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Madrid bars and restaurants (A Diary)

by Francis Blake

Índice

El Horizontal (El Escorial)

Pulpería Airiños

Gilda Lunch&Bar

La Leyenda

La Vaca Argentina (Arturo Soria)

Bar Santander

Londres - Gastropubs

Zen Central

El Chaflán

Bruselas

Soroa

De Pura Cepa

La Alpujarra

La Tasquita de Enfrente

Al Norte

Sala

Can Punyetes

Melo's

Mallorca - El Jardín de Serrano

Órale Compadre

Huerto y Brasa

Montana

Paper Moon

Reche

Lemao

Entrevinos

Boccondivino

El Tabernario

La Taberna del Norte

Tatana

Casa Cirilo

Pil Pil y más...

Urkiola Mendi

Nilo

Romesco

Kanala

El Horizontal (El Escorial)
Thursday, April 17, 2003

Es jueves santo y vamos a El Escorial a comer. Por supuesto, en dobles parejas. O sea, lo que se lleva esta semana santa.

Para variar, respecto a ayer y respecto a muchas otras veces, la otra pareja no nos lleva en coche a nosotros. Es algo a lo que siempre se ofrecen, y supongo que más aún en semana santa, porque entonces hay un qué sé yo que anima a la gente a hacer obras de caridad. O a ayudar al prójimo. Porque nosotros, el prójimo en este caso, somos candidatos ideales. Yo no conduzco. Un patán, para qué nos vamos a engañar. Ni al Hipercor llevo el coche. Y entonces todo caballero amigo de la pareja tiende a sentirse obligado a llevarnos en coche. En los asientos de atrás.

Además, no es una decisión fácil, la de llevarnos, porque tengo una parner bastante agresiva guiando al conductor, de lo cual suele ser capaz siempre que haya consultado antes un plano. O sea, un 97% de las veces, más o menos. Ataca con más peligro si nota que el conductor no tiene mucha confianza. Por si fuera poco, jamás se nos olvida ponernos los cinturones. No es que desconfiemos del chófer, pero en caso de colisión a 100 por hora, la piña que los de atrás se pegan con los de delante equivale al golpe de una pedazo de bola de no sé cuántos kilos. Sale en un anuncio de TV en el que vengo pensando últimamente, en estos casos. Si vamos a más de 100 por hora, el tema tiene que ser la de dios...

El caso es que hoy, por lo menos a la ida, nos valemos por nosotros mismos. O sea, que vamos en tren. Un tren de dos pisos que tomamos en Nuevos Ministerios y que va cargado con una muestra representativa del sector social geriátrico. Vamos, el tipo de gente que no conduce, como yo. Señoras que, con gran desparpajo, exclaman su disgusto ante el nombre que tiene esa estación que va justo antes de la de El Escorial, Las Zorreras, “que parece que va a ser ‘la ciudad de las putillas’”. Por lo demás, nos enteramos de que tienen nietos (“el pequeño es una avispa”, sea lo que sea lo que esto quiere decir) e hijos (“mi hija está tan pendiente de mí que ya me agobia”). Un plan muy familia Ulises, este del tren.

Cuando llegamos a El Escorial, la verdad es que todavía nos falta un trozo importante de viaje, porque entre la estación y el Horizontal hay bastante distancia, y además una cuesta de cojones. Pero ahí estamos nosotros para hacérnoslo andando. No vaya a ser que en el bus a San Lorenzo se monten estas personas y piensen que somos algún tipo de insecto, como sus nietos. Lo decide mi parner, así que no hay más discusión. Es decir, la discusión se retrasa al momento en que, faltando unos 500 metros con una pendiente bastante generosa, se me ocurre hacer un chistecillo sobre los resoplidos que va dando mi acompañante. Relacionando esto, además, con nuestra falta de criterio al hacernos todo el camino andando.

En fin, cosas de las parejas. Nos salvamos de la quema porque en seguida estamos en la terraza-invernadero del Horizontal tomando una cerveza para esperar a nuestros amigos. Un ambiente muy señorial, el que hay allí. Al lado nuestro, una mesa con mucha gente: dos familias que se encuentran, se supone, después de mucho tiempo sin verse. Es lo que tiene la semana santa serrana. Mañana son los oficios y el Escorial tiene un ambientazo. Y encima hace un tiempo bastante bueno. Una de las señoras comenta que menos mal, porque mientras que “jugar al pádel con sol me divierte”, cuando hace malo es una lata.

Igual es que nuestros amigos tardan un poco, o es que las mesas están muy juntas, pero hasta que llegan todavía nos da tiempo de enterarnos de muchas más anécdotas. Como la de no sé qué familiar de estas personas, que se examinó de conducir el otro día y suspendió el primer examen porque aparcó muy lejos de la acera. Vamos, tampoco muy lejos, pero que tuvo que darse un paseíto desde el coche hasta la acera. Las risas agitan los vidrios de los vasos. Una chavalita rubia un poco bizca que lleva una camisa rosa de Tommy Hilfiger abunda en el escarnio del aparcador ausente. Y cuenta después que cuando era pequeña tuvo muchos problemas con las del pueblo, que la querían pegar, y la perseguían hasta la puerta de su urbanización. Hay vidas terriblemente difíciles.

Afortunadamente, llegan nuestros amigos y entramos. Yo, para qué negarlo, no dando muy buena impresión, porque llevo el periódico en una mano, la cerveza en la otra y el abrigo y el jersey colgando del antebrazo. Andando como un lisiado. Menos mal que la metre es una chica muy maja y muy comedida. No como una elementa que hay a la entrada, detrás de la barra, con la que antes, cuando le he comentado que teníamos una reserva y que ibamos a esperar en el bar a los que faltaban, he mantenido una conversación bastante surrealista.

El Horizontal, versión restaurante, es un comedor muy arregladito, buen nivel, no diseño pero sí cierta clase, que para eso estamos en El Escorial. Se sirve mucho arroz con bogavante, que el que nos ha traído las cartas nos ha comentado que es la especialidad. Impensable pedirlo nosotros, porque es de dos en dos y mi parner no lo trabaja. Intentar pedirlo con parte de la otra unidad familiar me parece una descortesía y un meterme en donde no me llaman. Así que me concentro en decidir si voy a tomar carne, pecando como un degenerado, porque es jueves santo y ya me ha dicho mi madre que no se puede, o pescado.

De primeros tomamos unas croquetas caseras, bastante prescindibles, toscas y pastosas por dentro, y de una sospechosa regularidad, casi industrial y hasta inorgánica, en su forma exterior, y una ensalada que está bien pero es un poco enana.

De segundo, me decido finalmente por el pecado. Que no es sino la conclusión de mi otro pecado, mucho más serio y más habitual, que no es otro que dedicarme, sistemáticamente aunque con más o menos disimulo, a mirar lo que toman los de las otras mesas. El solomillo que han servido justo delante de nosotros ha hecho temblar el local, cuando se ha posado en la mesa. No me lo tienen que decir dos veces. Tiene, eso sí, el pequeño problema de que no viene como Dios lo trajo al mundo, sino cubierto por no sé qué salsa de setas, o algo así. Pero a pesar de todo es bastante grandioso. Suficiente para compensar la decisión de las croquetas.

El resto de gente toman rape con salsa verde, que tiene una pinta razonable, merluza a la bilbaína, que la toma mi parner y tiene una pinta gloriosa, al nivel del solomillo, y otro solomillo, pero éste pedido “muy hecho”, lo que provoca que llegue partido en dos trozos menos gruesos que el mío y en el mismo estado, prácticamente, que los palacios presidenciales de Sadam Hussein hace sólo unos días.

De postre nos ofrecen torrijas, de leche o de vino blanco. A pesar del solomillo, no renuncio a zamparme una de leche. Hay que alimentarse. Y ya me he pegado un buen repaso físico subiendo la cuesta, antes de comer. Total, sólo dos de los cuatro tomamos postres. Con un vino bastante flojillo (Beronia reserva, muy ponderado por el camarero, pero decepcionante) incluido, salimos por unos 30 por cabeza.

Lo malo es que, cuando llegamos de vuelta a Madrid, un par de horas más tarde, el cinturón de seguridad de los asientos de atrás me ha dejado una marca inconfundible en torno a la barriga. Los problemas de la terrible combinación solomillo + torrija. Y peor todavía es que, justo al llegar a casa, recibo la llamada de mi madre, invitándonos a ir a tomar café, porque ha hecho “dos fuentes enteras de torrijas”.

No hay duda sobre lo que vamos a hacer, porque madre no hay más que una.

Pulpería Airiños
Wednesday, April 16, 2003

Una de las cosas más grandes que hay, o al menos eso me parece a mí algunas veces, es encontrar un bar memorable, una de estas joyas que a uno lo hacen agradecer ser español (generalmente a partir de la quinta caña), en un lugar recóndito. Y si tiene un aspecto más o menos proletario, mejor.

Un buen ejemplo es el bar al que este miércoles santo vamos mi parner y yo, acompañados de otra pareja. Dobles parejas y semana santa no es precisamente el plan que a mí me haga prever grandes hallazgos. Mal asunto, porque estamos llegando a unas edades en que lo de las dobles parejas es prácticamente inevitable. Y más en fechas vacacionales. Para un par de amigos que uno tiene desemparejados, no es fácil que los encuentre en Madrid esta semana. En resumen, pocas perspectivas de desenfreno.

Y desenfreno no lo hay, la verdad. Pero se da la circunstancia de que la pareja con la que hemos quedado hoy ya nos llevó en otra ocasión a un fantástico bar gallego en la calle Marqués de Corbera, en La Elipa. Un sitio lleno hasta los topes, por lo menos en fin de semana, y con una muy tradicional, casi proletaria, terraza veraniega en la que uno puede ponerse ciego de pulpo, pimientos de padrón y lacón.

Puede ser el recuerdo de mis indisimulados elogios de la otra vez (yo con dos, o cinco, cañas soy así), o las maniobras más o menos maquiavélicas de mi parner para evitar que luego le hable emocionado de la decadencia en la que estamos entrando con tanto dobleparejismo, pero el caso es que para hoy se ha decidido que volvamos a este sitio.

El barrio donde está es este tipo de barrio sixties madrileño, con muchos edificios de viviendas donde podrían haber rodado exteriores para la serie “Cuéntame”. Y con muchos bares que podríamos calificar de alto riesgo. Alto riesgo referido incluso a la integridad física del cliente, tanto en su aspecto digestivo, si es que el cliente es de esos lanzados capaces de pedir una ración de morcilla, o unos boquerones fritos, en uno de estos lugares sombríos y llenos de personajes solitarios con hígados temblorosos, como en su aspecto más pugilístico o, llegado el momento, hasta de “héroes del taekwondo”. Yo me entiendo.

No es el caso, ni mucho menos, del Airiños. Es decir, tampoco es un Vips, este lugar. Y la probabilidad de que allí suene el hilo musical, o una canción de Barry Manilow o de Aha, pongamos por caso, es bastante baja. Gracias a Dios. Pero la comida está muy bien y los clientes son gente decente, española, que siguen con interés, en la TV, las incidencias de un partido en diferido entre no sé qué equipos franceses, que lo deben de dar por satélite. La decoración no es de Philip Stark y la vajilla no es de Habitat.

Lo que no suele haber es sitio para sentarse. Algo muy peligroso cuando uno lleva este plan dobleparejil. Cuando llegamos, por ejemplo, no hay sitio. Lleno total. Ahí es nada, en semana santa. Y el jefe del local, con mucho acento gallego y mucha panza, nos dice que igual es complicado que se libere una mesa antes de que cierren, porque falta como una hora para cerrar. Gracias a que es un poco tarde, y las alternativas por la zona son, como ya he dicho, algo sombrías (por lo menos para el no experto en el barrio), el plan se redirecciona hacia la barra. Allí, de la misma manera que los marines encontraron una fuerte resistencia inesperada en Um Qasr, nosotros encontramos a un camarero de extracción kick boxing 100%, que se resiste a que le pidamos nuestras cosillas. Porque está haciendo cuentas en una libreta. Y, claro, esto lleva tiempo. Pero es una resistencia inicial, porque enseguida interrumpe su suma de cuatro o cinco números (algunos de ellos de dos cifras, sin duda) para atendernos.

Poco después, una pareja (así es Madrid en semana santa) abandona una mesa y podemos sentarnos, para gran alivio de mis acompañantes, empezando por mi parner, que muy pro-barra no es, ni ha sido nunca. La ventaja de la mesa es que permite echar buenas visuales tanto al partido de fútbol (uno de los equipos es el Girondins de Burdeos) como al resto de clientela. Abunda el peróxido, en ellas, y el conocimiento sobre la mecánica del automóvil (es un decir), en ellos. El peróxido y las camisas de estas apretadas, qué demonios. Pero en fin.

Ya en la mesa, cae media ración de pulpo, bastante bueno, no para un sobresaliente pero sí para merecer un lugar destacado en el escalafón pulpero de Madrid, donde tanto chicle y tanto plástico le sirven a uno cuando pide pulpo. Lo de la media ración, decisión muy aplaudida por todos menos por mí, habrá que corregirlo en próximas visitas. Aunque las visuales sobre la mesa de al lado también sugieren que la principal diferencia entre la media y la una podría estar en que esta última viene con abundantes cachelos. Aparte, se pide una de pimientos de padrón, honestos como era de esperar, media de lacón, bien, y una de sepia, que no está nada mal, aunque según avanza el tiempo se revela relativamente correosa.

Correosa también se pone mi garganta cuando , sumido en la euforia de las cañas, de la serie Cuéntame y del Madrid profundo, cometo el error de aceptar la invitación del jefe, que se paga un chupito de aguardiente de hierbas, o de pril limón, pongamos por caso. Quién me manda a mí jugármela de esta forma. Y más cuando los demás, bebedores a lo sumo de claras y coca colas, se toman sus cafés tan ricamente.

En fin, muy aconsejable. Aunque no para la gente que busca sitios para ir “de picoteo”, “de tapas” o “de cañitas”, sitios llenos de gente supernormal y de platos superdivertidos. El Airiños no va de eso.

Que vivan los pimientos de padrón.

Gilda Lunch&Bar
January 18, 2003

Sé que muchos sábados he contado que ibamos a algún restaurante en medio de una gran dejadez. Sé que la mayor parte de las veces parece como si me pasara todo el día tirado en el sofá hasta que llega el momento de ir a cenar, o a comer. Pero creedme, nunca ha sido nada comparado con lo de hoy.

Lo de hoy ha sido salir de casa como a las 12 y media de la mañana destino Galapagar, donde nos esperaba una fiesta de cumpleaños que casi me atrevería a calificar como “a la antigua usanza”. Vamos, que de milagro no había platos de ganchitos. De hecho, en pasadas ediciones, cuando el matrimonio (con hijo) organizador era sólo una pareja de novios y la cosa se organizaba en casa paterna, nunca faltaban los ganchitos. Hoy en día, con la madurez, los ganchitos se sustituyen por Fritos de maíz y por nachos de diversos sabores. Cosas de los amigos de mi parner (ingenieros casi todos, para qué voy a mentir). Sin embargo, esta vez hay que reconocer que la presencia de la Thermomix en el hogar nos permite degustar un salpicón de marisco bastante homologable. Un invento, esto de la Thermomix. Yo, desde que leí que Ferrán Adriá la usa mucho, tengo mucho respeto por este cacharro (no sé si por Ferrán Adriá).

No, la verdad es que tampoco es un plan tan raro, o no lo parece. Además, tengo ocasión incluso de tomarme una cerveza, algo impensable en las primeras ocasiones en las que asistí a este evento, cuando debía elegir entre coca cola light o normal.

Pero lo más grande viene después, tras la tarta, que nos comemos después de asistir a una bonita ceremonia de apagado de la vela. Yo, con un sueño de tres pares de narices, porque he dormido poco y la cerveza y el vino han hecho el resto, hago un sutil movimiento hacia el sofá. Me sigue mi parner, que menuda es para estas cosas, y que no se limita a sentarse en el sofá: a los quince segundos tiene los ojos cerrados y está dando cabezadas. Donde hay confianza... El caso es que lo de mi parner pase, pero a mí en seguida me piden que abandone el semi-letargo en el que he empezado a caer. ¿La razón? Se está organizando una magnífica partida de Risk.

