escasos momentos de brillantez creativa! ¡Corre a plasmarlo en tu página Web y regístralo antes de que te lo roben, como hicieron con MATRIX" (Algún día les contaré esa historia...)

La verdad, es una de esas ideas para Blogs directamente... Pero como no tenía acceso a Internecio, tuve que dejarla colgando de mi cerebro.

P.D.- Contar otro día lo que me ha hecho Timofónica con la ADSL... Si vivo más lejos me mudo a CaÁlby...

Y allí, en mi mente retorcida, fraguó, o más bien fermentó y se convirtió en una gran pregunta:

SI MI VIDA FUESE UNA SERIE DE TELEVISIÓN... ¿¿¿CÓMO COÑO SERÍA???

Vereis, mi serie se titularía Putadas del Destino. La idea fundamental es que todo aquello que me desean mis "amigos" se convierte en realidad...

Aquí hay que explicar ahoa que desde que yo y mi circulo cercano aceptamos la idea del Karma, la reencarnación y demás, es bastante habitual que alguien, sin venir a cuento, se gire hacia ti y te maldiga o te desee alguna hijoputada de máxima categoría... Con Alby y JJ en mi círculo cercano, los que les conoceis podeis ir haciéndoos una ligera idea de lo CHUNGO que se pone a veces mi Karma....

Bien, en la serie, todas esas cabronadaas se acaban cumpliendo, saltando por los aires el continuo espacio-tiempo... Y esa es la idea: Yo, corriendo de un lado para otro, luchando contra las fuerzas del destino cruel.

Habría que añadirle el hecho cómico de mi propia existencia patética (Algo así como Chris Peterson en "Buscate la Vida" mezclado con Gollum), mi novia, mis amigos y mi gato.

En fin, mi serie sería una especie de terrible parodia surreal de mi vida y el Karma, todos contra mí... Pero cachonda a más no poder.

Para ilustrar mejor la entrada, suplico a los implicados que dejen en los Comments alguna de las maldiciones y deseos recientes hacia mi persona, además de uno o dos "Qué preferirías...", para que la gente se hiciera una idea de cómo sería un capítulo cualquiera...

Y más na...

La Linterna, Maldita y Anatemizada

Light Artisan - Diecinueve de Diciembre


ES5TA ES UNA CONEXIÓN NO AUTORIZADA. EL INFRACTOR SERÁ PERSEGUIDO Y ELIMINADO...

Estoy conectado desde el despacho del jefe... Puedo morir en cualquier momento... (Vale, será por culpa de la tisis, no tienen nada que ver con mi conexión... ¿pero a que queda dramátigo, eh?)... Dejo como legado la verdad. Ellos trataron de destruirme... Ahora, puede que esto cambie las tornas... Sé que estás ahí...

Eres mi única esperanza...

...Ayudame, Obiwan Kenobi...

Capítulo Quinto: El Diablo y El Ron

Capítulo Quinto: El Diablo y El Ron

 

Spade contemplaba el océano desde la barandilla de la cubierta del timón. Miraba la huella de espuma mientras el sol se alzaba entre nubes verdosas. A pesar de que llevaba horas allí, aún no podía creer lo que contemplaba. La estela del Berenice estaba poblada de fantasmas.

Había oído las leyendas y no les había dado crédito, pero allí estaban, una procesión de negros espíritus condenados cuyas manos se clavaban profundamente en la madera, fantasmas descarnados que empujaban el barco, mientras los tiburones trataban de devorar sus cuerpos inmateriales.

 

La Cabellera del Berenice.

 

Observó los rostros sin rasgos, los brazos escuálidos, los ojos rojos y muertos que miraban el cielo como si quisiesen escapar de su cárcel de agua. Había una voluntad enloquecida, una fatalidad que les amarraba a las tablas del barco y les obligaba a empujar y empujar, a impulsar su quilla en busca de más víctimas. Reprimió una arcada y se volvió. Janklow empuñaba el timón en silencio.

Spade tampoco tenía ganas de hablar. Contempló las nubes y el extraño color del cielo. El viento había virado, y se notaba electricidad en el ambiente. A medida que transcurrían las horas, el mar se agitaba más y más. Los marineros se habían refugiado bajo cubierta, pero Spade había preferido el viento y la silenciosa compañía del gigante antes que encontrarse bajo las aguas en las que nadaban espíritus condenados. Su mente amenazaba con ceder ante la Llamada del Dragón, y el frío le había mantenido despejado por el momento. Se envolvió en un grueso capote y aguantó los embates de las olas, cada vez más violentos. Cuando el aire comenzó a llenarse de granizo, tuvo que volver el rostro y refugiarse junto al timón.

 

- Agárrese.

 

Janklow señaló al frente. Spade vio una muralla verde coronada de espuma abalanzarse sobre ellos. Apenas tuvo tiempo de aferrarse a la borda cuando la ola les engulló. Durante un aterrador instante, se encontró bajo las aguas, rodeado por los espectros de ojos muertos. Peleó con furia para escapar, para no morir, para no compartir el desdichado destino de los muertos del Berenice. Y la ola pasó casi al mismo tiempo, dejándole mojado pero vivo. El huracán les golpeó con toda su fuerza, y las pocas cuerdas que no habían sido aseguradas restallaron en el aire como látigos.

Spade se lanzó a la escotilla, cayó en medio de la bodega y se tambaleó hacia el camarote privado. La tripulación guardó silencio a su paso. Los faroles bailaban con cada sacudida, y Spade no sabía si el suelo se movía por efecto de las olas o porque su mente se había roto por fin y estaba enloqueciendo. Vio los rostros taciturnos a su alrededor, rostros de ojos muertos, rojos, sin boca ni nariz ni ningún otro rastro de humanidad, miradas desquiciadas que le obligaban a seguir avanzando. Muertos en vida que servirían a su barco más allá de la muerte. Hombres que no conocerían el descanso ni en este mundo ni el otro. Se encerró en el camarote y se acurrucó en el rincón más lejano al mamparo de popa. Tras aquellas tablas se encontraban los espíritus, y temía que alargasen sus brazos y le llevasen. Chilló como un poseso hasta que el agotamiento le cerró los ojos.

 

Durmió un sueño lleno de fantasmas.

 

El Berenice surcó las aguas embravecidas impulsado por los muertos. Luchó contra olas como montañas, resistiendo todos y cada uno de sus golpes como lo había hecho durante décadas, guiado por una mano de hierro y una voluntad demoníaca. Trazó una senda recta en medio del mar cambiante, hacia un lugar en ninguna parte.

 

Ernst entró en el camarote con un rollo de cuerda y una pistola. Spade se encontraba en el rincón, envuelto en sábanas empapadas. Tenía los pómulos hundidos y la mirada desquiciada.

 

- Es usted un Demonio, ¿Verdad? ¿He vendido mi alma al Maligno?

 

- De eso no estoy seguro, Doctor Spade, pero lo que sí sé es que no me la vendió a mi... Le tengo que pedir que se eche en la cama. Tengo que amarrarle.

 

Spade se arrastró por el suelo chillando como un animal. Revolvió entre las pocas pertenencias que había traído consigo hasta encontrar su puñal.

 

- ¡No! ¡Aléjese de mí! ¡No tendrá mi alma! ¡No se la entregaré!

 

Ernst se acercó con paso firme hasta arrinconarlo de nuevo. Guardó la pistola en el cinto y se acuclilló frente al Doctor.

 

- No tengo intención de hacerle nada a su alma, Doctor Spade. Su estado no es el más apropiado; el Dragón le está devorando. Necesita opio, y no pienso dárselo. Déjeme amarrarle, por su propia seguridad.

 

- ¡No!

 

Spade gritó con todas sus fuerzas. Volvió el arma contra su pecho y se apuñaló el corazón.


Pero, por segunda vez, Ernst fue más rápido. Agarró la hoja de acero y la detuvo a pocos centímetros de la carne del doctor.

 

- Tendrá que ser por las malas, entonces.

 

Ernst descargó su puño contra el rostro del medico, que perdió el conocimiento. Con tranquilidad, manteniendo el equilibrio mientras el suelo se inclinaba en ángulos imposibles, amarró a Spade al camastro. Cerró la puerta del camarote y salió a cubierta.

 

El huracán le azotó con furia. Ernst se ciñó el abrigo largo y se caló un sombrero. Janklow seguía al timón, impasible, y la tormenta no daba señales de amainar.

 

- ¿Hacemos algún progreso, Señor Janklow?

 

- Si, Señor Ernst. Llegaremos con el ojo del huracán.

 

- Perfecto. Mantenga el rumbo, Contramaestre.

 

Bajó los escalones agarrado a la barandilla. Cuando entró en el camarote del capitán, Spade le esperaba apuntándole con una pistola. Ernst se miró el cinto. Era la misma que había llevado abajo.

 

- Para ser un Demonio es usted demasiado descuidado, Señor Ernst...

 

El barco dio un bandazo. Las tablas gimieron bajo la tensión y el suelo se inclinó pronunciadamente, pero el cañón del arma no se desvió ni un milímetro.

 

- ¿Me permite sentarme, Señor Spade?

 

- No. No se mueva. Se quedará donde está o le dispararé. Va a responder unas pocas preguntas.

 

- ¿Y qué ganará usted con eso? La tripulación le matará si yo muero. ¿Qué pretende, Doctor Spade?

 

Spade sacó un mapa del cofre que tenía a sus pies y lo extendió sobre la mesa. Una línea roja se retorcía sobre el papel. Dejó caer su índice en un punto del medio del océano.

 

- Si, puede que su tripulación me mate, pero usted ya estará muerto para ese entonces… Nos dirigimos a la Fosa de Perry. Eso está en medio de ninguna parte, Señor Ernst. ¿Por qué vamos allá?

 

Ernst miró el mapa, el cañón de la pistola y después los ojos de Spade. Eran mucho más duros y fríos que el arma.

 

- Señor Spade, me temo que esto ha ido demasiado lejos. No abuse de mi amabilidad y entrégueme el arma. Si no, me veré obligado a hacerle daño, y no querría tener que hacerlo.

 

Ernst se movió imperceptiblemente. Los dedos de Spade se cerraron con más firmeza sobre la pistola. Dio un paso e interpuso la mesa entre ambos.

 

- Vamos, Señor Spade. ¿No creerá que puede hacerme algo con eso, verdad? Ya sabe que barco es este. ¿Acaso piensa que una simple bola de plomo puede dañarme? Estamos más allá de lo que puede herirnos en este mundo. Señor Spade, este es un barco de Almas Condenadas, no de Hombres... Deme la pistola.

 

Spade dudó. Su mano tembló imperceptiblemente. Apartó la mirada y bajó lentamente el arma. Ernst sonrió con sus dientes de oro. Mientras se acercaba, el barco comenzó a ascender una montaña de agua. Ernst tuvo que agarrarse a la mesa atornillada para no caer de bruces. Spade miró al hombre a los ojos mientras el barco se inclinaba peligrosamente.

 

- ¿Sabe una cosa, Señor Ernst…?

 

Lentamente sacó el puñal de los pliegues de su ropa. Una línea de sangre manchaba el borde.

 

- …Si puede sangrar, puedo matarlo.

 

El tiro resonó como un cañonazo. El Berenice alcanzó la cresta de la ola y se lanzó al brusco descenso. Spade salió disparado hacia delante y quedó colgando del vacío, agarrado a la mesa con la punta de los dedos. Caían a plomo en los abismos de la tormenta. El suelo se había convertido en pared y los candiles lanzaban sombras enloquecidas. El cuerpo de Ernst yacía sobre la puerta en medio de un charco de sangre.

 

Con un rugido surgido de las gargantas del Leviatán, el Berenice clavó la proa en el seno de la ola, atravesando la frontera líquida y quedando sepultado por millones de toneladas de agua enfurecida. El océano devoró el navío de un solo bocado. Las tablas de roble chasquearon, se combaron de forma imposible y gritaron de dolor.