Yo no he jugado en mi vida. Y encima me avisan de que estas partidas “pueden ser largas”, lo cual me llena de inquietud. Pero no hay forma de resistirse. Uno, además, es especialmente lábil en estas situaciones de compromiso social. Además, estaría feo negarse y tirarse en el sofá a roncar como un camionero. Todo lo más que consigo, cuando me doy cuenta de lo complicadas que son las explicaciones que me dan sobre cómo se juega, es el compromiso de que puedo, por esta vez, limitarme a mirar. Gran alternativa.

Una cosa sí que es cierta: las partidas pueden ser largas. Esta dura cerca de tres horas. Tres horas que paso animadamente, mirando cómo cuatro amigos juegan a los soldaditos sobre un mapa. Y tiran dados. Nada que ver con un partido de fútbol, por ejemplo. Pero por lo menos no me hacen pagar.

Así que cuando volvemos a Madrid, de noche, en coche por la carretera de La Coruña, a 2.5 grados, lloviendo, y con destino el Hipercor, no siento que mi vida es feliz. Vaya sábado. Algo habrá que hacer para cambiar esto. Pero es que encima estoy muerto de sueño.

Una posibilidad que contemplo, algo que no hubiera hecho nunca en el pasado, es que nos quedemos en casa a cenar, tan tranquilos. No veo la hora de aplastarme en la cama, a ver si no sueño con soldaditos, caballos y cañones. Además, mañana es el Madrid-Atleti en el Bernabéu y habrá que estar en forma. Pero mi parner, que al fin y al cabo ha tenido una siesta reparadora mientras yo me entregaba al espectáculo, digamos, de la simulación militar, está animada y quiere salir. Dan igual los 2.5, 3 o 4 grados. Y da igual la lluvia. Pongo la condición de que vayamos en coche (aburguesamiento total, tampoco lo hubiera hecho hace cinco años). Y esto implica elegir algún sitio en donde se pueda aparcar bien.

La idea original, que era ir de bares, está descartada por la lluvia. Así que hay que buscar, además, un restaurante. Son las nueve de la noche, ya hemos terminado de recoger la compra, y todavía no hemos hecho reserva. Esto descarta lugares como el Kikuyu, o como Paper Moon (que además me gusta más entre semana), o como el Órale Compadre, que además no le viene bien a mi parner. Tampoco se aprueba la idea de ir al Urkiola Mendi, que está cerca y es majo, porque es un poco más caro de lo presupuestado para hoy (los problemas de comprarse un piso) y además ya hemos ido hace poco.

La decisión final es probar la faceta como restaurante de un lugar en el que ya hemos estado como bar: El Gilda Lunch Bar. Tras este nombre lleno de naturalidad se esconde un sitio estratégicamente situado, en Jorge Juan justo al lado de Serrano, no lejos del Alkalde ni de la sucursal del 3Encinas en el Barrio de Salamanca. Como bar, la anterior visita nos dejó agradablemente impresionados, porque tanto sus croquetas de chorizo, muy suaves y con una besamel equilibrada, como sus huevos rotos, o estrellados, o algo así, estuvieron muy por encima de lo que inicialmente esperábamos. Y es que el bar, que es una especie de sala independiente al restaurante, justo a la entrada, parece más un templo del gin-tonic (impresionantes, los que vimos preparar) que otra cosa. Además, Jorge Juan es lo que tiene. Una visita a la barra del Alkalde una noche de jueves, pongamos por caso, es convalidable por una al infierno de Dante, versión mendas cuarentañeros gordos y de corbatas con el nudo aflojado, pegando gritos y metiéndose unos copazos entre pecho y espalda que ruegan una oración por sus hígados. No en el nivel de degradación que se puede encontrar a la misma hora en el Peláez de Castelló, pero casi.

Como restaurante, la primera obviedad es que no hay problema para reservar para esta misma noche, lo cual parece indicar que no andan muy sobrados de público. Pero no es cierto. Cuando llegamos ya hay algunas mesas ocupadas. Y después, según avanza la hora hacia las 11, se llena el resto. Además, el comedor es grande. La decoración, demasiado clásica. Sí, está claro que han querido darle un cierto toque New York años 50, que “lunch bar” es también, en cierto modo si no más, “lounge bar”, pero igual se han pasado. O no han llegado. Tal vez más toques Art Déco no irían mal.

El público un poco demasiado thirtysomething, pero qué se puede esperar de Jorge Juan. Al menos no llegan los típicos repeinados con toda la ropa de Tommy Hilfiger, como uno se encuentra (más) en Alkalde. No obstante, hay que reconocer por lo menos un par de toques “modernillos”, que para eso estamos en un “lunch bar”: Un par de gueis de éstos en plan con pasta (la clase guei ejecutiva, digamos) se dicen cositas como “que me traigan ya el arroz, pero con leche –je je je”, o hablan de lugares que están cerca de “Gravina con Pelayo” con estas entonaciones tan almodovarianas y tan inconfundibles. El poder guei manchego, o pretendidamente manchego, que arrasa Madrid. Va a resultar que nuestro Castro particular no es Chueca, sino algún barrio de Calzada de Calatrava (Ciudad Real). Otro toque modernillo lo da una pareja que reduce la media de edad de la clientela. Bueno, no sé si el tema es el toque modernillo o que ella está más bien buena. El caso es que anima un poco el panorama.

La comida confirma la sensación del otro día. El sitio está bien. Por encima de lo que puede esperarse a primera vista. Aunque siempre se pueden encontrar algunos peros: la ensalada de gulas es un poco sosa, sin estar mal. Y a los noodles salteados con gambas y calamares tal vez se les podría dar más gracia. Pero nada que objetar, en general. Mi parner toma de segundo un bacalao con crema de ajos que dice que está bien. Con dos cervezas y una copa de vino, pero sin postre, nos sale todo por 48 Euros los dos. Que no es barato, pero tampoco es un atraco.

El servicio, encantador. Cosa rara en un sitio nuevo, y de la que hay que dejar constancia, con tanta zafiedad como uno encuentra últimamente por ahí.

La Leyenda
January 17, 2003

Siempre se ha dicho, mi abuelo era el primero que lo decía, que no hay amigos como los de la mili. O que la mili es el momento de la vida en que mejor lo pasa uno, que a partir de ahí todo va cuesta abajo. Y yo, cuando lo oía, pensaba que me parecía muy bien, pero que igual no era para mí ese momento tan divertido en el que se hacen tantos amigos.

Por desgracia para mi (entonces) concepción del mundo, según la cual lo idóneo era una reunión de físicos hablando de supercuerdas en torno a unas superpintas de cerveza bitter, en un pub de Cambridge por ejemplo, no pude evitar ir a la mili. Gran pérdida de tiempo, me decía a mí mismo. Y además, hay energúmenos que te gritan. Pero fíjate que llegas allí y aunque, sí, hay que soportar algunos gritos, pasados unos días descubres que igual tu abuelo tenía su punto. Por ejemplo, que es fácil hacer amigos, y que son gente bastante maja, aunque no hablen de supercuerdas. O que, aunque no sea Cambridge, y la bitter se sustituya, más bien, por los gin tonics o (en aquella época) por los chupitos tóxicos (qué garito, el entonces llamado High Chaparral), el ambiente universitario de Granada es muy edificante, también. Sobre todo, que permite recuperar el tiempo a quien antes se ha ejercitado poco en el arte del acoso y derribo nocturno, si sabéis lo que quiero decir. Y me apresuro a decir que yo, entonces, lo que es derribo, tampoco mucho... Pero, oye, el acoso también tenía su gracia.

Sobre esto tampoco quiero explayarme más, porque al fin y al cabo iba a quedar demasiado claro que a veces utilizo este medio para desahogarme, con temas como este (la mili) o el fútbol que si los saco en presencia de mi parner ya me pone mala cara. Lo que sí quiero dejar claro es que, como decía mi abuelo, no hay amigos como los de la mili. Y yo sigo, afortunadamente, conservando a los míos. Contra viento y marea, además. Porque si yo tengo a mi parner, ellos están casados y con hijos. Todos. No es raro, teniendo en cuenta que cuando estuvimos en Granada, hace más de diez años (qué horror), yo en cuestión de chavalas era más bien un aprendiz, con respecto a ellos. Un aprendiz lento, además. Así que siempre me han sacado ventaja en estos aspectos, para qué voy a decir lo contrario.

Hoy hemos quedado tres parejas, sin niños. Sólo nos ha fallado uno de nosotros, que tiene en su descargo el argumento de que su niño es el más pequeño (séis meses). Y vamos a ir a La Leyenda, en la carretera de La Coruña. Un sitio muy adecuado para recordar los tiempos granadinos, cosa que tampoco creo que llene la conversación, después de tanto tiempo y con nuestras respectivas parners delante. La Leyenda es el típico restaurante al que uno hubiera llevado a cenar, si la cosa iba bien, a una chavala de estas que conocíamos en Granada. Es decir, es un lugar con reputación de “veladas románticas” para gente de veintitantos años.

Detalles no le faltan, al lugar, para ser ese templo del romanticismo que se rumorea que es. Por ejemplo, tiene un precioso jardín con estanque, donde se puede cenar en verano. Hasta patos hay en el estanque, que supongo que puede uno sentirse casi personaje de Jane Austen cenando en semejante sitio. Tampoco desmerece el interior. El restaurante está en una especie de chalet enorme, y por dentro es cualquier cosa menos diáfano, con muchos recovecos de estos que se supone que sirven para decir cosas tórridas sin que los demás clientes te oigan.

Yo, la verdad, la faceta romántica no se la conozco directamente. Puede, claro está, que por falta de oportunidades, que tampoco soy el Conde Lequio, a nadie se le oculta. También porque no tengo coche. O porque a mí esto de ir a un sitio a cenar con una chavala y empezar la velada tomando una copita, brindando y mirándose los dos fijamente a los ojos, nunca me ha puesto mucho, la verdad. Una vez lo hice, con una tía bastante agresiva, digámoslo así, a la que conocí precisamente en la boda de uno de mis amigos de la mili (impresionante boda en Talavera de la Reina, con más experiencias en un único fin de semana que casi en un año en Madrid), y lo pasé un poco mal porque todo me parecía un poco surrealista. Aunque claro, aquella chica no me gustaba mucho, si bien hay que reconocer que estaba técnicamente buenorra, y el restaurante no era La Leyenda, sino el Sonora, un mexicano, ya desaparecido, que había en la calle del Pez. Y no es lo mismo. Igual en La Leyenda me hubiera echado a llorar, de la emoción quiero decir.

Total, que tampoco soy demasiado experto en visitas a La Leyenda. Tres o cuatro veces habré venido, dos o tres en verano, a ver los patos, y siempre en formato multiparejas, como hoy. No muchas visitas, pero suficientes para llegar a algunas conclusiones, como que la comida, sin estar mal, no está a la altura del entorno, aunque quizás sí de su clientela típica y de sus precios (más bien bajos). E incluso en estos segmentos es superable: Un cocinero como el del Paper Moon haría maravillas en un sitio como este. Aunque no sé si sería trasladable la fórmula a esta escala (La Leyenda es mucho más grande). El nivel medio está a la altura, digamos, de La Vaca Argentina, el Beef Place, o el Tellagorri. O de su filial (de La Leyenda) en el Madrid de los Austrias: El Palacio de Anglona.

Como es de rigor en estos casos multipareja, tomamos unos entrantes para compartir, que incluyen trigueros a la plancha, un poco blandos, ensalada de brie con jamón, no demasiado refinada, con todo el quesazo encima de grandes lonchas de jamón, pero comestible, paté de ciervo, bien, y una crema de mariscos que, aunque no es para compartir, probamos todos, cucharas en mano, como quien moja pan en una fondue de queso. No es para compartir ni para tirar cohetes, la crema. En fin, todo un punto por encima de como podría estar en un Vips, por ejemplo. Correcto pero no muy delicado.

De segundo casi todos tomamos carne. Hay una especie de solomillo para compartir, que viene (para mi gusto) demasiado bañado en salsa. Yo tomo un entrecot de cebón que está muy bien, diría que mejor que la carne que, entre cocida y braseada, te dan muchas veces en La Vaca Argentina. Y las patatas son decentes. Lo mejor que he probado en toda la noche, el entrecot (por 13 Euros, además). Dos de las chicas, incluida mi parner, piden pescados, una una mousse de salmón, o algo así, que me da un pálpito sospechoso, y otra una merluza a la romana que no tiene mala pinta, pero que tampoco es la del Hylogui.

De postre me pimplo un sorbete de limón al vodka, que aquí lo llaman Capitán, y que levanta a un muerto (o tumba a un campeón del Consejo Mundial de Boxeo, más bien). En la (relativa) tosquedad de todo lo demás, claro está, pero en esto uno hasta lo agradece.

Todo incluido, salimos por unos 52 Euros por pareja, lo cual da una valoración más o menos positiva en términos de calidad/precio, y teniendo el cuenta lo acogedor del local. El servicio es bastante amable, manifiestamente mejor que en sitios equivalentes como La Vaca Argentina o Beef Place.

Como siempre que quedamos, lo mejor es pasar dos horas con mis amigos de la mili. No sé si mis mejores amigos, pero sí de los mejores. Hasta en el Tony Roma’s he estado tan a gusto, con ellos. Ahí es nada. Cuánta razón tenía mi abuelo...

La Vaca Argentina (Arturo Soria)
January 3, 2003

Afortunadamente, con las cenas de Navidad, o sea, estas reuniones de confraternización en las que múltiples amigos se reúnen, en estas fechas tan señaladas, en torno a mesas que impiden que cada uno de ellos se comunique con más de uno o dos de los demás, me pasa lo mismo que con las fiestas de Nochevieja: casi no tengo.

Por si no se ha notado ya, yo creo que esto es de agradecer, porque oye, si uno fuera más joven, y la cena diera lugar a un mínimo desenfreno posterior, con desconocidas incluidas, aún tendría un pase. Pero a un madrileño que peina canas, aunque sean pocas y le hagan parecerse a George Clowney (se escribe así ¿no?), que tiene parner a la que respetar y letras (de un piso) que pagar, a ese no se le invita jamás a una cena desenfrenada de esas características. Todo lo más a un tinglao al que asiste el mismo número de mujeres que de hombres, y en el que las conversaciones se fragmentan en estos dos clásicos grupos, con oportunidad para rememorar las viejas andanzas (ellos/nosotros), y eso si es que son lo suficientemente viejas como para no recordarlas del todo y poder mentir un poco sobre ellas para hacerlas más entretenidas.

Y no se perciba en lo anterior ninguna crítica. El tema me fastidia sólo un poco si es en Navidad. Entre otras cosas porque, para empezar, en estas fechas resulta complicadísimo conseguir sitio para grupos grandes en restaurantes respetables. Además, esto de que, según llegas, te encuentres el sitio lleno de mesas largas, todas dedicadas a lo mismo (confraternizaciones simultáneas), me carga. Por todo esto, en las remotas ocasiones en que me invitan a algo así, me lo tomo con más alegría si: (a) no tengo que reservar yo el restaurante, y (b) hay algún motivo, al margen de la felicidad navideña, que justifique el meeting.

En esta ocasión se dan, afortunadamente, las dos circunstancias. Quedamos con mis ex compañeros de facultad, todos ellos grandes intelectuales, pero tenemos el motivo adicional de que nos visita una vieja (¿no quedaría mejor decir antigua?) compañera que se ha ido a vivir a Francia hace ya tres años, y no la vemos (yo por lo menos) desde entonces. Además, otra compañera (a partir de ahora me ahorraré repetir adjetivos que podrían cansar al lector) se toma la molestia (y sé que lo es, en esta época) de reservar.

Muy indicativa de lo que suelen ser estas ocasiones es la breve, pero intensa, discusión sobre el sitio elegido, una sucursal de la Vaca Argentina. Uno de los invitados, que terminará por no venir, expresa sus dudas sobre la calidad del restaurante, “especialmente si pides la carne para hacer en la mesa”. La convocante responde con cierta agitación, por no decir brusquedad, que no se trata de probar excelencias gastronómicas. Vamos, que le ha molestado el comentario. Y yo lo entiendo, yo el primero. Desde luego, me abstengo de decir nada. Primero, porque la sucursal elegida está a 10 minutos andando de mi casa, lo cual no está mal, teniendo en cuenta dónde vivo y la extrema dificultad de encontrar por la zona restaurantes no especializados en hombres de negocios, adolescentes ruidosos, o carpantas con (cierta) afición a las drogas. Segundo porque, qué quieres que te diga, mejor callarte no vaya a ser que te caiga a ti el encarguito de reservar. Y tercero, y sobre todo, porque me causa un cierto escalofrío pensar que, si intervengo, alguien pueda asumir que yo soy capaz, en alguna circunstancia distinta (claro está) de una despedida de soltero, de pedir carne “para hacer en la mesa”.

Además, la Vaca Argentina, sin ser, ni mucho menos y desde luego, una gran cosa desde el punto de vista gastronómico, tampoco es un lugar tirado. Y de ambiente anda bien. Vamos, que aunque dudo que nos vayamos a encontrar con el lujo y fantasía que (desde el punto de vista femenino) se ve a menudo en el Paper Moon, tampoco van a predominar los tres grupos de riesgo antes citados, tan temibles.

Tras un paso inicial por una diminuta barra que tienen para esperar, enormemente incómoda porque te obliga a hacer a varios comensales de mesas cercanas partícipes de tus primeras anécdotas de la noche (las mejores, como es imaginable), nos llevan a nuestra larga mesa. Como es habitual en estas ocasiones, hay una cierta tensión en el momento de sentarse, o por lo menos una desorganización palpable. ¿Nos ponemos chico-chica, alternativamente? ¿Separamos a las parejas? Porque, por si alguien no lo ha adivinado, todos vamos debidamente emparejados. Y no soy yo el único con canas, aunque el comentario más repetido, y celebrado de buena gana por la mayoría de los presentes, hace alusión a lo bien que nos conservamos todos. En cualquier caso, estas mesas largas es lo que tienen. Como uno sabe que se va a pasar las próximas dos horas hablando con los dos o tres que tenga más cerca, supongo que si viene de acompañante tiene un cierto temor a que lo/la encierren en torno a dos o tres incansables generadores de anécdotas del pasado. O lo que es peor (en nuestro caso), a oradores capaces de impartir doctrina sobre la física, la informática o (ya la muerte) los restaurantes y los bares de Madrid.

Pero todo son temores injustificados. La mayor parte de los comensales nos dedicamos a rajar sobre el Prestige o sobre la educación de los hijos, temas que apasionan, hoy en día, a todos los españoles. Sólo en algunos casos, y precisamente en mi rincón, nos desviamos hacia el cambio climático (muy conectado con el Prestige) o la regulación de las telecomunicaciones. Temo por mi vida si nos escucha el camarero, que es gente de bien, como quedará de manifiesto algo más tarde, cuando nos pregunta en tres ocasiones si queremos “una copita”.

En cuanto a la comida, esto es sota, caballo y rey. Lo que en mi caso significa la provoleta y las verduras a la parrilla para compartir y el bife (lomo alto) de segundo. Todo correcto aunque tampoco espectacular, según lo esperado. Lo mismo que las patatas asadas. Las fritas, sin embargo, aunque también en la línea habitual, son execrables. Algún audaz, seguramente distraído por la conversación que estamos manteniendo sobre la licuefacción de la capa de “permafrost” en Siberia, se arriesga a pedir un solomillo a la pimienta que, aunque no lo pruebo, no parece gran cosa, ni en tamaño ni en honestidad.

Tomamos dos vinos distintos, porque cuando yo temía que el tema vino estaba ya cerrado (y cualquiera se delata pidiendo más, con estos compañeros a los que uno ve de Pascuas a Ramos) aparece la benéfica influencia del matrimonio francés (bueno, él es francés) y pedimos otra botella. Las primeras eran de Rioja. Esta es de Somontano. Bien, y no muy caro.

De postre, el hábil camarero, este Zidane de la hostelería que nos atiende, nos sugiere una “rueda de tartas” que podemos compartir y que “es lo que se suele pedir”. Afortunadamente para la reputación del grupo, sólo se pide un ejemplar de semejante invento (que el Maradona de la bandeja se apresura a decir que se suele compartir sólo entre dos personas).

Todo ello, pero sin copita (faltaría más), nos sale bastante aceptable de precio (unos 25 Euros por cabeza). Es cierto que tanto el Beef Place de Arturo Soria, no muy lejos, como otros argentinos más modernillos y con más pretensiones (Tatana o el Rincón de Piedra, por ejemplo) dan más por casi lo mismo. Pero no hay nada que objetar. Y en estas fechas tan difíciles, menos.

Lo más grande, sorprendentemente, viene después, cuando, a falta de alternativas, nos vamos a tomar “la copa” a un garito bastante oscuro, escenario de múltiples excesos post-trabajo de la época i+d, llamado La Sucursal. Digo lo más grande porque, cuando esperaba que nos encontráramos con los típicos grupos de gente de la zona que podríamos encuadrar en el grupo 3 de los antes citados (o sea, ni hombres de negocios ni adolescentes), bebiendo estricnina al son del Some Girls de los Rolling Stones (y muchas cosas peores hay, ya lo sé), lo que encontramos es una fuerte presencia del grupo 2 (adolescentes), sector chavalas impactantes que acompañan a mendas imberbes con chaqueta de chándal que pone England. Muy londinense todo, y algo pijo, también. Toma ya. Durante el tiempo que dura mi tercio de Mahou, alterno la conversación sobre las diferencias España-Francia con una observación, llamémosla costumbrista, del grupo de chavalas. Quiero decir, de adolescentes. Ah, y te ponen Oasis, y cosas así, de música.

Bar Santander
December 29, 2002

Ya lo he dicho en otros comentarios, pero nunca está de más repetirlo: el bar Santander es uno de los más gloriosos de Madrid. Es uno de mis favoritos, también. Y un acierto seguro para llevar prácticamente a quien sea (incluso los compañeros de mi nuevo trabajo, gente complicada donde la haya, lo disfrutan).

Además, es el sitio donde solemos quedar todas las Navidades los ex del trabajo antiguo, el de la investigación y el desarrollo. Hace más de diez años que se organiza una cita paralela a las celebraciones navideñas oficiales y empresariales. Originalmente, con el gran aliciente de que los jefes, cuyo papel en estas ocasiones oscilaba entre disimular la incomodidad (unos) y dar la brasa de la manera más incansable (otros), no estaban invitados. Pero, a la vez, desde muy pronto, excusa para celebrar la Navidad de una forma, digamos, acelerada. Y no me extenderé aquí sobre algunos detalles escabrosos de algunas ediciones primigenias de esta fiesta (allá por 1992).

Hoy en día, como cualquiera puede suponer, y aunque el Santander sigue tan en forma como siempre, muchos ex se rajan de manera bastante innoble. Con excusas tales como que tienen muchos compromisos familiares. O hasta niños, válgame Dios. Sin embargo, hay un núcleo, digamos duro, que nos mantenemos fieles. Incluso con niños, en algún caso. Aparte, para hacer un poco de masa y renovar algo el ambiente, hemos extendido la convocatoria a algunas personas de las nuevas generaciones.

Está bien, lo de las nuevas generaciones. Entre otras cosas nadie te puede poner como excusa que se ha ido al chalet de sus suegros a pasar las fiestas. Lo que sí que pueden decirte es que se van a esquiar, o a bucear, o a hacer cicloturismo. O a la montaña, así, en general. Que están de moda estas cosas, vamos. Y yo no lo entiendo mucho, aunque tengo que reconocer que una de las tres veces (más o menos) que he ido a la montaña descubrí que había algunas piedras en las que te podías sentar, y hasta tumbar, con cierta comodidad. No es que compense el hecho de que allí (en la montaña) no haya casi bares, pero en fin.

La verdad es que el tema del esquí sí que tiene más gracia, porque ahí, en mitad de las pistas, sí que han puesto bares. Que no es que te sirvan cañas, ni gambas a la plancha, pero que sí que suelen estar llenos de chavalas impresionantes, tomando el sol, cuando hace sol. Y la ventaja que yo tengo es que he conseguido, tras no pocos esfuerzos, el nivel de esquí necesario para llegar hasta este tipo de bares sin mayor riesgo para mi integridad física que una mínima colisión final para frenar. Pero nunca contra una de las chavalas al sol...

No. Que nadie piense que les tengo inquina, a todos estos deportistas tan majos. De hecho, no me parecería mal todo esto si gente de este tipo no me hiciera, a veces, escuchar comentarios sobre los enormes riesgos que corrieron aquella vez que en nieve virgen (ahí es nada) tuvieron un accidente y se rompieron la pierna por once sitios. Un sargento tuve yo en la mili que contaba que eso mismo (por once sitios) le había pasado tras una caída en moto, haciendo la ruta Getafe-Alpedrete (que esta persona afirmaba cubrir en diez minutos). Pero el sargento, a diferencia de estos jóvenes de hoy, nunca te hacía pasar por la vergüenza de pedir una coca cola light en un sitio como el Santander. O hasta trinaranjus serían capaces de pedir algunos de ellos, los condenados. Hasta ahí podíamos llegar.

Porque no es el Santander sitio para pedir brebajes repulsivos como esos, sino más bien cañas. Cañas que sirven, de forma algo heterodoxa, en vasos Duralex de éstos que tienen un dibujo de rectangulitos en la base. O sea, como los de las casas madrileñas antiguas, más básicos que básicos.No obstante, nadie suele tener oportunidad de echar de menos el vaso tradicional de caña, también duralex pero liso. Y es que las cañas no son aquí más que el acompañamiento: lo tradicional es acompañar cada ronda (si uno se viste por los pies) o la única caña de la noche (si uno es un buceador sin igual, con traje seco, traje húmedo y aletas de tiburón) con sucesivas rondas de pinchos. Todos ellos originales, hasta el punto de que sólo se sirven aquí. Ejemplos: lorena (trozo de quiche lorraine, algo tosca pero de éxito general), choux de langostinos (especie de petit-four, o petifú, con una especie de bechamel de langostinos), cromesqui de bacalao (buñuelo con crema de bacalao), crepes de ternera (muy buena) o vegetal (menos buena), etc.

Hay que reconocer, en cualquier caso, que tampoco faltan las cosas más tradicionales, aunque yo las frecuento menos. Y entre ellas están las croquetas (bien, pero no son su fuerte), los mejillones ‘tigre’, la brandada de bacalao (quizás demasiado potente para los paladares acostumbrados al rafting) o hasta raciones de migas manchegas (sobre esto ya no digo nada...)

La Navidad de 2002 no es una excepción, y salimos de allí con una muestra cumplida de pinchos (incluidos los básicos, o sea, lorena, choux y cromesqui) y una gran alegría navideña que nos lleva, como siempre, a atacar sin piedad las cervezas del Quiet Man, paf irlandés no muy lejos. Aunque en algo se tiene que notar la edad: esta vez nos apalancamos de mala manera en el Q M, para gran alegría (supongo) del que calcule su cuenta de resultados, y no vamos después al Escueto, ese gran templo de la noche en el que solíamos rematar las jornadas. Pero, bien pensado, es una medida de prudencia elemental: en un sitio como ese igual no dejan pasar a los grandes deportistas / enólogos, y aún nos acompaña alguno.

Coño, el día que se ponga de moda el sumo nos vamos a divertir. Al tiempo.

Londres - Gastropubs
December 22, 2002

Del día 17 al 22 de Diciembre visito Londres, como casi todos los años antes de Navidad. Desde el punto de vista que afecta a estas páginas, la noticia es la consolidación imparable de los gastropubs. O sea, de sitios que son como pubs y en los que (sorprendentemente, me imagino, para algunos) se come bien. Vamos, que nada que envidiar a sitios que los pseudo-progres treintañeros españoles mitifican (véase La Musa Latina, La Salamandra, Cien Vinos, y este tipo de centros del pijerío con pretensiones de modernillo). Todo gastropub cuenta, además, con una amplia oferta de vinos, lo que los hace aún más asimilables a los madrileños bares de tapas de diseño (si bien hay que reconocer que el precio de las copas de vino lleva incorporado un factor dos, con respecto a éstos).

Hay muchos ejemplos. En los 5 días que estamos visitamos unos cuantos, pero recuerdo especialmente 6 de ellos:

1. Scarsdale, 23A Edwardes Sq, muy cerca de High St Kensington, donde tenemos el hotel. Es un sitio no muy grande, en mitad de un barrio residencial en plan bien,con un restaurante al fondo. Hay mucho ambiente, sobre todo en la parte de bar. En el comedor / restaurante están las mesas vacías cuando llegamos, pero están todas reservadas menos una. Tomo atún a la parrilla sobre verduras, bastante bien. Gran sofisticación para Londres, porque me preguntan cómo lo quiero y me lo traen rare, como lo he pedido. Cerveza bitter Theakston, bastante decente. La camarera es un poco foca, pero simpática y eficiente (sorprendente, también, en Inglaterra).

2. Builder’s Arms. 13 Britten St. Es un sitio de Chelsea al que nos lleva mi amigo el residente en Londres. Está al lado de King’s Road y, como corresponde al barrio, es un garito un tanto pijo. Y con un cierto exceso de madera clara (¿haya?) que le da un aire como de no-pub. Por el lado positivo, la chimenea de un rincón sí que parece genuina. Y el público es mayoritariamente inglés y respetable. Es decir, más de lo que se puede decir del 90% de los sitios de Chelsea una vez que anochece. Tomo fusilli con una salsa de cebolla y parmesano, que me dejan bastante contento. La bitter es Adnam’s y no llega a entusiasmarme, pero no deja de ser auténtica.

3. The Eagle. 159 Farringdon Rd. En Clerkenwell. Hay que andar como 10 minutos desde la estación de metro Farringdon, pero merece la pena. Es el tradicional gastropub. Uno de los primeros y además notable generador de spin-offs de cocineros a otros lugares. Ya es la tercera vez (tercer año) que vamos, y siempre nos las arreglamos para que sea en fin de semana y haya un follón impresionante para coger mesa. Sólo la habilidad de mi parner facilita esta casi imposible tarea. Mientras esperamos a ver si alguna se libera, me aposento en la barra con una pinta de Bombardier y al lado de un menda bastante alto, con cara de descerebrado (como un mix surrealista entre Benny Hill y Mr. Bean), que creo que alterna su mirada entre mí y su propio vaso, que pone al trasluz, como si quisiera ver alguna miasmilla enturbiando su cerveza. En algún momento temo que se le produzca un cortocircuito y me casque el vaso en la cabeza, o algo así. No pasa. Puede que yo sea un miedoso, eso también es cierto.

Gracias, ya digo, a la habilidad de mi parner, unos mendas que van bastante ciegos, liderados por un indio, nos ceden un sitio cojonudo, al lado de la ventana, con el único inconveniente de que hay que sentarse en unos sofás de estos antiguos, en los que te hundes (“cuidado porque si os sentáis ahí puede que no os podáis levantar después”, nos advierte el indio, muy sabio). Ya allí, tomo unas salchichas napolitanas (o algo así), que están un poco picantes pero bastante decentes. Mi parner se cepilla una dorada (brill) a la plancha, que tiene una pinta excelente.

A diferencia de los otros, aquí se mantiene la tradición inglesa de pedir (y pagar) la comida en la barra (no te toman nota en la mesa). Aunque sí que te la traen luego, sin que te tengas que levantar.