 

Pero el Berenice no era una presa que el huracán pudiese reclamar. El océano sintió la Maldición que pesaba sobre él y abrió sus fauces. Lentamente, arrojando cascadas por los imbornales, el Berenice surgió de las aguas y volvió a enfrentarse a la tormenta.

 

Spade se recuperó cuando el suelo volvió a la horizontal. Se acercó al cuerpo. Por el agujero se escuchaba el resollar de los pulmones y el gorgoteo de la sangre: Un disparo directo en el pecho. Ernst tosió y escupió sangre. Spade le puso el puñal en el cuello.

 

- Va a darme respuestas, Señor Ernst, porque soy el único que puede salvarle. Si no me dice lo que quiero oír, dejaré que muera y que su alma empuje este maldito barco hasta el fin de los días.

 

Un ruido inarticulado surgió de su garganta. Spade había disparado demasiado bien. No le quedaba mucho tiempo.

 

- ¿Por qué vamos a Perry?

 

- Buscar... Buscar... A... Alguien...

 

- ¿Quién?

 

Una burbuja de sangre se derramó por la pechera de la camisa, salpicando a Spade.

 

- Ca... Capitán...

 

Spade notó que el cuerpo se volvía fláccido. Los ojos de Ernst se giraron en sus cuencas y lanzó un gemido ahogado. No tenía tiempo para más. Lo levantó y lo arrojó sobre la mesa de mapas, agarró los instrumentos  médicos que había mantenido ocultos en un cajón y comenzó a operar. El viento redobló su rugido y las olas comenzaron a azotar el costado del barco, pero aún así, Spade operó. Extrajo la bala, cerró heridas y volvió a coser los pulmones destrozados del hombre. En algún momento, Janklow entró en el camarote, pero Spade ni siquiera se dio cuenta. Le ordenó que le trajese sedal de pescar y paños limpios. Poco a poco un grupo de marineros se reunió en la puerta del camarote, a pesar de la tormenta. Bajo las luces oscilantes, Ernst necesitaba un milagro para sobrevivir.

 

Y lo obtuvo.

 

 

Spade, Ernst y Janklow se encontraban en el camarote del capitán. El Contramaestre había colocado grilletes de hierro en manos y pies del medico, pero Ernst había insistido en que lo llevasen a su presencia la mañana después del incidente. Spade tenía las mejillas hundidas y los ojos enrojecidos.

Ernst se revolvió en la cama y miró al medico. Su sonrisa se convirtió en una mueca de dolor cuando trató de alzarse sobre los codos.

 

- Bien, Señor Spade... Le debo la vida. En cierta forma ha saldado su deuda conmigo: Yo le puse en peligro de muerte y luego le rescaté, y usted ha hecho lo mismo. Espero que ahora que tiene sus respuestas podamos contar con su colaboración.

 

Spade escupió al suelo. Ernst no pudo dejar de apreciar la sangre en la saliva; su tripulación había sido misericordiosa, pero eso no quería decir que le hubiesen tratado bien. Afuera, la tormenta volvía el día en noche.

 

- Señor Ernst, me importa muy poco sus motivos, su capitán y la Fosa de Perry. Déjenme en la isla habitada más cercana y consideraré todo esto como un simple malentendido.

 

Ernst ahogó una carcajada que se convirtió en una tos húmeda y rasposa. Janklow le ayudó a incorporarse. Ernst clavó los ojos en Spade.

 

- Doctor Spade, no está en posición de negociar. He intentado convencerle para que me ayude de buenas maneras, aunque admito que no he sido totalmente sincero. He atendido a su situación y puedo comprender su resentimiento, pero se haya a bordo del Berenice. No crea que por haberme salvado me temblará la mano a la hora de acabar con su vida...

 

- No puede matarme, señor Ernst. Me necesita vivo. Si no, ya se hubiesen deshecho de mi.

 

- Bien... veo que es usted inteligente. Señor Janklow, déjenos solos, por favor.

 

El gigante salió del camarote. Ernst pasó las manos por los vendajes, que mostraban manchas de sangre fresca. Una ola golpeó el barco haciéndole dar un bandazo, y el dolor volvió a torcerle el gesto.

 

- Voy a contarle una historia, Señor Spade. Una historia de Fantasmas...

 

Spade le miró fijamente. Su mente comenzaba a temblar por la falta de opio. Sentía al Dragón retorcerse en sus entrañas, y aquel hombre que debería haber muerto estaba sentado y hablándole de espíritus. Spade sabía que era imposible que se hubiese recuperado lo suficiente como para abrir los ojos siquiera.

 

- Hace treinta años, el Berenice era uno de los barcos de exploración de la Flota Británica. Estaba al mando de Hércules Johnson, uno de los capitanes más justos y leales que haya dado jamás la pérfida Albión. Su tripulación era dura y los hombres bajo su mando, fieles a su capitán.

Dicen que el Caribe cambia a la gente. Quizás el estar tan cerca de un nuevo mundo fue lo que les llenó la mente de ideas de libertad, o quizás fue la simple ansia de riquezas disfrazada. Lo cierto es que el Capitán Johnson se alejó de la flota y proclamó que el Berenice sería un barco de hombres libres, libres de lealtades y de bandera, un barco que obedecería sólo a sus deseos, no a los de políticos y reyezuelos a miles de millas de distancia. Antes de lo que se tarda en contarlo, los tripulantes del barco estaban vitoreando a su capitán y afirmando su juramento de navegar como hombres justos y libres. Aquellos que no estaban de acuerdo fueron desembarcados con provisiones y armas en una isla cercana.

El Capitán Johnson era un hombre valeroso y dedicó su navío a asaltar corsarios ingleses y barcos de esclavos españoles. Nunca atacó galeón alguno, ni puertos en los que hubiese importantes poblaciones civiles. Gran parte de los tesoros que consiguieron fueron devueltos a sus legítimos propietarios, o utilizados para reparar los daños causados por los piratas y bucaneros.

Pero algunos de los hombres comenzaron a sentirse descontentos. Querían la libertad para enriquecerse. Deseaban el poder y las riquezas, atacar galeones preñados de oro y desaparecer para siempre en las tierras del Nuevo Mundo, ricos y famosos. Así que comenzaron a complotar a espaldas de los leales. En medio del peor huracán de la temporada, parte de la tripulación se amotinó. Capturaron al Capitán y a los que se negaron a rendirse, los juzgaron y los ahorcaron en medio de la tormenta. Los demás marineros tuvieron que jurar lealtad a sus nuevos oficiales y se sometieron a sus órdenes.

Antes de morir, el Capitán Johnson maldijo el barco y a sus tripulantes. Los condenó a servir en el Berenice después de muertos, hasta que se purgasen todos sus pecados y el Berenice fuera tripulado por hombres justos y llevado a su destino final. Los traidores se rieron y escupieron sobre su cadáver, pero la Maldición se clavó en sus almas. La nueva tripulación comenzó una temporada de saqueos y piratería por todo el Caribe, mientras la Maldición iba tejiendo los hilos de su destino. Noche tras noche, los hombres que ahorcaron a su capitán murieron. Cada noche, los espectros visitaron a uno de los nuevos oficiales. Atormentados por los fantasmas hasta que las almas se desprendían de sus cuerpos, murieron en una terrible agonía. Sus cadáveres se secaron como si hubiesen sido consumidos por el fuego. Ninguno de ellos llegó a disfrutar de un solo doblón de su tesoro.

Los marineros supervivientes, presa del pánico, se amotinaron. Mataron a los oficiales, esperando que los espíritus se sintiesen satisfechos. Pero no fue así. Al final decidieron esconder el tesoro y hundir el barco maldito. Asaltaron otro barco y partieron a lo más profundo del Caribe. Desembarcaron en un arrecife perdido y prendieron fuego al Berenice.

Pero el barco regresó. Los fantasmas lo levantaron del fondo del océano y volvieron a tripularlo. Cuando ondeó su bandera, los traidores se habían dispersado a los cuatro vientos. Johnson persiguió a todos y cada uno de aquellos hombres, siempre puntual para aparecer instantes antes de la muerte de uno de los traidores. Los espectros fueron recogiendo sus almas a medida que dejaban este mundo. Muchos sucumbieron a la codicia: La leyenda del tesoro del Berenice se extendió y trataron de recuperarlo, dejándose la vida en el intento. Otros no pudieron escapar a la locura y los remordimientos, perseguidos en sueños por las visiones de aquellos a los que habían juzgado y condenado. Incansable, el Berenice rastreó el Caribe y recuperó todas las almas de los perjuros. Al final, la tripulación acabó sirviendo al barco...

 

Le siguió un silencio en el que sólo se oía la tormenta. Spade creyó distinguir los lamentos de las almas en pena, los gritos de los traidores que empujaban el Berenice en medio del huracán. Ernst continuó.

 

- El barco quedó a la deriva durante mucho tiempo. La Maldición no se había completado, pues faltaba una tripulación que lo llevase a su tumba final. Esa tripulación fue reunida poco a poco por un hombre, señor Spade... Esa tripulación somos nosotros. Y por eso le necesitamos: Tenemos que llevar este barco a su lugar de reposo.

 

Spade levantó la cabeza. Las cadenas tintinearon mientras se ponía en pie y avanzaba hacia la puerta.

 

- Por mi, Señor Ernst, pueden irse todos al Infierno.

 

- Señor Spade...

 

Spade escuchó el crujido del camastro cuando Ernst se levantó a su espalda. La voz del hombre se había vuelto firme de repente.

 

- ...La historia que le he contando no termina ahí.

 

Spade se giró y se encontró cara a cara con él. Sonreía con aquel gesto de calavera que le ponía los pelos de punta. Ernst se llevó la mano al pecho y arrancó los vendajes: La herida era tan solo una estrella de tejido cicatricial apenas diferente del resto de marcas que los años y el sol habían ido puliendo en su torso.

 

- La Maldición sigue existiendo. La Maldición nos amarra a este barco, nos obliga a llevarlo hasta su Destino, nos empuja a completar la tarea de nuestros antepasados. Señor Spade, está usted atrapado en medio de Fuerzas que no puede comprender. Le recomiendo...

 

Ernst agarró la cadena que unía los grilletes. Al instante, Spade comenzó a sentir el calor. Los hierros le quemaron las muñecas. El metal brillaba al rojo vivo en el puño de Ernst.

 

- ...que trate de no tocarles demasiado los cojones...

 

Gotas de hierro fundido cayeron al suelo chamuscando la madera. La cadena se partió. Spade olió su propia carne quemada. Gritaba con todas sus fuerzas, pero sólo escuchaba el siseo del metal ardiente y la voz de Ernst que se vertía en su cerebro como un veneno.

 

- ...o podría salir mal parado.

 

Cayó de rodillas, incapaz de resistir el dolor. Ernst abrió la mano y contempló el resto que había quedado en su palma. Lo dejó caer junto al medico y se marchó.

 

Spade sintió de forma confusa que unas manos grandes y fuertes le alzaban en volandas. Sintió el frío y el azote de la lluvia y luego la oscuridad y las ataduras que le mordieron la carne. Durante mucho tiempo después siguió aferrando el objeto que Ernst había dejado caer, a pesar de que quemaba cuando había alargado el brazo y lo había recogido del suelo. Muchos días tardó su calor sobrenatural en apagarse. Cuando sucumbió al cansancio y llegó la Agonía del Dragón, la quinta noche, una moneda de hierro cayó de su mano y rodó bajo la cama. Pero la Calavera y las Tibias habían quedado grabadas a fuego en la palma de su mano para siempre.

 

Capítulo Sexto: Infiernos

 

Cabalgando en alas de la tormenta, el Berenice llegó a los confines del océano. El agua se había vuelto oscura como la media noche, y las sondas no tocaban fondo. La tripulación al completo formaba en cubierta. Spade los contemplaba a través de las ventanas del camarote del capitán. Ernst paseaba de un lado a otro de la habitación, vistiéndose y preparando armas. Había una sensación premonitoria en el aire.