4. The Queen’s, al final de Regent’s Park Rd, en Primrose Hill. Vamos el domingo porque está muy recomendado por la TimeOut como lugar para comer ese día. Sin embargo, como llegamos tarde (a la una y media, o así) y sin reserva, no nos dejan sentarnos en el comedor de arriba, que es el que se supone que tiene vistas bonitas al parque. Pero casi es igual, porque hace muy mal tiempo y abajo, en el bar, te dan la misma comida. Compartimos atún a la parrilla, que está bien –bastante bien- pero menos bien que en el Scarsdale del otro día. La cerveza es Young’s Bitter, y no está mal, pero tampoco para echar cohetes.

Después damos una vuelta por Primrose Hill y constatamos que otra oferta interesante en la zona sigue siendo el Lemonia, en la propia Regent’s Park Rd, un gran restaurante griego, barato y fiable, que tiene un montón de ambiente el domingo al mediodía, por lo que se ve. Otra alternativa, con muy buena pinta, es el pub The Lansdowne, que está ya en Gloucester Ave, perpendicular a Regent’s Park Rd. Es un poco más caro (unas 11 libras por casi cualquier plato), pero también está lleno y es acogedor. Al final de la propia Gloucester Ave está también The Engineer, donde estuvimos el año pasado y nos defraudó un poco (la gente del barrio lo pone por las nubes, e igual por eso nos quedamos un poco frustrados).

5. The Ifield. Cerca de Earl’s Court y Fulham, entre Kensington y Chelsea (59 Ifield Rd). Aunque está un poco recóndito (es decir, no hay cuatrocientos turistas y 5 starbucks justo al lado...), tiene encanto. Parece un bar de barrio, y está lleno de chavalas de estas inglesas de ropas ceñidas y ombligo al aire, algo gritonas, muy mirables en todo caso. Vamos en domingo por la noche y digo yo que este es un ambiente muy adecuado para ese momento. Tal que lo mismo que podría haber en Madrid, en un bar de Conde Duque, por ejemplo (que tengo amigos que los visitan todos los domingos). Quitando las rubias macizas, quiero decir. Aquí, por hacer un exhibicionismo en plan “paso de las vacas locas”, me como un filete de buey. Y no es qué esté mal, pero tampoco es demasiado brillante. Nada que ver con esos solomillos que recuerdo que ponen en el Huerto y Brasa, en Quevedo. La cerveza es Adnam’s, y me sabe un poco floja. ¿Será el vicio que he cogido después de casi cuatro días probando variedades?

6. Lots Road Pub & Dining Room, en un sitio recóndito de Chelsea (114 Lots Road), en una calle que sale de Kings Road y va a dar, después de un codo a una central depuradora de aguas (o algo así) que hay al lado del río. Un tanto lúgubre si vas la primera vez. Y además no hay metro cerca, aunque se puede ir en autobús (p. ej. 22). El sitio merece la pena. Esencialmente es un local redondo, más o menos, con mesas junto a las ventanas y una barra en el centro. Te toman nota en la mesa unas chicas muy simpáticas vestidas de negro (qué moderno), pero hay que pagar por adelantado o dar la visa para que te abran una cuenta en el bar y te vayan cargando todo lo que vayas pidiendo. No me acuerdo de lo que comimos, pero sí de un ambientillo muy acogedor, que me dio pié a tomarme dos pintas (por una vez...) de la bitter que trabajan: Brakspear, bastante buena.

Zen Central
Thursday, July 18, 2002

Día de los Rodríguez. O sea, de quedar todos los amigos sin mujeres, ni parners, ni nada. Como si fuera para el fútbol, pero sin fútbol. La razón es que varios de los que ya son padres tienen a sus hijos veraneando fuera de Madrid. En algunos casos, incluso su mujer está fuera de Madrid. En mi caso, ni tengo hijos, ni mi parner está fuera de Madrid. Pero la tradición se ha ido hilando porque los últimos dos o tres años ella ha solido irse una semana en julio al Escorial, con una beca de la Complutense, para esos cursos empresariales que tanto le gustan. Y, mientras, yo quedaba con los colegas, que para eso estaban solos en Madrid, como yo.

Tanta es la fuerza de la tradición que no supone un gran esfuerzo de negociación con mi parner llegar al acuerdo de un par de salidas masculinas, en esta quincena. Y la primera es hoy.

Una de las cosas que suelo promover en este tipo de días es ir a cenar a algún sitio donde no podría ir con mi parner ni de coña. Y no digo a un cabaret, sino, por ejemplo, a un resturante oriental o mexicano, cocinas que a mí me gustan como al que más, pero que ella no trabaja. Es decir, salvo leves incursiones en la comida mexicana (menos) o en la japonesa (alguna más). En esta ocasión, un artículo de Capel en El País del sábado me pone sobre la pista: acaban de abrir un ‘panasiático’ (etiqueta un poco boba que le ponen ahora a casi cualquier sitio con un par de camareros chinos y que dé rollitos de primavera). En zona chic, además: Jorge Juan.

El sitio, Zen Central, es una sucursal de un lugar que está abierto hace tiempo en Pozuelo (Zen) y que, a la vez, forma parte de una cadena internacional con sede en Londres. Prometedor. Por lo menos, cabe esperar un cierto diseño. Además, como ya he dicho, está en Jorge Juan. O, para ser más exactos, en el callejón de Puigcerdá, justo al lado de El Amparo. En el lugar donde antes estaba la discoteca/paf Etcétera, de gloriosos recuerdos, donde alguno de mis amigos capturaba chavalas a las que intentaba (con bastante éxito) llevarse a la Ciudad Universitaria en su Renault 6. Yo no era, que conste. Y no por falta de ganas. En la época solía decirme a mí mismo que lo que pasaba es que yo no tenía un Renault 6. Pero la verdad es que no me resultaba muy creíble. Ni a mí mismo.

Y lo cierto es que Zen Central diseño tiene. Pero poco. En el nombre, claro está. Y también en su exterior, con una fachada que han pintado como de gris, y a la que han puesto poca decoración. Minimalismo, que es la palabra de este mes de julio (lo mismo en el Chaflán y en el Soroa). Sin embargo, poco más diseño hay. En el interior, tal como se decía en el artículo de El País (¿o era en el de El Mundo?) hay un cañón de luz que proyecta absurdeces sobre una de las paredes. El mismo que había en Etcétera, por cierto. Pero las mesas están muy juntas unas de otras, hay bastante nivel de ruido, y la sensación es de que uno está en un restaurante chino. Chino a tope, quiero decir. De los que tienen una figura de Buda en la puerta.

También es cierto que hemos tenido mala suerte, porque la mesa que nos han dado está en un rincón, lejos del meollo del asunto que, después, en una visita al baño, descubro que está en el piso de arriba. Curiosamente, en el Etcétera pasaba lo mismo muchas veces: el meollo del asunto en el piso de arriba. Además, en la mesa de al lado, que siempre es muy importante, sientan a unos parientes de la familia Monster.

En el lado positivo hay que decir que tienen cerveza china Tsin-Tao. Muy suave. Ideal para una quedada de Rodríguez, y para que caigan tres por cabeza sin que ninguno de nosotros se despeine. Que la carta es mucho más bonita que la del restaurante chino medio. Y que tienen algunas (tampoco muchas, aparentemente) cosas originales, para comer. Vamos, relativamente similar al Tao, que podría considerarse el que ha introducido este concepto de pan-asiatismo en Madrid.

En particular, los platos fuertes son las dos modalidades de pato que sirve: pato crujiente al estilo Zen y pato saltaedo en salsa Sa-Cha. Se piden para dos personas, pero nosotros pedimos los dos para los cuatro que somos. El primero se sirve en una especie de creps o tortillas (de harina de arroz, supongo), con puerro y pepino. Algo dulces, para mi gusto, pero buenos. A unos 12 Euros por persona. El segundo, nos lo ponen en una fuentecilla en el centro, y consiste en unas lonchas bañadas en una salsa marrón que también es algo dulce. Pero el pato está bueno. Y, para tranquilidad de mi madre, si me oyera, hay que decir que tiene la ventaja de que se ve bien lo que uno come (que en estos sitios de chinos ya se sabe que te dan gato por liebre y no tiran nada a la basura).

En los primeros, somos más estándar. Pedimos dim-sum, que sirven en una cesta con tapa, y que está bastante bien. En especial, para dos de mis amigos, debido a una salsa roja algo picosa, que tiende a levantar el ánimo y a que el comensal levante la botella de Tsin-Tao con cierta frecuencia. También tomamos unas brochetas de pollo al curry, no demasiado notables, y unos rollitos de langostinos que están geniales (también con la ayuda de la picosa salsa roja). Hay que conceder que no hay demasiado parecido entre este tipo de rollito y los tochos bañados en sabe Dios qué grasa/aceite que te sirven en los garitos chinos de Hortaleza o Caballero de Gracia con Montera (la patria del arroz MIL delicias). De aperitivo nos ponen unas algas fritas que saben entre a chanquetes y a té verde, muy buenas. Y adecuadas para acompañarlas con los tragos de Tsin-Tao.

Los postres son prescindibles. Helados y sorbetes, en su mayoría. Y ni siquiera los hay de té verde.

Todo incluído, unos 25 por cabeza (que no está mal, eso sí es cierto).

En definitiva, la comida es agradable y la calidad/precio también. Pero el diseño decepciona. Podían haber ido más lejos. Incluso el Wok Café de la calle Infantas le podría ganar por goleada. Y en algunas mesas no hay ‘vidilla’ (sólo los Monster al lado). Una lástima.

Ah, y eso de que algunos camareros ‘se asemejan a ejecutivos de Wall St’ que dicen en El País lo hace a uno cuestionarse cuántas Tsin-Tao llevaba ya el crítico entre pecho y espalda cuando llegó a esa conclusión. Pero por probar que no quede. Así que el siguiente movimiento es irnos al Causeway (irlandés en General Martínez Campos) a beber Heineken hasta que entendamos estos sofisticados parecidos. Lamentablemente, cuando salgo de allí, a las cuatro y media de la mañana, no entiendo ni los parecidos ni muchas otras cosas. Y mañana a trabajar. Qué vida más perra.

El Chaflán
Wednesday, July 17, 2002

Por tercera vez consecutiva, invito a mi parner a cenar en el Chaflán por mi cumpleaños. Por esa misma razón, es un restaurante al que asocio con el verano. Supongo que no me ocurre sólo a mí, porque uno de los factores que diferencian a este sitio, y que lo hacen más atractivo para mucha gente es... su terraza de verano. Conforme a mi criterio, nosotros no vamos a la terraza.

Y eso que la terraza del Chaflán no está mal. Por ejemplo, no es de estas que sólo están separadas del ruido, y del humo, de los coches por un minúsculo toldillo, de forma que a uno le da la sensación de estar comiendo, literalmente, en la calle. Ni tampoco es (como la injustamente famosa del Sacha) un alarde de oscuridad y de mucho mirarse a los ojos, en un patio de vecindad que (sin duda) muchos vecinos de los pisos próximos pueden contemplar en cualquier momento. No. Como el Chaflán es un restaurante de hotel (el Hotel Aristos, en Pío XII), la terraza está ya dentro de las instalaciones del hotel, y ni tiene ruido, ni humo de coches, ni vecinos asomados a balcón. Además, ha sido sometida a una reciente reforma que la ha hecho más bonita.

Sin embargo, el interior es bastante más atractivo, para mí. La decoración es, como la del Soroa, muy minimalista. Pero más conseguida. Muy en la línea de la tienda de Calvin Klein en Madison Avenue (NY), que es el ejemplo que siempre pongo para este tipo de decoración. Siempre me acuerdo de esta tienda. Probablemente porque allí fue donde, en 1996, en el típico delirio de recién-independizado, me dejé unos 400 dólares en menos de cinco minutos, comprando ¡ropa de cama! Un maldito cubre-edredón de cuadritos y sus correspondientes fundas de almohada. Es entrañable recordar la importancia que daba yo a estas cosas de la cama, en aquella época de soltero. Total, para que luego algunas de las personas que tenían oportunidad de disfrutar de semejantes diseños fueran chavalas de las que te cuentan que les gusta más el libro de Parque Jurásico que la película. En CK también tuve la mala suerte de que fui a dar con un dependiente muy neoyorquino, que era una máquina, el tío. Te conseguía lo que le pedías en menos de 15 segundos. Y casi no te hablaba. Muy minimalista. Como el sitio. Después me tiré más de dos horas alelado, en Central Park, tratando de recuperarme. Y pensando cómo iba a sobrevivir el día o dos que me quedaban, con la Visa tan cerca del límite.

El Chaflán tiene las paredes desnudas, mantelería de esta de hilo, muy limpia de colores (combinando blanco y hueso), e incluso tiene en uno de los lados una especie de ventanal desde el que puede verse parte de la cocina. Supongo que tampoco es el Bulli (o por lo menos lo que dicen de él, porque yo no he ido nunca), pero es un poco en ese plan.

Nada más llegar, tengo la sensación de que la clientela ha ido perdiendo lujo y fantasía en los tres años que llevamos viniendo. Dado que los precios han ido ganando tanto lujo como fantasía, supongo que es sólo una sensación. Pero recuerdo que la primera vez, en el 2000, había un menda con traje oscuro acompañado por un par de chavalas, también de oscuro, que para qué las prisas. Y una atmósfera más juvenil. Será (o no) la crisis, pero ahora hay más gente mayor (que yo, por lo menos, y ya es decir, al paso que voy). Bueno, también hay algunas que otras parejas jóvenes. Pero son feíllos. Tanto o más que el que suscribe. Y me decepciona un poco. A la mesa nos ha traído una chica que luego comprobamos que es la sumiller (lleva colgando no sé qué instrumento que lleva esta gente, y un delantal muy serio). A mí la verdad es que me recuerda a una artista, algo así como la cantante esa que cantaba la canción de la vuelta ciclista a España del año pasado (o de hace dos), ‘corazón congelado’. Pero igual son tonterías. Es más, casi seguro que lo son.

Mientras miramos la carta, nos ponen un plato con chucherías de estas que, sin dejar de serlo, dan al cliente una cierta sensación fashion. Y que incluyen una especie de virutas de pimiento (rojo y amarillo) fritas, con un cierto sabor como a pimentón, que recuerda a la ñora. Y aceitunas. Ambas cosas tienen notable éxito con mi parner.

La comida, este año, no me impresiona tanto como el año pasado, por ejemplo. Es decir, los precios un poco más. Pero el nivel general, con ser brillante, me parece peor que, digamos, Balzac, donde hemos ido hace poco. Como otras veces (¿me estaré volviendo el típico cascarrabias envidioso?) me gustan más las cosas que pide mi parner. Mientras esperamos que nos traigan los platos, pasan por la mesa dos aperitivos. El primero, una deconstrucción (‘la esencia del gazpacho’), que consiste en una especie de gelatina, algo aceitosa, con trocitos de cosas. Su sabor, es cierto, recuerda al gazpacho. No está mal. Pero las he probado (deconstrucciones) más interesantes. El segundo, un taquito de lomo de orza con pimiento. Bien. Aunque no demasiado fashion, la verdad.

De primeros, pedimos chipirones con salteado de vainas y helado de mostaza (17.90), yo, y alcachofas con mollejas al amontillado (18.25), ella. Los chipirones están bien. Y el contraste de texturas (hay gente a la que le pone, esto de las texturas, así que por qué no lo voy a decir) entre el bicho, las vainas, y el helado (que además aporta el contraste caliente-frío, y sabe a mostaza) podría dar mucho que hablar. Incluso en serio. Pero cuando pruebo las alcachofas tengo que aceptar que están más conseguidas. Muy, muy bien. La única pega, que lo sería para varias de mis amistades así, más tragonas, es que es un plato un poco escaso. Pero estamos en la versión gastronómica de la tienda Calvin Klein. Qué esperábamos.

De segundos, ella pide atún rojo con sopa de pimientos y verduritas (29.90), que es un plato que trae sabores salados (el atún), dulces (los pimientos), amargos (una verdura que debe de ser borraja) y ácidos (una fresa aderezada con sal). Muy bueno. Yo tomo mero con boletus y percebes (en la carta ponía navajas, y el cambio no me lo advierten, pero en fin). A 30.15. Está bien, pero es menos espectacular que el atún. Aunque lo de los percebes tiene su aquel. Para qué nos vamos a engañar.

El postre que tomo, a pesar de la apariencia del nombre (dulces de mora con queso) y a pesar de su precio (9.66) flojea un poco. Es decir, no está mal, pero no deja la huella que dejaría, por ejemplo, el espectáculo de un par de chavalas con traje oscuro en la mesa de al lado.

Con el vino nos engañan un poco. Porque el metre nos ofrece uno que es ‘el recomendado’. Y uno indefectiblemente tiende a pensar que entonces será uno de los básicos. Además es un Crianza del 98 (Guzmán Aldazábal). Y además nos lo sirven en las copas básicas. En la mesa de al lado, donde no sé si he dicho que no hay dos chavalas con traje oscuro, y sí una especie de mujerona con gafas de concha que echa soflamas sobre la corrupción del poder judicial, piden Solagüen y les cambian las copas para ponerles unas más nobles. Sin embargo, nos cobran 24.03, por el maldito Guzmán Aldazábal. Claro está, habría que haber visto cuánto cobran por los demás... La carta de vinos no nos la han ofrecido. Y la artista/sumiller no ha pasado por nuestra mesa. Y eso que hoy no me había dejado la camisa por fuera.

Conclusión, sigue estando a gran nivel. Pero, sobre todo para justificar el nivel de precios y la fama, deberían espabilar. Balzac es, hoy por hoy, más barato, y me gustó más. Soroa es mucho más barato y no se nota tanta diferencia.

Pero el año que viene le daremos otra oportunidad. A la comida y a la mesa de al lado.

Bruselas
Saturday, July 13, 2002

Igual es cosa del verano pero, siete días después, volvemos a tener un sábado de gran dejadez. Aunque esta semana la verdad es que está justificado. El domingo es mi cumpleaños, y durante toda la semana ha habido ya las primeras celebraciones.

Primero el martes: bocadillo de BLTQ en la terraza Pepe’s (calle Puerto Rico) y a la cama a las 2 y media de la mañana, después de unas Heineken en un sitio de copas nuevo que han abierto al final de Serrano, en el edificio del 240. Con los de la empresa actual.

Después el jueves, con los de la antigua empresa: wraps (especie de burritos) de pollo tandoori y chili con carne (texas no sé qué) en la terraza Pepe’s. Y a la cama a las 3 de la mañana, después de unas pintas de Murphy’s (y de un chupito de whisky que pide algún desalmado ‘para los del cumpleaños’) en un irlandés (también nuevo) que hay en Puerto Rico esquina Colombia.

Total, mucha falta de sueño acumulada. Y encima, para acabar de arreglarlo, tenemos una fiesta el viernes por la noche. Una fiesta de cumpleaños, pero no del mío. En una casa nueva, con enorme terraza, muy apropiada para la noche veraniega, en mitad del barrio de Las Rosas. Gran ocasión para hablar de pisos con mi parner. Porque además no es que conozcamos a mucha gente. La fiesta no es que tenga un ambiente muy prendido. Más bien un rollo un poco maduro, en plan flashback de un pasado más enloquecido. Ponen, por ejemplo, un CD con Karina, Salomé y más música de esa. Y algunas chavalas, más bien bigardas, y más bien desganadas, bailan con intención (fallida) de parecer entusiasmadas.

Aparte de comentar el ‘tema pisos’ y contemplar las vistas (estamos tan lejos del centro de Madrid que resulta entretenido intentar identificar qué es lo que vemos), me dedico al transporte mayorista. De litros de cerveza de la nevera a la terraza. Mayorista porque no sólo yo los bebo, luego. Aunque tengo que reconocer que soy uno de los principales clientes minoristas. Y también me dedico a observar cómo una mujer (llamarla chica, o joven, sería faltar a la verdad), con un vestido azul evidentemente elegido para la ocasión o, lo que es casi lo mismo, para evitar que el personal masculino se fije en el cubista tabique nasal de la interfecta, seduce con las peores artes a un personaje, secundario donde los haya, al que reconozco de otras ocasiones. Un tío siempre muy amable y muy comedido. Vamos, que Errol Flynn tampoco es, el chaval. ¿Las peores artes? Cuando, entre vista y vista, aguzo un poco el oído, a ver lo que se dicen, escucho que hablan de emociones. Qué profundos. Ella le dice a él que ‘cuando estoy con alguien soy muy afectiva’. Toooooma. Y le explica. Que por ejemplo en una fiesta, podría tocarle así (contacto en el brazo), o así (contacto en la mejilla). Gana ella. Por puntos. Y porque es la leche de afectiva, la tía. El chaval se va viciando, y cada vez se le ve más orientado hacia el vestido azul.

Total, que de allí salimos a la 1 y media de la mañana. En taxi, porque el coche lo ha dejado mi parner (con gran sentido de la estrategia, muy discutido entre ella y yo durante toda la tarde) para la revisión anual. Y esa noche dormimos cerca de nueve o diez horas. Me levanto tarde. Algo que a mi edad actual (y peor el domingo) ya no suelo poder hacer.

Por la mañana, el planazo es, primero, ir a hacer la compra al Sabeco. Como no hay coche, la compra la tenemos que llevar a pelo, o a mano, así que la hacemos cerca. Después, al Arturo Soria Plaza, a varias actividades perfectamente prescindibles, pero con la ventaja del ambiente Melrose Place que allí se respira casi siempre. Por allí se nos hacen las dos, y aún no hay una decisión sobre dónde ir a comer.

Como tantas otras veces, el guap del móvil me salva. Consigo encontrar en él el teléfono del Bruselas, esa cafetería gastronómica del Parque de las Avenidas, donde además tienen una terracita que hoy, que hace casi fresco para la fecha que es, nos podría venir muy bien. Reservo a las dos y media.

Una de las ventajas que el Bruselas tiene para mí es que, sin estar al lado, está lo bastante cerca de mi casa como para que vayamos andando. Además, dan muy bien de comer, aunque sea un poco caro (‘es bueno, pero también lo pagáis’, es lo que dice el dueño).

Pero, sobre todo, el tema es que entrar aquí es sumergirse en la tradición de la clase media-alta madrileña de los 60s. De esta gente que vino, en su momento, al Parque de las Avenidas a vivir. En la carta del Bruselas ya dejan claro de qué van: ‘Fundado en 1962’. Qué cosa más grande. Y el público es bastante inequívoco. Este es un restaurante bastante de barrio. De este barrio. Hay mucha familia. Y un porcentaje tirando a alto de gerontocracia. Pero entrañable.

La comida ayuda a confirmar el efecto de viaje en el tiempo. Ni una sola vez que hayamos ido allí he permitido que no pidiéramos las gambas con gabardina. No sólo es que las hagan bien, que las hacen, sino que es una ración que, injustamente, casi no dan ya en ningún sitio. Le ha pasado justo al contrario que a las croquetas caseras, que hoy ya te las ofrecen hasta en los tugurios más infectos. Y lo mismo que al inmortal helado de tutti-frutti, muy sixties, también, que hoy es difícil de encontrar salvo en sitios como Bruin, en Marqués de Urquijo con Rosales. También tienen diversas ensaladas (punto fundamental para mi parner), y carnes y pescados de comprobada calidad. Mención aparte merecen, por ejemplo, las delicias de merluza rebozada, a un nivel prácticamente inalcanzable a día de hoy en Madrid.

Hoy nos ofrecen, como fuera de carta, unos chipirones a la plancha que están de muerte. Aunque también los pagamos, claro está, a 13.50 la ración. Esto, más las irrenunciables gambas (7.80), una ensalada (6.50) y dos claras, una copa de rioja y agua para beber nos acaba saliendo a unos 26 Euros por cabeza.

No es barato. Pero en la terraza se está muy bien. Y el servicio es fantástico (muy sixties, a un nivel de gentileza casi olvidado).

Nos vamos tan contentos, en dirección al cine Tívoli, a ver ‘El otro lado de la cama’. Las cosas de los sábados de gran dejadez.

Soroa
Saturday, July 6, 2002

En principio habíamos sido tentados para ir a cenar a El Escorial. Pero la perspectiva de tener que volvernos como a la una de la mañana, después de una cena y una velada terracera de éstas en la que a mí se me cierran los ojos, no nos ha seducido. Total, que ha habido que pensar alguna alternativa brillante para poder convencer a los que nos querían llevar a la Sierra.

Y se me ocurre que el Soroa es la mejor opción. No había mucho tiempo, además, así que es mejor excluir los sitios con terraza. Da igual que sean buenos o malos. La última moda impone que ‘lo más’ es ir a cenar a sitios con terrazas. Y yo no tengo nada en contra, si la terraza se utiliza para ir de copas o, todo lo más, para tomar unas raciones y unas cañas. Como mucho, se me puede convencer para ir, de buen grado, al típico quiosquillo con tortilla de patatas y vino con casera, de los que pocos quedan en Madrid y en Bilbao se llaman ‘cerveceras’. Pero ir a tomar los típicos dos platos más postre, con toda la parafernalia, a un sitio donde te llega el polvo de la calle, el ruido de los coches y las porquerías (de diversa índole) que sueltan a veces los árboles, es un atraso. Creo yo.

Descartadas las terrazas ‘de moda’ (el Iroco, donde quiere ir mi parner, o el recién abierto Los Cedros, dentro de un hotel de Arturo Soria con el mismo nombre, donde quiero ir yo), que al menos tienen la ventaja de que en ellas no cenas al lado de los coches, me decanto por lo fácil. O lo seguro. Y llamo al Soroa.

El Soroa abrió hace ya dos o tres años, junto al Paseo de Ronda (Raimundo Fernández Villaverde), en una zona de pocos lujos gastronómicos. Baste la muestra de que uno de los restaurantes más cercanos es el brasileño Los Galetos, cuya principal contribución a la población madrileña es facilitar la ingestión de todo tipo de platos tropicales en medio de la bruma cerebral que se genera tras pimplarse una, o mejor dos, caipiriñas mientras espera uno que le den la mesa. Lugar ideal para celebrar finales de carrera o despedidas de civil. Las tajadas con las que algunos hemos salido de ahí (y no quiero señalar) podrían tildarse de antológicas.

Aparte de eso, poco más. Al otro lado de la Castellana está el Sí Señor, mexicano, mejor como bar que como restaurante, aunque con platos contundentes muy útiles para la salida del Bernabéu. O el Lateral, punto de reunión (es un decir) de los amigos de Alejandro Agag (es otro decir), futuro miembro político (cómo no) de la familia Aznar. O de sus imitadores.

El Soroa es, sin embargo, como un oasis de no-vulgaridad, en todo este desierto. Restaurante quizás menos conocido que otros de no mayor nivel, pero de mejor ubicación y mayor precio, como el Balzac, El Chaflán. Y mejor (a mi juicio) que algún otro de parecida brillantez, como el Romesco de la calle Gravina. Mejor con claridad, en todos los sentidos, que el Reche del Barrio de Salamanca (aunque éste también me gusta, que conste).

Como muchos otros sitios hoy en día, cambian de carta con las estaciones del año. Creo que es una moda que introdujo, en el pasado, el restaurante Las Cuatro Estaciones, pero que ahora es muy común. Y desde que lo conocimos suelo decirle a mi parner que deberíamos probar las cuatro cartas.

Este año vamos camino de cumplirlo, porque ya estuvimos en invierno y en primavera. Y hoy probamos la de verano. En ella, grandes hallazgos, como la crema cuajada de erizos con ensalada de borrajas y brotes, o el salteado de trigueros y carabineros con mollejas y fideos fritos al cardamomo, que tomamos de primeros (para compartir, decide mi parner).

Antes de estos primeros, dos aperitivos (¡dos!): un vasito con una crema de yogur con berberecho y compota de tomate, y un espectacular pastelito de txistorra con hongos, almendras y puré de manzana.

De segundo, mi parner toma rape asado con guiso de pulpo y aceitunas negras y romesco de hierbas. Para mí, bacalao sobre choriceros y morcilla ibérica acompañado de polenta con rebozuelos. Como me ocurre a mí frecuentemente, casi me gusta más lo que pide mi parner, aunque es difícil decidir. Lo que sí está claro es que son platos muy distintos. El rape tiene un toque casi oriental, con un perfume tipo hierba limón, que recuerda vagamente a la cocina tailandesa. El bacalao es algo más contundente, con la combinación mar y montaña por la que me suelo dejar seducir con cierta facilidad. La tajada de bacalao, desde luego, está de vicio. Y, como diría mi madre, es de las que ‘sólo se las venden a los restaurantes’, porque eso en las tiendas es difícil de encontrar. Afortunadamente, no dedico una gran parte de la velada a reflexionar sobre este tema tan candente.

Todo esto, en un ambiente elegante, con mesas relativamente distantes unas de otras, una decoración bastante bonita (algo minimalista, pero eso a mí me gusta) y un servicio tirando a impecable.

De postre tomo sopa de lima y regaliz con sorbete de melón, porque estamos en verano y no me atrevo con la cuajada quemada con miel y almendras que en otras circunstancias no me hubiera saltado ni de coña.

Con vino (media botella de Somontano –Enate- porque se empeña mi parner en lo de la media botella, y tal vez hace bien...) y café (un poco flojo) para mi parner, nos sale por 109 Euros los dos. Que no es barato, eso está claro, pero sí aguanta bien (dado el nivel) la comparación con otros lugares similares. Supongo que la localización también cuenta, aunque es cierto que la del Soroa tiene sus ventajas: no estamos manifiestamente rodeados de público guiri (como los turistas posh -¿del Ritz?- que llenaban el Balzac hace pocos días).

Después, en clásico atentado a la gastronomía y a las buenas costumbres, vamos andando hasta la terraza del Irish Rover, donde me pimplo una pinta de Murphy’s y me quedo tan ancho (literalmente).

De Pura Cepa
Saturday, July 6, 2002

Sábado de gran dejadez, de los que aparecen (misteriosamente) a partir de los 30 (años). Dedico la mañana a, primero, recoger en correos el libro de Stephen Wolfram (‘A New Kind of Science’), que me ha llegado de Amazon, y, después, a recorrer bar tras bar. Como en los viejos tiempos. La razón es que mi parner ha quedado con su hermana para ir de rebajas. Y que yo no tengo mucha pasta, tampoco, para ir en paralelo (cosas de la vivienda moderna). Ir a la vez no se plantea, por supuesto. Eso no hay humano que lo aguante. Y menos si no está en fase de impresionar a su parner (a veces hay que hacer estas cosas para ligar). Total, que la alternativa ideal me parece dar un paseo por Madrid, y salpicarlo con cañas en diversos sitios.

Afortunadamente, antes de iniciar la excursión dejo el libro en el maletero del coche, porque es una especie de guía telefónica (más de mil páginas). Muy bonito, eso sí. Y número 1 de ventas en Amazon. Dejamos el coche aparcado en Jorge Juan, muy cerca de donde acaban de abrir la nueva sucursal del Tres Encinas, cuyo original, en Callao, es un grandísimo bar, aunque caro y con unos camareros que a veces pecan de subnormales. Justo al lado, también, del Alkalde. No menos grande, no menos caro y con camareros, eso sí, bastante correctos. Pero son las 11 y media y me parece un poco fuerte empezar ya con las cañas.

Desde allí, vamos andando mi parner y yo al Massimo Dutti de Serrano, donde la dejo a ella tan contenta, miro los polos rojos y llego a la conclusión de que no me quedarían bien, y me largo al Corte Inglés de Serrano. Tras la previsible adquisición de un polo (verde), emprendo camino hacia Argüelles. Allí quiero comprobar qué pinta tiene un bar que los del Tatana (esos argentinos tan marchosos de los que hablamos otro día) han abierto hace poco. Se llama Kincho.