Se alejó de la ventana y volvió a sentarse. Sobre la mesa, junto a los mapas que indicaban la ruta, había un maletín médico. A su lado descansaba un juego completo de instrumentos quirúrgicos. Las cuchillas lanzaban destellos a al luz de las velas. Spade contemplaba su reflejo en ellas.

 

- Señor Spade, tendrá que acompañarnos.

 

Spade no se dignó a mirarle.

 

- Ni lo sueñe, Señor Ernst. Esta pantomima ha llegado a su final. No puede obligarme a nada.

 

Ernst lanzó una risotada mientras enfundaba un pesado sable de abordaje. Se ajustó las botas, el pañuelo y la camisa de cuero y se plantó frente al Doctor con los brazos en jarras.

 

- ¿Usted cree, Señor Spade? Quizás quiera quedarse en el barco mientras nos ocupamos de nuestros asuntos, pero le advierto que no todos vendrán con nosotros…

 

Spade tembló. Ahora que el Dragón había abandonado su mente, el miedo era una emoción más clara y peligrosa. Ernst lo vio revolotear en los ojos del medico.

 

- Señor Spade, está usted bajo mi protección. Pero no puedo responder de ellos… así que usted sabrá si desea acompañarnos.

 

Estaba claro a quienes se refería. Spade podía sentir las presencias enfurecidas de los fantasmas del Berenice en los huesos, el frío glacial de sus voluntades congelándole la sangre. Estaban allí en todo momento, acechándole en sueños, mirándole desde los ojos de los piratas. Volvió el rostro hacia la ventana.

Los hombres afrontaban la tormenta con determinación. El mar parecía una convulsa cadena de montañas de mármol negro y verde que les golpeaba cada pocos segundos, sumergiéndoles por completo en un infierno de espuma. Olas enloquecidas alzaban el cielo sus crestas. Rayos titánicos pulverizaban nubes de salmuera que golpeaban las tablas con el sonido de la metralla. Los hombres estaban agazapados, rodilla en tierra, cubiertos por pesados abrigos y capotes, los sombreros de tres picos chorreaban agua sobre los rostros embozados hasta los ojos. Spade vio los nudillos blancos aferrados a las empuñaduras de espadas y pistolas. La tormenta rugía, el barco se lanzaba sobre olas inmensas y descendía abismos líquidos sin sol, y los hombres continuaban impasibles, inmóviles, agarrados a las cuerdas, esperando.

Ernst pasó a su lado, abrochándose el abrigo y calándose el sombrero.

 

- Señor Spade, ha comenzado su viaje, y no puede volverse atrás. Considérelo como una prueba. Si salimos vivos de aquí, encontraremos una solución para su… problema.

 

La puerta se abrió, dejando entrar un poco de la tormenta que azotaba el mundo. Spade volvió a la mesa y contempló el instrumental. Sus manos los tantearon y estudiaron de forma automática. Hizo giros y movimientos, probó filos y puntas con la experiencia mecánica que le había acarreado las más terribles desgracias. Su mente se encontró en otra parte, bajo la cubierta de otro barco, cosiendo una mortaja con una hamaca limpia. Más allá del círculo de luz de la lámpara, los demás pasajeros cuchicheaban. Escuchó el ruido del cordel al deslizarse por la tela basta, y le llegó una vaharada de perfume de rosas…

 

Spade aferró con fuerza un bisturí. El olor de las rosas le había sacado de su ensoñación. Husmeó el aire del camarote. Ahí estaba, imperceptible, sutil, pero innegable. No había lugar donde ocultarse, pero cada sombra albergaba en su interior una imagen de su pasado, y flotando sobre él como una nube infecta surgida de los pantanos de su memoria, el olor de las rosas frescas. La cabeza le daba vueltas. Se apoyó en la mesa y respiró profundamente. De repente, una presión inmensa le atenazó el pecho. Cayó al suelo. Se ahogaba. Una bruma negra y roja veló su vista. Las luces del camarote desaparecieron una a una como si una mano inmaterial las apagase a su paso. Su cerebro comenzó a bramar en busca de aire, pero una garra petrificada le apretaba la garganta. Se deslizó sin control en una espiral negra e infinita mientras el Universo chillaba enloquecido a su alrededor, insensible a su agonía. Cuando las luces comenzaron a danzar ante sus ojos cerrados, escuchó la voz, un hálito surgido del abismo que jamás se alejaba de sus pesadillas. En el instante en que la paz de la muerte acariciaba su alma, comprendió las palabras:

 

- …Muy pronto, mi amor... Muy pronto…

 

La presión cesó, la sensación de tranquilidad le fue arrebatada por la dolorosa existencia y, una vez más, cayó de rodillas en el suelo de roble. Vomitó agua salada de sus pulmones y tragó aire ardiente a bocanadas. Se recostó en la cama, tosiendo y jadeando. Al momento comenzó a respirar con calma. Notaba el regusto a sangre en la boca, y algo había cambiado a su alrededor. Tardó en darse cuenta, pero en cuanto se puso en pie, el silencio le golpeó como un mazo.

 

La tormenta había terminado.

 

 

Spade hincó la rodilla junto a Ernst, cerca de la proa del Berenice. Tras ellos, los demás piratas permanecían en silencio, sus ropas goteando aún los restos de la tormenta, la tensión palpable en cada mirada, en cada gesto contenido, en las manos que empuñaban las armas. Ernst, sin dejar de mirar al frente, sonreía como el cráneo de un lobo.

 

- Nos honra con su presencia, Doctor Spade…

 

- No me joda, Señor Ernst. Necesito un arma.

 

Le alcanzó un sable curvo sin dejar de sonreír. Spade había cogido un amplio abrigo y se había atado el maletín médico al cinto, pero no tenía vaina. Agarró con fuerza el acero, sintiendo su peso y el filo de la hoja al blandirlo. Se aferró a la borda con la mano libre y miró hacia el frente.

 

Las cortinas de lluvia y los montes de agua se deshicieron como por ensalmo ante los ojos del medico. El sol ardiente sobre un cielo despejado le cegó durante un segundo. Cuando abrió los ojos, el Berenice navegaba un mar calmo como una laguna. A dos millas Spade vio el barco más inmenso que jamás había contemplado. Las cubiertas se levantaban sobre las aguas como los costados de una isla, fila tras fila de portillas negras que les observaban. Un enorme mástil surgía del centro, alzándose como un obelisco de madera en medio de ninguna parte. El barco permanecía quieto, sujeto al fondo insondable por miles de cadenas que lo circundaban. Los flancos de madera blanqueada por el sol se adornaban de cadáveres ahorcados, y una nube de cuervos y gaviotas carroñeras oscurecían el cielo. Más allá, Spade vio la muralla de nubes de la tormenta. Miró en derredor y descubrió que se hallaban en el ojo del huracán. El mar, negro y profundo, reflejaba ambos barcos como un espejo. Tras el Berenice, una larga estela de espuma en la que nadaban los fantasmas marcaba el rumbo. A medida que se acercaban, pudo distinguir más detalles. Filas de pantalanes, ahora destrozados, surgían como radios de la línea de flotación. Una hilera de negras bocas de cañón asomaban sobre la cubierta, y aquí y allá se veían hombres reparando los desperfectos que la tormenta había causado. Una telaraña de cuerdas unían los mástiles ahora rotos en pedazos. Y en el preciso momento en que sonaba la campana de alarma, una bandera se desplegó en el mástil central: Una cadena roja sobre negro.

 

- ¡Presidio!

 

Spade dejó escapar un susurro de sorpresa. La Cárcel Flotante de Presidio. La Fortaleza mejor guardada de la Flota Francesa, el lugar más inexpugnable del Atlántico. Sobre la cubierta comenzaron a moverse hombres, decenas de soldados de casacas azules. Fila tras fila de mosquetes asomaron por las troneras distribuidas por la pared del enorme barco prisión. A medida que se acercaban pudo calcular el verdadero tamaño de aquella mole de madera. Se alzaba del agua por lo menos quince metros hasta la cubierta más cercana, y una sobre otra, como las almenas de una fortaleza flotante, se levantaban cubierta sobre cubierta, rejas, balconadas, troneras, compuertas de todos los tamaños imaginables. Las órdenes de los oficiales franceses se escuchaban con nitidez en el aire limpio del ojo del huracán. Los soldados se alineaban y las bocas de los cañones iban desapareciendo una tras otra mientras eran retirados para cargarlos. Apenas reaparecían, sonaron los primeros disparos. Las graves detonaciones hendían el aire mientras pesados proyectiles de plomo volaban envueltos en humo y llamas. El Berenice comenzó a dar bordadas, virando salvajemente de un lado a otro y amenazando con arrojar a Spade por la borda. Clavó los dedos en la madera mientras los mástiles se inclinaban cada vez más hacia el agua. Dibujaron estelas de espuma punteadas aquí y allá por los impactos de los cañones. Spade miró a popa. El gigante Janklow se erguía como un mástil más, con el timón firmemente sujeto, sin vacilar, como si la inclinación cada vez mayor de la cubierta no le afectase lo más mínimo.

 

A menos de media milla, los cañones dejaron de bramar. Uno tras otro mostraron sus bocas negras en silencio. Los gritos de los oficiales de Presidio electrizaban el aire, pero en la cubierta del Berenice no se escuchaba más que la respiración entrecortada de Spade. El barco recuperó la horizontalidad de un bandazo y volvió a dirigirse en línea recta hacia su objetivo. Presidio se acercaba a toda velocidad.

 

 

Sobre la cubierta más alta de la cárcel flotante, el Almirante Ettienne Rotàin seguía los movimientos del pequeño barco que había surgido de la tormenta. Cerró su catalejo y lo entregó al Teniente Blassoné.

 

- Ese demonio ha vuelto…

 

Con un gesto marcial se ajustó el sombrero sobre le cabello negro. Conocía de sobra el barco y su tripulación, y no estaba dispuesto a que le arrebataran a su presa. A su alrededor los hombres se apresuraban a llevar municiones y armas a los puestos principales.

 

- Monsieur Blassoné, ordene a los artilleros concentrar el fuego a cincuenta yardas, en línea continua, y esperen mi orden para disparar.

 

- Si, Almirante.

 

Ettienne desenvainó el sable que pendía de su costado. La espada era negra y afilada como una cuchilla de afeitar. Una retorcida filigrana carmesí recorría la hoja hasta la guarda de puño, el único adorno de aquella arma infernal. Notó la familiar sensación de algo que se retorcía en su mano mientras aferraba la empuñadura. La espada reconocía a su dueño, y sabía que no era Ettienne. Volvió al catalejo y contempló a los piratas que se alineaban en la cubierta del Berenice. Distraídamente comenzó a golpearse la pierna con el canto del sable.

 

- Espero que vengas dispuesto a saldar tu deuda, perro…

 

La hoja negra y roja resonaba rítmicamente contra la pierna de madera del Almirante Ettienne Rotàin.

 

- Espero que así sea…

 

 

Ernst contemplaba fijamente un punto en lo alto de la cubierta principal. Poco a poco el silencio se había hecho alrededor de ambos barcos. Sólo se escuchaba el siseo del agua hendida por la proa del Berenice, que prácticamente volaba sobre el mar en calma. Spade apenas podía contener la tensión.

 

- ¿Qué demonios ocurre, Señor Ernst? ¿A qué están jugando?

 

- Se llama Muerte, Señor Spade. Y es un juego muy peligroso. Esté preparado para cualquier cosa. Cuando lleguemos a su…

 

No pudo escuchar el final de la frase. Sin previo aviso, todos los cañones de Presidio dispararon. Una muralla de plomo se levantó frente al Berenice, que se dirigía a toda velocidad hacia la destrucción total. Sobre el atronador estampido se escuchó el titánico grito de Janklow. El gigante tatuado viró el timón de un golpe. Las venas del cuello se le hincharon a medida que el mar ejercía su resistencia sobre la madera del barco. Haciendo un esfuerzo sobrehumano, mantuvo el timón bajo su mando y el Berenice giró a toda velocidad.

 

Los proyectiles de los cañones se dirigían hacia el Berenice en línea recta, cayendo sobre ellos desde la cubierta superior. Entonces todo comenzó a girar. Lentamente, Presidio fue colocándose a su costado. La cubierta del Berenice se sacudió y se inclinó hacia el agua. El ángulo fue cerrándose y los imbornales de estribor se sumergieron. Spade sintió el golpe del timón y perdió el asidero. Durante segundos interminables voló bajo las balas de cañón. Vio el Berenice escorado lanzando una cortina de agua mientras giraba. La película de agua se interpuso entre él y el barco, ocultándolo un segundo. Los proyectiles atravesaron la cortina de agua dejando agujeros perfectos y rozaron el barco. Spade contempló como uno de los tripulantes era alcanzado. Vio su cuerpo despedazado por el impacto salir volando en medio de una nube de sangre. Otras balas tocaron los mástiles, reventando aparejos en nubes de astillas, atravesando velas enrolladas, pero la mayoría  pasaron sobre el barco. El Berenice había escapado. Justo cuando la quilla volvía a sumergirse y el Berenice corregía de nuevo su rumbo, Spade sintió el duro impacto contra el suelo.

Tras unos instantes de dolor e incertidumbre, se dio cuenta de que había aterrizado en uno de los pantalanes que rodeaban Presidio. Sobre él, las tropas francesas disparaban a discreción. La mosquetería sonaba sin descanso, salva tras salva contra el solitario barco atacante, mientras los cañones, demasiado lentos, trataban de recargar ahora que les mostraba el flanco a menos de treinta metros. El Berenice había continuado en paralelo al Presidio, y Spade vio desaparecer la popa mientras viraban al otro lado de la cárcel flotante. Comprobó que no estaba herido. Para su sorpresa, aún empuñaba el sable. Se deshizo del abrigo y miró hacia la pared de madera. Varias escalas de cuerda colgaban cerca del suelo, y más allá había una maraña de cables y mástiles rotos que no habían terminado de caer al mar. Se frotó las manos y comenzó la escalada. Pasó cerca de ventanas enrejadas de las que surgían los brazos de los prisioneros. Muchos estaban gritando, pidiendo a los desconocidos atacantes que les liberasen. Spade continuó subiendo, columpiándose de las cuerdas. Por suerte la mayoría de los soldados habían seguido al Berenice en su viraje y se encontraban al otro lado del barco. Llegó a la altura de la cubierta principal y se mantuvo agachado, oteando de vez en cuando sobre las barandas.

Las tropas de Presidio continuaban el combate. Spade vio a los oficiales en el castillo de popa, observando la batalla. Se deslizó sin ser visto y saltó a cubierta. Corrió hacia popa. Dos soldados se interpusieron en su camino, apuntándole con sus mosquetes. Spade dejó caer el sable y levantó los brazos.

 

- ¡No tengo nada que ver con el ataque! ¡Soy un súbdito británico hecho prisionero por Peter Ernst y arrastrado contra su voluntad hasta aquí! ¡Solicito ser recibido por el oficial al mando!

 

Los soldados le gritaron. Spade entendió que se tirara al suelo, y así lo hizo. Sintió una sacudida, aunque no podía saber si era una buena o mala señal. Los hombres le redujeron sin miramientos, retorciéndole los brazos y atándole con una correa. A empujones lo llevaron al pie de la escalera. Un oficial joven y apuesto bajó a hablar con él.

 

- Soy el Teniente Claude Blassoné. ¿Quién es usted?

 

- Mi nombre es Nicholas Spade, Monsieur. Era prisionero del Berenice.

 

El hombre se acercó a la barandilla y contempló el océano. Spade siguió su mirada y vio que la tormenta no había permanecido quieta. La pared de nubes y olas se iba  acercando poco a poco, tragándose las aguas. Dentro de poco les devoraría de nuevo a ellos.

 

- Monsieur Spade, parece usted un hombre educado. Dígame, ¿viene una flota en apoyo de su Berenice? ¿Es esto una maniobra idiota y suicida destinada a desviar nuestras defensas?

 

- Monsieur, no sé si existe alguna flota, pero mi experiencia y mi intuición me dicen que no. Es ciertamente un ataque suicida. Tratan de liberar a su capitán. Al parecer, yo formaba parte del plan, aunque nunca llegaron a explicarme cual era mi cometido.

 

Una explosión sacudió la cubierta. Atado de manos, Spade perdió el equilibrio mientras una lluvia de trozos de carne quemada y madera caían a su alrededor. Blassoné miró alrededor, se sacudió las astillas y la sangre de la ropa y se llevó afectadamente un pañuelo a la nariz. Todo alrededor era un maremagno de humo, gritos y el resonar de los mosquetes.

 

- Bien, Monsieur Spade, me temo que su historia no es más que una sarta de mentiras. Seguramente sea un espía. ¿Qué otra cosa se podría esperar de un bastardo inglés? Denle muerte.

 

Los soldados cayeron sobre él y lo llevaron a rastras.

 

- ¡Comete un error! ¡Soy prisionero! ¡Maldito Gabacho! ¡Así ardas en el infierno, estúpido francés presuntuoso!

 

Spade se vio arrastrado hasta la borda por la que había ascendido minutos antes. Los soldados le inclinaron sobre la barandilla. Mientras uno de ellos le apuntaba a la nuca con el mosquete, el otro hombre haló de una de las cuerdas de las que pendía un cadáver. Desenganchó el cuerpo a golpe de culata y echó el lazo al cuello.

 

- Espero que no te incomode que sea una soga usada, perro británico. Lamento no tener nada más apropiado a mano…

 

El soldado escupió. Spade sintió el salivazo en el rostro e, instantes después, un chorro de sangre roja y caliente le salpicó la cara. El soldado cayó al vacío con un tremendo tajo en el rostro. Spade se incorporó y vio que los piratas atacaban la cubierta. Un grupo numeroso apareció por las trampillas que llevaban al interior de Presidio: Habían aprovechado los agujeros del casco para acceder desde dentro. A su alrededor los hombres de Ernst desataban una verdadera carnicería. Cogidos por sorpresa, los franceses trataban de reagruparse en el castillo de popa e iban cayendo como moscas. Janklow se plantó a su lado. Cubierto con un abrigo negro y con el cuello tapándole el rostro, la imagen del gigante empuñando el enorme sable ensangrentado era aterradora.

 

- ¿Se encuentra bien, Doctor?

 

Spade asintió confuso. Se escucharon una serie de detonaciones y las balas destrozaron la cubierta a su alrededor. Spade se tiró al suelo y se cubrió la cabeza con los brazos. El olor de la pólvora y la sangre le saturaban los sentidos. Cuando se puso en pie, los piratas ya había tomado el control del centro del puente, y la resistencia se concentraba en el castillo de popa y a proa. Ernst dirigía el ataque a popa. Habían amontonado cuerpos y barriles para formar una barricada, y los piratas estaban ahora recogiendo los mosquetes de los caídos y preparando el ataque. Spade se arrastró hasta él bajo el fuego graneado.

 

- ¡Vaya, Señor Spade! ¿Se encuentra bien? ¿No está herido?

 

- Estoy bien. Tuve suerte de no acabar destrozado por la cañonería, eso es todo…

 

- ¿Eso es todo? Señor Spade, debería comprender que el Destino mueve su mano para salvarle. Ahora está usted atado a la Maldición, y no hay fuerza en este mundo que pueda alterar eso…

 

- Señor Ernst, este no es momento ni lugar para filosofías, ¿no le parece? ¿Cuánto va a durar esto?

 

Ernst se asomó sobre la trinchera de cadáveres y fue recibido por una andanada de disparos. Los proyectiles hicieron saltar una lluvia de carne muerta sobre ellos.

 

- Calculo que entre veinte minutos y una hora. De todas formas, tenemos un asunto más importante abajo...

 

Salió corriendo hacia la trampilla más cercana y saltó dentro. Spade le siguió agachándose todo lo posible mientras los piratas comenzaban a devolver el fuego. Agarró una pistola del cadáver más cercano y se la echó al cinto. Se escuchaban explosiones y la cubierta temblaba bajo sus pies. Se dejó caer por la abertura en el momento en el que Janklow, seguido de un grupo de tripulantes del Berenice armados hasta los dientes, surgía de la nube de humo de los mosquetes y comenzaba el asalto cuerpo a cuerpo del castillo de popa.

 

El interior de la cárcel flotante era oscuro y apestoso. Spade sintió el olor de los miles de hombres que se hacinaban bajo sus pies impregnando la madera. Se combatía enconadamente por los pasillos, en cada sala y tras cada puerta. Por dos veces fue interceptado por soldados de casaca azul, y por dos veces Ernst surgió de entre las sombras y acabó con ellos. Le siguió por corredores cada vez más lúgubres y estrechos, descendiendo a las entrañas de Presidio.

 

A medida que descendía, la luz escaseaba. La sangre de los combatientes goteaba sobre ellos. Algunos prisioneros habían escapado de sus celdas y vagaban con la mirada enloquecida como almas en pena. Spade se debatió contra los prisioneros que trataban de agarrarle al pasar frente a sus celdas. Gritos enloquecidos llenaban el aire de una babel desenfrenada de dolor y locura. Spade fue perdiendo el sentido del tiempo y del espacio. Ya no sabía dónde se encontraba. Las manos le arrancaban trozos de la camisa, le laceraban la carne con uñas ennegrecidas. Chapoteaba en medio de un fango hediondo, mezcla de heces y vómitos. Spade se dejó arrastrar, y las manos lo atraparon. Se vio lanzado contra la reja de hierro, apresado junto a rostros inhumanos que no habían visto la luz del sol en años. Una luz apareció a sus espaldas, y comenzaron los gritos. Cuando recuperó el sentido, Ernst le estaba abofeteando.

 

- Por aquí.

 

Pasaron sobre montones de brazos cercenados y se internaron en un pasillo oscuro y silencioso. Spade notaba el suelo blando y húmedo bajo sus pies. Caminaron durante lo que se le antojaron horas hasta que Ernst volvió a hablar.

 

- Aquí.

 

El brillo de una cerilla le hirió los ojos. Ernst encendió un farol y Spade pudo contemplar la puerta, una forma herrumbrosa que el agua y el salitre la habían corroído hasta quedar incrustada en la madera. Spade miró al suelo. El agua negra de la sentina se filtraba entre los tablones. Las paredes lloraban lágrimas de moho, y deformes cangrejos ciegos se escabullían más allá del círculo de luz.

 

- ¿Qué va a hacer ahora? No hay manera de mover esa puerta.

 

Ernst clavó un cuchillo en la pared y colgó el farol. Spade vio que la hoja se hundía fácilmente en la madera.

 

- En efecto, no hay forma de mover la puerta…

 

Con su sonrisa de calavera, desenvainó el sable y comenzó a golpear las paredes. Tajó y cortó la madera hinchada y grumosa alrededor de la puerta hasta que no pudo soportar su peso. Con un húmedo crujido, la pared cedió. La puerta cayó hacia dentro y atravesó limpiamente el suelo podrido, hundiéndose en un charco de agua legamosa. Ernst saltó y se aproximó a una figura que se sentaba en medio de la hedionda celda. Spade le siguió con cautela.

 

- Bien, Señor Spade, este es el motivo por el que le trajimos hasta aquí. Le presento al Capitán Ron Gilbert.

Light Artisan - Dos de Diciembre


PROYECTORES CHINOS CHUNGOS Y LOS GATOS DE TINDALOS

Regresemos. Sí, es cierto, hemos vuelto. La culpa es de Hermanos Domínguez, los propietarios de Canal 9 Las Arenas son unos miserables que no ponen Internet en la empresa... Mi vida es agurriiiiiidaaaaa!!!!