La ruta de Serrano a Argüelles, por Marqués de Riscal, Caracas, Santa Engracia, Trafalgar, Eloy Gonzalo, Quevedo, Arapiles y Meléndez Valdés, es entretenida. En Marqués de Riscal hay una pareja (mixta) de algo así como drogadictos, y ella le grita a él ‘qué te he hecho yooooo, para que me desprecieeees de esa maneraaaaa’. El se limita a gritar ‘vete’, a lo que ella contesta ‘no me da la ganaaaaaa’. Los barrenderos que limpian la calle contemplan la escena, de lejos, como quien ve Gran Hermano. No me sorprendería que alguien estuviera grabándolo todo para TV. Más tarde, el paso por Eloy Gonzalo me permite comprobar el olorcillo (no muy sano) que desprende, ya a estas horas, el bar El Brillante, reciente escenario de bocatas de calamares post-partidos del Mundial. Sólo tras un montón de cañas en el Ferreras se puede uno atrever a comer aquí. Un sitio donde yo he visto (uno de los días) a un menda con inmortales pantalones ‘mil-rayas’ y aspecto más bien decadente cerrar su almuerzo echando migas de pan en un vaso de agua, removiendo todo, y echándoselo al buche. Gran postre. Ni en Gran Hermano puede verse esto (todavía).

Para cuando llego al Kincho, son las 12 y media. Las zonas sin tiendas empiezan a estar ya más practicables. A pesar de todo, no es el tal Kincho un sitio para que yo entre a tomarme una caña. Parece más bien un anexo del Tatana. Tienen terraza en plena calle Galileo (el Tatana también ha abierto una). Y una pinta razonable. Dicen que el Kincho tiene raciones creativas. Habrá que probarlo. Pero no hoy.

Las verdaderas visitas a los bares empiezan después de volverme a Salamanca en metro. He quedado con mi parner en el De Pura Cepa, bar junto al antiguo Palacio de los Deportes, en la calle Fuente del Berro. Antes, visito un bar anodino (peor pinta por dentro que por fuera) de la calle General Pardiñas (El Sacacorchos), voy al Jurucha a tomarme el par de croquetas (una de jamón, bien, y una de huevo, tremenda), visito el mercado de La Paz para echar un vistazo a un bar que había (y hay) a la entrada (decido no entrar), y me dirijo a la zona de Ibiza, para ver el ambiente en El Deseo, calle Sáinz de Baranda, donde el pulpo tiene mucha fama. Y del Mítulo, calle Doctor Esquerdo, especializado en mariscos y cosas así, un gran sitio a pesar de que lo tengo un poco abandonado, en los últimos años (y no porque sean del Atleti, aunque la verdad es que esto debería ayudar).

Al final, tras seis cañas en sucesivos sitios, y tras comerme pinchos en varios de ellos (aunque nunca con el volumen ni el nivel de las croquetas del Jurucha), llego al De Pura Cepa.

Es un bar de mucho diseño. No en la pinta pero sí en lo que dan para comer. Un poco atípico en una zona donde la gran fama se la lleva un garito llamado El Barril, que es muy en plan cervecería/marisquería, tipo El Camarote o El Timón. Con mucha peliteñida, vamos. En el De Pura Cepa, peliteñidas las justas. Más gente, digamos, modernilla. Pocos miembros del club de fans de Álvarez del Manzano.

En su debe había que apuntar, hasta hace no mucho, un servicio tendiendo a espantoso. Incluía, por ejemplo, a un menda barbudo y coletudo que, si a un cliente se le ocurría revisar la cuenta (especialidad de mi parner, donde las haya), tardaba décimas de segundo en soltarle una calculadora, para que lo hiciera más fácilmente. Eso sí, con la violencia con la que te pueden poner un whisky en un película del Oeste. Grandes modales. Y no es que yo tenga nada en contra de los barbudos (otra cosa es el tema de los coletudos, claro está).

Pero eso ha cambiado. Ahora hay una camarera argentina bastante simpática, que te pone unas tapas que tiembla la barra, con cada caña que pides. Cosas como tacos de tortilla de patata (de dimensiones respetables), o unas curiosas rodajas de morcilla rebozadas.

En cuanto a las raciones (y canapés, que también los hay), siguen siendo excelentes. Como siempre. Muy aconsejables las croquetas y las ensaladas. Una de éstas, de tres quesos, está en el top personal de mi parner y mío, junto a la de espinacas del Paper Moon. Muy buenos también los chipirones encebollados y los solomillitos. De impactantes nombres los postres (que nunca he probado, pero que probaré si nos acercamos algún día a cenar).

En definitiva, un magnífico sitio. De los mejores bares de Madrid. A la altura de clásicos como el Hevia, el Entrevinos, el Zocodover, la Castela, y otros.Y comparable (con ventaja, además), con muchos restaurantes 'de postín'.

Después de comer, como (casi) siempre, a hacer la compra. Sólo que hoy la tenemos que hacer en El Corte Inglés de Goya, porque mi parner tiene que cambiar unos vaqueros y mirar no sé qué otras ropillas. No me libro. Ni a base de cañas.

La Alpujarra
Saturday, June 29, 2002

Noche de verano en la que se nos convoca para conocer un nuevo lugar. Bueno, el lugar no es nuevo, pero no hemos estado nunca. Ventajas aparentes: está cerca de casa, dan comida que le puede gustar a mi parner. Desventajas: a mí me suena que es más bien en plan bar, pero se me dice que ‘no es ninguna tasca’, sino ‘un restaurante que está muy bien’. Suficiente para echarse a temblar. De paso hacia allí, andando por Príncipe de Vergara cerca de la Plaza del Perú, descubro que han abierto un nuevo ‘Los Zuritos’ (el otro, que yo sepa, está en Ponzano). Mucho ambientillo. Me pregunto qué hacemos yendo a un restaurante que está muy bien, habiendo tascas como esta.

Lo primero que notamos cuando llegamos a La Alpujarra es que la entrada es, efectivamente, en plan bar. En fin, no es ninguna tasca, tampoco, pero sí una barra en la que individuos semicalvetes con camisas POLO (no confundir con camisas polo) lucen chavalas de tops ajustados y piden raciones en plan andaluz. A pesar de estos individuos (cuya pinta es más bien de ingenieros recientes, de estos atontolinados) y de las chavalas, que tampoco son decrépitas (¿he dado esa sensación?), sí se nota un porcentaje elevado de personas mayores. Mayores que yo, quiero decir. Que a estas alturas tiene su mérito. Pero esto es sólo el principio.

Como hemos llegado los primeros, nos colocamos estratégicamente en la barra, a esperar. La estrategia que seguimos (sigo) es (1) que haya hueco, (2) que estemos cerca del surtidor de cerveza –que siempre da buen rollo- y (3) (si es posible) que tengamos línea visual directa con alguna de estas parejas de calvete, etc. Yo, más que nada, para observar el comportamiento humano (sobre todo el de etc.)

Llegan nuestros amigos, los convocantes, y nos vamos para dentro, en busca de la mesa reservada. Y es un excursión larga, porque el sitio es grande y laberíntico, por dentro. Tras cruzar (me parece a mí) varios salones, llegamos. La primera sensación es un poco desoladora. Aumenta la proporción de personas mayores. Y se reduce a su mínima expresión la de tops ajustados. Quiero decir, la de calvetes.

Nada más sentarnos, recibo las preguntas normales que corresponden a mi fama de crítico sin igual... ‘Así que este sitio no lo conocías ¿eh?’, ‘Aquí no habíais estado nunca ¿eh?’. Con la habilidad social que me caracteriza, respondo que no, pero que ‘a juzgar por el ambiente, debería haberme pasado otros 20 años más sin venir’. Se hace el silencio. Soy un desastre. Y un exagerado.

El sitio es cómodo. Un plan muy ‘La Giralda’ (sede Claudio Coello, por ejemplo). No tiene tortillitas de camarones, pero sí pescadito frito. El plato estrella, según los convocantes, es la lubina a la sal. Pero también tienen dorada. A la sal. De aperitivo nos ponen unas tostaditas con salmorejo que se dejan comer. Sobre todo por mi parner, que en estos casos es voraz.

De primeros, ensaladas y fuente de pescadito frito. Las ensaladas no están mal. El pescadito frito sí (está mal). Se salvan los salmonetes, que parecen frescos. El resto, incluidos unos chanquetes que se ofrecen como gran aliciente, es de lo más revenido. Muy en línea con el nombre del local. Al fin y al cabo, la Alpujarra está en Granada, y el pescadito frito de Granada, al menos de la capital, si tiene fama de algo es de barato. Pero de bueno... no tanto. Me como salmonete y medio y me inflo un poco de Barbadillo (el vino que hemos pedido, muy a tono con el restaurante) para compensar. No aconsejo pedir pescadito frito aquí ni de coña.

Después está el tema de los pescados a la sal. La lubina debe de ser lo más guay. Pero no tienen para séis. ¿Tan tarde es? Bueno, ya se sabe que nosotros los jóvenes cenamos más tarde. Dos de nosotros pedimos, pues, dorada. Yo, siempre dispuesto a sacrificarme.

Y el resultado es que Dios acaba premiando a los mártires. La dorada a la sal que nos traen está mucho mejor que la lubina. Sí que tiene la pega de que el que la ha limpiado (antes de traérnosla) no ha estado muy fino, porque abundan los granos de sal gorda mezclados con la carne del pescado. Pero en fin, tampoco está mal. No es lo que te puedes tomar en el Alborán (por poner un ejemplo más refinado, incluso en su decadencia actual), pero se deja comer. Sin embargo, de la lubina se queja mucho el personal. Incluidos los convocantes, que han venido más veces y que aseguran que suele tener mejores días. Habrá que confiar en eso.

De postre me tomo un helado correcto. Pero tampoco es que los postres impresionen demasiado. Los platos fuertes los dejan para el final del todo, para después del postre: Con los cafés, en vez de los ‘miñardises’ de otros sitios, aquí te regalan un tiesto. Con tierra, planta, y todo. Uno a cada una de las ‘señoras’. A mí me deja un poco estupefacto, pero estoy seguro que dentro de 20 años estaría encantado de recibirlo. Lo que sí que no conozco es ninguna tasca en la que te regalen un tiesto al salir. Está claro que esto no es ninguna tasca.

La Tasquita de Enfrente
Friday, May 24, 2002

No suelo escribir sobre los sitios a los que voy a comer. La mayor parte de las veces son sitios de menú del día. Casi siempre los mismos (sitios). Y de la misma zona. Pero la verdad es que debería hacer excepciones. Esta teoría se ha confirmado este viernes.

La gente con la que voy a comer habitualmente no es amiga de pagar más de lo que pueden financiar con los vales que nos da la empresa (7.80). Es un fenómeno muy típico entre la juventud española, yo no digo nada. Y además tampoco llegan al extremo que yo he visto en jóvenes desplazados por la empresa a Sao Paulo (Brasil), donde con dietas de unas veinticinco mil pelas diarias hay gente que se dedica a alimentarse todos los días en un garito italiano no muy refinado donde sirven los espaguetis con pala. Espaguetis que cotizan a múltiplos (precio por fideo) irrisorios, claro está. También he llegado a conocer a un elemento que presumía de la buena forma física que estaba consiguiendo en Brasil (‘he perdido varios kilos’) y, por supuesto, no te decía esto durante la cena. Él no quedaba para cenar, sino después, porque cenar ya cenaba unas latas en la habitación del hotel. Un menda que contaba que en Brasil estaba ganando (gracias a las dietas) ‘lo que gana un director general en España’. Con un extraño brillo en los ojos lo decía, el cabrón. Así que yo no me sorprendo de nada.

Sin embargo, no toda la gente es así. Prueba de ello es que, pese a que advierto varias veces de que en el accua.com aparece La Tasquita de Enfrente con cuatro simbolillos de Euro (sobre cinco, o sea, un sablazo), dos valientes, entre mis compañeros actuales, deciden que vayamos a comer allí. Encima, según me han dicho por teléfono, no admiten vales de comida y no tienen menú. Se palpa el riesgo de la bancarrota...

Y no hay sorpresas, en ese respecto. Es verdad que la calle de La Ballesta no es, quizás, el entorno ideal para este tipo de sitio. Y, de hecho, justo antes de doblar la esquina de Desengaño con Ballesta, vemos a una voluptuosa mujer de pelo oxigenado y pinta sudamericana que llama a gritos a otras dos no menos oxigenadas y minifalderas que descansan (es un decir) en la siguiente esquina. Pero no es éste el público que va a la Tasquita de Enfrente. Hay otros lugares en la zona que (este público) trabaja más. Como donde comimos el lunes, un chino que acaban de abrir en la esquina de Caballero de Gracia con Montera (lo más noble del país, vamos), donde puedes llenarte de “arroz mil delicias” (sic) a menos de 1 peseta por delicia. ¿Quién da más?

Sólo la pinta que tiene el restaurante, según entras, ya te indica que estás jugando en primera división. El local es pequeño, pero está bien puesto. Además, los que te reciben, que luego resultan ser los propietarios, lo hacen con esta cordialidad característica que no hace presagiar nada bueno, en términos económicos. La misma cordialidad con la que una vez, en el Bruselas del Parque de las Avenidas, tuvo con nosotros el dueño, que se acercó a preguntarnos si estaba buena la merluza. Cuando le dijimos que sí nos contestó: ‘también la pagáis...’ Pues eso.

Para terminar esta orgía de presagios, la carta es leída (o cantada, como les gusta decir a algunos). La dueña/metre nos cuenta que, de primero, nos pueden hacer como cuatro o cinco platos de setas diferentes. Colmenillas, rebozuelos, y perrechicos, que yo recuerde. Además, varias otras cosas, desde foie fresco salteado hasta ensalada templada de chipirones y patatas. Cuando termina de recitar, estamos un poco desconcertados, ante tanta variedad. Lo que ocurre, cuando se está acostumbrado, a estas horas, a la simple decisión entre rollito de primavera o rollito especial. Por fin pedimos unos perrechicos en revuelto (es temporada de perrechicos) y la ensalada de chipirones.

Al chef, un personaje afable y gordo como no hay dos, le ofende un poco lo del revuelto. Viene a la mesa y nos dice que no nos lo va a hacer. Que el huevo le quita el sabor al perrechico. Que es un atentado gastronómico. Que le va a echar la bronca a su mujer por ofrecerlos en revuelto, porque a él sólo le parece bien saltearlos y ya. Muy impactante. Yo, que soy de carácter lábil, estoy a punto de ceder. Pero uno de mis compañeros, de origen vasco, no da su brazo a torcer, entre otras cosas porque (dice después) su madre los hace en revuelto. Qué le van a enseñar a él. Además, la mujer nos da la razón y nos dice que al marido no le hagamos ni caso.

Un poco teatral, todo esto. Pero simpático. De paso, el chef, que no sé por qué lo llamo así porque tan pronto está en la cocina como está en las mesas, nos dice que es que le da pena hacer el revuelto porque los perrechicos ‘son difíciles de conseguir, y además son carísimos’. Acabáramos. Mucha cordialidad, es lo que hay aquí.

Cuando llega, comprobamos que, efectivamente, están mejor las setas que el revuelto que las envuelve. El plato no está a la altura del que comí el año pasado en Etxanobe (Palacio Euskalduna de Bilbao). Pero, en cualquier caso, se acerca. Después, los chipirones son magníficos, a la plancha, acompañados de trozos pequeños de patata cocida y regados con aceite de oliva. Gran hallazgo. Pagaremos o no, pero esto es primera división, también en lo que dan.

De segundo nos hemos centrado en las carnes. Mis compañeros toman entrecot de buey a la parrilla, poco hecho (lo cual aprueba el chef gordo cuando se entera). Yo tomo carrillera de ternera, que me parece un plato que aquí puede que lo hagan bien. Ni mis compañeros ni yo nos equivocamos. La salsa que acompaña la carrillera está excelente. Tanto que cedo a una tentación a la que no suelo ceder y mojo pan en ella. Y la carne está, en general, muy bien. Se lo decimos al chef en su siguiente (trigésima, quizás) visita. No parece que esto le quite un peso de encima (aunque para eso a éste le harían falta varios meses en Sao Paulo, con uno que yo me sé).