Bueno, ahora trabajo de nocturno, de 5 a 12 de la noche, haciendo la continuidad de la cadena, montando noticias y de técnico de sonido... Pagan poco, pero está bien. sobretodo porque después de las 8 de la noche estoy completamente solo... Ahí, en medio de la nada, en la oscuridad, rodeado por cintas y cintas de archivo... ¿Acojonante, no es cierto?

¡¡¡Y tengo libre acceso a la fotocopiadora!!!

Tiembla, Factoría

Bueno, una de las muchas cosas que he hecho en todo este tiempo es participar en el Proyecto Educar la Mirada. Básicamente, es ponerles una peli a un puñado de chiquillajes de los últimos cursos de los institutos... La peli elegida (No por mi) fue La Boda del Monzón. Está entretenida, aunque francamente, me recordó mucho a Secretos y Mentiras, aunque esta última es mejor... no está mal, pero bueno. Lo cierto es que la vi las tres veces que la puse sin quedarme dormido ni nada. Lo guay es que espero que me paguen los 90 € por sesión que me adeudan... algún día... A ver si así vacuno al gato...

Eso me recuerda la primera parte del título de esta entrada: PROYECTORES CHINOS CHUNGOS... Vereis, el Cabildo se enorgullece y ensanchece de haber equipado sus dos emblemáticas instalaciones con proyectores de cine último modelo... Es decir, La Universidad Popular y el Auditorio tienen ahora un proyector de 35mm cada uno. Un proyector Made in China... Sin manual de instrucciones... que reventó como una cotufa estelar el día de la proyección en Puerto Rosario... Cosas de Chinos... Por lo visto había que arrancarlos a 40 amperios y después bajarlo a 20, y cuando cambiaron la primera bobina, el cable se había quemado... Aún así, todo guay.

Lo que me lleva a considerar la segunda parte del titulo:

EL GATO DE TINDALOS

Esto sucedió de verdad. A mi. Hoy mismo.

Verán, pasaba la noche de charla cultural con los colegas cuando, visto lo tardío de la hora, Raul decidió echarnos de su casa. Me apalanqué en mi piso a eso de las 3 de la mañana y me puse a leer un rato. Sobre las 5 decidí que si no podía distinguir las letras de la página por más tiempo, debería acostarme. Efectivamente, las letras no se aclararon y me acosté. Me quedaban tres horas de sueño hasta que llegase mi bienamada Senda de salvar vidas antes de largarme a GT al cumpleaños de mi suegra. Hasta donde podía imaginar, la noche transcurriría normalmente: Sin sueños y sin sobresaltos. Craso error....

A eso de las 8 de la mañana, me despertó un sobresalto. Recuerdo restos del sueñus interruptus: Ordenadores, placas de neón verde con inscripciones mayas y poco más. Culpa de ver seguidas Paycheck y Alien Vs Predator...

Bien, pasado el sobresalto, escucho sonidos inquietantes: Bufidos de gatos. Y yo sólo tengo uno. Que no bufa...

Salí con la poco digna vestimenta de mi camisa de dormir de "Piolín Ninja" y descubrí al Gato de Tindalos: Una bestia de cuatro kilos, amarillo atigrado, atrincherado en el baño y con una mala leche que no veas.

Me armé con un cepillo de reglamento y traté de reducirlo, pero el jodío era listo y no cedía. Traté de que saliese del baño y se largase por la puerta, pero parecía haberle cogido gusto al sitio. No me quedó más remedio que encerrarlo en el baño y esperar... En mi estado de empanada mental (tres horas de sueño, sobresalto y gato furioso) era lo más a lo que podía llegar.

Como suele decirse, Senda llego en el momento providencial, resolvió la papeleta y el gato regresó con su legítima dueña (Una vecina de tres casa más a la derecha. Senda recordaba haber visto al minino en esa casa). Pero después me quedó cierta duda...

Vereis, el piso en el que residimos de forma temporal (Porque Senda ya es la flamante propietaria de una Hipoteca sobre una casa toda chula) comparte un patio interior con el piso que tenemos a la izquierda. El gato entró como una tromba desde ese patio, que da al dormitorio principal. Pero es el gato del vecino que está dos puertas a la derecha. Sólo tengo tres teorías, a saber:

Primera:- El gato recorrió la cornisa exterior del edificio, entró en la casa del vecino con el que comparto patio y saltó a nuestro patio. Es complicado pero posible, siempre que el gato recorriese todas las habitaciones de una casa con tre habitantes que acababan de llegar de fiesta. Es la versión "Solid Snake"...

Segunda:- El gato escapó por la puerta, subió a la azotea y saltó a mi patio. El escape es algo muy factible. Subir a la azotea, también. Lo complicado es el salto a mi patio de luz: Dos pisos. Unos nueve metros, más o menos... Además, hay unos pocos obstáculos: La arena del gato, sus platos de comer, el cubo de fregar y el cepillo y el tendedero completamente extendido.

Aproximadamente deja un metro y medio cuadrado de espacio para caer... Contando que además hay un tabique de un piso que separa el patio del vecino del mio... Es posible que lo hiciera, la versión "Mission: Imposible"...

Tercera:- El gato es en realidad un Gato de Tindalos que se materializó en el patio através de los ángulos del tiempo, dispuesto a succionar la vida de todos los presentes, pero no contó con mi gatita de ojos azules ni que yo saldría a hacerle frente despeinado, zombie, en gallumbos y con una camiseta de Piolín... ¡¡¡Armado con un CEPILLO DE BARRER!!!

Cito textualmente a Senda: "Es que habría que haberte visto!!!"

Bien, ahí les queda ese pequeño enigma transtemporal, piensen, y sepan que todo es posible...

...en los Límites de la Realidad!

PD- El minino transtemporal resulto llamarse Manolo... El nombre perfecto para una criatura destructora de mundos... ¡Ïa, Ïa, Manolo F'thang!

Y ya está... No puedo colgar los capítulos que tengo terminados de La Roca del Cuervo, creo recordar que hasta el siete, porque Raul no tiene disketera... Dentro de poco las pongo para disfrute del personal, palabrita.

Me largo. Tenemos "The Punisher" en el DVD y comida mexicana esperando... ¡¡¡Viva Zapata!!!

La Linterna, Melancólica y Tindalosiana

Light Artisan - Veintiuno de Noviembre


EL ÚLTIMO DÍA EN EL INFIERNO

Si, señores y señoritas. Este es mi último día en el infierno televisivo de Fuerteventura Televisión. El día 2 de Noviembre, comenzado ya mi NaNoWriMo de este año (Que voy a volver a ganar y va a engrosar mi currísculum artístico... Joder, soy actor, guionista, escritor, director, ayudante...) estaré triscando cual cabra morisca por pastos más verdes. La Cuasi-Felicidad al alcance de mi mano.

Un descubrimiento gastronómico: Pasas cubiertas de chocolate. De acuerdo, parece una guarrada a primera vista. De hecho, engañan, porque son muy similares a los clásicos Conguitos, de tan grato recuerdo. Pero no lo son, son pasas de corinto (Esas blancas sin pipas) cubiertas de una generosa capa de pocholate con leche. He comprado un par de bolsas de la mara más barata que había en el super donde nos suministramos los desayunos cuando estamos currando en la peli, y confieso mi adicción. Estas cosillas son la demostración de que, a veces, dos cosas buenas por separado están mejor juntas (La otra es mi Receta del Helado Definitivo: Sorbete de Frambuesa Haagen Däsz con Chocolate Caliente).

Eso sí, por mucho que os guste el pescado y las cosas dulces, la merluza con mermelada no pega :-P

Bueno, ahora vienen las malas noticias: He terminado el Capítulo Quinto de La Roca del Cuervo. Lo siento, Padre Esperanza, pero tu aportación de la última vez acabó por no entrar. Prometo que será el eje del Capítulo Sexto.

La mala noticia es que la disketera de este chisme no furula, así que no he podido dejaroslo aquí como despedida, lo siento. Lo colgaré en breve, pero dentro de nada comienza el NaNoWriMo y probablemente La Roca del Cuervo quede aparcada durante un mes. Si no podeis resistir el paso del tiempo sin deleitaros en mi prosa florida, puedo pasaros el NaNo a medida que vaya escribiendolo. Ya sabeis dónde hacer las solicitudes.

Para los interesados, voy a escribir una historia del oeste. De título tengo Hay Una Bala Con Su Nombre.

Bien, he dicho. Ahora, a gandulear un poco y dejar que se acabe mi último día de sufrimiento... ¿Habrá internet en mi nuevo curro? Tendré que comprobarlo...

La Linterna, Escritora y Malentendida

Light Artisan - Veintinuve de Octubre


CAMBIANDO CURRO

El día 2 comienzo currito nuevo. Paso de ser Publicista venido a menos a ser Continuista venido a menos...

Es una profesión reductora, la de Televisiónista...

Bueno, continúo escribiendo La Roca del Cuervo y trabajando. Queda una semanita y poco para que termine por fin el rodaje de GRITOS EN EL PASILLO.Eso no significa que vaya a estar terminado, no señores... Esperense a principios de Enero por lo menos. Los cabrones van a comenzar el año con un largometraje y una serie de animación bajo el brazo... Soy el puto Salieri de Terrabruma :-P

Por cierto, he estado currelando en el proyecto Educar La Mirada, que básicamente es ponerles una película a un grupo de chiquillos de la ESO. En resumen, saqué dos grandes conclusiones:

1º- Menospreciamos a los jóvenes. Y eso te lo dice un tipo de 23 años. Una profesora y amiga me puso un ejemplo magistral cuando le expresé mis dudas respecto a la gente y la película (14-16 años y "La Boda del Monzón"): "¿Cuánto entendías y sabías tú a los 16 años?". En efecto, la película funcionó, y los chicos cumplieron a la perfección. Tratad de recordar cómo erais a esa edad, y pensad que debe haber alguien parecido en esas hordas de estudiantes de la ESO a las que nadie hace caso y a las que menospreciamos porque ya hemos pasado esa etapa y somos más listos y toda esa mierda...

2- Las tias están mucho más buenas que en mi época. Y, de nuevo, tengo sólo 23 años... Pero buenas buenas, ¿eh?. Estoy planteándome seriamente someter a mis futuras hijas a terapia hormonal para que no se empiezen a desarrollar hasta que no tengan 20 años, sean unas profesionales tituladas e independientes y tengan criterio. La salida de un instituto si que es un arma de destrucción masiva, con el buen tiempo que hay ahora...

Bueno, les dejo. Seanme buenos y no hagan nada que yo no haría, que no es mucho...

La Linterna, Hormonada y Todabuena

Light Artisan - Veintisiete de Octubre (Rojo, también)


LA CAZA DEL OCTUBRE ROJO

Sé que a veces soy un poco excesivo con los autores a los que pongo a parir, pero es que hay autores que me tocan la moral. Uno de ellos es Tom Clancy.

Y, para no variar, diré que TOM CLANCY ES UN MIERDA!!!. Eso si...

¡¡¡¡¡John McTiernan ES UN MÁQUINA!!!!!

¿He comentado ya lo mucho que me gusta La Caza del Octubre Rojo?

La Linterna, Sumergible y Baldwinica

Light Artisan - 25 de Octubre Rojo. Marko Ramius mola!!!


ALGUNOS PENSAMIENTOS ALEATORIOS

Llevaba tiempo sin escribir por aquí...

¿Nadie ha leido La Roca del Cuervo? ¿Por qué no dice nadie nada?

He tenido días intensos esta semana. Puto año del mono cabrón...

Mis amigos cercanos tienen una opinión negativa de mi y no parecen capaces de decírmelo a la cara

He dejado que las opiniones de quien menos debería importarme me importasen mucho más de lo que deberían. No debo pienso dejar que pase de nuevo

Vi HELLBOY. Como película no es gran cosa, pero me reí un rato largo.

He pasado tiempo con una amiga a la que quiero mucho, y la he visto mucho mejor que la última vez.

Tengo el Monkey Island 2: LeChuck's Revenge y es tanto o más genial de lo que lo recordaba.