Falla (algo tenía que fallar) el postre. O fallamos nosotros, al pedirlo. La tarta de queso es, inequívocamente, industrial. Tanta zalamería con el revuelto y ni siquiera nos advierten de este detalle. Este tema deberían cuidarlo, si quieren estar en el nivel en el que quieren estar.

Todo lo dicho, con cafés, pero sin vino, nos sale por 104 Euros los tres. Pero ha merecido la pena (extraordinarios chipirones, muy buenas las setas...) Evidentemente, es algo más caro que el chino de la calle Caballero de Gracia. Y eso que éste último lo anuncian en el metro Gran Vía, y esa publicidad hay que financiarla. Se entiende que la economía china vaya como un tiro.

Al Norte
Tuesday, May 14, 2002

Vísperas de San Isidro, y de la final de la Copa de Europa. Es previsible lo que va a ocurrir al día siguiente. No con el Madrid, aunque está claro que confiamos en él, sino con nosotros. Así que es un buen momento para una cita con parejas. A cenar a un sitio moderno, si es posible.

Y no es que haya muchas alternativas. Al menos aparentemente. Igual es que, como diría Point, se nota la crisis. O igual es que estamos muy mal acostumbrados, a ir nada más que a sitios recién abiertos.

A mí me ocurre con el cine. En cuanto pasan quince días desde el estreno, si yo no he visto ya la película, paso. No soporto escuchar a la gente de mi alrededor decir que está muy bien. Especialmente cuando la gente de mi alrededor son tías de entre 25 y 35 años. Ante esta evidencia, es mucho más trendi decir que uno no va casi nunca al cine que tener que admitir, entre horribles dolores emocionales, que espera ir a ver la puñetera película dentro de poco. Así que casi nunca voy al cine. Para gran mosqueo de mi parner (que tiene 30 años, por cierto). Y de algunos amigos que tengo de estos que siempre apoyan a las tías.

Y con los restaurantes reconozco que puede pasar algo parecido. O mucho más grave. Porque es difícil imaginar que en ningún sitio puedan abrir restaurantes a la misma velocidad que se estrenan películas.

Total, que pasamos algunas dificultades para seleccionar. A punto estoy de reservar, sin consulta alguna con los demás, en el Kikuyu de la calle Bárbara de Braganza, que estaba bien y hace mucho que no vamos. Otras ideas casi igual de poco originales son el Bice, italiano fashion pero de precios exagerados, en Génova, o el Dantzari, que es un sitio vasco del que tengo buen recuerdo, pero que es más apropiado para comer.

Afortunadamente para mí, un amigo sugiere el restaurante Al Norte. Que es bastante nuevo. Y que está en una zona interesante desde el punto de vista alcohólico, cerca de la calle Santiago, donde hace una semana visitamos el Café Barbú y descubrí que tenían San Miguel-1516 (gran cerveza). Además, entre los propietarios está la modelo Laura Ponte. Tema nada desdeñable que, por supuesto, no condiciona nuestra decisión.

Previa cita en La Atrevida, precisamente en la calle Santiago, donde me quedo con las ganas de probar los ‘Croquetones’ que anuncian en la puerta, llegamos a la hora convenida. No quiero llegar ni un poco tarde, porque en la llamada telefónica que he hecho para reservar he detectado un tonillo esquizofrénico en mi interlocutor que me ha dejado preocupado. Vamos, que no se me entienda mal: no creo que nos dé con un bate de béisbol, si llegamos tarde. Pero no me fío.

El sitio está justo donde hace años, puede que ya casi diez, estaba la segunda sucursal del restaurante ruso Rasputín. Un lugar en el que te daban blinis y steak tartare (carne cruda), que a ciertas edades podía ingerirse, incluso para cenar, sin torcer el gesto. A ciertas edades todo lo resuelve el vodka, claro está.

Al Norte no es bonito por fuera, con rejas en las ventanas y unos soportales un tanto tétricos para la zona, en un edificio de los años 70, o por ahí. Pero por dentro no se puede negar que es acogedor. Tal como cualquier persona sana podría prever, el metre nos recibe con total amabilidad. Aunque no puedo ocultar que no tiene lo que podríamos llamar un total control sobre sus movimientos, según nos lleva a nuestra mesa. Y se parece un poco al protagonista de Pesadilla en Elm Street.

Después de sentarnos, empieza a cundir el nerviosismo. No sé si mis compañeros de mesa se han dado cuenta del peligro que puede suponer este metre para la humanidad. Pero de lo que sí se dan cuenta es de que al resto de los camareros no los han sacado de la NBA.

Varios detalles: Para gran escándalo de uno de mis amigos, el metre de Elm Street recomienda con cierta intensidad (demasiada para ser trigo limpio) el rodaballo, que es un pescado que a mucha gente no le gusta. Una camarera temblorosa sirve el vino agotando la botella en la primera ronda, llenando de paso seis copas y el mantel (en siete partes iguales). A continuación recibe una notable bronca, delante de todos nosotros, por parte del metre. No quiero pensar en lo que le podría hacer si la vuelve a pillar. Con una sierra mecánica, por ejemplo. Además, la bodega es ‘poco profunda’, porque de un vino que pedimos no tienen, y de otro les queda ¡una botella!

La comida, sin embargo, está muy bien. Es decir, no es para llorar de placer, pero es original y está conseguida. La carta es en plan asturiano. Gracias al ángel de la guarda de mi estómago, nos quedamos sin probar las fabes con jabalí, que algunos valientes quieren pedir para compartir, porque hoy no hay. Curiosamente, son varios los platos para los que la carta señala, con un asterisco, que a veces no los tienen. Entre los primeros que sí que tienen hoy, las croquetas (E 6.30 por seis) están realmente buenas, la ensalada con quesos asturianos (E 6.50) no está mal, las verduras a la plancha (E 7.60) son intrascendentes y el torto de maíz con revuelto (E 6.90) está bastante bien, aunque es un poco canijo para compartir entre seis.

De los segundos, los mejores son la pasta con vieiras y jamón (E 10.80) y el bacalao confitado con sus callos (E 10.30), muy recomendado por el metre, por cierto. También están buenas las carrilleras de ternera (E 9.20) y la lubina al horno (E 12.70). La brocheta de pixín y langostino al aroma de martini (E 12.40) es un poco decepcionante.

En definitiva, mucho mejor la comida que el servicio. Si hay algo que objetar a los platos es que en casi todos los segundos puede encontrarse la misma salsa verde. Y este tipo de economías de escala no está bien que las soportemos los clientes.

De postre tomo un arroz con leche (E 4.20)demasiado líquido, indigno de un sitio asturiano. Otros toman frixuelos rellenos, o carbayón. Pero en general los postres decepcionan.

Sea como sea, hemos quedado como unos caballeros con nuestras parners. Mañana por la noche nos sumergiremos en el ambiente del Ferreras a tomar cañas oxidadas y a mirar la televisión febrilmente. Y si las cosas van bien, al Cubanito, como tantas otras veces. Es el signo de los tiempos, para los hombres españoles: si ya no nos quedan las cuadrillas de bar (ni siquiera a los vascos), ni mucho menos los conciertos musicales, uno de cuyos principales alicientes, de un tiempo a esta parte es, precisamente, ver chavalas, tendremos que darnos al fútbol, ¿no?

Sala
Saturday, May 11, 2002

El segundo sitio del fin de semana. Y también lo tenemos previsto con más de un mes de anticipación. Y no es que, como ayer, los que vamos tengamos problemas logísticos (dónde y cómo dejar a los niños, y tal). Aquí la cuestión es que el local tiene tanta demanda que hay que reservar con más de un mes de anticipación. Increíble pero cierto.

El Sala es un restaurante/mesón de Guadarrama. Enorme. Pero de enorme éxito, también. Igual que otros sitios, más o menos orientados a la comida dominguera, tiene una oferta poco variada, poco original en las preparaciones, pero de alta calidad en los productos. Su principal argumento, me dicen, mientras navegamos por la carretera de la Coruña hacia allí, son las gambas a la plancha. De la misma forma que la merluza a la gallega es el argumento del Pazo Coruña, o la combinación de tortilla de patatas más chuletón es el de la afamada Bodega de la Salud (donde, por cierto, todavía no he estado nunca), o incluso el cordero lo es para el maravilloso Casa Rafa de Quintanadueñas (Burgos). Este es el plan, pues.

Yo, después de la relativamente masiva ingestión de cervezas de ayer, voy un poco adormilado. Intento mantenerme despierto en el coche de nuestros amigos entregándome a una conversación en la que cuestiono abiertamente la necesidad de comprarse un piso. Con argumentos tan trabajados y tan profundos como que la propiedad sólo sirve en realidad para dejarla a los herederos cuando uno se muere, así que es mejor no sacrificarse para invertir y dedicarse a ‘vivir la vida’ (así digo, aunque ignoro a qué me estoy refiriendo). Sorprendentemente, nadie me pide que concrete más. Pero yo estoy lanzado, y digo que con la edad estoy desarrollando cada vez más el gusto por gastar frente al gusto por invertir. Mientras digo esto decido que, a la mínima ocasión, me compro un DVD. Que ya está bien... Hay que vivir la vida.

Total, que afortunadamente no tardamos mucho en llegar al sitio donde se supone que están las gambas esperando. Está lleno hasta arriba. Tanto las mesas, que al principio no se ven, como la barra que hay a la entrada. En la barra no sólo está la gente que espera a que les den mesa. También están los que vienen en plan bar, sin reservar con antelación. Así que se ve gente empleándose con energía en descabezar fuentes de gambas a toda velocidad.

Lo primero que llama la atención es que el público es más popular que en algunos sitios de ‘comida dominguera’ en torno a Madrid. Aunque en realidad me estoy refiriendo a los que estaban de moda en la ‘primera oleada’ de este tipo de restaurantes. Lugares como el Rancho de la Aldehuela, en Torrecabelleros (Segovia), o El Poleo, en Patones. Que eran a los que me llevaban mis amigos de Arthur Andersen en los primeros noventas. Por ejemplo, recuerdo sobremesas en El Poleo en las que una compañera de mesa, que además estaba más bien buena, disertaba sobre que el té tenía efectos distintos según el tiempo que se mantuviera la infusión: estimulantes si era poco tiempo y relajantes si era mucho (porque entonces soltaba los taninos). Además, no sé si he dicho que estaba más bien buena, la chavala.

Aquí, en el Sala, no me imagino estas conversaciones, ni tampoco el resto, todo sea dicho. El público es más popular, y también más entrado en años. En varias mesas hay grupos de gente con aspecto sexagenario. Hay muy pocos niños, aunque por suerte hay una celebración de comunión que compensa un poco... También hay parejas. Supongo que traerse a la pibita a tomar gambas el sábado al mediodía es un plan de lo más seductor. Hay incluso un menda que ha venido con corbata, y que lleva una acompañante de luk bastante carnívoro y pantalones de esos en plan segunda piel.

Nos sientan a las cuatro menos cuarto. Como me habían advertido, la carta es poco complicada. Sota, caballo y rey. Las gambas en primera línea. Pedimos un kilo, para ocho. Luego hay diversas cosas, la mayoría de ellas en plan raciones. Yo dejo que pidan los expertos.

Caen unas croquetas de jamón que están a alto nivel. Con estos detalles es con los que se consigue que yo vuelva a un sitio de estos, aunque nadie me hable del té. Después nos traen unas ensaladas mixtas bastante convencionales, cosa que a mi parner no parece cohibirla mucho. Y finalmente llegan las gambas.

Las gambas hay que reconocer que son excepcionales. No sé si justifican una reserva con un mes de anticipación, pero se dejan comer con soltura. Y a gran velocidad. El medio kilo que nos toca en mi parte de la mesa cae en pocos minutos. Qué demonios. Yo ya he hablado bastante en el viaje. Ahora me dedico a comer y a escuchar. Gracias a Dios, nadie habla de pisos.

Después de las gambas traen unos berberechos a la plancha. Bastante bien. Sólo uno o dos presentan síntomas de haber ingerido algo de tierra en algún momento. Pero son excepciones. Para terminar, nos tran un solomillo troceado con patatas fritas, para compartir. Está bien, pero bajo ningún concepto hace olvidar las gambas ni las croquetas.

De postre tomo un tiramisú que está bueno. Aunque el color amarillo que trae me parece que no se justifica con el huevo que dicen que lleva. Pero vamos, al margen de la radiactividad que debo de estar tragando, el tema se deja comer.

Todo esto, con vino y agua a discreción, sale por unos 30 Euros por cabeza.

Merece la pena ir. Quizás no tanto reservar con doscientos días... A la vuelta nos vamos a casa y mi parner evita pasar por el Corte Inglés, no vaya a ser que me dé por comprarme un DVD. Me dedico al ADSL y al audiogalaxy. A vivir la vida, vamos.

Can Punyetes
Friday, May 10, 2002

Han pasado unos días con poco contacto con la hostelería madrileña. Las razones incluyen un viaje a Irlanda. A Dublín. Donde nos ha llovido bastante, pero hemos tenido oportunidad de, digamos, probar la Guinness. Veinticinco pafs en 5 días. Y una pinta, como mínimo, por sitio. Alimentado sí que he vuelto. Y eso que yo nunca he sido un ferviente partidario de la cerveza irlandesa, comparada, por ejemplo, con la inglesa. Pero ha sido un descubrimiento constatar lo bien que entra allí, en Irlanda. Y advertir, también, que son muchos los irlandeses que se beben sus pintas cada día, a la salida del trabajo. Encomiable tradición.

Y no todo ha sido cerveza en el viaje, aunque parezca imposible. Hemos estado en varios sitios de comer bastante majos. Por ejemplo el King Sitric, situado en el suburbio costero de Howth, una especie de pueblo pesquero al que se puede ir en DART (el metro/tren de cercanías de Dublín). Con muy buen pescado/marisco, donde comí gambas y vieiras. O también el más fino L’Ecrivain, en el centro de Dublín, que, aunque algo caro, da bastante bien de comer, cosas como ostras con bacon, col y sabayón de Guinness, o rape con una especie de salsa de jengibre. A esto lo llaman nueva cocina irlandesa, porque consiste en utilizar ingredientes tradicionales de Irlanda y combinarlos de tal forma que por un plato se puedan cobrar 25 Euros. Pero qué demonios. El rape estaba excelente.

Y ya en España cuesta un poco romper esta inercia y retomar la vida social. Una de las primeras cosas que hago con mi parner es visitar un paf irlandés de Madrid, donde hay miles, después de la vorágine que han sido, en este sentido, los años noventa. Y comprobar que las Guinness (1) a diferencia de lo que ocurre con la cerveza inglesa, por ejemplo, la Guinness se parece bastante a la del lugar de origen, quizás con algo más de gas (lo cual la hace un poco más incómoda) y (2) están al mismo precio que en Irlanda, sobre los 3.50 Euros por pinta.

El fin de semana del 10/11 de Mayo tenemos el primer compromiso social. He quedado con los compañeros de facultad, que hace literalmente años que no los veo. Y hemos tenido que planificar la cita con meses (uno o dos) de antelación. Porque una quedada como esta, nocturna y sin niños, exige por su parte una planificación sofisticada. Somos cinco parejas. Y las cuatro que no me incluyen cuentan en su haber con dos niños cada una. Total, que estamos (están) resolviendo el futuro de España, los físicos de la autónoma. Quién nos lo iba a decir, hace quince años (que fue –ahí es nada- cuando terminamos la carrera).

Para cenar no buscamos el último grito, digamos. Ni el penúltimo. El Can Punyetes es un sitio contemporáneo, o casi, con las cuevas de Altamira. Es muy posible que aquí hayan venido, mis colegas, ‘de novios’. O cuando estudiábamos. Que ya he dicho que hace un tiempo de eso. Y, antiguo o no, tampoco es el colmo de la sofisticación gastronómica. Lo que yo recuerdo es que daban tostadas de pan con tomate y platos de escalivada o embutidos para poner por encima de ellas. O sea, un mix bar-restaurante de orientación catalana.

Pero no hago ningún esfuerzo por sugerir alternativas. Al fin y al cabo no todos los días dejan de comer pizza, mis colegas. Que lo de los niños tiene sus condicionantes, ¿no? Lo que sí sugiero es que reservemos. Y reservamos. Me cuentan, eso sí, que este es el típico sitio donde hay que llegar muy puntual, conforme a la reserva que se haya hecho, porque si no no la respetan. Todos son puntuales menos yo. Los problemas de la insoportable línea 2 del metro de Madrid.

Ya allí, la verdad es que lo que dan no está mal. Probamos varios de los entrantes, incluidas la escalivada, la esqueixada de bacalao y la ventresca de bonito. Todo bastante honrado y decente. Más que en algunos otros sitios más modernillos que han ido surgiendo, después. Y como segundos tomamos chorizo criollo, butifarra blanca, butifarra negra y asado de tira. Como era de esperar, es esto último lo que menos logrado está. ¿Qué tiene de catalán el asado de tira? Mucho hueso y una carne algo reseca. No muy recomendable.

Para beber tienen unos vinos de la casa que traen en unas frascas más bien carcas y horteras, con el cristal de estos tallados. Vamos, que no son de Habitat, precisamente. Pero el vino tampoco lleva es el que te darían en el Entrevinos. Así que todo muy coordinado. Yo, por si las moscas, me pido unas cervecitas. Que después de lo de Irlanda lo mismo me da un pasmo, si me dedico al vino. Y más al rosado de la casa, este que traen.

De postre parece que tiene cierta fama la tarta de castañas, aunque para mí peca un poco de dulce. La crema catalana está bien, sin llegar al nivel (ni a los precios) de algunas ‘brulées’ que he tomado en Irlanda (en L’Ecrivain especialmente).

Servicio rápido y amable. Ambiente thirtysomething (mira quién fue a hablar). Y precios bajos (en torno a unos 15 Euros por cabeza, todo lo anterior).

Nos pasamos la cena hablando de temas como la fusión fría (nos acompaña un experto en fusión nuclear), o en animadas discusiones sobre la fecha exacta de no sé qué cosa que nos pasó (un viaje a Granada, una fiesta más bien alcohólica). Después de cenar vamos a tomar copas, primero al Barbú (calle Santiago), que es mi contribución, con ánimo modernizante... Y después, entregados a la vorágine nostálgica, al Templo del Gato (nada menos). Ni uno ni otro nos sorprenden mucho. El Barbú (lugar similar al Café de La Palma de Conde Duque) con menos modernos que otras veces. El Templo del Gato con bastante público, bastante de nuestra edad casi todo. Aunque algo más rejuvenecido que otras veces.

Vuelvo a casa a las cuatro de la mañana. Todo un esfuerzo. Al día siguiente, entumecimientos musculares y algo de dolor de cabeza, como en los viejos tiempos...

Melo's
Thursday, April 18, 2002

Para variar, este jueves toca volver al pasado. Y a las manifestaciones menos, digamos, sanas del mismo. He quedado con unos ex compañeros de empresa en Lavapiés. La actividad la han tildado, en el mensaje de convocatoria, como ‘reunión del club de violencia gastronómica’. Resonancias claras con ese tipo de películas (‘La Comilona’) donde la gente muere zampando. A pesar de todo, voy.

Lo malo es que no me ha dado tiempo a pasar por casa para cambiarme. Y voy trajeado. De momento, eso ya exige cierto arrojo, en un sitio como el Lavapiés de hoy, donde las corbatas son muy escasas. Mucho más aún en La Mancha en Madrid, el bar de la calle Miguel Servet donde hemos quedado. Porque uno tiene la sensación de que ahí no ha entrado un encorbatado en la vida. Será un exceso de autocontemplación, sin duda lo es, pero tengo la sensación de que los camareros me miran como a un bicho raro. Y eso como poco. Así que dejo que los compañeros pidan. Me mantengo a una distancia prudente de la barra.

Tomamos dobles de cerveza. ¿Por qué no cañas? No hay nada que hacer. Es decisión de los socios fundadores del club (de violencia...) Y los acompañamos con unos canapés de los que dan en el sitio. Nada muy violento. Por ejemplo, de morcilla andaluza, que es algo que se toma frío y no parece morcilla. De hecho, de morcilla no tiene ni el color, mucho más claro en esta versión. Hay otros con sobrasada, o con tomate, queso y anchoa. Hablamos del ambiente de Lavapiés, que parece más bien el de una ciudad europea, con una población inmigrante muy grande que además es de lo más festivalera en la calle. En la Plaza de Lavapiés, por ejemplo, es raro no encontrar que alguien está tocando música como la de las películas de Tarzán. Hoy lo he visto al salir del metro, intentando pasar desapercibido con mi corbata. Tan lejano del Madrid tradicional, cuando Lavapiés era un sitio donde uno se podía encontrar a Tony Leblanc, pongamos por caso (o al menos eso parecía en las películas de Sesión de Tarde, con las que uno se ha educado, todos los sábados al mediodía).

En La Mancha en Madrid no hay mucha gente. Las ventajas de un día de diario. O de que no sea verano. Los fines de semana, y más en verano, lo normal es encontrar que el local está abarrotado. Y que hay gente en el exterior, tomando sus cervecitas. Público algo homogéneo, para lo que es el barrio. Con las típicas pintas que, en sitios como el País Vasco, te indican que estás rodeado de borrocas. Pelos variopintos, camisetillas y pendientes. Mucho pírsing. No exento, todo ello, de chavalas con cierto nivel. Si es que a uno los toques pírsing no le dan grima...

Cuando salimos, hay cierta discusión sobre si es más conveniente tomar un kebab (aquí hay miles de sitios) o ir directamente al mitológico Melo’s. Decidimos esto último. La violencia gastronómica es la violencia gastronómica. Y el Melo’s es apropiado para ella, como se verá. El sitio no está muy lejos, en la calle Ave María. Y desde fuera parece un tanto infecto.

Desde dentro también. El tipo de público es parecido al de La Mancha en Madrid, igual algo más jóvenes. Y no parece caber un alfiler. Aquí yo, con mi traje, rodeado de gente con camisetas que reivindican el sandinismo, la marihuana, la causa palestina y lo que haga falta. Estoy en mi salsa, vamos. Además me dedico a contar a mis compañeros que esto me recuerda andanzas de hace más de diez años. Imagino que esta interesante conversación refuerza, para el resto de clientes, el efecto que les produce ver a un menda algo canoso y con traje, tratando de mantener el equilibrio (a duras penas) entre tanta gente.

Afortunadamente, ocurren dos cosas que me liberan de la tensión que se va generando. Por un lado, uno de los intrépidos gastrónomos violentos ha encontrado sitio libre al fondo, donde hay unas mesas que, si no tienen la elegancia del Pré Catelan de Paris, sí que sirven para alejarse de la furibunda masa alternativa que se abalanza sobre la barra. Como es lógico, no hay camarero para atender las mesas. Es decir, que hay que ir a la barra a pedir. Pero consigo escaquearme de esto, y me siento a contemplar el ambiente y esperar esas pedazo de croquetas que aquí hacen.

Porque aquí las croquetas son bastante nombradas. Son un poco bestias, eso sí, pero son caseras y de besamel suave (casi líquida). Un clásico que, aun hoy, cuando no hay casi bar de raciones que se precie que no ofrezca croquetas caseras en una u otra versión, sigue estando entre lo mejor de Madrid.

Seis croquetas para cinco personas no es un tema muy violento. Ni siquiera acompañado de dobles de cerveza y de los previos canapés de La Mancha en Madrid. Incluso teniendo en cuenta que la morcilla andaluza, esa de aspecto tan inofensivo, es un arma de repetición gástrica que hay que temer. Tal como vamos, no es que uno se vaya a quedar con hambre, ni mucho menos con sed, pero violencia, lo que es violencia...

Pero estoy infravalorando a mis compañeros de excursión. Después de las croquetas viene el plato fuerte. Se trata del otro punto típico del lugar. Lo llaman zapatilla, y viene a ser la versión salvaje, y gigante, del sándwich mixto. Entre dos trozos de pan gallego, de unos dos centímetros de grosor (cada uno) y unos veinte de largo, varias lonchas de lacón gallego enriquecido con una masa importante de queso de tetilla fundido. Una bomba de relojería, vamos. Habitualmente, la gente se pide una de éstas para dos (los más tragones) o para tres o cuatro personas. Pero aquí, los colegas, piden una para cada uno de nosotros.

Lo que sigue es un paseo al borde del abismo, especialmente, después de cruzar el ecuador del inmenso bocadillo. A partir de ahí la vista se nubla y, en algunos momentos, se desea la extremaunción. La cerveza y la contemplación del ambiente ayudan a pasar el trago, aunque con dificultad. Frente a nosotros, una mesa en la que se sientan varios borroquillas y unas chavalas de estas modernas a las que gusta enseñar complejos tatuajes que asoman por encima de la cintura del pantalón. No muy guapas, tampoco, esa es la verdad. Pero con gran ánimo para ingerir ribeiro, que todo tiene su valor. Llegado el momento, hasta se me han olvidado las pintas que llevo. Sólo noto una bola de queso fundido colgada del esófago.

Y cada zapatilla (capaz de alimentar a una persona normal por tres o cuatro días) sale a 5.50 (sin contar, claro está, la atención médica que pudiera hacer falta, después).

A continuación, en el Automático de la calle Argumosa, se sugiere que ayudemos a la digestión ingiriendo una copa de Veterano. Pero una cosa es haber pedido los últimos sacramentos y otra es desear una muerte cruel e instantánea. Así que yo me conformo con una última cervecita. Y para casa.

Paso la noche levantándome a beber agua y soñando con que me encierran envuelto en queso fundido, entre dos panes gallegos. Y al día siguiente desayuno un zumo y como una ensalada. Unas veinticuatro horas después, me empiezo a encontrar mejor. Pero este fin de semana voy a ser moderado con la comida. Más me vale.

Mallorca - El Jardín de Serrano
Sunday, April 14, 2002

Periplo mixto este sábado. Un poco de todo. Empezamos mirando pisos, como es de rigor, y parece que va a seguir siéndolo al ritmo que vamos y con los precios que hay. Esta vez nos toca ir (volver) a la zona de Julián Camarillo, que es algo así como un polígono industrial donde están derribando algunas fábricas (por ejemplo, la de armas Cetme) y construyendo pisos que tienen, hoy por hoy, de las mejores relaciones calidad/precio de Madrid. O sea, que cuestan unos 50 kilos. Y todo por el placer de vivir delante de una nave industrial, encima de donde construían las metralletas que usábamos en la mili. Ah, eso sí, van a hacer un bulevar para echarse a temblar, y calles, y piscina, y pádel, y la de Dios.

Después de esto tenemos que ir a comprar un regalo para un cumpleaños que tenemos por la noche en La Llama (gran bar de la zona de Reina Victoria). Esto es estupendo. No porque a mí me guste comprar regalos, sino porque es una excusa imbatible para evitar ir a mirar lámparas, que es la obsesión con la que ha salido mi parner de casa esta mañana. Así pues, nos vamos para la zona de Goya. Porque por ahí compramos nosotros los regalos. Que una cosa es mirar pisos en zonas que parecen Bosnia y otra es no comprar los regalos en Goya...

Teniendo en cuenta que hemos salido de casa (hacia Bosnia) a la una, es fácil prever que nos va a dar la hora de comer por Goya. Mi parner ya ha pensado en eso y sugiere que vayamos al De Pura Cepa, fantástico bar/restaurante junto al antiguo Palacio de los Deportes, en el que la calidad de las raciones contrasta con la falta de sensatez de varios de los camareros. Pero (cosas de mi parner), aparcamos en Serrano, así que nos queda tela que andar.

Y mientras andamos, me dedico a mirar corbatas (uno también tiene sus defectos). Entramos en el centro comercial La Esquina de Serrano, donde hay una tienda Façonnable. No es, ni de lejos, como la homónima de Paris. Por lo menos en lo que a corbatas respecta. Sea como sea, después de pegarle una revisión de arriba abajo, descubro que, justo fuera, hay un anuncio del Menú de la Cafetería que Mallorca tiene abierta en este (bastante revenido) centro comercial. De repente, me entra la idea de que deberíamos probarlo. Quién sabe por qué. En parte porque es un sitio bonito, con luz natural que entra por el tejado. También porque, en contra de lo esperado, el ambiente no es, en edad, una reproducción del politburó del antiguo partido comunista soviético. O porque el precio del Menú es relativamente comedido, por lo menos si lo comparamos con los precios de los pisos (unos 20 Euros por cabeza, con muchos primeros y segundos para elegir, con botella de Rioja y postre incluidos).

Cuando nos sentamos, descubro que aunque esto no es la gerontocracia pura, como ya he dicho, tampoco es el frente de juventudes: el público se compone principalmente de viejos y guiris. Mucho menos fashion, el plan, que el del Nilo, también de la cadena Mallorca. El primer escalofrío me recorre el cuerpo. Pero me calmo porque a la mesa de al lado llegan tres personas de edad moderada. Y españoles. Ya no estamos solos.

Un camarero sumamente estirado, de estos que van en plan mayordomo por la vida, nos toma nota y responde, con no mucha simpatía, a las tradicionales preguntas de mi parner sobre tres o cuatro de los platos. No tienen ensalada de queso de cabra. Así que mi parner pide una ensalada de espinacas con bacon y huevo escalfado. Yo, en un esfuerzo por recuperarme de la masiva ingestión de comida mexicana y cerveza del día anterior (visita al Órale Compadre y a un irlandés que hay al lado), pido verduras al vapor con aceite de oliva. De segundos, una dorada a la plancha y una lasaña (bueno, lasagna, que estamos en Goya) de bacalao y espárragos verdes. Como puede verse, todo muy tentador, al menos en primera apariencia.

Pero las apariencias engañan. Porque, amigos, aquí lo que te ponen es comida de avión. Aunque viene en unos platos muy monos, de porcelana, y no en tarterillas de papel aluminio. Y aunque la cubertería no es la del Madelman. Pero, lo que es la comida, de avión total. El toque entre plástico y soso de los sabores. El hecho de que prácticamente todo sepa igual. La temperatura desbocada que revela un recalentamiento acelerado, justo antes de servir. No falla ni un síntoma. A lo mejor lo único que se salva un poco es la dorada. Pero la lasagna es un clásico, incluso en el espéling. Me recuerda mucho a Iberia. A lo mejor no a clase turista (eso estoy dispuesto a aceptarlo), pero es Iberia.

Las pintas del metre también contribuyen, ahora que lo pienso. Es el típico sobrecargo que se te presenta por megafonía nada más empezar el vuelo y habla inglés de una forma que revela que lo ha aprendido en los pafs, a partir de la décima cerveza, por lo menos. Pero muy serio y con más mili que Millán Astray. Aquí no hay megafonía, gracias a Dios. Y el tío es calvete en lugar de portador de canas bien tratadas. Pero la actitud es la adecuada.

Hay que admitir, eso sí, que el vino está bastante bueno. Además, para variar no es CVNE (típico de Iberia). Y los postres, en la línea de la Cadena Mallorca, o sea bien. Pero hay que elegir de un carro que no puede pasar por todas las mesas (a algunas, como la nuestra, se accede bajando unas escaleras). Ellos te ofrecen ir a mirar y elegir. Pero si les dejas que te sugieran igual te aconsejan uno que no hay (la bomba de trufa, que ya es mala suerte). Yo tomo tarta San Marcos, como cuando era pequeño, y mi parner macedonia de frutas. Bien en ambos casos. Vam