Senda firmará los papeles de la casa el 11 del 11 a las 11. Es una señal, pero... ¿de qué?

Y ya está...

La Linterna, Aleatoria y Predeterminada.

Light Artisan - Tidos Doctubre


LA ROCA DEL CUERVO

PRIMERA PARTE: Las Tres Pruebas

Capítulo Primero: La Línea de la Marea

- No existe nadie inocente, señor Spade, sólo algunos menos culpables que otros - El hombre que se revolvía en el fondo de la Taberna de la Gaviota dejó la frase colgada del aire cargado y grasiento. Nicholas Spade se abrió paso entre las miradas atravesadas de los oscuros parroquianos. Algunos escupieron tras él, pero nadie se atrevería a más. Acomodó su huesudo cuerpo junto a la barra y pidió ron. No esperaba un vaso limpio, y no se lo dieron. No esperaba una bebida de calidad, y tampoco le decepcionaron en eso. Sorbió con calma el alcohol turbio y dejó pasar la mañana sobre Islanegra.

El sol coció el Caribe y su miriada de islas mientras recorría su cielo azul. Spade bebió uno tras otro rones aguados en vasos de borde mellado mientras la luz desaparecía del cielo. Cuando salió de La Gaviota dejó tras de sí un coro de murmullos y dos monedas del mejor oro español. Se dirigió tambaleante hacia la casa de la colina, la antigua mansión del gobernador inglés, cuyo cuerpo aún colgaba del roble frente a la puerta principal. Spade lo saludó con un gesto de cabeza, y quizás el viento le devolvió el saludo haciendo que la cabeza del gobernador se tambalease. Quizás fue el viento.

Dentro, el calor del día había convertido las habitaciones en tumbas llenas de aire pegajoso y polvoriento. Spade metió la cabeza en la fuente del invernadero y preparó todo el instrumental medico dejando que el agua se evaporase de su piel. Hoy llegaría la flota de Grugan el Sanguinario después de dos meses de saqueos, y tendría mucho trabajo.

Islanegra era tan sólo un pedazo de arrecife que sobresalía en medio de ninguna parte, pero era conocida en el Caribe por dos cosas: Su cirujano milagroso y su Hombre Maldito. Que ambas características confluyesen en la misma persona se debía al retorcido sentido del humor del Destino.

Grugan echó el ancla frente a la costa rocosa y una procesión de chalupas cargadas de hombres heridos comenzaron a desembarcar y subir el sendero hasta la mansión. Los tiburones les seguían ávidos mientras los marineros que conservaban alguna fuerza achicaban el agua sanguinolenta del fondo. Spade fue separándolos en grupos, clasificando sus heridas, haciendo preparativos. El último en llegar fue el mismo Grugan el Sanguinario. Spade no se sentía demasiado impresionado por los títulos y los sobrenombres de los piratas: Cuando llegaban a él, las bandas de desalmados asesinos que rapiñaban el mar e imponían su violenta ley a sangre y fuego eran simples hombres heridos, atacados por las fiebres, medio devorados por las bestias marinas y ni todo su oro manchado de sangre servía de mucho si no podían encontrar a alguien que detuviese sus hemorragias. Frente a la muerte, la mayoría de aquellos desalmados lloraban como niños de pecho. Grugan mostraba una fea herida en el hombro, un disparo a bocajarro lleno de metralla y partículas de pólvora. La herida se había infectado y supuraba. Spade vio en los ojos del pirata como le devoraban los demonios de la fiebre, pero aún así la mano del bucanero se mantuvo firme en su apretón.

- Traes cinco hombres muy graves, dos amputaciones y varias fracturas menores. Los demás sólo necesitan que alguien les zurza el pellejo. Manda a todos esos al barbero del pueblo. Serán ochenta doblones. En oro español o dolares mejicanos de plata.

Grugan dejó caer sobre la mesa de roble siete piezas de a ocho y sonrió con una dentadura cariada a Spade, al tiempo que presionaba el huesudo pecho del cirujano con el cañón de una pistola.

- Cincuenta y seis, Spade. Arreglarás a todos mis hombres o te haré un ombligo nuevo que te saldrá por la espalda.

Spade contempló los dientes negros y las encías sangrantes y, sin apresurarse, agarró el hombro herido del pirata y hundió el pulgar en la carne infecta. Los tejidos necrosados cedieron mientras el dolor hacía saltar las lágrimas de Grugan, el Sanguinario, azote de los galeones españoles durante más de seis años. Cayó de rodillas y la pistola golpeó las losas con un ruido sordo. La uña de Spade alcanzó el hueso.

- Ochenta doblones. Piezas de oro español o dólares de plata mejicanos.

Uno de los piratas sacó rápidamente un machete del cinto. Spade se agachó, empuñó la pistola de Grugan y disparó mientras el filo oxidado del arma pasaba junto a su mano y se hundía profundamente en la mesa, partiendo en dos una pieza de a ocho. El hombre cayó muerto con un agujero por rostro.

Grugan dejó el resto de monedas sobre la mesa. Cuando estuvieron todas, Spade soltó su presa y se apresuró a lavarse las manos.

- Algún día alguien te matará, Spade el Maldito.

- A ti también, Grugan. Lárgate de aquí y no vuelvas hasta mañana al anochecer.

Cuando los pacientes estuvieron bien sujetos a las mesas de operaciones, amarrados con un sinfín de correas, Spade cortó sus ropas y les arrojó cubos de agua salada para limpiar la mugre y la sangre. Cortó carne, serró huesos y cosió arterias y venas con mano experta durante toda la noche, entre gritos y alaridos de agonía, con el olor de la carne viva y muerta a su alrededor, empapado de sangre y heces. Spade el cirujano descendió a los abismos de Doré y regresó con las almas de todos lo piratas bien sujetas a sus cuerpos remendados. Preparó los ungüentos que había aprendido de Paracelso y Alberto Magno, mezclando con gran cuidado los ingredientes en matraces anticuados de extrañas formas. Cuando el sol comenzó a despuntar por el horizonte, aplicó unas gotas de ron con láudano a las mordazas de sus pacientes y los dejó encerrados en el invernadero, amarrados a las mesas. Metódicamente limpió los despojos y abonó con ellos las macetas de hierbas medicinales. Guardó sus ganancias y se recluyó en el cuarto del segundo piso. Bebió hasta perder el conocimiento. El sol salió.

En el fondo del Océano, unos pies dejan huellas en el limo primordial que nunca ha visto el sol. En las regiones abisales cercanas al Infierno, peces monstruosos se apartan de su camino volviendo sus ojos ciegos hacia las lejanas profundidades. El sudario ondea como una bandera desconocida en las corrientes siempre cambiantes del Caribe, pero la figura sabe muy bien a donde se dirige. Y, con paso firme pero lento, arrastrando la bola de plomo que la mantiene hundida, avanza por el fondo del Océano.

Capítulo Segundo: La Maldición

Un sol inmisericorde caía ferozmente sobre Islanegra y su fauna de parásitos de la piratería se escondía entre las grietas y las sombras. Pronto los vientos cambiarían, los huracanes barrerían el océano y los galeones preñados de oro se quedarían en puerto.

El hombre entró en la taberna de La Gaviota tres horas después del medio día y se sentó con una botella de brandy y dos vasos, uno para él y otro para cualquiera que quisiera sentarse a su mesa. Mientras caía la tarde, los habituales del local fueron acercándose, y uno tras otro, más tarde o más temprano, acabaron sentados frente al desconocido de ropas de cuero. Si el posadero notó que la mayoría de los parroquianos abandonaban el local antes de lo habitual, y mucho más sobrios que de costumbre, no pareció preocuparle.

Spade había cabalgado al Dragón para alejar el día, se había bañado y esperaba a Grugan con sus mejores galas. Aunque consistían en una camisa blanca y un pantalón poco usado, le daban un aspecto mucho más respetable que a su interlocutor. Los hombres de Grugan habían recogido a los heridos, envueltos aún en sábanas manchadas de sangre, y habían partido. Tan sólo el capitán de los piratas continuaba en la mansión, frente al cirujano. Spade podía ver como la fiebre aún seguía devorándole las entrañas, y le mantuvo la mirada mucho tiempo.

- Eres un maldito inglés despreciable, Spade. Si no fuera por tus manos, te habríamos colgado junto al Gobernador hace muchos años.

- No tenéis el valor suficiente, Grugan. Sois un puñado de desarrapados que se matan entre si por las migajas de los imperios. No tenéis el valor para matarme. Tenéis demasiado miedo de morir.

Grugan dejó caer su enorme mano sobre la empuñadura de hueso de su sable de abordaje y dio un paso adelante. Spade pudo oler la podredumbre de la herida del hombro del pirata, la grasa de su cabello, el olor de la muerte y de la locura.

- No todos somos cobardes, Doctor Spade. Algún día te mataré, y juro por las barbas de Belcebú que te cortaré las manos y me haré un collar con tus dedos. Recuérdalo la próxima vez que nos veamos, Spade.

- Lo recordaré, si no te mata antes la infección de tu hombro. Y ahora, largo de mi casa, Pirata.

Grugan giró sobre sus talones y se alejó rumbo al pueblo. Spade perdió pie y tuvo que aferrarse a la mesa. El Dragón aún corría por sus venas. Sabía que la amenaza del pirata no era una bravata, que le mataría y se haría un collar con sus manos si le daba la oportunidad. Cuando los temblores pasaron, se ató el pelo en una coleta y cogió unas monedas de un cajón. Necesitaba un trago.

Antes de meterse en La Gaviota paseó por el malecón, tratando de despejarse. Ahora que el sol se había puesto, los tres barcos de Grugan salpicaban el agua oscura con la luz de las antorchas. Estarían allí toda la temporada, al abrigo de las tormentas. Spade contempló el promontorio que cerraba la boca del cráter que formaba la bahía de Islanegra y el océano que se alzaba más allá, infinito y azul. Rápidamente dio la vuelta y se perdió en las malolientes calles del pueblo.

Cuando entró en la posada se dio cuenta de que algo extraño pasaba. Apenas había dos o tres personas en la sala, en completo silencio. Sin hacer caso, pidió ron y se retiró a un rincón oscuro a beber en calma. Los hombres salieron apresuradamente echándole miradas sobre el hombro. Sólo quedaron él, el posadero y el desconocido junto a su botella de brandy, ahora vacía. Poco le importaba a Spade. A medida que el alcohol se filtraba en su sangre, su mente vagaba hacia el océano, cada vez más atrás en el tiempo y más abajo hacia las profundidades. No se dio cuenta cuando el desconocido salió del local, dirigiéndole un extraño saludo.



- Vudú - Dijo el primer hombre, cargando la pistola.

- Magia negra de la peor clase, es lo que me contó aquel hombre. Vendió su alma al Demonio - El segundo hombre miraba de vez en cuando hacia el callejón, vigilante.

- Era demasiado extraño. Sólo un brujo podía salvar a aquellos hombres. ¿Os acordáis de Belt? Le salvó de aquella herida, y después... - Otro hombre, bastante nervioso. Miró las pequeñas monedas de plomo que le había dado el hombre de la posada y las tiró lo más lejos posible.

- Todos sabemos lo que le pasó al pobre desgraciado. Nadie merece eso. Es cosa de hechicería. El Diablo vendrá a reclamar su pago y entonces todo será nuestro.

- Si. Tenemos que prepararnos.

- Deberíamos...

Cuando Spade apareció tambaleándose por el callejón, los tres hombres se escabulleron silenciosamente entre las sombras. Spade continuó su camino como un barco escorado, arrastrando los pies por el sendero y saludando con una parodia ebria de saludo marcial al Gobernador Cadáver que se mecía como un péndulo frente a su puerta.

En el salón comedor le esperaba el desconocido, cenando tranquilamente a la luz de las velas. Spade se acercó a él, vomitó en la chimenea y estuvo a punto de desmayarse. El hombre le sostuvo con brazo de hierro y le acercó una silla. Spade se derrumbó sobre la mesa, respirando pesadamente.

- Señor Spade, espero que esté lo bastante recuperado dentro de un rato. Le vendría bien algo de estofado ¿Le apetece?

El medico tuvo fuerza suficiente para mirar el plato que le ofrecía el hombre y volver a vomitar. Después se sintió más despejado y se irguió en la silla.

- ¿Quién... quién demonios es usted? ¿Qué se supone que hace en mi casa?

- Como ve, estoy cenando. No sabía cuándo regresaría, así que me tomé la libertad. Pruebe el estofado, le sentará bien. Me temo que sea gato callejero, pero no pude encontrar nada de carne en buen estado.

Spade comió. No recordaba cuándo había sido la última vez que había cenado algo que no fuese jugo de caña. Se sirvió una copa de la jarra que tenía en frente y descubrió que era agua, limpia y dulce.

- Me llamo Peter Ernst, Doctor Spade. He venido a proponerle un trabajo. El navío en el que estoy embarcado necesita un cirujano, y usted parece ser el mejor de todo el Caribe.

- No me interesa. Termine de comer y lárguese de aquí. Ya tengo un trabajo.

- Lo sé, lo sé, pero no se apresure, Doctor Spade. Verá, me temo que si no viene conmigo, morirá.

- ¿Me está amenazando?

Spade se levantó lentamente, con la salsa chorreándole la barba desarreglada. Ernst parecía más bajo que Spade, aunque más corpulento. Vestía una camisa negra sobre la que lucía un chaleco de cuero a juego con los pantalones, un pañuelo verde anudado a la cabeza y, por lo que podía ver, ningún arma. Era indudablemente más viejo. Sus cejas eran completamente blancas y sus ojos estaban rodeados de arrugas. A Spade no le quedó duda de que, en su estado actual, seguramente saldría perdiendo en una lucha. Pero él contaba con un puñal, y dejó que el otro hombre lo viese.

- Tranquilícese, Doctor Spade. Como ve, no voy armado. No seré yo quien le mate, si no la multitud que se está reuniendo en los alrededores de la casa. De hecho, no sé lo que tardarán en entrar a por usted.

- ¿Qué multitud? ¿De qué está hablando?

- Verá, Doctor Spade - Ernst se puso en pie y se limpió la boca con una servilleta. - Me he tomado muchas molestias para llegar hasta usted. De hecho, le he seguido por medio Caribe. Aquellos que saben de su existencia guardan muy bien el secreto, y no me extraña: Un hombre que puede arrebatar las almas de las puertas del Infierno, o eso dicen. Es una leyenda, Doctor. Incluso en Florida conocen su nombre.

Se escuchó un golpe en el exterior de la casa.

- Vaya, ya han llegado...

Spade dio un rápido paso y colocó el puñal en el cuello del hombre. Una gota de sangre se deslizó por la hoja.

- Va a decirme qué demonios significa esto, señor Ernst, o usted tampoco saldrá vivo de aquí.

- Muy sencillo, Doctor Spade... No es necesario... - El puñal se apretó más contra su cuello - Bien, sólo he tenido unas palabras con los parroquianos de la taberna que frecuenta. Y les he contado una pequeña historia que, a decir verdad, escuché hace algún tiempo...

- ¿Qué historia? - Spade apretó la hoja del arma un poco más. Le llegó el olor del humo y un ruido creciente en el exterior de la mansión: Pasos de muchos hombres.

- Hace diez años, un joven Doctor navegó de Inglaterra a las Colonias para iniciar una nueva vida. Ese Doctor era una persona ambiciosa y sin ningún escrúpulo, y quería convertirse en el mayor medico del Nuevo Mundo. Había huido de los Hombres del Rey llevándose libros extraños de brujería y alquimia, y tenía la loca idea de acabar con la Muerte.

Una noche, leyó un libro y sacrificó a una muchacha. Dicen que se reunió con el Diablo en un cruce de caminos y este, a cambio de las almas de aquellos a los que salvase, le concedió el don de unas manos milagrosas, unas manos capaces de arrancar a un moribundo de las fauces de la Parca. Desde ese momento, ningún paciente, por muy desesperada que fuese su situación, murió en sus manos. Ni uno solo. Pero su trato tenía dos partes, y el Demonio se llevó las almas de aquellos que había salvado. A los pocos años, sus pacientes morían de formas horribles, en agonías inimaginables, atacados por males que jamás se habían visto, en accidentes imposibles... Y los cazadores de brujas cayeron sobre el pueblo y quemaron su hogar. Pero el medico escapó al sur y acabó refugiándose en el Caribe, usando su don maldito con gentes que ya estaban condenadas al Infierno por sus muchos otros delitos.

La presión del puñal se aflojó. Fuera, comenzaron a escucharse las primeras voces y algunos gritos. Spade dio un paso atrás y le miró con furia.

- Es asombroso como cambian las historias a medida que se cuentan, ¿no le parece, Doctor Spade?. Apenas me costó convencer a sus vecinos...

Spade corrió hacia una de las ventanas. Un grupo de hombres con antorchas comenzaba a formarse bajo el roble de la entrada.

- ¡Maldito idiota!

- No, Doctor Spade. Usted es el maldito. Y ahora, ¿por qué no acepta mi oferta? Puedo sacarle de aquí.

Como si hubiese estado esperando esa frase, una botella ardiente atravesó la ventana, incendiando el comedor. Spade miró fijamente a Ernst. En el exterior comenzaron los gritos.

- No parece quedarme otra opción.

Ernst sonrió, mostrando una dentadura llena de oro. Con paso firme se dirigió al invernadero. Más allá de las paredes de cristal se veían las siluetas de los asaltantes, recortadas por las antorchas. Muchos luchaban entre sí. Ernst abrió una puerta trasera y se adentró en sendero que se perdía en la jungla del interior de la isla. Spade dudó un instante. Núnca había reparado en la puerta trasera del invernadero.

- ¿Cómo sabía que existía ese sendero?

Ernst se detuvo y volvió a sonreír. La luz del incendio le dio un aspecto cadavérico.

- Ya le dije que llevo bastante tiempo esperándole, Doctor Spade. ¿Me acompaña?

Se internaron por el sendero mientras los ruidos de la destrucción se hacían mayores a sus espaldas. Al poco, Spade dejó que Ernst se adelantara: No confiaba en él y podía oler una trampa en cuanto se acercaba a ella. La selva estaba silenciosa, algo inusual a menos que...

El hombre saltó en medio del sendero. Ernst se detuvo junto a tiempo para evitar que le cayese encima. Spade se dio la vuelta y descubrió cinco hombres más que se acercaban desde ambos lados. Atrapados.

- Usted puede marcharse, señor. Es sólo Spade quien nos interesa...

Se escuchó el susurro del acero saliendo de las vainas. Cuchillos y sables destellearon a la luz de la luna llena. Spade apretó los dientes. Atrapados.

- Lo siento, Señor Anderson. Les pagué por él lo convenido, ahora debo llevármelo. Si me permiten...

Anderson levantó la punta del sable hasta dejarla a unos centímetros del rostro de Ernst.

- Lo lamento, pero creo que no nos ha pagado lo suficiente. Verá, yo soy más inteligente que esa chusma de allí arriba - Señaló al promontorio donde la mansión ardía furiosamente. - Creo que les engañó con lo del tesoro. ¿Por qué quiere llevarse al Doctor? Vamos, creo que puede contarme de qué se trata, ¿no?

Spade aprovechó un momento de distracción y corrió hacia la selva lanzando una puñalada contra el hombre que tenía más cerca. Sintió el calor de la sangre salpicándole el brazo, y desapareció bajo los helechos gigantes. Dos disparos relampaguearon tras él y pesadas balas de plomo se clavaron en un tronco, demasiado cerca de su sien. Agachó la cabeza todo lo que pudo y aguzó la vista, esquivando los troncos y las lianas que le cortaban el paso.

Se ocultó tras un grueso árbol y esperó. Poco después escuchó el resollar de unos pulmones atacados por la tuberculosis. El pirata caminaba lentamente, con cautela. Por el rabillo del ojo, Spade vio aparecer un sable. Rápidamente giró y lanzó una violenta cuchillada al rostro.

Pero el puñal sólo mordió aire. El pirata había esperado el ataque y Spade casi no pudo retirarse a tiempo. Un largo tajo comenzó a sangrar en su mejilla.

Se mantuvieron a distancia, vigilándose a la escasa luz de una luna moribunda. A lo lejos se oían los rugidos del fuego.

- Vaya, doctor, ¿no pretenderá hacerme daño con ese cuchillo, verdad? Vamos, no quiero hacerle daño. Deje eso y volvamos al sendero, ¿eh?

- Te mandaré al Infierno, perro.

Spade atacó. El pirata bloqueó el golpe y lanzó un par de tajos con el plano de la espada. Spade se revolvió como una alimaña enfurecida y lanzó todo su cuerpo contra el pirata, que apenas pudo recular y sacar el filo para evitar que Spade le ensartara. Retrocedió un paso y trastabilló. Cuando recuperó el pié, se encontró con una profunda cuchillada en el vientre. La cara del pirata se contorsionó en una mueca de rabia.

- Pequeño bastardo inglés...

El pirata entró a matar. Los aceros lanzaron chispas y Spade sintió toda la furia de los golpes del pirata. A punto estuvo de soltar el puñal en más de una ocasión, pero siguió retirándose e incitando a su oponente: Se internaban en una zona más densa de la selva, donde él contaría con ventaja. Spade retrocedía, confiado, cuando su espalda chocó contra una superficie dura.

Una pared de roca.

Atrapado.

- Vaya, vaya, vaya... la rata está acorralada...

El pirata lanzó un tajo vertical con todas sus fuerzas. Pero el sable no terminó de trazar su arco mortal: se detuvo en lo alto con un golpe seco. El pirata no tuvo tiempo de comprobar lo que sucedía: Spade saltó como una serpiente y le hundió el puñal en la garganta. El cuerpo del pirata se desplomó. Spade notó el sudor frío mojando su espalda y le dolía terriblemente el brazo. La sangre le llegaba hasta el hombro. Arrancó el sable de la rama donde se había clavado y volvió al sendero con todo el sigilo posible.

El viento del norte traía el olor a humo de su destruida mansión, pero no podía ocultar el hedor de la muerte. Los cinco piratas que les habían emboscado estaban muertos, con enormes heridas cruzándoles el torso. Dos de ellos estaban literalmente destripados. Spade se paró en medio de la matanza, completamente desconcertado.

- Ah, veo que ha podido librarse de su perseguidor. ¿Se encuentra bien, Doctor?

Ernst estaba sentado tranquilamente bajo un árbol. Sus ropas tenían manchas de sangre, pero ninguna parecía ser suya. Spade apuntó con sus armas al hombre.

- Me mintió. No está desarmado. No sé lo que ha hecho, pero no pienso ir con usted. Me compró a esos rufianes...

- Una estratagema, Doctor Spade. Les conté una historia y les pagué.

Con un gesto fugaz, arrojó un puñado de monedas oscuras a los pies de Spade. Pequeñas monedas con una calavera en el centro.

- Son Óbolos, monedas de plomo con las que los antiguos pagaban al Barquero su viaje por la Laguna Estigia. La historia era lo bastante buena de por si, pero, sinceramente, no habría sido bastante...

- ¿Entonces?

Spade mantuvo su posición. Aquel hombre había matado a cinco piratas armados y experimentados. Sin embargo parecía estar descansado y tranquilo. Spade sacudió la cabeza. Aún se sentía embotado por el alcohol y el opio. Tenía que mantenerse alerta.

- ¡El oro, por supuesto! Todos saben lo que pide por sus servicios. Les dije que le llevaría conmigo y ellos podrían quedarse con el oro. Era un trato justo, ¿no le parece?

- ¿Les dijo que venía a llevarme?

- Exacto.

- Entonces, ¿creyeron que era usted el Demonio que reclamaba su pago, Señor Ernst?

Ernst se levantó con una sonrisa, pero en medio de aquella selva llena de cadáveres a Spade le pareció una mueca desagradable. Se acercó hasta que la punta del sable quedó apoyada sobre su corazón. Las primeras antorchas comenzaron a bajar por el sendero.

- Algo así... Vamos, Doctor Spade. ¿Cree que puede matarme? Ellos también lo creían, y eran cinco.

Señaló con un gesto indolente al suelo.

- Puedo intentarlo.

Spade se preparó para atravesar el corazón del hombre, pero Ernst fue más rápido. Se metió una mano dentro del jubón y le arrojó un puñado de polvo al rostro. Spade notó un sabor amargo en la boca y todo se volvió negro.

- Yo creo que no.

Apartó las armas a un lado y cargó el cuerpo inerte sin ningún esfuerzo.

- ¿Sabe una cosa, Doctor Spade? No estaban del todo equivocados.

Desapareció por el sendero. Cuando los piratas llegaron al lugar y vieron los cadáveres, decidieron regresar a la mansión incendiada.



Durante décadas, la historia de la noche en la que el Diablo vino a llevarse al Doctor Nicholas Spade se escuchó por todas las posadas del Caribe, y algunos piratas guardaron pequeñas monedas de plomo con una calavera como si fueran un talismán.

Capítulo Tercero: Bajo las Aguas

La figura avanza firmemente por el fondo. Sus pies pisan arena fina y blanca, y sobre su cabeza asoman los primeros rayos de sol. Siente en sus pulmones el aliento de las profundidades, sabe que ha comenzado el ascenso a la superficie. Inexorable, arrastra la bola de plomo tras de si y continúa su camino.

Más tarde llegan los tiburones. Sus mentes prehistóricas son demasiado básicas, demasiado estúpidas para saber que deben alejarse lo más posible de la figura del sudario. Sus ojos negros sólo ven una presa. Carne muerta, pero carne al fin y al cabo. La figura recuerda las voces, recuerda los susurros en su mente: “Mako...” Le dijeron “...Mako... Demonios del Océano...”

El primer escualo nada a su alrededor durante horas. Mueve la poderosa cola y se desliza como si volara, lentamente, sin apartar sus ojos de la presa. La figura del sudario continúa su marcha. Sabe que habrá una lucha, pero no deja de avanzar, metro a metro. De repente, el tiburón gira en redondo y se lanza sobre la figura. Los dientes de la bestia rasgan el sudario blanco, pero no muerden carne. La figura se ha movido, ha girado y ahora se agarra a la aleta del tiburón. El animal siente los dedos como ganchos de hierro aferrados a su piel y comienza a nadar, furioso. Se sacude, corcovea y trata de zafarse lanzando ciegas dentelladas a diestro y siniestro. Es inútil. Las uñas de la figura se clavan profundamente en la carne cartilaginosa. Le obliga a nadar en una dirección determinada, arrastrando la pesada bola de plomo. El tiburón nada sin pausa, trata de soltase, pero los dedos se clavan más profundamente. Una mano se acerca a su ojo, le atraviesa la córnea, se adentra en su cerebro. Dolor. El tiburón siente los impulsos del dolor. Una estela de sangre les envuelve, una nube roja que tiñe el sudario de la figura. El tiburón muere entre estertores. Su cuerpo cae al suelo arenoso como un pecio de carne. La figura deja que el peso de la bola le lleve al fondo de nuevo, pero la caía es más corta de lo que espera. Comienza a caminar sobre arena calentada por el sol. A poco metros de su cabeza, las gaviotas surcan el aire. Una nube de pequeños tiburones martillo aparecen. Dan vueltas a su alrededor, pero ahora el sudario es rojo y los tiburones huelen el miedo en la sangre. Saben que la figura del sudario no es una presa. Dirigen su atención hacia otro lugar y caen sobre el cuerpo de su compañero muerto. La figura del sudario saborea el agua sanguinolenta un segundo.

Después, continúa su marcha.

Capítulo Cuarto: Comienza El Viaje

Spade llevaba despierto varias horas. Por lo menos, eso le parecía. Notaba la frente extrañamente despejada y las ideas muy claras, aunque no podía abrir los ojos. Al cabo de un tiempo se había dado cuenta de que estaba en un barco. Escuchaba el ruido de las olas al golpear la madera, y la hamaca en la que estaba tendido se balanceaba con suavidad. Olía a sal, a sudor, a cuerda mojada y a comida. Algo se agitó en su estómago cuando reconoció el olor de la carne y las alubias cocidas, y por fin sus ojos se abrieron.

Estaba solo bajo la cubierta. A su alrededor se repartían otras veinte o treinta hamacas y algunos catres, y por todos lados había objetos personales de los tripulantes: Barajas, libros, sables... Spade subió tambaleándose a la cubierta, y el sol de la mañana le cegó por completo. Se encontraba en un barco de tres palos que surcaba las aguas azules del caribe bajo un infinito cielo despejado. El soplo de la brisa le dio de lleno, y Spade respiró a pleno pulmón por primera vez en años. Le parecía que llevaba toda la vida encerrado en una cripta. Volvió sus ojos hacia el castillo de popa y se encontró con la dorada sonrisa de Ernst, que bajaba las escaleras hacia él. Spade cerró los puños: Aún recordaba los muertos de la selva.

- ¡Doctor! Pensé que no se despertaría nunca. ¿No le parece que hace un día magnífico para navegar?

El hombre se detuvo cerca de la borda y miró al horizonte curvo. Spade siguió en su lugar, sin apartar la vista de Ernst. Ahora llevaba sólo el pantalón de cuero y el pañuelo verde, y Spade pudo contemplar su pecho de tonel y sus músculos inmensos y elásticos a pesar de las arrugas y la edad. También distinguió dos heridas de sable en un costado, y las familiares marcas de tablero en su espalda que sólo podían tener un origen: El Gato de Nueve Colas.

- ¿Es usted un desertor, señor Ernst?

Spade se preparó para una pelea, pero el viejo Ernst se giró sonriendo y le miró con ojos divertidos.

- No, Doctor Spade, no soy un desertor. Soy un asesino. Maté a mi capitán y a sus dos oficiales cuando tenía dieciséis años.

- ¿Y no le colgaron?

- No. El gobierno de Port Royale y yo coincidíamos en algunas cosas respecto al código de conducta de los oficiales de barcos ingleses, por muy corsarios que fuesen: Violar niñas no es un acto patriótico ni entra dentro de las atribuciones del deber. Por eso sólo me condenaron a mil latigazos. Pensaron que no sobreviviría...

- Pero sobrevivió...

Spade vio salir de la panza del barco al hombre más enorme que jamás había contemplado. Debía medir más de dos metros, y Spade se perdió en los intrincados tatuajes de su cuerpo. Casi al instante perdió por completo el interés: El hombre cargaba una enorme olla ennegrecida de la que surgía el irresistible canto de sirena de un cocido con bacon.

- Más o menos, Doctor Spade, más o menos... Deje que le presente a nuestro contramaestre y cocinero. ¡Señor Janklow!

El mencionado señor Janklow dejó su olla junto al palo mayor y se volvió hacia ellos. Lucía tan sólo un corto pantalón raído y un gran sable de hoja ancha le pendía a un costado. Spade dudó que alguien que no fuese el imponente gigante barbado que tenía ante él pudiese dar siquiera dos golpes seguidos con semejante arma. El hombretón se inclinó ligeramente para hablar con ellos.

- ¿Si, señor Ernst? Veo que por fin se ha levantado nuestro invitado.

Una voz profunda y cadenciosa descendió sobre ellos. Una voz más propia para cantar óperas por toda Europa que para surcar los océanos robando galeones.

- Así es. Señor Janklow, le presento al Doctor Nicholas Spade. Señor Spade, le presento a Eugene Janklow. El Doctor Spade a accedido amablemente a ayudarnos en nuestra empresa, señor Janklow. Asegúrese de que come bien y de que hace algo de ejercicio. Ahora, si me disculpan...

Se retiró al castillo de popa y entró en el camarote del capitán. Janklow contempló a Spade unos segundos y después hizo una mueca de desagrado.

- Está usted en los huesos, Doctor. Venga aquí.

Le llevó del hombro hasta el palo mayor y le sirvió un abundante tazón de cocido y una hogaza de pan. Unos pocos marineros aparecieron cuando el gigante hizo sonar una campana. Todos parecían hombres saludables y fuertes, vestidos con una mezcolanza de ropas de varios colores. Spade se fijó que la mayoría mostraban antiguas heridas de sable o metralla, y que muchos lucían pendientes de oro que demostraban que habían cruzado el Cabo de Hornos y regresado para contarlo. Eran una tripulación recia y ruidosa. Comieron sobre la cubierta, riendo y hablando sin parar, pero sin apartar los ojos de Spade. Este se alejó del grupo en cuanto pudo y se instaló cerca de la proa. En cuanto Janklow hubo servido la comida en el camarote del capitán se sentó junto al doctor, dejando que sus largos pies colgasen de la borda.

- Es usted un hombre muy callado cuando está despierto, Doctor. Tome un trago.

Le alargó una botella rayada. Spade olfateó el contenido antes de dar un largo sorbo: Cerveza negra muy fría. Janklow tiró de una cuerda que caía al mar y sacó de las aguas otra botella idéntica. Quitó el sello de plomo con los dientes y la descorchó.

- ¡Salud!

Comieron en silencio durante un buen rato. Spade dio buena cuenta del cocido y rebañó el plato hasta dejarlo limpio. Contempló el mar en silencio.



Después de comer tuvo una entrevista con Ernst en el camarote del capitán. Cenaron en silencio y después se sentaron ante una mesa llena de mapas. Ernst sirvió dos copas de un Burdeos aceptable.

- Doctor Spade, está usted aquí en calidad de invitado. Me alegraría mucho que aceptase un camarote privado y cuantas comodidades podamos ofrecerle. Le aseguro que obtendrá unos beneficios más que aceptables de esta pequeña aventura.

- No me interesan los beneficios, la aventura ni la letrina donde la puta de su madre lo parió a este mundo. Me ha secuestrado, y no pienso aceptar nada de usted.

Ernst respiró profundamente y lució su sonrisa inquietante, pero no pareció molestarse en absoluto. Paladeó el vino un momento antes de continuar.

- De todas formas, no puede hacer nada. No sabe dónde estamos, ni qué rumbo llevamos ni cual es nuestro destino. De hecho, ha dormido usted nueve días seguidos, aunque no se haya dado cuenta. Ahora mismo está usted en mis manos, y créame cuando le digo que está mejor que en manos de sus vecinos de Islanegra.

- Eso es un asqueroso sofisma. Usted mismo azuzó los perros contra mi, no pretenda haberme rescatado.

Hubo una larga pausa en la que Ernst se levantó y aprovechó para contemplar la luna a través de las portillas de popa. La estela del barco lanzaba destellos plateados sobre la negra superficie del océano.

- Señor Spade, conozco muchas más cosas de usted de las que les conté a sus vecinos. Sé por qué Cabalga al Dragón, por qué bebe hasta perder el conocimiento y por qué, a pesar de todo, no ha podido morir aún. Sé lo que le persigue, aunque no sé por qué. Y sé algo más...

Se giró hasta quedar encarado con Spade, que se había puesto en tensión al oír las palabras del hombre. Poco a poco una idea, una locura descabellada había ido abriéndose paso en su mente. Sus manos se aferraban como garras a los brazos tallados del sillón, y sus ojos estaban vacíos de todo.

- ...Sé cómo acabar con la maldición, señor Spade.

- ¿Cómo...? - La voz salió estrangulada desde los abismos de su alma - ¿Cómo lo ha sabido? ¿Quién es usted?

Ernst dejó su copa junto al candil y la sala se tiñó del color de la sangre. Su sonrisa fue de nuevo la de una calavera dorada.

- Señor Spade, bienvenido al Berenice.

La Linterna, Corsaria y Entrópical

Light Artisan - 11 de Octubre, 2004

 
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